viernes, 29 de septiembre de 2006

Unas gotas de psicoanálisis

ABC 28/09/06

Por ÁLVARO DELGADO-GAL
... Los hijos y nietos del 68, en fin, han abordado los dos problemas máximos de la España actual, que son el territorio y la inmigración, en un estado de confusión mental absoluto. Y esta confusión ha dimanado de una fuente común: no darse cuenta de lo que es una nación moderna...

Unas gotas de psicoanálisis
TODO el mundo ha oído, allá por los ochenta o noventa, en un taxi camino del aeropuerto o como música de fondo en unos grandes almacenes, una canción que a cuatro voces entonaban Ana Belén, Serrat, Miguel Ríos y Víctor Manuel. En la pieza se hablaba de barbukas, mezquitas, y otras bellezas transfronterizas. Y luego se repetía el estribillo que sigue: «Contamíname, mézclate conmigo/ que bajo mi rama tendrás abrigo». La canción no es azarosa. Resume, eficazmente, las nociones dominantes que a la sazón cultivaba la izquierda sobre el fenómeno migratorio, muy incipiente todavía. El segundo verso insinúa que el tamaño de España es infinito: no hay muchedumbre, no hay suma de gentes, que el país no pueda acoger bajo su fronda generosa. El hemistiquio final del primer verso exalta las virtudes del mestizaje. Y el anterior lo mismo, aunque en términos más bien desafiantes. Las connotaciones de «contaminar» son, de hecho, negativas. Contaminar, según el D.R.A.E., equivale a «Alterar, dañar alguna sustancia la pureza o el estado de alguna cosa». En el medio en que se movían los cuatros bardos, el verbo encerraba, sin embargo, un matiz positivo. Retrocedamos cuatro siglos y volvamos a los tiempos de Cervantes. En el capítulo LXV de la Segunda Parte de Don Quijote, declara el morisco Ricote, víctima anuente del decreto de expulsión de Felipe III: «(...) con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia, como él ve que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado (cursivas mías) y podrido, usa con él antes el cauterio que abrasa...».
No creo que Ana Belén o Miguel Ríos estuvieran polemizando con Cervantes. Pero sí con la España católica y una que se asociaba a Franco, y por simpatía o contigüidad, a la derecha. Esa España, o mejor, su caricatura, concentró sobre sí las fobias de la izquierda. Urgía diluir en ácido lustral el pesado bloque de granito español, la dura materia con que se había edificado el monasterio de El Escorial o tallado el rodillo que serviría para aplastar, a lo largo de centurias ingratas, a los disidentes y marginales y a los espíritus libres en general. La España reivindicada por don Marcelino Menéndez Pelayo, calificada despectivamente de «eterna» o «reaccionaria», constituyó el punto de referencia por el que se definieron, por antífrasis, los muchachos del 68. Una muchachada que no tuvo oportunidad, conviene señalarlo, de celebrar el 68. La resistencia al régimen, por esas calendas, corría a cargo del Partido Comunista, sujeto a una disciplina militar. No, no tuvimos nuestro 68 hasta diez años más adelante. Pero ésta es otra historia. La canción, devuelta a su contexto, se preña de sentido y ayuda a explicarse retrospectivamente cosas misteriosas o irregulares.
Por ejemplo: que el anhelo de un Pentescostés cultural y étnico, todavía presente, por inercia, en muchos discursos estrictamente contemporáneos, no excluyera, en ambientes de izquierda, el compadreo sentimental con los nacionalistas, volcados hacia el pulimentado y acrisolamiento de sus rodales respectivos. Detrás de la contradicción está quizá el hecho de que en el inconsciente colectivo -y asimismo en la gramática- dos negaciones operan como una afirmación. El «no» a la España una, se convirtió en un «sí» a la España múltiple, por las bravas y de corrido. ¿Se han acabado las contradicciones? Pas encore, que diría un afrancesado.
La España una, trabajada primero por la Monarquía absoluta y promovida más tarde por el Estado liberal, no suprimió sólo fueros y privilegios, sino que echó las bases de la ciudadanía universal y de los sistemas de redistribución que le son anejos. Hizo posible, en una palabra, el Estado social, inseparable de cualquier concepción de izquierdas reconocible como tal. La izquierda no reparó en el detalle, o ha comenzado a hacerlo demasiado tarde. Y en su afán por enmendarle la plana, no sólo al déspota, sino a los jirones de historia que el déspota había recibido, y que no eran invento suyo sino herencia de todos los españoles, dio un salto hacia atrás que pasaba por encima de los siglos modernos y nos retrotraía, más allá incluso del austracismo, a los tiempos medievales. Se aprecia en la visión que del multiculturalismo todavía cultivaban los biempensantes hace tres o cuatro años. ¡Tres o cuatro años nada más!
El multiculturalismo a la española consistió en rehabilitar el Toledo de las tres culturas. O sea, la España en figura de losanges en que convivían cristianos, árabes y judíos. ¿Convivían felizmente cristianos, árabes y judíos? No muy felizmente. Pero sí, convivían. No lo hicieron sin embargo, y aquí reside lo decisivo, en igualdad de derechos. La propia noción de «igualdad de derechos» era aún ininteligible, lo mismo en Toledo que en Córdoba o en Roma. La confesión religiosa determinaba profesiones, estilos suntuarios, y grados de participación en el poder. Confundir la diversidad medieval con la heterogeneidad de costumbres y códigos que la inmigración trae consigo, implica no haber comprendido nada. La diversidad, en el siglo XI, conformaba a la sociedad desde dentro, como lo siguió haciendo en el Imperio Otomano hasta el advenimiento del XX. No constituía un factor de desorden sino de orden, puesto que las sociedades estaban basadas en la desigualdad. Esa misma diversidad, instilada en sociedades democráticas e igualitarias, entraña por contra un reto que sólo últimamente, y con dificultades, empezamos a comprender.
Los hijos y nietos del 68, en fin, han abordado los dos problemas máximos de la España actual, que son el territorio y la inmigración, en un estado de confusión mental absoluto. Y esta confusión ha dimanado de una fuente común: no darse cuenta de lo que es una nación moderna. Se constata, con amargura, el daño enorme que no sólo mientras duran, sino también luego, en diferido, infligen las dictaduras. Los que oprimen no piensan, y los oprimidos pierden la noción de la realidad. Dio la sensación en los setenta de que habíamos logrado los españoles superar el síndrome fatal. Pudo haber sido, sin embargo, un espejismo.
No quiere ello decir que la izquierda haya sido la causante del problema migratorio. La izquierda no es culpable del gradiente de pobreza que atrae a muchos necesitados hacia nuestras fronteras. Ni de nuestra bajísima tasa de natalidad. La emigración, además, empezó a adquirir proporciones desmesuradas cuando los populares estaban en el poder. El PSOE se dedicó a decir sobre todo tonterías, bien es cierto. Pero la demagogia es relativamente disculpable cuando se está en la oposición. Lo que no es discutible, es que el gobierno Zapatero tomó el timón en las manos con la cabeza convertida en una leonera. Y que Caldera añadió, a la oscuridad de ideas, dosis notables de oportunismo. Mejorar las cifras dela S.S. bien vale una misa... durante un rato. Luego se pide ayuda a la policía, o sea, al ministro de Interior. De «Contamíname», al guardia de la porra: para dar ese salto, se necesita pértiga.

martes, 26 de septiembre de 2006

Una perspectiva pública sobre los transgénicos

Expansión 26/09/06

Henry I. Miller. Miembro de la junta de Gobierno de la Hoover Institution (Universidad de Stanford) / Gregory Conko. Director de Políticas de Seguridad Alimentaria del Instituto de Competitividad Empresarial en Washington

Una perspectiva pública sobre los transgénicos
Pocas innovaciones agrícolas o culinarias han resultado tan polémicas como la modificación genética en las especies vegetales. En una reunión celebrada hace unos meses en Madrid, ministros de Agricultura de todo el mundo se comprometieron a hacer un mejor uso de los recursos fitogenéticos para erradicar la pobreza y el hambre y garantizar la sostenibilidad medioambiental.
Para lograr este objetivo de la mejor manera posible es necesario un uso más amplio de las plantas modificadas genéticamente. Sin embargo, las encuestas muestran que muchos europeos siguen preocupados por los alimentos modificados genéticamente.Desafortunadamente, el debate público ha sido dirigido más por la pasión, la política y las agendas ocultas que por los hechos y por un juicio sólido, y los activistas con motivaciones ideológicas han extendido una gran mentira: que los productos modificados genéticamente no están regulados ni probados y que no existe una demanda. La realidad es muy diferente. La UE ha establecido un procedimiento legislativo que permite a una minoría de Estados miembros rechazar el registro de nuevos productos OGM (Organismos Genéticamente Modificados), incluso aquellos que han superado los draconianos, poco científicos y enormemente costosos requisitos legales. Éstos incluyen miles de exámenes, a menudo redundantes, en laboratorios, en invernaderos y en campo abierto. Posteriormente exigen un estricto régimen de etiquetado, que ha generado que estos alimentos se conviertan en el centro de muchos ataques. Y por último, conllevan la exigencia de la ‘trazabilidad’, que permite seguir la pista a los ingredientes OGM a lo largo de toda la cadena alimentaria hasta el campo en que fueron cultivados. Las autoridades europeas han reconocido que la normativa de etiquetado y trazabilidad no tiene nada que ver con la protección de la salud de los consumidores ni con el medio ambiente. Un informe realizado por la misma Unión Europea que resume los resultados de 81 proyectos de investigación financiados por ésta durante quince años concluyó que las plantas y los alimentos OGM constituyen unos alimentos tan seguros –y a menudo más que sus equivalentes convencionales– precisamente porque se producen gracias a técnicas científicas con un alto grado de precisión y fiabilidad. Literalmente, miles de estudios de laboratorio, de invernadero y de campo demuestran que los riesgos de las plantas y los alimentos OGM son mínimos, que sus ventajas son muchas y que ofrecen un extraordinario potencial de futuro. En la actualidad, 8,5 millones de agricultores de 21 países cultivan cada año variedades OGM sobre una superficie de más de 50 millones de hectáreas. Solamente en Estados Unidos se han consumido más de un trillón de raciones de alimentos que contienen ingredientes OGM, y no se ha documentado ni un solo caso de problemas de salud en las personas, ni de perjuicio a un ecosistema.Los científicos consideran de forma prácticamente unánime que las técnicas de modificación genética son en esencia una mejora de otras anteriores, y esa transferencia o modificación genética, realizada gracias a las más novedosas técnicas moleculares, no entraña riesgos por sí misma. Como la robótica, la fibra óptica y los superordenadores, la ingeniería genética no es más que una herramienta con amplias aplicaciones. Resulta irónico que sea precisamente el historial de impresionante seguridad de la mejora genética de las plantas lo que las convierta en blanco del alarmismo. Pocos consumidores conocen en qué medida la técnica tradicional de cruce de especies ha cambiado la composición genética de los alimentos que comemos, o lo ‘artificiales’ que son de verdad nuestros alimentos. Los precursores silvestres de casi todas las frutas y verduras que hoy consumimos contenían toxinas, agentes cancerígenos y antinutrientes, pero los niveles de la mayor parte de estas sustancias han sido reducidos mediante un meticuloso proceso de selección. A excepción de setas y de bayas silvestres, casi todas las frutas, verduras y granos presentes en las dietas de Europa y América proceden de plantas mejoradas genéticamente mediante una u otra técnica (y a menudo mediante varias).Cuestión de controlPor lo general, los métodos de selección convencionales introducen miles de genes completamente nuevos en la cadena alimentaria o mutan los existentes en los cultivos, para producir nuevas características o realzar aquéllas más interesantes. En cualquier sistema de selección convencional, la inclusión, eliminación, alteración o mezcla de genes podrían introducir una toxina o un alérgeno, reducir la capacidad alimenticia del cultivo o agregar características debilitadoras o invasoras. Y sin embargo, estas variedades modificadas por métodos convencionales no están sujetas a absolutamente ninguna regulación por parte de las autoridades. Lo que garantiza la seguridad de los alimentos convencionales no es la ausencia completa de riesgo, sino el estricto control al que están sujetos por los agricultores de forma habitual. Pero los opositores a los OGM no están de verdad preocupados por la seguridad. Su auténtica agenda es la aniquilación de una tecnología superior por la que tienen aversión y el perjuicio financiero a las multinacionales que comercializan la mayoría de las semillas OGM. Hasta cierto punto, han logrado afectar a estas grandes compañías, pero el daño colateral infligido a universidades y a pymes, que difícilmente pueden permitirse una regulación excesiva y discriminatoria, ha sido devastador.
Los activistas contrarios a la tecnología y a las empresas temen un mundo en el cual las multinacionales explotadoras conspiran para privar a los agricultores y a los consumidores del mundo de su libertad individual de elección. Y sin embargo, son ellos los culpables de la falsedad y la manipulación que imaginan ver en otros; son ellos los culpables de arrancarles a los científicos su libertad para investigar, a los agricultores su libertad para cultivar, y a los consumidores su libertad para consumir alimentos más nutritivos, más seguros y más baratos.

martes, 19 de septiembre de 2006

¿Un nuevo modelo sueco?

El Mundo 18/09/06

RAFAEL PAMPILLON OLMEDO

¿Un nuevo modelo sueco?
La victoria de Fredrik Reinfeldt, líder del principal partido de la oposición en las elecciones suecas, va a provocar una oleada de privatizaciones y cambios en el sistema de bienestar del país nórdico. Hasta ahora ha venido funcionando una versión extrema de estado increíblemente generoso, que cuida al ciudadano «de la cuna a la tumba». El Estado del Bienestar sueco tiene su origen en los años 50, aprovechando el elevado crecimiento económico y aumento de la riqueza generada entre 1890-1950. En este periodo, Suecia tuvo una de las tasas de crecimiento más altas del mundo, con una baja presión fiscal (los impuestos pagados como porcentaje del PIB representaban el 15%). Este esplendido período explica mucho su actual riqueza. Desde 1950 y hasta mediados de la década de los 70, Suecia disfrutó también de una combinación de rápido crecimiento económico y pleno empleo. Durante esos años (1950-1975) se creó el Estado de Bienestar tal como ahora lo conocemos. El modelo económico sueco funcionó bien durante 25 años, y fue el referente para otros gobiernos.
Sin embargo, el modelo sueco fue incapaz de resistir la crisis económica iniciada en los años 70 generada por la subida de los precios del petróleo y la gran competencia por parte de los países emergentes de reciente industrialización. Desde entonces, las cosas cambiaron. Se perdió el espíritu empresarial: de las 50 empresas suecas más grandes, sólo una fue fundada después de 1970. El país comenzó a experimentar un descenso del crecimiento económico y un aumento del desempleo. En 1980, la carga fiscal llegó al 50% del PIB. Para evitar las consecuencias de la crisis se protegió todavía más al trabajador. El tamaño del Estado del Bienestar alcanzó proporciones épicas, con un peso desproporcionado de los gastos sociales en el presupuesto. Suecia pagó caro estos excesos. La economía entró en recesión: tres años seguidos de crecimiento negativo del PIB (1991, 1992 y 1993), en los que se perdieron cientos de miles de empleos (el paro alcanzó el 11% de la población activa en 1997). Esto generó, además, un fuerte déficit presupuestario. Durante esta crisis gobernaba el partido conservador, el mismo que acaba de ganar las elecciones. Ante el fracaso económico descrito, en las elecciones de 1994 los suecos dieron el poder a la socialdemocracia, convirtiendo a Göran Persson en primer ministro con la esperanza de que resolviese la crisis económica. Se puso en práctica, para ello una reforma social y un brutal plan de saneamiento que redujeron drásticamente las ayudas a las familias, prestaciones por enfermedad, subvenciones para vacaciones y para la vivienda y seguro de desempleo. El tipo impositivo marginal máximo del impuesto sobre la renta se redujo del 87% en 1979 al 60% en 1993, donde se encuentra ahora (el más alto del mundo).
Aunque se aseguró buena parte del gasto social, a partir de 1995 se limitó drásticamente el crecimiento del gasto público. Aparecieron los superávits presupuestarios, la deuda disminuyó y los intereses generados por la deuda fueron consecuentemente más bajos. Se hicieron también reformas en el mercado de trabajo que mejoraron la situación económica. Muchos mercados, como el de las telecomunicaciones, fueron desregulados. Resultado de las reformas fue que entre 1995-2005, el PIB per cápita creció, como media anual, un 2.6% medio punto por encima de la media de la UE. Gran parte del éxito económico de Suecia de los últimos años proviene de la introducción, en la década de los 90, de las reformas de libre mercado que hemos mencionado, y no del paternalismo con que obsequiaba el Estado del Bienestar a los ciudadanos.
Pero las reformas fueron insuficientes y el experimento sueco no está dando los resultados esperados. Según la OCDE la renta per cápita sueca en 1975 era de 4.469 dólares algo inferior al de EEUU, que era de 4.998. Si la renta per cápita americana era 100, la sueca 94. Desde entonces, la renta relativa sueca con respecto a EEUU bajó paulatinamente. En 2005, la de Estados Unidos era 41.399 dólares y la de Suecia 29.898 dólares: un 72%. Además la renta per cápita del país ha pasado del cuarto puesto del mundo en 1970 al 14, en 2005. Oficialmente, el desempleo ronda el 6%, pero si se incluyen las bajas por enfermedad y las jubilaciones anticipadas la cifra podría ascender al 15%. De ahí que los suecos se han cansado de financiar un Estado muy generoso con elevado absentismo laboral por enfermedad (puedes pedir la baja por razones psicológicas si no te cae bien tu jefe) y por eso han decidido cambiar el Gobierno. Lo que propone la coalición conservadora es una segunda generación de reformas que van a ser el núcleo de la nueva política económica. Aunque la economía muestra signos de fortaleza el futuro resulta incierto: La globalización de los mercados y la mundialización de la economía hace que el control exagerado de la actividad empresarial por parte del Estado y el elevado gasto público tengan efectos muy negativos en la economía. Se trata de redimensionar el sector público para dar paso a una mayor iniciativa privada que permita dinamizar la economía.
El Estado ha engordado mucho en Suecia: el gasto público sobre el PIB, es del 59%. Además, controla buena parte de las empresas del país. Reinfeldt ha prometido una reestructuración para las 57 compañías que dependen del Gobierno central y los 200.000 empleados que en ellas trabajan. Además privatizará un gran número de estas empresas públicas. El líder del nuevo Gobierno conservador ha manifestado en campaña electoral que ve las privatizaciones como un instrumento necesario para aumentar la eficiencia del aparato productivo y es partidario de extender la propiedad de las empresas a un mayor número de ciudadanos y limitar el poder del Estado sobre la economía. Se trata de privatizar todo aquello que no tiene fundamento para permanecer en el ámbito público. El sector público no tiene por qué tener bancos (el Estado sueco posee el 19,5% de Nordea, el mayor grupo financiero nórdico), fábricas de pasta de papel, empresas de telecomunicaciones (el Estado sueco posee el 45,3% de TeliaSonera) o compañías aéreas (21% de SAS). Es poco defendible que el Estado se dedique a esas actividades y privatizarlas parece lógico.
No cabe duda de que el Estado del Bienestar sueco ha generado una sociedad más equitativa y solidaria, pero también ha aumentado la ineficiencia que, según los libros de texto, genera la intervención del Gobierno en la economía. Este intervencionismo va a ser sustituido por el principio de subsidiariedad. El Estado va a ser relevado en algunas de sus funciones por la sociedad civil y el mercado reduciendo así su papel a garantizar los derechos sociales y el aporte subsidiario de los recursos financieros suficientes para materializar esos derechos, dejando la gestión en manos privadas cuando la naturaleza del servicio lo permita. La idea de que los servicios públicos corresponden exclusivamente al Estado está en crisis. Parece que el Estado del Bienestar nórdico ha entrado en crisis. Sin embargo, el Estado del Bienestar no se está desmantelando, ni desapareciendo, sino que está sufriendo una profunda reestructuración convirtiéndose en lo que ha venido denominándose el «Nuevo Estado de Bienestar competitivo» donde se endurecen los requisitos de acceso a las prestaciones públicas, se flexibiliza el mercado de trabajo y se generalizan las políticas activas de empleo. La globalización y la revolución tecnológica que nos está tocando vivir no han supuesto en los países europeos el triunfo del capitalismo neoliberal, ni la desaparición del Estado de Bienestar pero sí una reestructuración institucional que afecta más a sus formas de provisión que a sus objetivos.
En definitiva, la nueva dinámica económica de la globalización está creando un Nuevo Estado de Bienestar Competitivo, donde la lógica del universalismo estatal protector característico del Estado de Bienestar tradicional, evoluciona hacia sistemas más privatizados. Y al igual que el Estado del Bienestar sueco fue admirado e imitado, tal vez no merezca menos su reforma.

martes, 12 de septiembre de 2006

Acontecimiento y milagro

EL PAÍS 12/09/06

JOSEBA ARREGI
"También llama la atención la facilidad con la que el vacío oficial dejado por la expulsión de Dios del espacio público de la democracia ha sido llenado con dioses o, mejor, diablos múltiples -Bush, la globalización, el neoliberalismo, los neocons- que responden perfectamente a la necesidad mágica de tener respuesta fácil y cómoda para todo."

Acontecimiento y milagro
Es ciertamente un espectáculo bastante extraño ver la cantidad de informaciones y opiniones publicadas que dejan traslucir alegría porque en el último conflicto bélico en el Próximo Oriente Israel no haya podido reclamar victoria y sí, sin embargo, el Partido de Dios (Hezbolá), al no haber sido vencido. Y esa alegría proviene mayoritariamente de sectores que afirman ser de izquierdas y, por lo tanto, defensores del laicismo de la política.Es también bastante sorprendente la rapidez y complacencia con la que informadores y opinadores transmiten en nuestros medios de comunicación las críticas internas a los gobernantes de Israel o EE UU. Nos inducen a pensar que esas sociedades no comparten las decisiones geopolíticas de sus Gobiernos -aunque en no pocas ocasiones tales críticas contradicen la opinión del informador, pues en Israel exigían una victoria más rápida en Líbano o en EE UU plantean mayor implicación militar en Irak, por ejemplo-, mientras que parecen celebrar la consolidación de dirigentes como Nasralá, Basir el Assad o Ahmadineyad. Causa extrañeza contemplar cómo, desde sectores que se colocan en la izquierda política, la posibilidad de esas críticas no se toma como síntoma de la fortaleza del sistema político democrático occidental, un sistema que merecería ser defendido y que no es precisamente el ideal para los dirigentes cuya consolidación celebran disimuladamente, o no tanto.
Es chocante leer que los pasos que Irán va dando hacia la consecución del material necesario para construir la bomba atómica, engañando a las autoridades que representan la tantas veces invocada legalidad internacional y dejando en ridículo tanto la estrategia estadounidense como la europea, se presente no pocas veces como el desafío de Irán a EE UU. Como si los países europeos no tuvieran nada de qué preocuparse si Irán consiguiera hacerse con la bomba atómica, como si Europa estuviera a salvo, gracias a su capacidad de diálogo y de autoflagelación, de las ambiciones geopolíticas de la república islámica; es decir, de un Estado religioso fundamentalista por definición constitucional.
También llama la atención la facilidad con la que el vacío oficial dejado por la expulsión de Dios del espacio público de la democracia ha sido llenado con dioses o, mejor, diablos múltiples -Bush, la globalización, el neoliberalismo, los neocons- que responden perfectamente a la necesidad mágica de tener respuesta fácil y cómoda para todo. Una respuesta sin necesidad de matices ni análisis detallados que nos obliguen a ver parte de razón en el otro próximo que es el otro partido, la otra orientación política, la derecha o el liberalismo, mientras tan dispuestos estamos a ver y a aceptar, supuestamente, la razón del otro tan lejano, como es el árabe y el musulmán.
Y no menos extrañeza causa comprobar cómo sectores políticos que se reclaman herederos de la Ilustración, uno de cuyos pilares fundamentales es el de la autonomía moral del individuo, su responsabilidad indeleble, actúan desheredando de toda responsabilidad a las sociedades árabes y musulmanas. Son, al parecer, sociedades que no poseen voluntad, no pueden ser tenidas como responsables de nada, pues todo cuanto en ellas y con ellas acontece es consecuencia de las decisiones equivocadas de Occidente, de los Gobiernos que representan a Occidente y que, aunque cuenten con legitimidad democrática, no pocas veces son caracterizados como espúreos.
No hay en los países árabes y musulmanes del Medio o Próximo Oriente nada que explique la situación conflictiva y explosiva que se vive en ellos: ni la religión islámica -nadie se puede atrever a poner en conexión el islam con los conflictos violentos, y menos quienes para explicar la historia de las relaciones occidentales con Oriente recurren a la vinculación del cristianismo con la violencia aplicada allí desde las Cruzadas-, ni la incapacidad de pensar Estado, ni el fracaso en la construcción de Estados nacionales laicos, ni la falta de revoluciones culturales, políticas y sociales como las que han terminado configurando Occidente. Todas las culpas son de Occidente, lo que supone, en definitiva, la peor negación de la autonomía de los países árabes y musulmanes. No hay sitio ni para la memoria: que EE UU ha entrado en la política de la zona llenando el vacío dejado por Europa -Gran Bretaña y Francia-, quienes a su vez habían ocupado el vacío de poder dejado por el imperio otomano.
Esto explica que tanto el orientalismo como imagen distorsionada de Oriente, como el occidentalismo (la imagen distorsionada de Occidente) sean productos occidentales. La crítica caricaturesca que se dirige a Occidente desde posiciones extremas árabes y musulmanas recoge buena parte de la crítica a la cultura occidental que se ha producido en el seno de sus mismas sociedades: el odio a la ciudad y al anonimato, la crítica al consumismo, a la primacía de la razón unilateral, al tecnicismo sin alma, a la propiedad privada, al mercado, al racionalismo sin límites, a la falta de sentido, a la pérdida del sentido de solidaridad. Todo ello es un producto típicamente occidental.
Se trata siempre de un Occidente en busca de su alma limpia, nunca contento con sus propias realizaciones, con la contingencia, el compromiso, la rebaja de los sueños e ideales que suponen las sociedades modernas; insatisfecho con la democracia representativa y el tecnocapitalismo de Estado de bienestar que le acompaña. Es un Occidente que busca el acontecimiento revelador del nosotros comunista, de la igualdad de todos los humanos, sin percatarse de que ese acontecimiento está siempre demasiado cerca de la otra clave para conceptualizar la política y que es también producto de la modernidad occidental: el milagro, lo excepcional que por su fuerza rompe la normalidad e instituye (lo dijo Carl Schmitt) la verdad de la política como teología política y el estado de excepción.
Esta cercanía debiera ponernos en guardia y empujarnos a ser algo más respetuosos con las aportaciones de las defectuosas democracias occidentales, y no depositar tan fácilmente nuestra esperanza en tendencias que no son necesariamente otros caminos a la modernidad, sino negaciones de lo más valioso de ella. Siempre ha sido peligroso ver en algún sujeto histórico concreto, en alguna tendencia histórica concreta, la negatividad total que pudiera parir el cumplimiento del sueño occidental de pureza. En cualquier caso, nunca debiéramos olvidar los elementos de poder y de geopolítica particulares que están presentes en las posiciones de los países del Oriente Medio y cercano.

Recuerda

EL PAÍS 12/09/06

ROSA MONTERO

Recuerda
¿Sabes dónde está Darfur? Es una región del oeste de Sudán. ¿Y Sudán? Justo debajo de Egipto. ¿Y recuerdas que en Darfur padecen una sucia guerra desde hace tres años? Vagamente, ¿verdad? Nos suena que Darfur es un moridero, uno de esos puntos de absoluta negrura en los que preferimos no pensar. No cabe duda de que nos interesamos muchísimo más por otras víctimas, por las de Irak o las del Líbano, pongo por caso, entre otras cosas porque esos conflictos pueden ser un peligro para nosotros. Mientras que los desdichados habitantes de Darfur, en fin, pobrecitos, sí, pero aunque mueran todos como ratas, no nos ponen en riesgo. Y eso es lo que están haciendo en realidad, morir y sufrir en un estruendoso silencio, en la desatención más absoluta. Para peor, en Darfur se firmó un supuesto acuerdo de paz el pasado mayo, lo cual nos dio una buena excusa para cerrar los ojos. Pero el tratado sólo lo firmaron dos de las partes en conflicto, y hay más grupos rebeldes. Según fuentes locales, ahora las condiciones de seguridad son peores que nunca. Hay más de tres millones y medio de personas que dependen enteramente de la ayuda humanitaria para sobrevivir, dos millones viviendo en campamentos. Muchas zonas de Darfur son inaccesibles por la guerra, de manera que desde julio más de medio millón de personas no han podido recibir alimentos. Hay brotes de cólera, mujeres y niñas son violadas en los campamentos y la violencia es brutal. El presidente de Sudán se niega a aceptar el despliegue de las fuerzas de la ONU, que sería la única manera de detener el horror. Esa comunidad internacional que se ha esforzado tanto para meter a la ONU en el Líbano, ¿no va a intentar hacer lo mismo en Darfur? ¿Por qué nos preocupamos tan poco por esa inmensa tragedia? ¿Sólo se nos mueven los escrúpulos cuando nuestros intereses están en juego? Una nota alentadora: justamente hoy Save the Children presenta su plan Reescribamos el futuro para educar, de aquí a 2010, a ocho millones de niños de países en guerra, la mayoría africanos. Y da un dato alucinante: la esperanza de vida aumenta más de un 2% por cada incremento de un 1% de alfabetización. O sea, se pueden hacer cosas. Por favor, no olvidemos Darfur, no olvidemos África.

viernes, 8 de septiembre de 2006

Riesgo y especulación

La Gaceta de los Negocios 08/09/06

Fernando Méndez Ibisate
"Todo lucro que se obtiene contraviniendo la libertad y la competencia es abusivo"

Riesgo y especulación
PERMÍTANME aplicar al ámbito económico los argumentos de mi anterior artículo, “Riesgo y responsabilidad”, para analizar los errores graves en que incurre el pensamiento, oficial e intelectual, correcto y único, en cuestiones como el lucro y la especulación.El lucro, junto al coste, aparece en cualquier actividad humana, sea o no honorable. Un trabajador que emplea su capacidad, conocimiento y destreza se lucra, se beneficia, desde el momento en que pone su actividad a disposición del mercado, riesgo incluido. Lo mismo ocurre con el empresario, que también utiliza sus habilidades y normalmente incurre en riesgos más complejos y mayores. Sólo cuando la actividad no es honrada, el lucro pasa a ser despreciable. Pero el lucro no es indigno en sí mismo.Tampoco tiene sentido hablar de lucro excesivo o injusto en sí mismo (por ejemplo, cuando una empresa obtiene enormes beneficios), salvo que hagamos referencia a formas o fórmulas de obtenerlo amorales, delictivas o contrarias al derecho. En ese caso sí existe lucro o beneficio injusto o ilícito; no excesivo, porque aunque fuese de un céntimo sería impropio. Todo lucro que se obtiene contraviniendo la libertad y la competencia es abusivo. Y es una forma de explotación a los individuos.La especulación, como cualquier otra actividad no delictiva u honrada es digna de lucro o recompensa. De lo contrario no se realizaría, con gran pérdida para el progreso humano. Al tratarse de una actividad intrínseca del mercado no suele entenderse bien, y se confunde con estafa. La estafa sí es despreciable, pero no la especulación, que no es sino la actividad de comerciar. Gracias al comercio la humanidad ha progresado y resuelto una parte de sus problemas y necesidades sin recurrir a la violencia. La especulación, el comercio, consiste en el proceso de cambiar o, como decía Marx, transformar un activo (normalmente monetario por su cambio y aceptación universal, en representación de los bienes) por mercancías, para su ulterior transformación en activo monetario. El proceso genera una lógica ganancia que, sin embargo, suele ser mal comprendida y aceptada.Pero el especulador que, tanto hoy como en el siglo XVII, trae alfombras desde el lejano Oriente hasta Europa, las almacena y las vende por dinero, realiza un servicio a la sociedad. El desarrollo del mercado y el tecnológico a él unido, el desarrollo institucional, la globalización, como ahora se denomina, han permitido que hoy, cada vez más personas, podamos acceder a una alfombra (y su mantenimiento) sin precisar de elevadas riquezas o posición social.Esta especulación se realiza en el espacio. Pero existe otra, no menos importante, que se realiza en el tiempo (mercados financieros y de cambios, bolsas de valores, futuros, seguros...). El especulador, que pone a disposición de cualquiera que lo demande un producto distinto o distante, sea en lugar o tiempo, realiza la misma digna actividad que el productor de pan o ladrillos. Y cualquiera, panadero, albañil o especulador, puede convertirse en un estafador, o peor, si hace mal o delinque en su actividad.Más aún, todas las actividades productivas reales tienen también enormes componentes de riesgo y especulación, como por ejemplo las decisiones concatenadas que afectan a cualquier producción agropecuaria. La especulación, en cualquiera de sus formas, y los mercados denominados “especulativos”, mediante la asunción y difuminación de riesgos, la absorción de errores y la mayor eficiencia en alcanzar acuerdos o equilibrios, permiten diversificar las tareas y ampliar la especialización, incrementando la productividad y elevando la riqueza de las sociedades, como explicaba Adam Smith.Los procesos de mercado, los meros intercambios, si son libres y sin engaño, crean riqueza. No sólo la producción eficiente. Ello explica que un individuo logre una casa a partir de un simple clip de papelería. No por casualidad, cuando se intervienen los mercados, cuando aparece la decisión administrativa, la mano burocrática, la información privilegiada mediante actos gubernativos, las actividades, también la especulación o la empresa, igual que la política y la burocracia, hacen ganancias o rentas ilícitas.

lunes, 4 de septiembre de 2006

Lecciones de la Historia

Expansión 04/09/06

Tom Burns Marañón

Lecciones de la Historia
Hace bastantes más años de los que quisiera recordar cuando andaba yo muy desorientado porque comenzaba a estudiar Historia en Oxford, el futuro catedrático José Varela Ortega entró con prisas en la habitación de mi college, habitación que daba a un magnífico claustro medieval, diciendo que tenía que acompañarle en aquel mismo instante. Corriendo a través del claustro detrás de él, me enteré de que me llevaba a una clase magistral que dentro de pocos minutos iba a comenzar a impartir Karl Popper, personaje que yo desconocía por completo en aquel entonces.
Varela Ortega, mayor que yo y cuya amistad había heredado de padres y abuelos, estaba finalizando una tesis sobre la política de la Restauración y fue, en cierta manera, mi Cicerón particular durante el inicial encontronazo que supuso entrar en el refinado ambiente académico de la antigua universidad. Me presentó en aquellos días a un compañero de doctorado, el también futuro catedrático Juan Pablo Fusi, que investigaba la política vasca del primer tercio del siglo XX y que, al igual que él, había llegado a Oxford para estudiar bajo la batuta del gran historiador que es Raymond Carr. Por razones que paso a explicar, he tenido tanto a Varela Ortega como a Fusi muy presentes en los días preparatorios del nuevo curso político. Aunque por motivos diametralmente opuestos, ya que ahora la sapiencia brilla por su ausencia, este nuevo curso me parece tan desconcertante como aquel comienzo universitario mío hace ya tantos años.Segunda República y CataluñaEl lunes pasado, en un curso en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, escuché a Fusi hablar sobre la II República y Cataluña, y concretamente sobre Manuel Azaña y el Estatut de 1932. Conozco el memorial de agravios que Azaña dejó de testamento, en su Diario y en La Velada de Benicarló, contra la Generalitat y los catalanes. Se sintió traicionado en toda regla. Sin embargo, no había caído en la cuenta de que Azaña conoció Cataluña muy tardíamente al viajar en 1930 a Barcelona en compañía de otros intelectuales castellanos en un encuentro propiciado por el Ateneo madrileño y el Ateneu de la Ciudad Condal. En esta excursión, repleta de banquetes, discursos y ofrendas florales, Azaña quedó poco menos que embrujado por el hecho diferencial, la personalidad, historia, lengua y cultura de Cataluña, que, dentro del entusiasmo generalizado de esas jornadas hermanamiento, le servía en bandeja el nacionalismo catalán. Tampoco sabía hasta qué punto Azaña puso “toda la carne en el asador”, en expresión de Fusi, para convencer a sus correligionarios de Izquierda Republicana y a sus aliados del PSOE para conseguir la aprobación del Estatut. Azaña quería a toda costa contar con los nacionalistas catalanes para su proyecto republicano.De Azaña, y concretamente del sectarismo de sus pares en la II República y de la intransigencia de todos ellos –intransigencia que, según Azaña, sería el “síntoma de la honradez”–, ha escrito estos días pasados el profesor Varela Ortega en tres importantes artículos que publicó sucesivamente un diario nacional. Varela Ortega reivindica la Transición Política del postfranquismo como ejemplo de concordia, de estilo civilizado de transacción y voluntad de pacto y lo contrasta con el sectarismo de quienes crearon un régimen sólo para republicanos. “Contrariamente a lo que hoy se sostiene,” escribe, “nuestra democracia actual no tiene como modelo originario la II República. Más bien la tiene como contra-modelo.” La voluntad de pacto fue el ADN de quienes nacieron entre los pronunciamientos y las carlistadas y el sexenio revolucionario de la época isabelina del XIX; sus líderes, Cánovas y Sagasta, hombres forjados en el liberalismo parlamentario, acordaron el turno pacífico como piedra angular de la Restauración. El pactismo fue denostado como pasteleo por la intransigente generación del 14, que fue la de Azaña, pero fue de nuevo la seña de identidad para la generación de la Transición, una generación criada, una vez más, entre el fracaso de la convivencia nacional y la ausencia de libertad. Hoy, de nuevo, el pactismo es políticamente incorrecto y, sectariamente, se retrata la Transición como un tiempo de claudicación y de miedo. Las reflexiones de estos dos ilustres historiadores son útiles para encarar el nuevo curso político. Es útil, por ejemplo, a la semana de una Diada que promete ser esperpéntica por radical, tener presente que el nacionalismo catalán no comparte agenda con el buenismo de Zapatero al igual que no la compartió con el regeneracionismo nacional de Azaña. En este nuevo curso toca el soberanismo de Ibarretxe y es útil recordar que, en este caso sí, Azaña tuvo un desprecio olímpico por los nacionalistas vascos.Por encima de todo, es necesario ser consciente de la amargura de tanto prohombre de la II República, la del mismo Azaña, cuando en la derrota y en el exilio reconocieron los errores de su intransigencia, de su sectarismo y su exclusivismo, y, por qué no decirlo, de su buenismo, enfermedad propia de dogmáticos inocentones. Confieso que el nuevo curso político me llena de desconcierto. Habrá que tomar vitaminas: releer La sociedad abierta y sus enemigos de Popper, cosa que hice al día siguiente de escucharle, gracias a Varela Ortega, hace tantos años, y a otros clásicos liberales… y mucha historia.

viernes, 1 de septiembre de 2006

Educación y libertad

La Gaceta de los Negocios 01/09/06

ALICIA DELIBES
“La gran falacia socialista se basa en que sólo el sistema público de enseñanza es el socialmente justo”

Educación y libertad
LAS primeras leyes que debían regular el establecimiento de escuelas, universidades y otros centros de instrucción pública en España dimanan de la Constitución española de 1812. Los liberales sitiados en Cádiz decidieron que en todos los pueblos de España se establecieran escuelas en las que se enseñara a los niños a actividades como leer, escribir y hacer cuentas, además del catecismo de la doctrina cristiana.
Durante el siglo XIX, los políticos de ideas liberales fueron conscientes del peligro que para la libertad individual suponía el hecho de que el Estado se ocupara de la formación de los ciudadanos; de ahí que mantuvieran como principio incuestionable la defensa de la libertad de enseñanza, lo que suponía el respeto a la iniciativa privada a la hora de abrir escuelas y colegios.
En el preámbulo de un plan de instrucción pública, que es poco conocido porque apenas llegó a estar vigente unos días, el plan del duque de Rivas de 1836, se pueden leer unos párrafos que ilustran bien sobre esa preocupación del Estado por no entrometerse en lo que se consideraba un sagrado deber y derecho de las familias: la educación de los hijos.“El pensamiento es de suyo la más libre entre las facultades del hombre; y por lo mismo han tratado algunos gobiernos de esclavizarlo de mil modos; y como ningún medio hay más seguro para conseguirlo que el de apoderarse del origen de donde emana, es decir, de la educación, de aquí sus afanes por dirigirla siempre a su arbitrio, a fin de que los hombres salgan amoldados conforme conviene a sus miras e intereses. Mas si esto puede convenir a los gobiernos opresores, no es de manera alguna lo que exige el bien de la humanidad ni los progresos de la civilización. Para alcanzar estos fines, es fuerza que la educación quede emancipada; en una palabra, es fuerza proclamar la libertad de enseñanza.”
Sin embargo, esa defensa a ultranza de la libertad de enseñanza, que había sido uno de los principios genuinamente liberales, irá desapareciendo al terminar el siglo XIX. Quizás fuera porque los políticos liberales de las primeras décadas del siglo XX, obsesionados con el poder de la Iglesia para impedir que la enseñanza religiosa siguiera extendiéndose, renunciaron a lo que hasta entonces había sido esencial en su política educativa: favorecer la iniciativa privada para evitar que el Estado monopolizara la educación de los ciudadanos.
Llegado un momento, aquellos políticos liberales, faltos de ideas para elaborar un pensamiento propio sobre la instrucción pública, adoptaron el modelo pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, la ILE, fundada por Francisco Giner de los Ríos. Es preciso saber que en esos primeros años del siglo XX, los llamados institucionistas habían hecho suya la filosofía educativa de Rousseau: eran anticlericales y no tenían remilgo alguno en recibir los favores del Estado.
Por otra parte, la ILE, desde su fundación, había defendido el modelo unificado de escuela, es decir aquel donde todos los escolares reciben la misma instrucción desde la primaria a la universidad, sin establecer diferencia alguna entre enseñanza primaria y secundaria; un modelo que los socialistas españoles hacen suyo a partir del Congreso Nacional del PSOE de 1918. Desde entonces, la izquierda española se ha sentido siempre identificada con la pedagogía de los discípulos de Giner.
Probablemente, si aquellos políticos liberales de principios del siglo XX se hubieran preocupado por elaborar una teoría sobre la educación de acuerdo con sus convicciones, hubieran podido darse cuenta de que, como dijo Isaiah Berlin, Rousseau fue “uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”.
Y, quizás, en ese caso, no se habría llegado a la situación actual en la que, no solamente no se encuentra ni rastro de pensamiento liberal en la escuela pública, sino que, además, su profesorado se ha dejado engañar por la gran falacia socialista de que sólo el sistema público de enseñanza garantiza la igualdad de oportunidades, es socialmente justo y respeta la libertad de conciencia.