sábado, 11 de marzo de 2006

Dime niño de quién eres

EL PAÍS 10/03/06

FÉLIX DE AZÚA

Dime niño de quién eres
Lentamente, con la comprensible cautela, nos hemos ido aproximando nuevamente al orden eterno de este país, a la división intransigente entre buenos y malos, rojos y azules, cristianos y moriscos. Hace pocos días lo comentaba una de las cabezas más lúcidas de entre las víctimas del terrorismo, Maite Pagazaurtundua: ya estamos de nuevo en las dos Españas de Machado. Una de ellas nos debería helar el corazón, pero esta vez me parece que nos lo van a helar las dos.
La imparable tendencia al maniqueísmo fanático afecta a España por razones profundas, la principal de las cuales es haber tenido una Ilustración raquítica en el siglo XVIII, una industrialización caciquil en el siglo XIX y la más completa ausencia de modernidad en el siglo XX. Tres siglos de permanencia bajo la tutela intelectual de los clérigos hartodeajos y la tutela corporal de cabos y sargentos chusqueros ha dado como resultado una sociedad que sólo de milagro se ha librado del fundamentalismo islámico, aunque a su manera participa del islamismo integrista.
Que es integrista quiere decir que carece de herramientas, de vigor, de deseo, de necesidad y de ganas para resolver los problemas individualmente, mediante las propias fuerzas y con responsabilidad asumida. Y que prefiere que le dicten lo que debe hacer, pensar, opinar y juzgar. Es un modo de ahorrar tiempo y esfuerzo.
Esta inmensa pereza mental tiene como consecuencia el grito hispánico por excelencia, el que ha resonado en este país durante tres siglos y no acaba de acallarse, el célebre: ¡viva mi dueño! Variante del no menos hispánico: ¡vivan las caenas! Gritos ambos que se oyen de continuo tanto en Madrid como en Bilbao, Barcelona y Sevilla según el acento del dueño. Nadie se salva.
Con suavidad, sin estridencias, hemos llegado de nuevo a una situación política bloqueada por la impotencia que atenaza a unos y a otros. He aquí hinchados como pavos los dos machos de la aldea, enterrados hasta la rodilla, agitando sus porras en el aire y dispuestos a partirse el cráneo en un paisaje desolado. La población asiste encogida al espectáculo, se preguntan cuál de los dos es el peor, y los más nerviosos comienzan a pegarse entre sí para ir avanzando.
Zapatero no podrá jamás llevar a cabo eso que él llama "pacificación" si declara fuera de la ley a diez millones de votantes. El Partido Popular jamás recuperará el poder si se limita a girar la honda buscando el ojo de Zapatero. Allí están los dos, el policía bueno y el policía malo, paralizados, inútiles, sin ideas, sin ambición, acomodados a esa imagen especular que es la del "pues tú más". Los unos gritan a los otros "franquistas" y "fachas". Los otros aúllan a los unos "irresponsables" y "miserables". La población debe elegir entre ser un facha o un miserable. No hay tercera vía. Estamos hablando de decenas de millones de fachas y miserables. Amabilísimo país...
Pero es cierto que la gente no tiene tiempo para cavilar sobre las células madre, la negociación con ETA, la derechización de los socialistas vascos y catalanes, las opas energéticas o las bodas entre homosexuales y con todos los demás. Dada la parálisis de los gobernantes, la cual pone frente a frente a los miserables contra los fachas, ante cualquier pregunta la respuesta automática es: ¿qué dice mi dueño? Tu dueño dice que está a favor. ¡Pues eso mismo pensaba yo! ¡Es que no marra una! ¡A favor estoy!
En Italia, la izquierda defiende la Constitución italiana contra los separatistas del norte. Una actitud ideológica perfectamente consecuente con la tradición de la izquierda europea. En España, con unas regiones mucho menos diferenciadas que las italianas, la izquierda apoya a los nacionalistas vascos y catalanes de herencia católica y autoritaria.
Semejante peculiaridad no obedece a una reflexión ética, a un juicio razonado, sino al ¡viva mi dueño! más crudo y simple. Si el Partido Popular hubiera favorecido la segmentación de las oligarquías regionales, la izquierda habría sido centralista. Como las opciones, por pura casualidad, sin motivo de fondo ninguno, han ido al revés, pues la izquierda apoya a los nacionalistas y ¡viva mi dueño!
La consecuencia es que en este país no es cierto que existan partidos de derechas y de izquierdas, sino grupos de poder organizados como partidos. Unos partidos que no piensan, no razonan, no eligen sus opciones con respecto al bienestar de los ciudadanos, sino con la única finalidad de arrebatar poder e influencia al enemigo. Ningún partido procura el bien de la sociedad, sólo el deterioro de la competencia. Nuestros partidos, convertidos en meros sistemas clientelares, van acercándose a la inmoralidad de la partitocracia italiana.
Hace pocos días, un alto cargo de la Generalitat tripartita me comentaba las dificultades enormes que tienen para sacar adelante los proyectos más comprometidos, los que requieren prudencia. De los ciento cuarenta mil funcionarios con los que cuentan a sus órdenes, ciento treinta mil los ha puesto allí Convergencia, y es incalculable el número de funcionarios que están vinculados por lazos familiares al partido de Pujol. En cuanto algún despacho avanza una idea que exige enfrentarse a los poderes económicos, a las pocas horas ya está en la oreja de la oposición, la cual procede a boicotearlo incontinenti.
Incluso dando por descartado que exagere, los informes realmente espeluznantes que se han publicado estos días sobre el control ideológico de los empleados de la radio y la televisión catalanas, informes redactados en el más puro estilo franquista por comisarios nacionalistas, así lo confirman. Y los redactores de esos informes infames (que ni siquiera han sido publicados en su totalidad) ocupan ahora puestos de responsabilidad en la Generalitat supuestamente socialista. Los casi treinta años de nacionalismo del partido de Pujol, un partido reaccionario donde los haya, han dejado a la región como la Argentina de Perón tras la muerte de Perón, y con una María Estela que sólo confía en los brujos.
Sin embargo, cuando comentas esta situación tan escasamente europea, tan poco democrática y, sobre todo, tan estúpida, la mayoría de los interrogados sufre un leve desconcierto, busca en su cabeza la respuesta correcta como en un examen de bachillerato, y acaba respondiendo: ¡viva mi dueño! Cuando se produce una incompetencia de tal calibre y antes de que los guerracivilistas comiencen a darse de tortas por un abuelo o una prima, es imprescindible que aparezca un tercer partido capaz de echar aceite en el oxidado mecanismo democrático y obligar a los grandes partidos a olvidarse de su partida de póquer y ocuparse de la gente. Que es la que paga sus considerables dietas, sueldos, prebendas y jubilaciones.

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