domingo, 7 de enero de 2007

Entrevista a Antonio Muñoz Molina

ABC 07/01/07

POR ANTONIO ASTORGA

Antonio Muñoz Molina: «Ahora parece que la Transición fue una bajada de pantalones ante la extrema derecha»

«Soy un poco menos invisible porque desde que se publicó en Estados Unidos Sefarad tengo más lectores y he ido haciendo también bastantes amigos, pero la invisibilidad es una condición neoyorquina». En la universidad de la ciudad de Nueva York Antonio Muñoz Molina lleva años enseñado literatura española, actividad que prolonga con cursos y conferencias. Es embajador «volante» del Instituto Cervantes. Durante los dos años que lo dirigió en Nueva York Muñoz Molina incardinó la cultura hispana en la vida y en la pulsión de la Gran Manzana. Nada de invisibilidad, pues. En Madrid Muñoz Molina es perfectamente visible. Nos citamos en el Círculo de Bellas Artes y el ujier nos quiere cobrar la entrada: 1 euro (¡dichosos los tiempos del inolvidable Alfonso el cerillero, que en el Café Gijón prestaba dinero para las timbas a los intelectuales tiesos!). Pagamos religiosamente. La cafetería nos recuerda a un edificio «sovietizado» —por su aire gélido y sus paredes cóncavas y convexas desangeladas—. No somos invisibles. Un camarero nos invita amablemente a abandonar el sofá principal: «¿Lo han reservado?». Nos escorzamos hacia un velador frente a la calle Alcalá y el pensamiento del intelectual comprometido con la paz y la democracia se hace necesariamente visible.

—¿Le viene a la memoria el verso de T. S. Eliot de los «Cuatro Cuartetos»: «Los seres humanos no somos capaces de soportar un grado excesivo de realidad»?
—Es una de las grandes verdades de la vida. Estamos dispuestos a cualquier cosa con tal de no aceptar la realidad. Por eso tenemos ideologías y religiones: porque no podemos aceptar el hecho de que no seamos el centro del mundo.

—Hablando de ombligos del mundo, ¿cómo ve la alianza de civilizaciones que Zapatero ampara?
—Habrá que saber cómo define las civilizaciones. Es como la palabra paz, que suena estupendamente, como diálogo, alianza... ¿Cómo no va a estar uno a favor del diálogo y de la paz? Pero son términos que hay que manejar con mucho cuidado. En la Segunda Guerra Mundial se hizo una alianza entre las democracias y la Unión Soviética para derrotar a Hitler. Una alianza que implicaba no por parte de las democracias suspender cualquier sospecha o cualquier duda sobre la legitimidad del estalinismo. La vida real está hecha de transacciones, no de opciones limpias. Nunca. Tienes que hacer una alianza con Stalin para acabar con la Alemania nazi, pero vas a pagar un precio en todos los sentidos. El sacrificio del pueblo ruso en esa guerra fue superior al de cualquier otro país. Si hacemos una alianza con un régimen tiránico, ¿vamos a aceptar que en ese régimen no se respeten los derechos humanos? Las palabras hay que mirarlas con mucho cuidado por la musiquilla que contienen.

—¿Qué música contiene la palabra proceso?
—Cuando se habla del proceso de paz en España eso implica que hay una guerra y si hay una guerra habría dos partes. No hay paz sin legalidad democrática. En España había paz a partir del 1 de abril de 1939 y esa paz se basaba en fusilamientos permanentes de personas desarmadas. Eso es la paz. Uno de mis primeros recuerdos de niño fue la campaña que hizo Fraga sobre los «25 años de paz». Luego está el diálogo. ¿Con quién dialogo? ¿Dialogo con un señor que considera que las mujeres tienen que quedarse encerradas en sus casas?, ¿dialogo con alguien que considera que yo tengo menos derecho a vivir porque mi apellido no se parece al suyo? Siempre hay que hacer transacciones y llegar a acuerdos, pero con mucho cuidado. Si usted y yo estamos aquí y usted porta una pistola evidentemente no estamos dialogando.

—Ahora el Gobierno rectifica y da por «roto, liquidado y acabado» ese proceso...
—Me saca de quicio que los demócratas se contagien del lenguaje de los terroristas. Las palabras son muy importantes, y hay que tener mucho cuidado con ellas. No podemos llamar «lucha armada» a sus crímenes, y decir «proceso de paz» era darles implícitamente la razón en que había una guerra. No hay ninguna guerra: hay unos cuantos canallas a los que el sistema democrático tiene que aplicarles todo el peso formidable de la ley, deteniéndolos, juzgándolos y mandándolos a la cárcel; y hay unos cuantos miles de bárbaros que se aprovechan de la impunidad para hacerles la vida imposible a sus vecinos, que disfrutan de todas las ventajas de la democracia y del estado de bienestar y además se dan el lujo de quemar autobuses los fines de semana y de amenazar de muerte a las personas decentes. Las leyes están para perseguir a esa gente. A mí me parecía una vejación que el gobierno de mi país anduviera públicamente en tratos con unos criminales encapuchados y con boina. El único proceso de paz es la unidad de los demócratas, el acoso internacional y la aplicación de las leyes. El Estado puede ejercer la clemencia, pero con mucho cuidado: la ejercimos en 1977, con la amnistía general, y en 1980, cuando se disolvió la llamada rama político-militar de la ETA. Me parece suicida olvidar que estamos ante fanáticos asesinos.

—Seguimos sumidos en la crispación más absoluta: 11-M, mochilas, ácidos, Estatutos de andar por casa, la negociación con ETA, los nacionalismos excluyentes... ¿Por qué se desprecia a España?
—Qué curioso que con tanta recuperación de memoria histórica no se rescate una cosa que estaba en alguien como Azaña, y en tantos pensadores republicanos: un profundo y democrático patriotismo español...

—...«basado en las zonas templadas del espíritu...»
—...Esa es la idea de Azaña que el propio Azaña debió haber cuidado un poco más. Existe una tradición liberal y progresista española y muchas veces, fuera de España, tienes que explicar que España no es sólo el país de la Inquisición, sino que también es el país de las Cortes de Cádiz, que España no es el país de las matanzas de indios o genocidios, sino el que fundó universidades en toda América mucho antes de Harvard.Y está la España de las pinturas negras y la ilustrada de Goya, la de Quevedo y Cervantes, y hay una tradición ilustrada y liberal muy potente en España. Yo me siento heredero de esa tradición y la elijo para mí, la tradición europeísta, abierta. Ni a Azaña, ni a Lorca, ni a Ramón y Cajal, ni a Negrín, ni a Pérez Galdós, ni a Miguel Hernández les avergonzaba ser llamados españoles. Y que unos cuantos canallas decidieran secuestrar ese nombre y esa condición durante un tiempo para mí eso no significa nada.

—¿La ley de memoria histórica es de subjetividad tendenciosa?
—No conozco bien la ley. Lo que sí creo es que ahora parece que la Transición fue como una bajada de pantalones ante la extrema derecha, que la Transición fue una cosa acomodaticia, que era algo como sin mérito, una blandura enorme... Claro, los que la hemos vivido tenemos la obligación de recordar cómo era. Tenemos la obligación de recordar lo criminal y duro que era el franquismo y tenemos la obligación de recordar lo ejemplar en muchos casos que fue la Transición, en donde se lograron muchísimas cosas. Y se logró algo en lo que todo el mundo sensato está de acuerdo, aquello que el Partido Comunista quería en 1956 y que Indalecio Prieto quería desde 1945 cuando él fue la persona que dentro del Partido Socialista más insistió para llegar a un punto de acuerdo con los monárquicos demócratas. Porque había que crear un sistema democrático. Me parece un poco disparatado el reivindicar no el sufrimiento o el heroismo de las víctimas o de las personas que entregaron su vida por causas nobles, sino los fanatismos ideológicos.

—¿En qué educación cree?
—Creo en el sistema educativo del krausismo español que viene de la herencia ilustrada europea. Creo en el sistema de la instrucción pública, en la educación destinada a desarrollar lo mejor de cada uno, la educación destinada no a congraciarnos con nuestra presunta identidad, sino a sacarnos de nosotros y hacernos lo mejor que podamos ser. Ahora mismo en España, y en muchos otros sitios, la idea predominante es una educación para reafirmar los propios prejuicios. Me parece terrible. Los seres humanos no somos buenos ni malos por naturaleza; somos de muchas maneras. Dentro de cada uno hay inclinaciones que vienen dictadas ora por la biología ora por la tradición cultural.

—Pero si los comisarios políticos se adueñan de la educación...
—Los únicos que ponen énfasis en la educación parecen ser los comisarios políticos. La educación ha sido abandonada. En España, ¿quién se encarga de dirigir la educación, los programas y sistemas educativos? En muchos casos, gente muy extremista, gente muy poco de fiar. La educación y la cultura se ponen en manos siempre de las personas más fanáticas ideológicamente. Otra terrible y grave equivocación.

—No podemos estar a estas alturas tirándonos los muertos de la guerra a la cara unos a otros...
—...Ni eligiendo del pasado lo peor del pasado: es decir, las cuestiones más sectarias. Insisto en lo que dice Anthony Beevor: necesitamos un pacto de recuerdo, ponernos de acuerdo en unas cuantas cosas. Lo que me parece disparatado es que sean los políticos quienes hablen de la guerra, de la posguerra y todo eso. Es una cuestión que tiene que estar en manos de los historiadores, que son los que investigan y los que saben de eso. ¿Por qué tienen que estar diciendo los políticos todas esas irresponsabilidades para volver a abrir heridas?

—¿Qué clase política tenemos?
—Yo creo que la clase política y la clase intelectual tienen una obligación pedagógica. Algunas veces cuando pongo la radio por la mañana y escucho lo que dicen los oyentes me dan escalofríos. Bueno, aquí se están cometiendo errores muy graves de pedagogía y de educación si treinta y tantos años después de la muerte de Franco se escucha a la gente decir esas barbaridades en un sentido o en otro. Algo muy erróneo y feo está ocurriendo.

—Ahora los patriotas son los nacionalistas, que ¿deberían escribir su afiliación con «zeta»?
—¡Bah, eso es pasado!

—En 500 años nadie se acordará de Estatutos, «procesos», «nazionalismos» con zeta, carod-roviras, otegis, alianzas de civilizaciones, memorias históricas... pero la imaginación quedará.
—A lo mejor no queda nada como sigamos así.

—En«Sefarad» usted traza el atlas del destierro y define a la perfección el totalitarismo: dividir a las personas en grupos cerrados, de identidad obligatoria, y quitarles la humanidad. ¿Por qué se sigue perpetrando esa barbarie?
—Sí, es la tendencia dominante. Por una parte está el impulso emancipador y universalista, que arranca con la declaración de independencia americana estableciendo la igualdad de los seres humanos, a un nivel teórico, claro. Los seres humanos nacen iguales. Y eso llega hasta la declaración universal de los Derechos del Hombre. Es un impulso extraordinario y un acto de imaginación: todos los seres humanos tienen los mismos derechos. Pero no quiere decir que tus logros o capacidades sean iguales. Por desgracia está el impulso contrario, el que divide a la gente en razas, etnias, religiones, responsable de tanta miseria y destrucción.

—Los perseguidos han sido, son y serán las víctimas perfectas...
—Porque con el «otro» lo primero que se hace es expulsarlo de la comunidad de los que tienen derechos, de ese espacio universal. Lo primero que se hace con el otro para aniquilarlo es negarle la plena humanidad.

—Que es negar al individuo.
—¡Claro! Es animalizarlo, convertirlo en extranjero o en bárbaro, o en gusano. Fíjese con qué frecuencia se animaliza al adversario, al que se quiere eliminar llamándole «perro». En el País Vasco llaman «chacurras» a los Policías, en Cuba «gusanos» a los disidentes, en la Alemania nazi llamaban «cerdos» o «perros» a los judíos. Tú animalizas al adversario y tienes derecho a liquidarlo. Primo Levi contó que hay personas que no se dejan animalizar. Él habla de un compañero suyo, un albañil, que le salvó y le ayudó a sobrevivir. La presión de la animalización es muy poderosa, pero hay gente que saca lo mejor de sí.

—«Vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas», escrutó Machado. Guerra y paz. ¿Cómo las vive un escritor?
—Vivo en paz con muchas cosas y en profunda discordia con muchas cosas y gente.

—Y escribe desde la incertidumbre.
—La incertidumbre es la condición natural del ser humano. Hay certidumbres desoladoras, como que vamos a morir. Lo que diferencia al científico del fanático es que el primero tiene muchas incertidumbres y el segundo, ninguna. El dogmático tiene el mismo dogma desde hace dos mil años, mientras que la persona ilustrada y racional pone a prueba sus convicciones con la realidad. Hay gente un poco mayor que yo que parece echar de menos la época de las grandes certezas con mayúsculas. ¿Qué certezas? Eran certezas generalmente homicidas.

—¿No resulta desesperante el virus del particularismo cultural?
—Es la moda, ¡qué le vamos a hacer! La literatura se fija siempre en el individuo. Por eso la literatura y el pensamiento dogmático y totalitario se llevan tan mal: porque el dogma quiere hacernos a todos iguales, mientras que la literatura reconoce las diferencias en un marco de unidad. Cuando se habla de particularismos nos referimos a esa creación de grupos cerrados y hostiles entre sí difícilmente inteligibles. Eso ha llegado hasta el extremo de la necesidad de crear una cultura autónoma y cerrada. No ya culturas territoriales, sino de género, de identidad sexual o auditiva. Todo el mundo quiere pertenecer a un grupo y sentirse herido.

—¿Por instinto tribal?
—Porque satisface un instinto muy arraigado en el ser humano: el de la tribu. Muchas ideas racionales son «contra intuitivas», van contra la percepción normal. Es «contra intuitivo» que mi vecino de la otra tribu sea como yo. Por eso los principios democráticos tienen que ser enseñados tan intensamente porque van contra un impulso muy poderoso: el de refugiarse en la tribu. La venganza es tribal y la justicia impersonal. ¿Cómo no voy a vengarme de lo que le hacen a uno que es de mi sangre? ¿Cómo uno que profesa otra religión tiene los mismos derechos que yo? Es difícil de aceptar.


«Es difícil civilizar a los bárbaros»
Un 31 de julio de 1986 Antonio Muñoz Molina recibió una de las mejores noticias de su vida. Pere Gimferrer telefoneaba desde Barcelona a Úbeda para comunicarle que en Seix Barral iban a publicar su primera novela, «El invierno en Lisboa», relato que se paladea a ritmo de jazz desde las memorables noches del Arthur's Tavern en Grove Street. La literatura de este robinson urbano es un viaje al centro de la i(MÁGINA)ción. En esa sierra, en Mágina, el autor nos invita a vivir otras vidas, otras miradas. Aprendió de Vargas Llosa que la literatura no es un laboratorio ni una máquina de propaganda y por eso su obra está forjada de memoria y compromiso. Con «Beatus Ille» deslumbró a la crítica y a lomos de «El jinete polaco» ganó el Nacional de Literatura. Ingresó en la Real Academia con 39 años. Sus novelas «El invierno...», «Beltenebros» y «Plenilunio» han sido llevadas al cine. Tras delinear el mapa de todos los exilios en «Sefarad» y abrir de par en par las «Ventanas de Manhattan», una pura alegría, dirigió el Instituto Cervantes de Nueva York y en septiembre regresó a su territorio de Mágina para mostrar un mundo premoderno y su desaparación en «El viento de la luna», el retrato del artista adolescente que homenajea al padre desde su humilde grandeza.

—¿La literatura es una orgía perpetua?
—¡Hombre!, la palabra orgía es muy fuerte, pero la literatura es una fuente de felicidad y de intensidad vital. Leer y escribir me gustan cada día más.

—¿Para quién escribe?
—Para cualquiera que quiera acercarse al libro. La literatura tiene caminos muy raros y al lector te lo encuentras en los sitios más inesperados. Tú escribes y puedes pensar en un público que tienes más cerca (el de tu país), pero lo mejor ocurre cuando llegas a sitios insospechados o a gente que está muy lejos de lo que haces. Hace poco daba una conferencia en Nueva York y al terminarla se me acercó una señora que me dijo: «He leído todas sus obras en hebreo». Y pensar que tus libros hayan podido formar parte de su vida es algo que te emociona. Estoy leyendo ahora el diario de Bioy Casares con referencia a Borges. Y pienso cómo esas conversaciones entre estos dos amigos en Buenos Aires, en los años 40, 50, 60, los relatos que escribieron, su antología de Literatura fantástica, pudo llegar hasta mí para influirme en la Granada de los años 70. Fue algo definitivo en mi educación. Es la fuerza extraordinaria de la literatura, como lectura y como creación.

—Pero desgraciadamente la literatura sigue sin servir para poder civilizar a los bárbaros.
—Tristemente civilizar a los bárbaros es muy difícil. Yo creo que a los que tenemos propensión a estar civilizados sí que nos civiliza más.

—Desde Mágina usted imaginó y descubrió la pura vida.
—Pura suerte generacional. La generación de mis padres tuvo muy mala suerte: le tocó la guerra con la infancia. Yo, personalmente, que he podido tener una vida más o menos dura en algunos tramos, he disfrutado de una suerte histórica como todos los que estamos vivos ahora y en plenitud de facultades. Y es que hemos vivido el salto de un país del Tercer Mundo al Primer Mundo, de la dictadura a la democracia. Tenemos la suerte de haber nacido en un rincón del mundo en el que la vida es mejor que en cualquier otra época y cualquier sitio. Por alguna razón viene tanta gente a Europa. Nadie emigra a Corea del Norte, ni a Arabia Saudí, por ejemplo.

—Pero usted no se acomodó.
—Lo normal a finales de los años 60 para muchísima gente joven era querer cambiar, buscar otra vida distinta. Y de ese mundo vivimos.

—Como decía Julio Cortázar, ¿acomodarse en identidades crustáceas es muy peligroso?
—Él distinguía entre el camaleón y el crustáceo. En «Elogio del camaleón» se pregunta: «¿Por qué ese prestigio del que no cambia nunca?». Frente al crustáceo prefería al camaleón. Y se cuestionaba por qué el adjetivo camaleónico es despectivo. Hombre, otra cosa es el oportunismo. Pero hay que atreverse a cambiar.




\[Antonio Muñoz Molina leía en 1975, con admiración, a Cela, Delibes, Torrente Ballester, Luis Martín Santos, Juan Goytisolo... El descubrimiento de los cuentos de Borges fue decisivo para consagrarse a la narrativa. «El curso 75-76 tenía la impresión de haberlo pasado encerrado en una habitación leyendo sin parar», concede. Transitan por ese espacio Fuentes, Borges, Vargas Llosa, Poe, Cortázar, García Márquez, Joyce, Bioy... Verne le despierta su condición de novelista y Proust le enseña «a mirar y a escuchar». «Absalon, absalon» le marca como «En busca del tiempo perdido» y en «Si te dicen que caí», de Marsé, halla y talla el elemento de lejanía\].

—¿Así nació usted a la literatura?
—Fue un nacimiento muy vinculado al propio descubrimiento de la vida. La literatura me daba respuestas y me permitía reconocer impresiones, problemas. La literatura empezó a ser importante para mí cuando me dí cuenta de que tenía algo serio que decirme sobre mí mismo y sobre el mundo. Fue un descubrimiento feliz.

—Pero el mundo no ha sido tan feliz sino cruel por el holocausto nazi y por los comunismos ruso, chino, el comunismo de Camboya, que mataba a la gente por tener gafas. Pol Pot, jefe de los kemeres rojos, era doctor en filosofía por La Sorbona, como Abimael Guzmán, de Sendero Luminoso. Personas perfectamente cultivadas deciden que el ser humano no tiene valor. ¿El ser culto no significa nada?
—Y Ho Chi Min. A veces hay una soberbia en el intelectual: la soberbia de despreciar la realidad. Lenin era otro intelectual. La checa, en la Unión Soviética, al principio tenía prestigio intelectual. Los chequistas tenían cierta vitola de intelectuales porque al desarrollar su trabajo al margen de la realidad práctica el intelectual puede ser muy arrogante y tender a despreciarla. Y de ahí surge el peligro de las utopías homicidas, el hecho de que se considere que para imponer la felicidad sobre la tierra se pueda sacrificar a los seres humanos. Ha ocurrido siempre. Eso es lo que justificaba las matanzas de albigenses, por ejemplo, en el siglo XIII en Europa, en nombre de la ortodoxia cristiana. No es una cosa privativa ni de ideólogos ni de nada, sino que está en toda la gente que se deja emborrachar por abstracciones. Por salvar a alguien lo matas. El fanatismo es una enfermedad intelectual. Y a través de la Historia ha sido así: el fanatismo religioso, por ejemplo, con la cantidad de muertos que ha causado y que sigue causando.

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