sábado, 17 de marzo de 2007

Navarra en primera línea

El Mundo 2007/03/17

"Pero a estas alturas no vale tampoco en Navarra la equiparación de partidos soberanistas e independentistas, que ponen en jaque continuo nuestra institucionalización política, y de qué manera, con partidos constitucionalistas y navarristas como CDN, UPN o PP, por muy de derechas que a muchos se les antojen, dicho en la jerga vulgar hemiplejizante."
VICTOR MANUEL ARBELOA

Navarra en primera línea
Si el presidente del Gobierno de la Nación hubiera recibido hace uno o dos meses al presidente del Gobierno de la Comunidad Foral de Navarra y le hubiera dado razón del curso de las conversaciones con ETA-Batasuna -especialmente en lo que atañe a Navarra-, mostrándole, sobre todo, su decisión de oponerse a las pretensiones del independentismo terrorista vasco, que sus heraldos van pregonando casi a diario, muy distinta sería en estos momentos la relación entre los dos Ejecutivos.

Y si, después de esa positiva entrevista, el presidente foral hubiera recibido al secretario general del PSN-PSOE, se hubieran hecho la foto y hubiesen afirmado juntos, según nuestra reciente tradición, su lealtad a la autonomía foral, española y europea del Viejo Reyno, frente a quienes la niegan, otro sería hoy el panorama político en Navarra, a pesar del fogueo preelectoral. Y tal vez, en torno al XXV aniversario de la aprobación del Amejoramiento del Fuero, podría haberse organizado una gran y unitaria manifestación a favor de nuestro Régimen Foral, conmemorando igualmente aquellas multitudinarias manifestaciones conjuntas -las primeras de ese género en España contra el terrorismo etarra- de los años 1980 y 1981.

Lo cierto es que, a pesar de que las cosas no han sido precisamente así, los representantes de la inmensa mayoría de los navarros acaban de celebrar en el Salón del Trono del Palacio foral las bodas de plata de la firma por las delegaciones del Estado español y de Navarra del Pacto de Reintegración y Amejoramiento de nuestro Régimen Foral, el 8 de marzo de 1982. Pacto que, tras ser aprobado por nuestro primer Parlamento, el Congreso y el Senado, fue promulgado como Ley Orgánica el 16 de agosto de aquel año, en el mismo día en que, en el lejano 1841, se promulgaba también la célebre ley paccionada, o ley de Fueros de Navarra, verdadero nexo entre nuestro Reino unido a la Corona de Castilla y el territorio foral integrado en el moderno Estado liberal, a la par que quicio jurídico-político de nuestros derechos históricos remanentes, amparados y respetados por la Constitución Española de 1978, que, a la vez, ha democratizado, ampliado, vigorizado y puesto al día nuestra autonomía política secular, nunca del todo interrumpida.

En esa celebración, que se añadía a similares celebraciones de estos últimos años, hemos estado los que estuvimos en aquel entonces, contra viento y marea, a favor de la Navarra democrática, foral, española y europea, y se nos ha sumado Izquierda Unida de Navarra, inexistente en aquel tiempo. Ha estado ausente, en cambio, esta vez el Partido Carlista, que perdió hace años la representación parlamentaria.

¿Qué sucede, pues, ahora que gozamos de instituciones bien asentadas y sólidas como nunca; ahora que casi todos los indicadores más rigurosos nos sitúan en la primera línea del progreso equilibrado y solidario, dentro de España y por encima de la media europea, como para que, sin comerlo ni beberlo, Navarra haya vuelto a la primera línea de la actualidad política, que es para muchos señal de inquietud y hasta de zozobra?

La docena de socialistas navarros presentes en la refundación del PSOE en Navarra -mayo de 1974-, fueron integrados, sin consulta previa, como Agrupación Socialista de Navarra en lo que pronto iba a ser el PSE-PSOE (Partido Socialista de Euskadi-PSOE), e iban a correr la misma suerte que sus compañeros vascos hasta enero de 1979. En ese mes, y preparando las elecciones generales, forales y municipales próximas, los socialistas navarros -ya unos pocos más y mejor conocedores de lo que se estaban jugando-, dieron un vuelco al forzado planteamiento anterior, decidieron defender la autonomía foral de Navarra, y, ante el frío escepticismo de la llamada dirección federal y la oposición abierta, aunque contenida, del PSE, se constituyeron en partido propio (PSN-PSOE) a mediados de 1982. Cuando la hegemónica Unión de Centro Democrático se hundió en toda España, y de manera aún más grave en Navarra, el joven partido de los socialistas navarros gobernó, con la confianza de la mayoría de los navarros, desde 1984 a 1991.

Es cierto que los triunfos de 1982-83 se debieron en gran parte al desmoronamiento de UCD y que los posteriores escándalos económicos y políticos de algunos de sus dirigentes han pesado como losas sobre los intentos de regeneración y renovación. Pero no es esa sola la madre del cordero. También en el PSN han existido dos almas. La minoría integracionista nos dio muchos quebraderos de cabeza en los años 70-80. La coalición con EA en el fugaz Gobierno de Otano, con el órgano común permanente como parte del precio político convenido, fue seguramente un grave error que ha contrarrestado cualquier voluntad de futuro del PSN. Y desde entonces, rechazados los nobles intentos de las tres gestoras, volvieron para el PSN las tinieblas de la oposición, más espesas después de cada elección foral.

Tampoco la actual legislatura navarra comenzó con buen pie, sino con los pactos municipales, no escritos, entre el PSN y partidos independentistas -llamarles nacionalistas es el mejor regalo que podemos hacerles, incluso contra su voluntad- en seis ayuntamientos, cinco de ellos entre los más importantes de Navarra. A pesar del preámbulo del Pacto por las libertades y contra el terrorismo. Al fin y a la postre, no hacían sino imitar al PSOE nacional en Baleares o Cataluña, y luego en las mismas Cortes Generales. Bien es cierto que no faltan tampoco en su mapa post electoral ejemplos varios de alianzas, pactos o apaños con la derecha de toda la vida: Euskadi, Mallorca, Aragón, Cantabria..., incluidos dos ayuntamientos navarros. Pero a estas alturas no vale tampoco en Navarra la equiparación de partidos soberanistas e independentistas, que ponen en jaque continuo nuestra institucionalización política, y de qué manera, con partidos constitucionalistas y navarristas como CDN, UPN o PP, por muy de derechas que a muchos se les antojen, dicho en la jerga vulgar hemiplejizante.

Cantaban unos versolaris en la concentración que organizó, mayormente, el PNV en la villa navarra de Etxarri Aranatz, el 16 de enero de 1977, aquello de que «No habrá paz / si al pueblo vasco no se le deja en paz». Suspendido o aplazado el proceso de autodeterminación, lo único que siempre ha buscado ETA-Batasuna -el proceso de la paz de dejarles en paz-, del que es pieza fundamental la integración de Navarra en la soñada Euskal Herria, demasiados navarros tienen la evidencia de que una de las partes de los contactos, conversaciones, negociaciones, o como se quiera, no van a cejar en su empeño. Y lo más grave es que no tienen seguridad de que la actual dirección del PSOE tenga las ideas claras y la voluntad firme a la hora de las incontrovertibles componendas. Más bien, les evoca la vacilante actitud de la dirección de UCD y del PSOE de los últimos 70, más cercana a las posiciones del entonces nacionalismo vasco. Esa perogrullada de «lo que los navarros decidan» es propio de aquellos tiempos. Lo tenemos archidecidido. Ya es hora de hacer innecesaria en la Constitución la contradictoria Disposición Transitoria Cuarta.

Y es que el actual soberanismo e independentismo vasco, tan pugnaz o más que aquél, tiene los mismos objetivos, a corto o medio plazo, con unos u otros procedimientos. Y nosotros somos pocos. Y la contrapartida ofrecida (el fin del terror y de la matazón) es harto halagüeña. Y esta sospecha y temor comprensibles, alimentados a veces por la oposición del PP y de UPN por motivos de legítimo interés partidista, o de manera excesiva y poco justa, es menester desmontarlos y superarlos por todos los medios pedagógicos y políticos posibles, que son muchos y a la altura de la mano, como he sugerido al comienzo.

Sé bien, y todas las encuestas lo repiten, que la inmensa mayoría de los votantes socialistas navarros se consideran, se quieren y se sienten navarros y españoles. Partidario declarado como soy de un transitorio Gobierno de coalición o concentración nacional para acabar definitivamente con ETA, para reformar lo que haya que reformar y añadir en la Constitución y en el resto del ordenamiento jurídico, espero, que, llegado el caso, como a nosotros nos llegó, los dirigentes socialistas navarros de hoy sean tan leales, como fuimos nosotros, y ojalá que más, a la voluntad de nuestro pueblo.

Aún es tiempo de volver al mejor espíritu y a la mejor praxis de la Transición española y del Amejoramiento del Fuero, tan nuestros y entrañables, que la gran mayoría de los navarros acabamos de celebrar.

Víctor Manuel Arbeloa es ex presidente del Parlamento de Navarra, ex senador, ex diputado europeo y ex presidente de la Gestora del PSN-PSOE.

sábado, 10 de marzo de 2007

Lo están empeorando

¡Basta Ya! 2007/03/10

“¿Que hay crispación? Claro, como la hubo cuando Aznar metió al país en la invasión de Irak. La gente se indignó con razón y se echó a la calle (los decentes junto a representantes del peor lumpen extremista del país) lo mismo que hoy otra decisión errónea gubernamental subleva a tantos, que se manifiestan junto al indeseado Inestrillas y compañía. Ya ven, la historia se repite… y la histeria también”
FERNANDO SAVATER

Lo están empeorando
Las explicaciones que ofrece el gobierno socialista para justificar su decisión de excarcelar (llamemos a las cosas por su nombre) a de Juana Chaos me recuerdan al viejo cuento del caldero prestado. ¿Se acuerdan? Un hombre presta su caldero al vecino y días más tarde éste se lo devuelve agujereado; ante sus protestas, el vecino responde: a) que el caldero no está agujereado; b) que ya tenía agujeros cuando se lo prestaron; c) que no le han prestado ningún caldero. Contradicciones interesadas del mismo calibre estamos oyendo estos días para explicar o tratar de hacer digerible ante una opinión pública cuyas tragaderas son anchas pero no hasta el infinito la cesión del ejecutivo por razones políticas ante el chantaje del terrorista en huelga de hambre.

Todas son increíbles o superfluas, pero algunas también resultan repugnantes porque juegan con la mala conciencia o la bobaliconería bondadosa que todos queremos tener en el corazoncito. Tal es el caso, por ejemplo, de insistir en supuestas razones humanitarias y en el valor supremo de la vida humana para los santos que nos gobiernan. Que la vida humana es un altísimo valor nadie lo pone en duda: por eso precisamente quién asesina a ventitantos seres humanos y no se arrepiente de ello ni nos da garantías de que no va a volver a empezar mañana cuando le suelten está mejor en la cárcel que en ninguna otra parte. ¿Humanitarismo? Una de sus características es respetar la libre voluntad de las personas, es decir, ayudarlas a vivir bien y ,cuando prefieren morir, no obstaculizar tiránicamente su voluntad (caso de Ramón Sanpedro o de la paciente granadina cuyo respirador va a ser desenchufado). Iñaki de Juana debía estar en la cárcel pero él prefería morir antes que seguir allí: lo humano hubiera sido respetar su voluntad y también la ley que le condena. Por cierto, el mismo día que se “alivió” su prisión sacándole de ella (¿se ha molestado alguien en justificar por qué se le llevó al País Vasco si el caldito reconstituyente también pueden darlo en el 12 de Octubre de Madrid?) oí por la radio que una señora hospitalizada en La Paz con cuatro costillas rotas murió en un pasillo del hospital, probablemente mal atendida por la saturación del centro. Si el gobierno acaba de descubrirse vocación humanitaria, no le faltará dónde ejercerla sin necesidad de plegarse a las exigencias de los asesinos.

Los que dicen que la excarcelación del etarra en huelga de hambre se debió a razones humanitarias –empezando por el propio Zapatero, la directora de Instituciones Penitenciarias y los propagandistas afines- mienten como bellacos: o peor, mienten como si fuésemos bellacos los ciudadanos y no nos mereciésemos más que mentiras. Pero, naturalmente, tras hablar de humanitarismo enseguida mencionan que así se han evitado otras muertes o situaciones de violencia en el País Vasco: es decir, conveniencias políticas. La nota oficial del gobierno vasco auguraba que esto relajaría la tensión en Euskadi; y Patxi López, ni corto –bueno, un poco corto sí- ni perezoso proclamó ante la asamblea socialista que la excarcelación hacía que se viviera mejor aquí. O sea que la tensión, la crispación y la incomodidad se acaban cuando se da gusto a los violentos que tienen por héroe a un asqueroso serial-killer. Que las víctimas, sus familiares, los que no han perdido aún el sentido moral por culpa de la obcecación política, es decir, los ciudadanos vascos decentes…que todos éstos estén crispados y sientan que viven peor desde que el criminal y sus amigos se pavonean triunfantes ante ellos, eso no es un problema ni entra en consideración. Lo importante es que estén sosegados los que dan miedo, los demás ya se apañarán. Y luego dice Miguel Buen (a quien los dioses, tras negarle los demás dones, le concedieron como compensación una ausencia total de sentido del ridículo) que a él le da más miedo pasearse por ciertos barrios de Madrid que por Rentaría…claro, porque aquí las víctimas no dan la lata ni siquiera a la zafios más patosos, lo que en cambio en otras partes de España ya va siendo algo más frecuente. Por cierto, ahora muchos se quejan de que por sacar un encendedor del PSOE o llevar “El País” debajo del brazo uno se puede buscar hostilidades en ciertos lugares públicos. No es que yo desee que a nadie le molesten los intransigentes en ninguna parte de España, pero quizá así algunos “modelnos” se hagan una pálida idea en carne propia de cómo viven muchos ciudadanos vascos desde hace décadas en este país.

La argumentación mas inconsistente y menos convincente para apoyar el disparate gubernamental con de Juana es apelar a las supuestas excarcelaciones de etarras antes del plazo debido por parte del gobierno de Aznar o los acercamientos de presos realizados en el mismo período, para probar la “hipocresía” de la oposición (la palma se la lleva la SER, que siempre bate el récord de bajura con este tema, proclamando la gran noticia de que “el gobierno de Aznar” no actuó contra de Juana cuando el miserable pidió “champán y langostinos” para celebrar el asesinato de Tomás Caballero: ¡sólo le falta decir que se los envió Aznar pagados de su bolsillo!). Como sabe cualquiera que se moleste en enterarse de las cosas, el PP insistía en cambiar la legislación para hacer cumplir íntegras las penas pero entre tanto, como no podía ser de otro modo, cumplía con la legislación vigente y sus reducciones de condena. En cuanto a los acercamientos de presos, no respondían al chantaje de ningún recluso sino a reiteradas peticiones parlamentarias y de medios ilustrados de comunicación. Pero en fin, aunque no fuera así: ¿y qué? Si el gobierno Aznar lo hizo mal entonces (aunque lo que hizo nada tiene que ver con la excarcelación mediante chantaje de Juana Chaos)…¿por qué el PSOE no se lo reprochó en su día, cuando tantas cosas le censuraba en otros campos? Aún peor: si aquello fue un error, ¿por qué ahora se utiliza como justificante en lugar de haberlo tomado como advertencia de lo que no debe hacerse, visto el resultado? Es floja excusa para equivocarse el que otros se hayan equivocado antes y uno repita de buena fe los errores…

Pues no, las explicaciones del Gobierno no hacen más que empeorar las cosas. Y las de sus propagandistas que se empecinan en informarnos día y noche de lo malo que es el PP, que no gobierna, en lugar de explicarnos porque gobierna mal quien gobierna, tampoco mejoran ni ánimos ni inteligencias. ¿Que hay crispación? Claro, como la hubo cuando Aznar metió al país en la invasión de Irak. La gente se indignó con razón y se echó a la calle (los decentes junto a representantes del peor lumpen extremista del país) lo mismo que hoy otra decisión errónea gubernamental subleva a tantos, que se manifiestan junto al indeseado Inestrillas y compañía. Ya ven, la historia se repite… y la histeria también. Entre tanto seamos optimista y esperemos que Batasuna, con su nombre o con otro postizo, no termine por poder presentarse a las elecciones de mayo, como le solicitan al gobierno sus aliados parlamentarios… en contra de lo que quiere la inmensa mayoría del país (por cierto, nunca tan pocos han fingido representar a tantos como hoy sucede en el parlamento español). Si finalmente sucediera tal cosa, como algunos temen que la excarcelación de Iñaki de Juana preludie, habrá llegado la hora de ponerse serios de verdad. Basta de juegos con lo que no es de jugar.

jueves, 1 de marzo de 2007

Sin fe, ni fu ni fa

EL PAÍS 2007/03/01

"El adoctrinamiento confesional, sea católico, protestante, musulmán, judío o lo que se quiera, no ha de tener lugar en la enseñanza pública, ni como asignatura opcional pero pagada por el erario público ni mucho menos como obligatoria"
FERNANDO SAVATER

Sin fe, ni fu ni fa
A menudo, las indignaciones o escándalos de nuestra sociedad recuerdan bastante a los caprichos apasionados de la multitud en el circo romano. Por ejemplo, el pataleo suscitado porque una agraciada señora que se presenta a un concurso de belleza (ocasión paradigmáticamente machista) sea tratada, oh sorpresa, de modo paradigmáticamente machista al discriminarla por su maternidad. Eso es como ir al campo de fútbol y luego protestar ante el griterío porque levanta dolor de cabeza (no quiero dar ideas pero ¿acaso los propensos a la jaqueca no tienen derecho a frecuentar los estadios? Interesante problema jurídico). De parecido tenor me parece -dejando aparte pormenores del derecho laboral que conozco poco- la irritación suscitada porque el obispo correspondiente haya cesado a una profesora de religión que convive con quien quiere y como quiere. Precisamente la doctrina que ella está profesionalmente obligada a enseñar prohíbe tal libertad de costumbres. De hecho, la Iglesia para cuya propaganda ha sido elegida -a costes pagados por el Estado, eso sí- ha tenido a lo largo de los siglos y aún quisiera retener dentro de lo posible el ordenamiento por medio de premios y castigos (algunos sobrenaturales y otros no tanto) de la vida privada de los ciudadanos. No puede por tanto extrañar que trate al menos de controlar a quienes hablan en su nombre y según su nombramiento, ya que el resto de la sociedad parece estar cada vez menos por la labor. Sería sorprendente que los obispos eligieran para transmitir su reglamento teocrático a los jóvenes a quienes tienen ideas parecidas a las de los jóvenes y no a las suyas.

El caso suscita interesantes reflexiones sobre la evidente impropiedad de mantener una asignatura confesional -sea obligatoria, voluntaria o mediopensionista- en la enseñanza pública. En un artículo aparecido como es lógico en Abc ("Profesores de religión", 24-2-2007), Juan Manuel de Prada compara el caso de la profesora expulsada con el de un militar que, tras haberse graduado en la academia con calificaciones sobresalientes, se negara a ir al campo de batalla alegando convicciones pacifistas. Según Prada, nadie se escandalizaría de que fuese destituido puesto que "profesar la milicia y negarse a empuñar un arma son circunstancias incompatibles". En este último punto, desde luego, es imposible no estar de acuerdo con él. Pero el símil plantea cuestiones inquietantes. A ningún profesor de geografía se le puede echar de su plaza por ser remiso a viajar, a ningún profesor de literatura se le cesa por preferir leer El Código da Vinci a En busca del tiempo perdido y ni siquiera son privados de su doctorado tantos médicos destacados que fuman, beben y perjudican alegremente su salud como si la ministra Elena Salgado no hubiera venido jamás a nublar nuestras vidas. En cambio, a la profesora de religión amancebada -perdonen el término anticuado, tan barojiano- se la pone de patitas en la calle... sin que el Tribunal Constitucional logre presentar objeción válida. ¿Cómo puede ser eso? Pues lo explica Prada muy clarito: "Siendo la asignatura de religión de naturaleza confesional, nada parece más justo que exigir a quienes la transmiten una coherencia entre las enseñanzas que transmiten y su testimonio vital, (...) que exigir a los docentes que prediquen con el ejemplo y profesen efectivamente y no sólo de boquilla la fe que se disponen a transmitir". Sigue teniendo razón desde su perspectiva, aunque precisamente sea esa perspectiva la que nos plantea problemas a quienes deseamos una educación pública digna de tal nombre y por tanto inevitablemente laica.

Veamos: para empezar hay que hablar con propiedad. No estamos refiriéndonos a los profesores de religión en abstracto, de historia de las religiones o de creencias religiosas comparadas, ni siquiera a docentes que enseñen los principios del cristianismo y sus múltiples variedades instituidas, sino a personas designadas por las autoridades eclesiásticas para impartir doctrina católica con más o menos adornos. No es una asignatura relacionada con el conocimiento sino con la devoción. De ahí que -a diferencia de lo que ocurre en las materias de sustancia científica- se pida militancia a quienes la imparten, como bien subraya Juan Manuel de Prada: los profesores de catolicismo deben ser mitad monjes y mitad soldados, para utilizar otra expresión antañona. Lo que importa no es la autenticidad de lo enseñado (me temo que bastante discutible) sino la autenticidad de la fe con que se enseña. Se trata no de saber sino de creer o de aprender lo que hay que creer y a qué principios se debe obediencia. Es la fe quien mueve toda esta montaña pedagógica. De aquí también la dificultad intrínseca de evaluar semejante materia como las demás. Para ser rigurosos y coherentes con lo que se exige a los docentes, deberían puntuarse las buenas obras de los alumnos y su entrega piadosa al culto divino, no las respuestas a ningún tipo de cuestionario. Los pecados veniales restarían puntos y tres pecados mortales -por ejemplo- podrían bastar para suspender el curso. En esta asignatura no debería haber otros exámenes que los exámenes de conciencia...

Hay que reconocer que todo esto suena bastante raro, pero por lo visto es lo que dispone el Concordato firmado con la Santa Sede. Supongo que por eso la sentencia del Tribunal Constitucional establece que "si la impartición en los centros educativos de una determinada enseñanza religiosa pudiera eventualmente resultar contraria a la Constitución, ya fuere por los contenidos de dicha enseñanza o por los requisitos exigidos a las personas encargadas de impartirla, lo que habría de cuestionarse es el acuerdo en virtud del cual la enseñanza religiosa se imparte, no la forma elegida para instrumentarlo". En efecto, es ese acuerdo lo que urge revisar (por cierto, se firmó en el año 1979 -como una herencia de la época franquista que por entonces más valía no meterse a discutir- y según creo sólo por tres años). Porque resulta por lo menos inusual que una materia figure en el programa de bachillerato no por decisión libre de las autoridades educativas sino como concesión a una entidad foránea. Además, ¿qué consideración institucional merece la Santa Sede? Si se trata de una autoridad eclesiástica, la cabeza de la Iglesia Católica, ¿por qué debe mantener con ella nuestro Estado no confesional un tratado especial y comprometedor? Si se trata de un Estado extranjero con todas las de la ley, es hora de recordar que en él no se respetan derechos fundamentales en lo tocante a la libertad religiosa, igualdad de sexos para acceder a cargos públicos, etc... En una palabra, es una teocracia al modo de Arabia Saudí y no parece por tanto la influencia más deseable en el plan de estudios de un país democrático. Ese Concordato venido del franquismo concuerda muy mal con nuestras instituciones actuales y muchos católicos lo reconocen abiertamente así. Aquí y no en otra parte está el verdadero problema y el auténtico escándalo.

El adoctrinamiento confesional, sea católico, protestante, musulmán, judío o lo que se quiera, no ha de tener lugar en la enseñanza pública, ni como asignatura opcional pero pagada por el erario público ni mucho menos como obligatoria. Defender así el laicismo indispensable para el funcionamiento democrático no es un tema menor y hoy menos que nunca. Desde la ultramontana Polonia, pasando por Bélgica, Italia o España y hasta la admirable Francia, ahora amenazada en el horizonte por las propuestas neointegristas de Sarkozy, es raro el país europeo que no padece conflictos con el regreso invasor de la mentalidad religiosa en el siempre vulnerable redil educativo. Entre nosotros, suele trivializarse el tema o convertirse en palestra partidista, en ambos casos al modo de la discusión sobre el nacionalismo. Para los pro-nacionalistas actuales, cualquier reivindicación de la unidad de España como Estado de Derecho es "rancia"... como si los derechos históricos impertérritos ante el paso de los siglos y la segregación étnica fuesen conquistas de la modernidad. También para los actuales abogados del clericalismo el laicismo es progresismo trasnochado y, según Rouco Varela, el ateísmo resulta decimonónico (por lo visto la transubstanciación eucarística y la resurrección final de los muertos es lo que más va a llevarse la próxima temporada). Otros pretenden que el laicismo es un perverso invento de Zapatero y sus adláteres, lo mismo que hay quien cree que denunciar el separatismo reaccionario (todos lo son) es una maniobra al servicio del PP o del tradicional fascismo hispánico. Quiero pensar que la mayoría de este país -aunque desde luego la menos estentórea- no vive políticamente empobrecida por semejantes tópicos sectarios.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.