miércoles, 28 de febrero de 2007

Contra las putas

¡BASTA YA! 2007/02/28

"Esa persecución de las putas y de sus clientes se sustenta fundamentalmente en el ataque a la libertad de las personas"
Jorge Marsá

Contra las putas
El puritanismo se asoció siempre con personas de talante reaccionario y retrógrado. Sin embargo, hace ya un tiempo que los puritanos de izquierdas reclaman un puesto de vanguardia en el combate para erradicar las prácticas “contra la moralidad”. Lo curioso es que parece que los de ahora y los de otrora coinciden en los manjares que mayor disfrute proporcionan a sus no muy finos paladares: la prostitución, la pornografía y las excitantes imágenes de la publicidad. Siempre obsesionados con el sexo.

A las putas se las persigue, faltaría más, por su bien. Antes, para librarlas del pecado que las condenaba, y en defensa de no se sabe muy bien qué visión de la decencia pública. Ahora, se estigmatiza a las putas de forma más radical, por su condición de mujeres: sostienen los nuevos puritanos que su trabajo es “una actividad indigna y degradante para las mujeres”. Así que, liderados por el gubernamental Instituto de la Mujer, se proponen estos nuevos cruzados de la moral lo mismo que los antiguos: prohibir la prostitución. Y la semana pasada lograron que el Congreso de los Diputados recomiende que no se regularice la prostitución en España. Un éxito para quienes no conciben, hoy como ayer, que la libertad de las personas pueda anteponerse en el espacio público a su muy estrecha moralidad.

La cruzada emprendida contra las putas se sostiene sobre un par de ideas: la primera es la de que son las mafias las que obligan a ejercer la prostitución a muchas de las mujeres que la practican. Obvia resulta la necesidad de combatir esos comportamientos mafiosos, perseguir a sus impulsores y, sobre todo, proteger a sus víctimas. Pero obvio debería resultar también que no se puede perseguir al conjunto de personas que realiza una actividad porque algunas de ellas infrinjan la ley, que un colectivo no es responsable de los delitos que cometa cualquiera de sus integrantes.

De ese primer argumento deducen el segundo: la mayoría de las prostitutas desearía realizar otro trabajo. No hay vocación, nos dicen: “la prostitución se nutre de la pobreza”. Y uno se imagina la vocación del minero por su trabajo, y la cantidad de mujeres ricas que se ponen a servir porque tienen vocación de asistenta. De la pobreza o de las desigualdades de la sociedad se nutren buena parte de los trabajos que hacen las personas, que seguro que, de poder elegir, se dedicarían a otra cosa, como dicen los puritanos que harían las putas.

Nadie sabe de dónde se han sacado los números, pero insisten en que el 95% de quienes se dedican a la profesión no desearía hacerlo. Ahora bien, existe un problema en el que los muy correctos y correctas se niegan a entrar: ¿qué ocurre con el 5% que sí elige libremente dedicarse a la prostitución? Pues que no puede ser, que han decidido que esa actividad resulta indigna y degradante para las mujeres y que, por lo tanto, no puede consentirse, legalizarse. No pueden reconocer que hay mujeres que ejercen la prostitución porque quieren o porque les conviene, como no pueden aceptar entre sus argumentos que también hay hombres que la practican y que es creciente el número de mujeres que recurre a sus servicios. No pueden aceptarlo porque se desmorona toda la campaña. En realidad, porque se demuestra que esa persecución de las putas y de sus clientes se sustenta fundamentalmente en el ataque a la libertad de las personas que ha caracterizado siempre la conducta de los puritanos de cualquier pelaje. Se niegan a aceptar que dos personas libres puedan acordar intercambiar sexo por dinero, simplemente, porque les resulta moralmente reprobable que lo hagan, y tratan de que prevalezca su muy particular moral sobre la libertad de los individuos para practicar la sexualidad como les venga en gana.

Afortunadamente, y aunque no lo parezca en la España de Zapatero, no son éstas las únicas feministas que existen. Otras hay que carecen de esa obsesión por perseguir y castigar a quienes no se pliegan a su norma moral. Las Otras Feministas se pronunciaban hace cerca de un año sobre esta cuestión: “Contemplamos con preocupación las posiciones del Instituto de la Mujer sobre la prostitución, a la que considera una actividad indigna y degradante. Estas ideas, en línea con el feminismo puritano de reforma moral de fines del XIX, brindan una excusa para mantener las pésimas condiciones en las que las prostitutas ejercen su trabajo” (“Un feminismo que también existe”, El País, 18-03-06).

Esa debería ser la cuestión principal, la preocupación por las mujeres que ejercen la prostitución, por las condiciones en que lo hacen y la defensa de su libertad, o de su necesidad, para realizar ese trabajo. Las feministas puritanas prefieren dedicarse al placer moral que proporciona hacerle la vida imposible a las putas. No es novedad; siempre fue así, y siempre fueron así los puritanos. De lo que se trata es, también como siempre, de que los defensores de las libertades combatan el puritanismo reaccionario que impide legalizar la que llaman profesión más antigua del mundo.










domingo, 25 de febrero de 2007

ENTREVISTA: Antonio Elipe, Matemático y experto en mecánica celeste

Diario de Navarra 2007/02/25

«Las temperaturas eran superiores a las de hoy en los siglos XII y XIII»La teoría de los movimientos celestes que ha servido para explicar los ciclos climáticos en el pasado sirve también para predecir los cambios futuros
ENTREVISTA: Antonio Elipe, Matemático y experto en mecánica celeste

Catedrático de matemática aplicada en la Universidad de Zaragoza, Antonio Elipe habló en Pamplona sobre la influencia de la mecánica celeste en los cambios de clima.

L A explicación al aumento de temperaturas está en el cielo. Caminamos hacia el calor porque así lo determinan, por una parte, los registros históricos de cambios orbitales en la elíptica que traza la tierra alrededor del sol y, por otro lado, las mínimas y lentas variaciones del eje de la tierra en inclinación o en orientación. Nos exponemos más al sol, aunque el efecto de la eliminación del CO2 también contribuye a una subida de temperatura. Así lo indica Antonio Elipe Sánchez, catedrático de matemática aplicada de la Universidad de Zaragoza. Invitado por el Aula de Ciencia y Tecnología de la Universidad Pública de Navarra, habló recientemente en Pamplona sobre «Mecánica celeste y glaciaciones». Sin negar la toxicidad para la salud del hombre y de la tierra que producen los procesos de contaminación y tala de árboles, recuerda que, ya cuando aún no se circulaba en automóvil, se detectaba la subida de temperatura. Dedicado a investigaciones de interés para empresas aerospaciales sobre el cálculo y diseño de órbitas, recuerda que «cambia la distancia del sol a la tierra debido a que la órbita de la tierra unas veces es más achatada y otras veces es más alargada. Tiene mucha influencia el eje de giro de la tierra con respecto al plano horizontal que a veces es de 22 grados y otras de 25 grados. Y ahora estamos aproximadamente en 23,5 grados, y un grado más o menos de inclinación supone que haya periodos de mucho más frío que otros. Nos encontramos ante picos periódicos en forma de dientes de sierra».

Los volcanes y el sol
-¿Qué produce fundamentalmente el cambio climático?
-Hay distintas teorías. El otro día salió un informe de expertos de la UNESCO diciendo que se debe a la acción exclusiva de la acción humana y creo que no es exclusivamente culpa de la acción humana porque antes de que el mundo existiera hubo cambios, incluso más drásticos. El cambio es debido a la naturaleza: desde erupciones de volcanes que producen gran cantidad de gases y oscurecimiento, y por tanto menos calor, a la actividad solar con ciclos de once años en los que llega más o menos energía; pero, sobre todo, lo que más influencia ejerce, y eso sí que está comprobado con los registros geológicos de las glaciaciones, son los cambios debidos a la geometría de la órbita de la tierra. Todo se superpone. Que un factor sea el único eso es falso».

Del calor a la glaciación
-¿Hacia qué futuro caminamos?
- Desde que pasó la última glaciación hace unos 22.000 años, la época de frío más intenso, vamos subiendo. Entonces teníamos cubierta de hielo prácticamente desde la mitad de Inglaterra hasta Suiza y gran parte de América desde la ciudad de Whasington hasta California. Esa capa de hielo se ha retirado y ahora estamos cerca de alcanzar el pico de calentamiento que se calcula que puede llegar en unos 500 años. Y luego iremos otra vez hacia una época de más frío. Podría suceder que el efecto de sobrecalentamiento sea de tal manera que anule el efecto de enfriamiento que debería venir después. Pero eso es ciencia ficción.

-¿Qué hay de mito y de cierto en las teorías que se manejan a cerca del calentamiento global?
-El calentamiento inducido por la actividad humana es cierto. Hay una emisión de CO2 y un efecto invernadero que nadie lo discute, pero ese es un calentamiento añadido al que ya nos dicen las curvas de la mecánica celeste. ¿Es preocupante? Sí. ¿Si no existiese ese efecto invernadero seguiríamos calentándonos? También seguiría el calentamiento. A mitades del siglo XVII y XVIII hubo una época en Europa que se conoce como la pequeña glaciación. Se ven registros pictóricos con los glaciares llegando a los pueblos. Quiere decir que ha habido un calentamiento y un enfriamiento en cuestión de unos 100 o 200 años. Pero en el siglo XII y XIII las temperaturas eran mayores que las que tenemos en estos momentos. Eso lo vemos en los registros de los anillos de los árboles. Muy hacia el interior de Islandia, en lugares muy fríos, hay poblados abandonados donde se observa que cultivaban cereales. O sea, que la temperatura era mayor que la que hoy tenemos. ¿Y si no había coches? ¿Quién calentó? Fueron los efectos naturales. Aunque ahora sobre la naturaleza tenemos una acción sobreexpuesta por el CO2, lo cierto es que tenemos menores temperaturas que en el siglo XIII.

Corte de árboles en el Ebro
-¿Qué nos debe preocupar a más corto plazo?
-Sí es cierto que hay que preocuparse por el medio ambiente. Pese a lo que digan, hay que ser consciente que el deterioro del medio ambiente no es bueno. No sólo por el efecto invernadero, sino por la propia sanidad de nuestra naturaleza, de nuestra atmósfera y por poder respirar aire puro, pero no pensando de aquí a 200 años, sino pensando en nuestro día a día. Me preocupa más que los gases que emiten los automóviles y las industrias, la cantidad de hectáreas de árboles que se están quemado cada día para agricultura, para minas o para pastos. Y eso parece que preocupa menos que llevar un catalizador en el coche. Más Co2 que el que se ha emitido con la quema de bosques este verano en Galicia no creo que lo emita una ciudad como Pamplona en todo un año. Se está creando una mala conciencia hacia el consumidor de energía del día a día y ninguna hacia el pirómano o hacia los gobernantes que tenían que haber controlado esos incendios.

-Se asegura que en Navarra será donde más se experimentará el aumento de temperaturas.
-Eso también lo he oído con Aragón. Eso es crear alarmismo intencionadamente. Hay problemas producto de la mala gestión del terreno. España es un país donde la desertificación está avanzando continuamente, en parte porque no llueve, pero en la ribera de Aragón se han cortado demasiados árboles y se han sustituido por cultivos de maíz o arroz. Y el arroz , al cabo de 25 años, saliniza el terreno y pasa a ser desierto. Ya se ha aprobado una oficina del cambio climático en Aragón, cuando un cambio climático es algo global, de toda la tierra, no de una comunidad autónoma.

-Al Gore y Tony Blair advierten del cambio climático, pero también de excelentes oportunidades para nuevos negocios.
-Claro. Y es una excelente oportunidad para obtener fondos para la investigación. Para eso va a haber mucho dinero, lo mismo que hay palabras clave que ayudan a conseguir dinero con independencia de la entidad

sábado, 24 de febrero de 2007

Efectos prodigiosos

La Gaceta de los Negocios 2007/02/23

"El Estatuto andaluz es malo para Andalucía y es malo para España. Confirma la deriva confederal"
Álvaro Delgado-Gal

Efectos prodigiosos
El bajísimo índice de participación en el referéndum andaluz ha caído como un jarro de agua fría en medios gubernamentales. No tanto, y esto tiene su lado gracioso, por usar una palabra amable, en medios populares. Pero no nos engañemos: dentro de una semana, estaremos hablando de otra cosa. Antes de que nos vuelva a distraer el vuelo de un mosca, pongamos en orden los datos fundamentales.

El CIS había pronosticado que acudirían a las urnas el 48% de los andaluces. Es decir, un porcentaje parejo al que se registró en el referéndum catalán. Una estimación pesimista, aunque, todavía, no catastrófica. Medimos la calidad de las cosas con referencia a nuestras expectativas, y las pobres que hasta hace unos días alimentábamos los observadores —y el propio CIS—-, estaban condicionadas por la experiencia catalana. Pero ahora tendremos que revisarlo todo a la baja: sólo votó un andaluz de cada tres. Teniendo en cuenta que se ha envuelto el Estatuto en la bandera de Andalucía, y que han sonado fanfarrias seudopatrióticas, el único veredicto posible es el de fiasco. Un fiasco monumental. La participación ha sido más alta en el campo que en las ciudades, con un diferencial que en algunas provincias oscila alrededor del 10%. Es evidente que Chaves ha movido a las clientelas del PER, lo que destaca más aún, si cabe, la escasez del resultado. El regocijo en ambientes populares es, como he insinuado antes, inexplicable, puesto que el Estatuto malquerido también ha sido suscrito, recuérdenlo, por el PP, el cual se ha tragado por las bravas catorce artículos gemelos de los que ha impugnado en Cataluña, más otros veintiocho muy parecidos. La táctica local ha predominado sobre la nacional, síntoma de la anarquía reinante y los desarreglos que aguardan a este país a la vuelta de la esquina. Sería ingenuo, con todo, esperar de los partidos un instante de reflexión. Dejémoslos por imposibles, e intentemos analizar la actitud de los votantes.

Éstos han practicado, en esencia, la resistencia pasiva. O tan siquiera. El que se resiste pasivamente, obstruye de alguna manera las iniciativas o acciones de otro. Los andaluces, más que resistirse, han manifestado un gigantesco desinterés. El valor sintomático que ello reviste, no debe distraernos de una constatación a mi entender muy preocupante: y es que los ciudadanos han llegado a la conclusión, mal fundada, de que la política no va con ellos. Lo último es una ilusión, comparable a la del niño que provoca la desaparición del mundo por la técnica de cerrar los ojos para no verlo. El Estatuto andaluz es malo para Andalucía y es malo para España. Confirma la deriva confederal y anticipa la ingobernabilidad del territorio en su conjunto. Enumeraré, rápidamente, algunos de sus elementos más significativos.

Uno: al blindar competencias, paraliza la acción legislativa del Congreso, en la línea catalana. Dos: consagra la bilateralidad con la creación de comisiones mixtas. Tres: insiste, tras los precedentes catalán y valenciano, en formular una carta de derechos, como si se estuviera fundando un poder soberano independiente. Cuatro: incrusta en su texto, a semejanza de nuevo del Estatut, qué inversiones tiene que realizar el Estado. Esto es un disparate mayúsculo. Ningún Estado serio puede comprometerse a una cosa así. ¿Se imaginan que la Constitución plasmara en su articulado que la revisión de las pensiones tuviese que incorporar el IPC? Tendríamos que arrojar a la basura, o la Constitución, o el Ministerio de Hacienda. La multiplicación de exigencias económicas hará metástasis en otras comunidades, provocando, o el derrumbe de las finanzas, o una política que en la práctica sea incompatible con lo exigido en los Estatutos. Esto es estúpido, tercermundista. Cinco: la Junta se apropia de la cuenca hidrográfica del Guadalquivir. Queda el aire, que no se sabe todavía cómo encerrar bajo llave. Seis: se crean los instrumentos para poner en marcha un poder judicial andaluz, sometido a las presiones de los políticos locales.

Los ciudadanos no se han tomado esto en serio. Pero tampoco se han tomado en serio las consecuencias de no impedirlo. ¿Cómo, por cierto, habrían podido impedirlo?

La pregunta es interesante. El PSOE y el PP han coincidido en la misma composición de lugar. Han pensado que el PP no podría haberse opuesto al Estatuto sin ser víctima de una campaña que atizara el agravio comparativo y arruinase al partido en la región. Por eso el PP ha entrado en la puja, luego da arrancar a sus rivales una declaración retórica sobre la unidad de España. ¿Ha sido correcto el análisis de los políticos? Probablemente, sí. Probablemente, el reflejo más operativo en este momento es el siguiente: “no quiero nada en particular, salvo no ser menos que mi vecino”. Es un reflejo elemental, aunque poderoso. Lo elemental, unido a la falta de responsabilidad en quien manda, genera efectos prodigiosos.

jueves, 15 de febrero de 2007

Tranquilidad y buenos alimentos

La Gaceta de los Negocios 2007/02/15

La esperanza, es que el 11-M deje de ser utilizado como un instrumento de recíproca deslegitimación
Álvaro Delgado-Gal

Tranquilidad y buenos alimentos
Concluida la instrucción, comienza el juicio sobre el 11-M, propiamente dicho. En la experiencia política, rige un principio parecido al que teorizó Freud para la vida síquica: las verdades no reconocidas por el sujeto consciente subsisten como represiones y producen patologías varias. En rigor, no sabemos qué sucedió el 11-M, ni un sumario imperfectamente instruido nos ha ayudado a averiguarlo. La conciencia pública se ha polarizado en torno de una serie de cuestiones inquietantes, y de lectura no fácil. Enumeremos algunos de los elementos que parecen menos discutibles:

1) El atentado contribuyó a la victoria del PSOE. El mecanismo por el que esto tuvo lugar está perfectamente filiado por los expertos en demoscopia. Los socialistas ganan cuando su electorado se moviliza: la mala gestión de la crisis por el Gobierno, la asociación del atentado con la causa irakí, y la terrible campaña desarrollada por el Partido Socialista contra el Popular entre el 11 y 14 de marzo, invirtieron el signo del sufragio, o, al menos, deshicieron un empate.

2) Hubo servicios de inteligencia que conectaron con el Partido Socialista a espaldas del Ministerio del Interior. Entra dentro de lo muy probable que, además, suministraran información falsa al Gobierno.

3) Algunos de los elementos más activos en estas labores subterráneas fueron promovidos poco después por la nueva Administración.

4) La Comisión de Investigación encargada de estudiar los hechos en el Congreso no sólo fue inútil, sino contraproducente. Uno de los depositantes llegó a reconocer que había redactado su declaración en Gobelas. De modo inexplicable a mi entender, no se concedió a este hecho la dimensión escandalosa que objetivamente tenía.

5) Se ha verificado una muerte en cadena de testigos. La proximidad de muchos de los imputados a la policía, añadida al hecho de que ni las trazas de los que siguen vivos, ni su condición social, encajan del todo con la pericia técnica que la comisión del atentado parece presuponer, ha desatado toda suerte de especulaciones. Los enemigos del Gobierno se han valido de todo esto para insinuar, o temerariamente afirmar, una complicidad de los servicios de seguridad prosocialistas con el atentado.

Los amigos del Gobierno han replicado que la derecha no acepta el resultado de las elecciones cuando éstas le son adversas, abundando en la tesis de que el PP no consigue desprenderse de sus adherencias franquistas. Este agrietamiento, de consecuencias potencialmente nefastas, se ha acentuado por obra de la política agresiva del presidente. Varios millones de españoles, unos de izquierda, otros de derecha, cultivan en este instante nociones atroces sobre la honorabilidad del rival. El país, en fin, está dividido, y esto no es una broma.

El juicio que ahora se inicia suscita una pregunta e impulsa una esperanza. La pregunta, es si llegarán a determinarse hechos que todas las partes reconozcan sin reticencias ni reservas. La esperanza, es que el 11-M deje de ser utilizado como un instrumento de recíproca deslegitimación. La pregunta, y la concomitante esperanza, se encuentran, obviamente, vinculadas entre sí. Si los hechos son contundentes, habrá menos pretextos para apoyarse en ellos con el fin de desautorizar sin fundamento al interlocutor político.

Sospecho que sería imprudente esperar novedades dramáticas, o estupendas revelaciones. Y temo que los mal dispuestos seguirán encontrando razones para no cambiar de actitud. Valga, por lo menos, el siguiente recordatorio: la llamada “verdad judicial” no equivale a la verdad a secas. Los señores togados alcanzan conclusiones y emiten veredictos siguiendo procedimientos altamente ritualizados. El fin de la justicia no consiste en esclarecer, meramente, los hechos, sino en determinar si alguien es culpable a la luz de la evidencia acumulada con arreglo a las garantías que prevé la ley. Dar a cada uno, sin más, lo que se merece, es una tarea más propia del Llanero Solitario que de un servidor del Derecho en un Estado constitucional.

Los partidos, al revés que los ciudadanos normales, están obligados a resolver ciertas dudas sin subrogarse en el fallo de los tribunales. La razón reside en que los partidos, en principio, no son sólo depositarios de intereses particulares, sino del interés público. Su altísimo ministerio exige que inspiren una confianza que no se puede obtener sólo de los trámites de la ley, excogitada para que el inocente no sea injustamente condenado, más que para asegurar que el culpable arrostre los costes de su delito. Hasta la fecha, los partidos no han estado a la altura de su cometido. La Comisión, como se ha dicho, fue un desastre. ¿Qué deberían hacer los partidos ahora? Primero, ser discretos a lo largo del juicio. Dos, no sacar los pies del tiesto si, por ventura, se levantan algunas piedras y sale corriendo, por debajo, un escorpión.

lunes, 12 de febrero de 2007

Longevidad del resentimiento

El País 2007/02/12

"El gobierno no piensa en los ciudadanos, el gobierno sólo piensa contra la oposición. Un gobierno que le tiene tal pavor a la oposición como para no abrir la boca sin mencionarla (¡mamá, mamá, mira lo que ha hecho Rajoy!), es un gobierno de una debilidad incompatible con cualquier diálogo"
FÉLIX DE AZÚA

Longevidad del resentimiento
Recuerdo perfectamente con qué ferocidad despreciábamos a Adolfo Suárez. El plural se refiere a la izquierda de aquellos años. Ni siquiera le odiábamos, era demasiado insignificante. Un burócrata que sólo suscitaba el sarcasmo, un trepador cuyas contradicciones podían facilitar la insurrección proletaria. Es cierto que le había votado una mayoría de la población, pero ya se sabe: los españoles son franquistas, borregos, rancios. Supongo que eso es lo que piensan de Zapatero muchos nacionalistas.

Luego pasamos a despreciar a González. Algunos habían sido compañeros suyos en la Universidad de Sevilla: un chisgarabís, un pelmazo del que huía la gente. Los sarcasmos contra Suárez se hicieron más virulentos contra González. Basta con releer lo que escribían las grandes plumas de la izquierda sobre la entrada de España en la OTAN.

Ahora, cuando el país va regresando inexorablemente al Ruedo Ibérico, nos percatamos de que Suárez y González fueron una bendición inmerecida para una casta intelectual fatua y microcéfala. Un par de políticos inteligentes, prudentes, hábiles, que nos libraron de nosotros mismos. Si hubieran triunfado los míos, por ejemplo, Cataluña habría sido una república popular maoísta. Nunca se lo agradeceré suficientemente a Suárez y González.

Éramos jóvenes y en ese periodo amorfo llamado "juventud", que en España dura hasta los cuarenta años, está permitido ser un majadero y que sin embargo te haga caso la prensa. Pero ahora, cuando se reproduce el viejo estilo del rencor y el resentimiento, ya nadie es joven, ni siquiera los jóvenes son jóvenes. Los "jóvenes" nacionalistas vascos patean las tumbas de los asesinados por sus padres. Han nacido viejos.

El mes pasado, escribía Muñoz Molina en estas mismas páginas su desaliento ante el delirio en el que ha caído la casta dirigente. Era el grito espantado de alguien que, por vivir fuera, se percata de lo asombrosamente inútil que llega a ser la elite española. El delirio de la oposición, perpetuamente encadenada a sus tráficos vaticanos, a su ética momificada, ese espíritu de bronca tan compatible con la codicia. El delirio de los periféricos, reduciendo sus fortalezas regionales a siniestras aldeas endogámicas cada vez más hormigonadas. El delirio del actual gobierno, convencido de poder dialogar con los nacionalistas, desde los más presentables hasta ETA, y proponiendo alianzas con el Islam. Vaya panorama.

Hace unos días tuve ocasión de hablar con una persona excepcional. Ha conocido la esclavitud verdadera, la de las mujeres que se pudren en los países islámicos. Ha vivido en Somalia, Etiopía, Arabia Saudita, Kenya... Sabe que en este momento no hay mayor injusticia que el islamismo explotador de una mitad de la población condenada por su sexo. La miseria del proletariado en la época de Marx era un privilegio comparada con la miseria de millones de esclavas (laborales, familiares, sexuales) que se ocupan de la totalidad del trabajo de la aldea mientras los hombres se dedican a pavonearse rifle en mano y a rezar. No podía concebir que alguien como Zapatero, con mando en un país europeo, hablara de "alianza de civilizaciones". ¿Qué civilizaciones? Si a sus hijas les hubieran cortado el clítoris y cosido los labios externos quizás no fuera tan frívolo.

Suárez dialogó con gente que le despreciaba, pero que estaba deseando salir de la cloaca. Es cierto que los comunistas seguían persuadidos de que no había nación en la tierra que pudiera compararse con la URSS (¡la de Breznev!), y que nuestros jefes hablaban en verso sobre Rumania y sobre la portentosa inteligencia de Ceacescu. Estos majaderos, sin embargo, ya no creían en sus propias mentiras y por lo tanto se podía dialogar con ellos. Suárez lo hizo y consiguió que entraran en el orden democrático al que juzgaban un modo de explotación más peligroso que el fascismo. Suárez dialogó porque lo que tenía delante era un fantasma que al oír el primer ring de monedas se esfumó como Drácula y se dedicó a proteger a las focas.

No es ese el caso de ETA, ni el de los islamistas que con tanta precisión describe una y otra vez Antonio Elorza.

Ni siquiera es el caso del PNV. Quizás Esquerra Republicana esté más cerca de la lucidez: por lo menos ya se les ha producido una escisión y eso indica que puede haber pensamiento incluso en una nevera. Ley de oro desde Maquiavelo es que no puedes dialogar con quien está persuadido de que tú eres débil y él es fuerte. Que Alá está de tu parte, o que están contigo Dios y las cajas de ahorro vascongadas más algún sindicato para que el amo no esté solo.

Nuestro presidente dice que hay que dialogar con los opresores. Parece que no haya dialogado en su vida con alguien que le toma por bobo. La quiebra de esos diálogos imposibles conduce a callejones sin salida. Los callejones sin salida generan frustración. La frustración es la madre del resentimiento. Hemos regresado a la política del resentimiento, la continuación del franquismo. El gobierno no piensa en los ciudadanos, el gobierno sólo piensa contra la oposición. Un gobierno que le tiene tal pavor a la oposición como para no abrir la boca sin mencionarla (¡mamá, mamá, mira lo que ha hecho Rajoy!), es un gobierno de una debilidad incompatible con cualquier diálogo. La consecuencia ha sido el fracaso del "proceso de paz", mal planteado desde su bautismo con esos términos episcopales.

¡Qué nostalgia de Suárez y González! El uno y el otro hubieron de vérselas con enemigos mucho más peligrosos que los que lidia Zapatero. Suárez con los franquistas, es decir, con la totalidad del poder económico, o sea el poder madrileño, vasco y catalán que era el único que había. González, con sus propias huestes, cabras locas, conspiradores del ochocientos. Ambos, con una ETA que en aquel momento no sólo era infinitamente más fuerte, sino que recibía el apoyo de toda la izquierda del país. Y sin embargo pudieron imponer su diálogo, es decir, meter en vereda a los inválidos morales en menos que canta un gallo.

¿Por qué entonces Zapatero no puede con unos adversarios desdentados como los del PP, y una ETA a la que ya sólo apoyan los caseríos y ni siquiera todo el PNV? Porque no logra convencer de su poder, es decir, el poder del Estado. Y cuando el Estado muestra su debilidad, el rencor, el resentimiento y el oportunismo ocupan la escena.

Si alguien desea conocer el desarrollo de una conciencia política racional y no visceral, lea la estremecedora autobiografía de Ayaan Hirsi Ali (Mi vida, mi libertad). Verá cómo la inteligencia unida al coraje puede vencer a la esclavitud en las condiciones más opresoras. Ayaan Hirsi es en verdad una revolución viviente porque dice aquello que todo el mundo sabe, lo evidente. Aquello que los islamistas ocultan, niegan, disimulan, disfrazan, porque amenaza el dominio que ejercen sobre la mitad de la población. Y lo dice sin rencor, sin odio, sin resentimiento hacia sus torturadores. Sabe que no hay posibilidad de diálogo, ni alianza que valga, hasta que millones de mujeres se persuadan de su poder. Por eso dialoga con las oprimidas, no con sus opresores. Será lento, pero no hay otro camino.

Aplíquese el cuento aquel que desee dialogar. Haga como Ayaan Hirsi, apueste por lo evidente sin rencor ni resentimiento. Utilice el poder del Estado para ayudar a los ciudadanos oprimidos, no para sumirlos en una mayor opresión dialogando con sus opresores. Y olvídese de la oposición. Está ahí para evitar el monólogo gubernamental.

domingo, 11 de febrero de 2007

La seducción inexplicable

El País BABELIA 2007/02/10
EL LIBRO DE LA SEMANA: Contra Cromagnon

"Pero además es uno de los promotores de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía y Contra Cromagnon puede considerarse, entre otras cosas, como una fundamentación teórica de la posición frente al nacionalismo de este imprescindible nuevo partido político"
FERNANDO SAVATER

La seducción inexplicable
El economista y sociólogo Félix Ovejero aborda en este ensayo las razones por las que un sector de la izquierda española se ha aliado con formaciones nacionalistas en una estrategia para arrinconar al Partido Popular. Actualmente abundan los libros acerca de misterios esotéricos, sectas diabólicas, enigmas de otros mundos (aunque están en éste), conspiraciones rocambolescas, templarios varios y otros secretos indescifrables. Pero la obra que aquí reseñamos versa sobre un jeroglífico más impermeable al sentido común que cualquiera de ellos: la abducción de la izquierda hispánica por los nacionalismos separatistas, cuanto más radicales mejor. A diferencia de otros raptos extraterrestres, éste suele ser negado por quienes lo han sufrido: protestan que ellos no son en absoluto nacionalistas, todo lo contrario, aunque -eso sí- apoyan a los nacionalistas, hablan como los nacionalistas, votan junto a los nacionalistas, forman "mayorías de progreso" (sic) con los nacionalistas, aborrecen a los adversarios del nacionalismo y, pese a que ellos son de izquierdas pero no nacionalistas, aceptan que los nacionalistas son de izquierdas... o más de izquierdas que quienes no son nacionalistas. Mysterium tremendum! De los pocos rasgos inequívocos que tenía la izquierda en nuestro país -el antinacionalismo y el anticlericalismo, dos insignias de cordura histórica en España- ya ha perdido clamorosamente la primera y puede que la segunda, Alá mediante, se desvanezca en altares multiculturales dentro de no mucho. Aún les queda, eso sí, la nacionalización de la banca, pero últimamente se les oye hablar poco del asunto.

A tratar esta insoluble perplejidad, entre otros temas anexos, va dedicado este libro, cuyo título alude a una genial viñeta de El Roto que figura como epígrafe. Su autor, Félix Ovejero, es economista y sociólogo de la política: desde hace veinte años profesor en la Universidad de Barcelona, antes lo fue también en Estados Unidos. Pero además es uno de los promotores de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía y Contra Cromagnon puede considerarse, entre otras cosas, como una fundamentación teórica de la posición frente al nacionalismo de este imprescindible nuevo partido político. En esta clave les vendría bien leerlo para despejar telarañas mentales a los que siguen preocupados por el "españolismo rancio" de quienes se oponen al disparate separatista, tanto en su versión hard como light (me encanta ese calificativo, "rancio", para descalificar a los adversarios del regreso a Cromagnon).

El libro se abre con demorados ensayos sobre el nada transparente concepto de "nación" (que la moda estatutaria española otorga a voleo) y las principales posturas teóricas sobre el asunto: la del liberalismo, que establece las fronteras como límites de propiedad y considera al Estado-nación un club de propietarios; el comunitarismo, que establece las fronteras según la identidad y trascendentaliza el demos como destino compartido ("unidad de destino en lo universal", dijo un precursor); y el republicanismo, cuyas fronteras son cimientos para asegurar justicia y libertad, es decir, ciudadanía. Esta última es la postura que evidentemente prefiere Félix Ovejero, heredero de una tradición ilustrada y marxista bien asimilada.

El marco genérico de estas reflexiones está enriquecido constantemente por análisis más concretos y pormenorizados de bastantes de las polémicas del día. Es saludable la contundencia argumental con que desmonta algunos de los más tontiformes lugares comunes, como la beatería multicultural ("si importan las culturas es porque importan las personas. No al revés. Que una cultura deba preservarse simplemente porque existe, no puede ser nunca un argumento atendible para quienes constatan que buena parte de las 'culturas' humanas han estado asentadas en la discriminación y en la explotación") y las políticas de supuesta "normalización" lingüística en nuestro país, que con el pretexto de liquidar el monolingüismo imperial franquista lo reproducen en porciones, como los quesitos de La vaca que ríe.

Después de estas piezas más extensas, Félix Ovejero incluye una serie de artículos publicados en EL PAÍS sobre aspectos de la elaboración y debate del estatuto catalán, lo que podríamos llamar la "psicopatología de la vida cotidiana" nacionalista y los inicios del movimiento que después fue Ciutadans. Son ágiles y están persuasivamente razonados... aunque sólo para aquellos lectores que se interesen por la persuasión argumental en lugar de resolverlo todo etiquetando despectivamente al crítico incómodo.

Uno de estos trabajos breves, especialmente interesante, se titula "La izquierda, de la igualdad a la diferencia". Y éste es también el tema de lo que yo considero el texto más notable de todo este notable libro, la magnífica entrevista que Miguel Riera -director de El Viejo Topo- realiza a Ovejero sobre la cuestión de la izquierda seducida por el nacionalismo. La entrevista (seguida por una ponderada objeción parcial de Laurentino Vélez-Pelligrini, así como por la respuesta de Ovejero) es un material de reflexión de primera categoría. Se establecen bien las incompatibilidades de un pensamiento ilustrado y progresista con la faramalla nacionalista y quedan flotando las razones últimas de esta sorprendente colusión. Sin la pretensión de zanjar el asunto aporto dos vías de explicación, una que apunta hacia lo sublime (siempre cercano a lo ridículo) y otra a lo más oportunista, incluso rastrero. Por elevación: cierto izquierdismo siempre ha estado más atento a la subversión del "sistema" (abstracción cuyos rasgos diabólicos dibuja cada diez o quince años según un esquema convenientemente irrefutable y al que sólo respalda la perpetua deficiencia del mundo) que a la protección de los derechos de las personas, por lo visto demasiado egoístas para su elevado criterio. Por oportunismo rastrero: el apoyo de la izquierda a los nacionalismos es una mera estrategia electoral de poder para marginar a la derecha competidora, el PP. Se está viendo en la reforma de los estatutos more nacionalista, que quizá no deshagan España (como repiten satisfechos los turiferarios del Gobierno) pero evidentemente en nada mejoran tampoco la convivencia en ella, ni responden a exigencias populares sino a una simple componenda con las ambiciones locales para garantizar la perpetuación en el gobierno central o recibir algo de la pedrea clientelista autonómica (véase el ejemplo paradigmático de Esker Batua). Sea como fuere, es válida la conclusión de Ovejero: "La mayor renuncia intelectual de nuestra izquierda ha sido sustituir el lenguaje de los derechos, la justicia y la ciudadanía, por la frágil mitología nacionalista de las identidades y los pueblos. Si únicamente se tratara de palabras, poco importaría. Pero hemos aprendido hace ya tiempo que las palabras condicionan las vidas. Por lo general, de mala manera".

sábado, 10 de febrero de 2007

La arrogancia moral de la izquierda

ABC 2007/02/10

"La izquierda ya no lidera el debate ideológico pero se cree con el derecho a controlarlo"
POR EDURNE URIARTE

La arrogancia moral de la izquierda
La campaña de la izquierda contra Telemadrid es, en primer término, una opción consciente por el juego sucio para denigrar la imagen del adversario político. Como ponía de relieve un análisis comparativo de este periódico el jueves, se trata de una campaña de acoso y derribo muy parecida a la que orquestó contra TVE en la pasada legislatura. Es una táctica electoral más, ahora para las próximas autonómicas de Madrid.

Pero es también una consecuencia más de la arrogancia moral de una izquierda encerrada en una torre de marfil ideológica con grandes problemas para aceptar la legitimidad de las posiciones de los demás. Al menor descuido, a la izquierda le sale la arrogancia moral que lleva dentro y reivindica su derecho natural a controlar la elaboración de ideas. Porque las suyas, cree, representan la verdad y las de los demás la manipulación. Esa arrogancia le dificulta enormemente reconocer que la manipulación es muy semejante en todas las televisiones. Que en las públicas prima el color del partido del gobierno, sea el suyo o el de la derecha. Y que en las privadas ocurre lo mismo, entre otras cosas, porque cada empresa privada hace una opción ideológica y, a veces, es aún más intensa que en las públicas. Hay privadas en las que uno no sabe si le habla Moraleda o el presentador del informativo, pero la izquierda lo llama, probablemente, objetividad.

André Glucksmann explicaba recientemente en un artículo en El País las razones por las que ha decidido apoyar públicamente por primera vez a la derecha. Lamentaba la pérdida de protagonismo de la izquierda francesa en el combate de ideas y criticaba que «la izquierda oficial francesa se cree infalible moralmente e intocable intelectualmente». El problema es exactamente igual en la izquierda española. Y, con el ingrediente añadido de nuestras circunstancias históricas, le ha llevado a constantes actitudes de intolerancia y sectarismo ideológico e intelectual. Todo ello con la estrecha colaboración de esa mayoría de izquierdas que aún domina los círculos culturales. La izquierda ya no lidera el debate ideológico pero se cree con el derecho a controlarlo.

viernes, 9 de febrero de 2007

¿Quién está dispuesto a ser el Petain de Navarra?

ABC 2007/02/09


"Para conseguir Navarra el nacionalismo necesita, por supuesto, un mínimo formalismo de comicios y referéndums, y para desbrozar la particular tozudez de los navarros de ser ellos mismos, ese nacionalismo necesita un Petain, un colaboracionista que se disfrace y que esté dispuesto a entregar a los suyos a un objetivo pactado y, necesariamente, imposible de conseguir a cara descubierta."
CARLOS HERRERA

¿Quién está dispuesto a ser el Petain de Navarra?
DESENGÁÑENSE: si alguno de ustedes, sorprendido en su buena fe, ha querido ver en las palabras de Otegui sobre el futuro de Navarra y el País Vasco "como una gran autonomía del Estado Español" un cambio apreciable de discurso y de posturas de ETA y Batasuna sobre la cuestión de siempre, es que usted es un bendito, y, discúlpeme, tiene muchos números de que se la meta doblada el primero que llegue. Es más, fíjese bien si lleva la cartera en el bolsillo porque lo más probable es que se la hayan mangado a primera hora del día a cuenta de cualquier saludo. No; atiéndame un momento. Un buen número de analistas políticos -de esos que saben interpretar hasta el aire de una pausa-- coincide en que este asunto, así planteado, ha sido uno de los pocos acuerdos a los que se ha llegado en las conversaciones ETA-Gobierno: los terroristas pretenden ahora hacer llegar el mensaje a Rodríguez Zapatero de que no habrá bombas antes de las elecciones si se le da alguna credibilidad a esta trampa que acaba de tender la llamada "izquierda abertzale" de los cojones. Es evidente que ETA no tiene ningún interés en formar parte como autonomía de ningún estado que no sea el suyo propio, por ello se plantea conseguir primero la utopía que comparte con el resto del nacionalismo vasco -robarle la cartera a Navarra-- y después, con el trabajo de la política educativa, social y, si es necesario, terrorista, trabajar por la independencia efectiva. No al contrario. El endiablado sudoku de la política acaba en componendas de este tipo, en las que los malos se presentan travestidos de medio buenos y los medio buenos acaban pareciendo malos de remate. Para conseguir Navarra el nacionalismo necesita, por supuesto, un mínimo formalismo de comicios y referéndums, y para desbrozar la particular tozudez de los navarros de ser ellos mismos, ese nacionalismo necesita un Petain, un colaboracionista que se disfrace y que esté dispuesto a entregar a los suyos a un objetivo pactado y, necesariamente, imposible de conseguir a cara descubierta. ¿Está dispuesto el PSOE navarro a jugar ese papel?: escuchando a Fernando Puras, el candidato a la presidencia de la Comunidad Foral, cuesta creerlo, a menos que sea un mentiroso compulsivo dispuesto a carbonizarse ante la historia como el que se disfrazó de Mariscal. Conociendo a Carlos Chivite, aún más. Sin embargo, algunos descreídos aseguran que un pacto entre los socialistas y Nafarroa Bai sería un escenario perfecto para desarrollar las disposiciones adicionales necesarias para crear un órgano común, no una Comunidad única, cosa prohibida específicamente por la Constitución, que allanara los tortuosos caminos conducentes a la absorción absoluta; ese órgano común sería un comienzo, y, desde ahí, en un escenario de "paz técnica" se podría llegar más lejos.

Ante este panorama se impone una solución a la altura de la trascendencia del momento. De ganar con suficiente mayoría la alternativa UPN-CDN, es decir, Sanz y Alli, la cuestión quedaría resuelta durante un plazo crítico de cuatro años en los que las coyunturas pueden cambiar absolutamente ya que median, entre otros, unos comicios generales. De no ser así, habrá llegado la hora de la altura de miras, del compromiso ante la historia, de la grandeza personal, del sacrificio por la tierra. De la gran coalición. Ese será el momento en el que los que amen sinceramente la Navarra que conocemos, la Navarra que disfruta, como comunidad, de mayor autonomía en toda España, la Navarra de la calidad de vida, la Navarra industrial, la Navarra acogedora, la Navarra de la huerta y la vid, la Navarra universitaria, la Navarra festiva y laboriosa, den un paso al frente y aparquen diferencias técnicas, conceptuales o metódicas, y encaren el delicado momento histórico que se avecina. Si en otros lugares del mundo, políticos de todo tipo han sabido poner puntos en común para salvar los muebles de contingencias adversas y perversas ¿por qué eso no va a ser posible aquí? Si el PSOE navarro es sincero tiene una estupenda oportunidad de demostrar lo que dice: rebelándose, si es necesario, ante los dictados de Rodríguez Zapatero y devolviendo el traje de mariscal colaboracionista a la tienda de disfraces. Coalíguense, de ser necesario, derecha e izquierda y acaben con la trampa.

martes, 6 de febrero de 2007

EL GUDARI DE ALSASUA

XLSemanal 2007/02/02

"En mi opinión –que comparto conmigo mismo–, tanto disparate prueba que ETA no es el problema. Que en realidad es sólo un pretexto para que nuestra ruindad cainita, nuestra miserable naturaleza, se manifieste de nuevo."
Arturo Pérez-Reverte

EL GUDARI DE ALSASUA
Tengo delante un mural callejero en plan épico, al estilo de los del IRA: un aguerrido combatiente por la libertad y la independencia, remangado y viril, puño en alto y Kalashnikov en la otra mano, con las palabras Euskal herría dugu irabazteko –tenemos que ganar Euskalerría– pintadas al lado. Y qué bonito y alentador sería todo eso, me digo al echarle un vistazo, como ejemplo para jóvenes y demás, si la patria a la que se refiere el mural hubiera sido invadida por los ingleses en el siglo XII, y luego hubiese sufrido guerras de exterminio y represiones cruentas, con miles de deportados a las colonias –véanse las guías telefónicas de Estados Unidos y Australia–, y en 1916 hubiera vivido una insurrección general con combates callejeros y muchos fusilados, y luego independencia con amputación territorial, domingos sangrientos con soldados asesinando a manifestantes, y junto a las ratas pistoleras de coche bomba o tiro en la nuca y salir corriendo, que las hubo y no pocas, hubiese habido también, que nunca faltaron, cojones suficientes para asaltar a tiro limpio cuarteles y comisarías, jugándosela de verdad, mientras en las calles los niños se enfrentaban con piedras al Ejército británico. Etcétera.

Pero resulta que no. Que de Irlanda, nada. Que el mural al que me refiero está en una calle de Alsasua, Navarra, y que la patria a la que se refiere, integrada con el resto de los pueblos de España, partícipe y protagonista de su destino común desde los siglos XIII y XIV, goza hoy de un nivel de autonomía y autogobierno desconocido en ningún lugar de Europa, incluida la parte de Irlanda que aún es británica. O sea, que no es lo mismo; por mucho que se busquen paralelismos con lo que ni es ni nunca fue, y por mucho que ciertos cantamañanas que no tienen ni pajolera idea de las historias irlandesa y vasca sigan el juego idiota de la patria oprimida. Aquí, ahora, los oprimidos son otros. Por ejemplo, los dos pobres ecuatorianos de la T-4, oprimidos por toneladas de escombros.

Y ahora, la pregunta del millón de mortadelos: si faltan cojones y fundamento histórico, si los heroicos gudaris del mural de Alsasua no son, aquí y ahora –basta ver sus fotos y leer su correspondencia cuando los trincan–, sino doscientos tiñalpas incultos y descerebrados, sin otra ideología que la violencia irracional al servicio de quimeras difusas e imposibles, ¿cómo es posible que esos fulanos, sin otra inquietud intelectual que averiguar cuáles son los polos positivo y negativo de las pilas que harán estallar la bomba o el lado de la pistola por donde sale la bala, hayan conseguido que toda España esté pendiente de ellos, que la política nacional sea tan crispada y sucia que hasta los emigrantes terminen dividiéndose, y que, como en los viejos tiempos, periodistas de Telemadrid sean atacados por ultrafachas y lectores con El País bajo el brazo se vean perseguidos al grito de rojos e hijos de la gran puta?

En mi opinión –que comparto conmigo mismo–, tanto disparate prueba que ETA no es el problema. Que en realidad es sólo un pretexto para que nuestra ruindad cainita, nuestra miserable naturaleza, se manifieste de nuevo. Ni siquiera la perversa imbecilidad de los partidos políticos, incluida la permanente mala fe de los nacionalistas, justifica la situación. ETA y sus consecuencias son sólo un indicio más de nuestra incapacidad para obrar con rectitud. Síntomas de la sucia España de toda la vida, enferma de sí misma; la del rencor y la envidia cobarde; la del por qué él y yo no; la que desprecia cuanto ignora y odia cuanto envidia; la que retorna pidiendo cerillas y haces de leña, exigiendo cunetas y paredones donde ajustar cuentas; la que sólo se calma cuando le meten dinero en el bolsillo o ve pasar el cadáver del vecino de quien codicia la casa, el coche, la mujer, la hacienda. Al observar el comedero de cerdos en que, con la complicidad ciudadana, nuestra infame clase política ha convertido treinta años de democracia bien establecida, se comprenden muchos momentos terribles de nuestra historia. ETA es sólo una variante analfabeta, una degeneración psicópata más. Sin ETA, con Franco o sin él, con Felipe V o el archiduque Carlos, sin los Reyes Católicos o con la madre que los parió, seguiríamos siendo gentuza que si no extermina al adversario es porque no puede; porque ahora está mal visto y queda feo en el telediario. Pero si retrocediéramos en el tiempo y nos dieran un Máuser, un despacho de Gobernación, una toga de juez en juicio sumarísimo, llenaríamos de nuevo los cementerios.

El problema no es ETA. Ni siquiera nuestros miserables políticos lo son. El problema somos nosotros: la vieja, triste y ruin España.

lunes, 5 de febrero de 2007

Nuestras instituciones

¡Basta Ya! 2007/02/05

"El mensaje público que nos da esta gente siempre viene a ser el mismo: cuanto favorece el libre juego del nacionalismo es sin duda “nuestro” y en cambio nos es ajeno lo que suena a control de los apetitos nacionalistas por un Estado de Derecho que responde a criterios no territoriales ni etnicistas."
FERNANDO SAVATER

Nuestras instituciones
Cuentan que, en su época de gloria presidencial, el general De Gaulle se tomaba muy a pecho las opiniones que la televisión francesa (entonces no había la proliferación de cadenas actual) ofrecía sobre su gobierno. Y las comentaba con el paciente Pompidou. Cuando eran elogiosas, apostillaba satisfecho: “Ya ve usted lo que dice nuestra televisión”. Si eran tibias o poco entusiastas, carraspeaba: “Vaya, dice la televisión…”. Pero si por un acaso eran francamente críticas y adversas, tronaba: “¿Ha visto lo que dice su televisión?”

He recordado esta anécdota al ver la pancarta de la manifestación del lunes: “En defensa de nuestras instituciones”. Como ya se ha hecho notar, el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco es una institución tan “nuestra”, es decir tan propia e imprescindible del régimen autonómico de la CAV como la lehendakaritza o cualquier otra (y como las del resto del Estado español, claro está). No deja de ser preocupante –aunque ya llueve sobre sumamente mojado- que el ejecutivo vasco parezca considerar propias solamente las instituciones que le son favorables y cuando lo son, mientras que si se comportan con una independencia que le resulta molesta las tenga por “indeseables” o por imposiciones venidas de algún mundo extraño. Aunque en un tono más burgués y sosegado, los manifiestos que fueron leídos al final de la marcha por los dos lehendakaris anteriores tenían un cierto toque del dos de mayo y de homenaje al alcalde de Móstoles: “¡ciudadanos, la patria está en peligro!”. El mensaje público que nos da esta gente siempre viene a ser el mismo: cuanto favorece el libre juego del nacionalismo es sin duda “nuestro” y en cambio nos es ajeno lo que suena a control de los apetitos nacionalistas por un Estado de Derecho que responde a criterios no territoriales ni etnicistas.

Últimamente se nos asestan todos los días notables sandeces sobre la justicia en los países democráticos y sobre el papel de la judicatura. Por ejemplo, una de ellas –con motivo del rechazo de la excarcelación de De Juana Chaos- es que la justicia “no debe ser vengativa”. Toda justicia penal está fundamentalmente basada en la reciprocidad de devolver mal por mal, es decir, en una forma de venganza institucional regulada y disuasoria que sustituya a la inevitable venganza personal, desmesurada e inacabable. ¿Acaso no es el castigo una forma de venganza? Es verdad que en la época moderna se ha introducido un elemento de regeneración y reinserción del reo (nunca automático, siempre voluntario y sometido a comprobación) pero ello no impide que el fondo vengativo de “saldar cuentas” esté siempre presente. Negarlo es sólo un eufemismo bienpensante, como llamar “empleadas de hogar” a las criadas o “tercera edad” a quienes somos viejos. Pues bien, ahora se nos informa como si de un gran descubrimiento se tratase de que “los jueces no son vacas sagradas” y también de que “las sentencias judiciales no deben condicionar la política”. Merecen comentario tan sesudos descubrimientos.

Porque, en efecto, los jueces no son vacas sagradas. Ni los árbitros de fútbol, cuyas decisiones deben ser acatadas en el campo de juego porque si no sería imposible el partido. Ni tampoco los políticos, ya sean presidentes, ministros o diputados. Ni siquiera los obispos son vacas sagradas, por mucho que hagan sonar sus esquilas. En todos estos campos hay muchos cabestros, desde luego, pero ninguna vaca sagrada. Precisamente la división de poderes, cuya teorización se atribuye con más o menos propiedad a Montesquieu, se basa en que la sociedad democrática debe considerar sospechosa toda pretensión de que un poder sea “sagrado”, es decir: intocable, incontrolable. Las instituciones se sirven de contrapeso unas a otras: el ejecutivo no legisla ni juzga sino que gobierna, el legislativo ni gobierna ni juzga sino que legisla, el judicial aplica las leyes que no crea sin pretender gobernar. Lo pueden hacer bien, mal o regular pero ninguna de estas instancias tiene derecho al “noli me tangere”. Ni desde luego ninguna puede proclamar con arrogancia absolutista: “el pueblo soy yo, quién me ofende a mi está ofendiendo al pueblo soberano”. ¡Venga ya!

Pero los indignados suelen añadir que los jueces” no pueden condicionar la política”. ¿Y si fuera precisamente al revés? Batasuna es un partido político ilegal dentro de España y considerado terrorista en la Unión Europea. Si el lehendakari se entrevista con sus conocidísimos portavoces públicamente, no una sino varias veces, la última de ellas después del atentado de Barajas que no han condenado (sólo se muestran “confundidos” por el comunicado de ETA)… ¿no es acaso Ibarretxe quien está intentando condicionar la legalidad tratando como respetables “sensibilidades políticas” a planteamientos fuera de la ley y de la simple decencia? ¿No da apariencia de legalidad y normalidad democrática a lo que explícita, reiterada y sangrantemente la conculca? La actitud del lehendakari interfiere con el ámbito de la legalidad que los jueces tienen que hacer cumplir por lo menos tanto como cualquier sentencia judicial puede incidir en las prácticas políticas. Y para muchos ciudadanos –vascos y del resto de España, que en estos asuntos todos tenemos voz y voto en el Estado del que formamos parte- tan “nuestra” y respetable es la institución judicial como la presidencia autonómica que encarna Ibarretxe o cualquier otro cargo público. Por cierto, a estas alturas siempre hay alguno que salta: pero es que a los jueces no se les elige por votación, como a los políticos. Cierto, pero ello se debe a que para ser juez hacen falta ciertos conocimientos específicos mientras que no se requiere ninguno para ser político. Ni para ser votante.

Es muy posible que Ibarretxe no haya cometido ningún delito recibiendo a Otegi, sólo una imprudencia y una muestra más de que no es el lehendakari de todos como presume sino profundamente sectario (se reúne con Batasuna porque expresa una “sensibilidad” social pero no responde al abogado del Foro de Ermua porque este movimiento “sólo busca el odio y la crispación”: actitud repugnante dónde las haya, por mucho que se la celebren los acólitos). Y si no ha delinquido, naturalmente no tiene nada que temer de los jueces, ni de derechas ni de izquierdas. Pero a muchos nos tranquiliza saber que si ahora (o mañana, nunca se sabe) cometiese un delito, sería juzgado como cualquier otro ciudadano. Porque las instituciones autonómicas vascas son parte del Estado de Derecho español y no desde luego un estado aparte ni un territorio fuera del alcance de las leyes vigentes. Que los nacionalistas se manifiesten cuanto quieran para arropar a su líder pero que no se les olvide esa sencilla verdad esencial.

domingo, 28 de enero de 2007

Curas

ABC 2007/01/28

"El problema del progresismo español no es que se esté inventando una guerra civil a su gusto. Es que ni siquiera tiene claro lo que fue el franquismo"
JON JUARISTI

Curas
UN día cualquiera de 1975, mientras la farándula se declaraba en huelga tras treinta y seis años de leales servicios al régimen, en una iglesia madrileña de barrio menestral los tibios y los ateos asistían fervorosamente a misa para despistar al supervisor de la diócesis y salvar a su párroco más o menos preconciliar de un traslado forzoso. No se trata de una historia real, sino de la última entrega de la serie Cuéntame, emitida por TVE-1 el pasado jueves.

El episodio está calcado, por supuesto, de aquella secuencia de El hombre tranquilo, de John Ford, en que, una vez terminada la homérica pelea entre Thornton (John Wayne) y Donaher (Victor MacLaglen), los vecinos católicos de Innisfree, incluyendo al párroco, aclaman al obispo anglicano durante la visita de este al pintoresco pueblo irlandés, haciéndose pasar por la inexistente feligresía del vicario local de la Iglesia de Inglaterra. En su juventud, el gran poeta nacionalista (y protestante) William Butler Yeats escribió un magnífico poema sobre la isla lacustre de Innisfree, en el condado de Sligo: una variante del tópico de la vida retirada donde oponía la paz idílica del campo a la agitación de Dublín. La Innisfree de Ford no es la isla de Yeats, sino una aldea imaginaria de la República de Irlanda bajo el segundo gobierno de Eamon de Valera.

Yeats no pudo acabar sus días en Innisfree ni en Sligo. Murió en Francia, a comienzos de 1939. Los republicanos pugnaban entonces por excluir de la política a la minoría protestante, y Yeats, que había sido senador del Estado Libre, sufrió durante sus últimos años una suerte de ostracismo tácito. Como él, otras figuras descollantes del renacimiento literario irlandés murieron en un exilio no reconocido (O´Casey en Inglaterra; Joyce, en Suiza), preludiando lo que iba a ser el destino de otros brillantes disidentes como Samuel Beckett. Todavía en 1952, cuando Ford estrenó su película, la vida no era cómoda en la Irlanda rural para los protestantes, y que en el Ulster presbiteriano se humillara a los católicos no hacía su situación más llevadera (al contrario: la empeoraba). Ford maquilló hábilmente la realidad histórica para tranquilizar las conciencias de la diáspora irlandesa que lo aclamaba en América y que, veinte años después, se convertiría en el principal soporte financiero del IRA.

Los literatos y los historiadores de la Irlanda contemporánea han desmentido por completo esta visión edulcorada (basta hojear las novelas populares de Frank McCourt o Roddy Doyle para cerciorarse del fin del idilio). Por eso, el recurso de los guionistas de Cuéntame al viejo truco de Ford resulta por lo menos chusco en estos tiempos de laicismo rampante. El problema del progresismo español no es que se esté inventando una guerra civil a su gusto. Es que ni siquiera tiene claro lo que fue el franquismo. Cuéntame constituye un precioso monumento a la memoria histórica...de sus autores. Como evocación de la España de Franco vale tanto como Los chicos del Preu, de Pedro Lazaga, con signo ideológico opuesto. La tragedia de la Iglesia católica española, desconcertada por el Concilio Vaticano II y dividida en banderías inconciliables -y perdón por el retruécano- ni siquiera se asoma a la saga de los Alcántara. No ya en 1975: diez años antes se iniciaba una apostasía en masa que vació los seminarios y nutrió a la extrema izquierda (y en el País Vasco, a ETA).

El anticristianismo programático y militante de nuestra progresía no tiene las mismas causas que la indiferencia religiosa generalizada en países de antigua secularización. Delata, por el contrario, el cercano origen eclesial de la izquierda -excluyo al hoy insignificante partido comunista- y el correlativo fracaso de una educación católica administrada en dosis homeopáticas. Quizá sea este último aspecto lo único que queda medianamente claro en Cuéntame: el sopicaldo mental de unas generaciones que se aburrían en misa y que creen, como Carlitos Alcántara, haber estudiado el catecismo del padre Ripalda. No es de extrañar que piensen que el socialismo consiste en encabronar a los católicos. Ay, si don Pablo Iglesias levantara la cabeza...

sábado, 27 de enero de 2007

Estado de delirio

EL PAÍS 2007/01/27

"También es llamativa la complacencia con que tantas personas de izquierda han resuelto en los últimos años abolir toda actitud que no sea de inquebrantable adhesión al Gobierno"
ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Estado de delirio
La política española resulta tan difícil de explicar al extranjero porque está toda entera contaminada de delirios, algunos de ellos tan difundidos, tan arraigados, que casi todo el mundo ya los confunde con la realidad. El delirio ha sustituido a la racionalidad o al sentido común en casi todos los discursos políticos, y los personajes públicos atrapados en él lo difunden entre la ciudadanía y se alimentan a su vez de los delirios verbales y escritos de unos medios informativos que en vez de informar alientan una incesante palabrería opinativa. La actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que dicen los políticos, de los cuales no se conoce apenas otra cosa que sus exabruptos verbales. En ningún país que yo conozca los titulares están tan hechos casi exclusivamente de declaraciones entrecomilladas. El que llega de fuera se ve asaltado, nada más subir al taxi en el aeropuerto, por un zumbido perpetuo de opinadores que someten a escrutinio las declaraciones y contradeclaraciones previamente enunciadas por los charlistas de la política. Da la sensación de haber entrado en un bar de barra pringosa en el que el humo de la palabrería fuera más denso que el del tabaco, y en el que un número considerable de afirmaciones tajantes parece dictado por la ofuscación de una copa matinal de coñac.

El delirio contamina todos los saberes y con frecuencia termina por sustituirlos del todo. Hay una geografía delirante, que se manifiesta, por ejemplo, en los textos escolares y en los mapas de las noticias sobre el tiempo, y en virtud de la cual cada comunidad autónoma es una isla rodeada de un gran espacio en blanco y sin nombre o se dilata para abarcar territorios soñados. Casi cualquier delirio es un delirio de grandeza. El País Vasco abarca en los mapas Navarra y una parte de Francia: Cataluña se extiende hacia el norte y a lo largo del Levante y por las islas del Mediterráneo, en un ejercicio de megalomanía geográfica que se parece bastante al de los reinos que don Quijote imaginaba que conquistaría con su bravura de caballero andante. Galicia se agranda por las anchuras atlánticas de la lusofonía y por los confines de niebla de los reinos celtas. Y no quiero pensar qué ocurrirá cuando los cerebros políticos de mi tierra natal descubran por azar algún libro en el que se muestre que hubo una época en la que el territorio de Al-Andalus cubrió casi entera la península Ibérica y una parte del norte de África.

La geografía fantástica se corresponde con el delirio lingüístico: en esos mundos virtuales el español es un idioma molesto y residual que sólo hablan guardias civiles, emigrantes y criadas, y que por lo tanto no merece más de dos horas de enseñanza semanal en las escuelas, aparte de comentarios despectivos sobre su rusticidad y su patético provincianismo. Al fin y al cabo sólo se habla en tres continentes. Cuando no hay modo de prescindir de este idioma al parecer extranjero que sin embargo es el único de verdad común de toda la ciudadanía, se le desfigura en lo posible con una ortografía delirante, que debe de ser un enigma para la inmensa mayoría de los cientos de millones de hablantes que lo tienen como propio. Y cuando los jerarcas de tales patrias viajan por el mundo se convencen a sí mismos en su delirio de que hablan inglés, para no rebajarse a la indignidad de hablar español: pero con raras excepciones hablan inglés tan mal y con un acento español tan inconfundible que sólo los entienden los españoles diseminados entre el público, que constituyen, por otra parte, la mayoría de éste. Los dignatarios -da igual el partido o el territorio al que pertenezcan- cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, incluso con pensadores áulicos, en algún caso muy selecto. Se alojan en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados, o reinos: obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país que han visitado, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan unas declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.

El delirio afecta lo mismo al pasado que al presente, por no hablar del porvenir. Jovenzuelos malcriados que disfrutan de uno de los niveles de vida más altos del mundo se adornan de un corte de pelo carcelario y de un pañuelo palestino y se imaginan que participan en una intifada o en un motín kurdo o irlandés quemando los cajeros automáticos de sus opulentas instituciones
bancarias y los autobuses de un servicio municipal de transportes lujosamente subvencionado, sin correr más peligro que el de un siempre desagradable enfriamiento después de la carrera delante de los paternales policías. En la escuela les han enseñado geografía fantástica y una historia mitológica inspirada en folletines truculentos del siglo XIX. Los tebeos de Astérix y las columnas de astrología de las revistas del corazón son más rigurosos que la mayor parte de sus libros de texto, pero tienen efectos menos tóxicos sobre las conciencias.

El delirio no sólo determina las historias que se cuentan en la escuela. Una editorial de prestigio le encarga a un escritor un libro sobre la caída de Barcelona al final de la guerra. Al escritor no le cuesta confirmar lo que sabe o sabía todo el mundo: que las tropas de Franco fueron recibidas en Barcelona por una muchedumbre entusiasta -ya observó Napoleón que en cualquier gran ciudad hay siempre cien mil personas dispuestas a vitorear a quien sea- y que en el ejército vencedor y entre la nueva clase dirigente había un número considerable de catalanes. Al escritor le dicen que el libro no puede publicarse, sin embargo: no porque cuente mentiras, sino porque las verdades que cuenta no se ajustan al delirio oficial sobre el pasado, según el cual la Guerra Civil española fue una guerra de España contra Cataluña, y ningún catalán fue cómplice de los zafios invasores, igual que ningún vasco llevó la boina roja de los requetés en el ejército de Franco.

El delirio niega la realidad pero puede tener efectos devastadores sobre ella. En España no queda nadie o casi nadie que simpatice de verdad con el fascismo o con el comunismo, y sin embargo se oye con frecuencia creciente que al adversario se le califica de facha o de rojo, con una insensatez verbal que hiela la sangre, y que revela una voluntad de ruptura de la concordia civil copiada de lo peor de los años treinta. Cuando a uno lo pueden llamar rojo por creer que el atentado del 11 de marzo lo cometieron terroristas islámicos o fascista por no eludir siempre la palabra "España" o defender la Constitución de 1978 está claro que el debate político ha caído en un extremo irreparable de delirio.

Por culpa del delirio de José María Aznar nos vimos involucrados en una guerra de Irak que ya era en sí misma otro delirio y en la que no contábamos militarmente para nada, pero que enconó el clima político del país y nos hizo más vulnerables a la amenaza del terrorismo integrista. Poseído por un delirio en el que ya vería a sí mismo coronado por los laureles de la Paz, esa bella palabra, el actual presidente no consideró oportuno prestar atención a los muchos indicios que venían avisando de que su negociación con los pistoleros y con los socios y beneficiarios de éstos no iba por buen camino. Tratar con gánsteres puede ser a veces tristemente necesario, pero conlleva el peligro de que los gánsteres tomen por blandura la benevolencia cautelosa del interlocutor y al menor contratiempo vuelquen la mesa de póquer y se líen a tiros. Que los servicios secretos no hubieran advertido lo que se aproximaba no tiene mucho de extraño, ya que tales servicios, casi en cualquier parte del mundo, se caracterizan por no enterarse de nada, contra lo que sugiere una extendida superstición literaria y cinematográfica: lo asombroso es que nadie en el entorno presidencial leyera los periódicos. La insolencia creciente de las hordas vándalas del norte, las cartas de chantaje y amenaza, los robos de pistolas y de explosivos, el descaro con que los terroristas presos amenazaban de muerte a los magistrados que los juzgaban (ante el apocado retraimiento, por cierto, de los policías encargados de reducirlos, quizás temerosos de provocarles una luxación si les ponían las esposas desconsideradamente): es increíble la cantidad de cosas que uno puede no ver cuando se empeña en cerrar los ojos.

También es llamativa la complacencia con que tantas personas de izquierda han resuelto en los últimos años abolir toda actitud que no sea de inquebrantable adhesión al Gobierno. He leído textos conmovidos sobre la felicidad de estar "al lado de mi presidente", y escuché hace poco en la radio a un entusiasta que llevaba su fervor hasta un extremo de marcialidad, asegurando que él, en estas circunstancias, se ponía "detrás de nuestro capitán, en primer tiempo de saludo", tal vez no el tipo de incondicionalidad más adecuado para el primer ministro de una democracia. Quizás uno, como va cumpliendo años -enfermedad política que denunciaba hace poco en estas mismas páginas Suso de Toro, a quien cabe suponer venturosamente libre de ella- conserva el recuerdo de otra época en la que las personas de izquierdas podíamos ser muy críticas y hasta en ocasiones hostiles hacia otro gobierno socialista, o por lo menos no incondicionales hasta la genuflexión, hasta las lágrimas. No digo que no haya motivos para oponerse a una deplorable Oposición, avinagrada y sombría, que no parece capaz de desprenderse de su propio delirio de conspiraciones, y en la que todo el talento de sus dirigentes da la impresión de estar puesto al servicio, sin duda generoso, de favorecer a sus adversarios. Lo que me sorprende es este nuevo concepto de la rebeldía y de disidencia, que consiste en rebelarse contra los que no están en el poder y en disentir de casi todo salvo de las doctrinas y las directrices oficiales. El delirio perfecto, sin duda: disfrutar de todas las ventajas de lo establecido imaginando confortablemente que uno vuelve a vivir en una rejuvenecedora rebeldía, inconformista y a la vez enchufado, obsequioso con el que manda y sin remordimientos de conciencia, gritando las viejas y queridas consignas, como si el tiempo no hubiera pasado, en la zona VIP de las manifestaciones, enaltecido a estas alturas de la edad por una cápsula de Viagra ideológica.

viernes, 26 de enero de 2007

El mito del diálogo

¡Basta Ya! 2007/01/26

"Viniendo a lo que nos interesa, insistir en que el diálogo –así, sin más aditamentos ni matices- es la solución de los problemas creados por el terrorismo etarra (y de su rentabilización por el nacionalismo vasco radical, que también es parte del problema) constituye una patraña y un fraude"
FERNANDO SAVATER

El mito del diálogo
Según parece, la proyectada y ya menguante asignatura de Educación para la Ciudadanía incluirá lecciones dedicadas al diálogo y a la negociación. Nada puede resultar más oportuno, en vista de la fenomenal catarata de equívocos y malentendidos –creo que no todos inocentes- que rodean el frecuente uso de esos términos tan ensalzados como aborrecidos. En una democracia parlamentaria, elogiar el diálogo es un empeño tan aparatosamente ocioso como pasearse por un hospital cantando loores a la medicina. En ambos casos parece más útil indicar los requisitos para que uno y otra sean efectivos, así como señalar sus límites en el tratamiento de males especialmente graves. Para empezar por lo más obvio, se dialoga con los amigos y se negocia con los enemigos o adversarios. El diálogo supone aceptar una base común de valores, a partir de los cuales se discute para ver que orientación común es preferible en tal o cual proyecto. En la negociación se contraponen fuerzas y se pretenden ventajas estratégicas: es un pulso, no un intercambio argumental. En ciertos casos, los más civilizados, puede aliviarse la brusquedad negociadora con la persuasión dialogante, combinando ambos métodos. Pero la presencia de la violencia o la amenaza contra una de las partes anula dramáticamente esa posibilidad.

Viniendo a lo que nos interesa, insistir en que el diálogo –así, sin más aditamentos ni matices- es la solución de los problemas creados por el terrorismo etarra (y de su rentabilización por el nacionalismo vasco radical, que también es parte del problema) constituye una patraña y un fraude. O, en el mejor de los supuestos, un malentendido. Pongamos que a mí, en una de esas encuestas de planteamiento tan poco convincente que suelen hacerse, me preguntan si me parece aceptable “un final dialogado” para el terrorismo de ETA. Interpretando a mi modo la cuestión, puedo responder afirmativamente. Supondré que el encuestador llama “diálogo” a negociar con ETA las condiciones de su rendición cuando los terroristas admitan que tienen que dejar las armas: hablar con ellos de cuestiones penales, garantías de desarme, situación legal de los aún no procesados sin delitos de sangre, etc… Es algo que ocurrirá antes o después y ojalá fuera pronto (aunque sólo depende de ETA, claro). De modo que respuesta afirmativa. Pero también puedo contestar negativamente. Sospecharé que mi interrogador considera “diálogo” establecer un foro político extraparlamentario que incluya a portavoces de los terroristas junto a los partidos legales, con el fin de negociar concesiones políticas al nacionalismo (otras no le interesan a ETA) que refuercen su hegemonía en la CAV e incluso en Navarra, blindándola ante posibles intervenciones del Estado de Derecho, según el esquema del “plan Ibarretxe” más o menos radicalizado para premiar el “final de la violencia”. De modo que mi respuesta será “no”. O sea que, según este planteamiento hipotético pero nada fantástico, soy a la vez partidario del diálogo y contrario al diálogo… y unos me juzgarán entreguista, mientras que otros me tacharán de intransigente. Pero la culpa la tiene la ambigüedad de la palabra “diálogo”, no yo.

Esa ambivalencia no desanima, desde luego, a quienes –como el lehendakari, por ejemplo- siguen predicando la buena nueva del diálogo, cuyas genéricas virtudes nos ensalzan una y otra vez de un modo escolar hasta devolvernos a los felices días del parvulario. O como el socialista Torres Mora (al que algunos conceden rango de ideólogo gubernamental, algo así como el Suslov de nuestro régimen) que en una reciente entrevista en “El Mundo”, tras el acostumbrado panegírico del diálogo, acuña este dictamen prodigioso: “El diálogo no ha fracasado, han fracasado los terroristas en su intento de dialogar”. ¡Toma ya! Es difícil ser más autocomplaciente y con menos motivos que esta gente, la verdad.

A mi entender, el gobierno en un principio planteó el “diálogo” con ETA según la primera de las dos acepciones que más arriba he dado del término. Pero cometió el error de dejar abierta la posibilidad, para más adelante –una vez liquidada la violencia terrorista en todas sus formas-, de emprender el segundo “diálogo” como premio de consolación al nacionalismo y camino para asegurarse su apoyo en el próximo mandato electoral. Con el resultado de que ETA y sus mariachis (que entre tanto han alcanzado un reconocimiento político como interlocutores respetables y aún críticos autorizados de las decisiones de los partidos democráticos) se han apresurado a saltar por encima de la primera mesa de diálogo para exigir inmediatamente la segunda. ¿Por qué no se centran en hablar de presos, beneficios penitenciarios, etc…? Sencillamente, porque todo eso lo dan por descontado. Están convencidos de que una vez consolidada su posición política en el País Vasco y ya abandonado el terrorismo innecesario, el acercamiento de los presos y su próxima puesta en libertad es cosa hecha. Probablemente, la propuesta de excarcelación de De Juana Chaos reforzará esta convicción (por cierto, el etarra va a tener más suerte que Bobby Sands y sus diez compañeros del IRA, que murieron en huelga de hambre sucesivamente en la prisión de Mazen sin lograr ablandar a Margaret Thatcher). De modo que ¿para que se van a molestar en suplicar lo que piensan obtener de cualquier modo? Más les vale ir directamente a lo difícil, a por aquellas concesiones que una vez desaparecida la amenaza terrorista bien pudieran negárseles sin mayores remilgos. Hay que aprovecharse de los efectos de la intimidación mientras dura. Sobre todo cuando se les están mandando constantes mensajes de que, hagan lo que hagan, en cuanto dejen de cometer fechorías estaremos encantados de volver a escucharles: “hay que esperar a que vuelvan a hacer algún gesto, seremos generosos, etc…”. Lo apropiado para desanimarles sería indicarles inequívocamente de una vez que están a punto de ver caducar todos los plazos, más allá de los cuales no obtendrán el más mínimo beneficio penal…es decir, que se les tratará por fin como merecen, dejen las armas o no.

Los partidarios del diálogo a lo loco, caiga quien caiga, nos apedrean constantemente con denuncias más o menos explícitas de las medidas judiciales que pueden “dificultarlo”, es decir que amenazan convertirlo en algo distinto a dar la razón a los nacionalistas: así que no será Ibarretxe quien desafía a la justicia sino los jueces quienes desafían al sentido común (oído, cómo no, en la tertulia de Francino en la Ser), la declaración de Jarrai y Segui como partes del entramado etarra son un abuso que trata de criminalizar a todos los jóvenes independentistas vascos, etc… La verdad es que en el País Vasco el terror fundamental, de fondo, lo pone ETA: pero de la administración del terrorismo para acogotar a la población no nacionalista se encargan desde hace mucho otros. Un caso reciente y repetido todos los años: el de la fiesta de San Sebastián. Lo malo no es que en la izada de bandera que da comienzo a la jornada festiva en la plaza de la Constitución hubiera muchas pancartas a favor de ETA, de Juana Chaos, de la amnistía, llamando asesino al PSOE (¿se imaginan las fiestas patronales de otra población española en que se permitiera insultar o amenazar tan gravemente a cualquier partido?), hasta el punto que Odón Elorza dijera que le parecieron “excesivas”…pues por lo visto hay un límite admisible para estas cosas, que sólo él conoce; ni siquiera es lo peor que todo eso no ocurriera espontáneamente, en el tumulto del gentío a las doce de la noche, sino que se preparase tranquilamente desde las cinco de la tarde con numerosas personas que colgaban los carteles y guirnaldas subversivas a la vista de municipales y ertzainas…como todos los años desde hace una década. No, lo malo es que tres televisiones retransmiten durante horas la izada sin aventurar la más mínima palabra ni comentario sobre este paisaje urbano terrorista. Y lo peor es que este año algunos ciudadanos (de Basta Ya, que son de los pocos que quedan por allí) han presentado denuncia documentada contra el Ayuntamiento por estos sucesos, que sigue su trámite, de la cual han dado cuenta los medios periodísticos nacionales menos afines al “diálogo” pero ninguna de las publicaciones de ámbito donostiarra, tan atentas a todo concurso de quesos que ocurre en nuestra demarcación. Que quede claro: con esos silencios mediáticos y los terrores que reflejan cuentan los “dialogantes” para que al final de “proceso de paz” haya paradójicamente más nacionalismo que antes y no más libertad y visibilidad para los no nacionalistas, como sería lógico esperar.

Bien, muy bien que se incluya “diálogo y negociación” como temas de la minusvalorada e injustamente criticada Educación para la Ciudadanía. Lo único que me preocupa ahora es quién dará la asignatura…

sábado, 20 de enero de 2007

Islamofobias

EL PAÍS 2007/01/20

”Otra cosa es el uso de la "islamofobia", en medios islamistas o afines, a modo de arma arrojadiza contra todo aquel que exprese una crítica hacia un aspecto de la doctrina o de la comunidad islámica, y en particular contra el que trate de indagar acerca de la vinculación entre islamismo y terrorismo”
ANTONIO ELORZA

Islamofobias
La alusión al "aumento de la islamofobia en Europa" ha llegado a convertirse en un tópico políticamente correcto, de uso compartido entre enemigos del racismo, progresistas de viejo cuño, políticos del mundo árabe que manifiestan sus quejas contra Europa y, last but not least, simpatizantes del islamismo, que es algo bien diferente del islam. Aun abundando en dicha postura, dos publicaciones recientes del Centro Europeo sobre el Racismo y la Xenofobia hacen posible una discusión más rigurosa del tema, a pesar de los dudosos enfoques con que abordan alguno de los temas polémicos, como el del velo: Musulmanes en la Unión Europea. Discriminación e islamofobia, y el aún más sugestivo Percepciones de discriminación e islamofobia. Voces de miembros de las comunidades musulmanas en la Unión Europea (pueden ser consultados en eumc.europa.eu).

El término "islamofobia" es polémico, tal vez necesario, pero de contornos imprecisos, y susceptible de ser utilizado como arma arrojadiza por el islamismo y sus simpatizantes. Pensemos en que, surgido en torno a 1990, su uso se ha generalizado a partir de los atentados del 11-S, con la consiguiente sobrecarga emocional. Desde entonces viene designando dos cosas muy diferentes, con la primera sirviendo de coartada para la segunda. En efecto, los atentados de Al Qaeda descubrieron a los occidentales la existencia de una grave amenaza terrorista, cuya base doctrinal era y es la interpretación yihadista del islam. Éste es un hecho innegable, y nada tiene de extraño que como mínimo creciera la desconfianza hacia las minorías musulmanas, con lo cual, aspecto a tener en cuenta, el preexistente racismo antiárabe o maurófobo se veía considerablemente reforzado. Las fronteras pasan a ser confusas, según muestra el primer estudio citado: entre los hechos de violencia "islamófoba" reseñados no faltan los que pueden resumirse en el insulto "maldito moro", cosa diferente de la agresión o el insulto que sufre una mujer con velo por la calle. Hay que desglosar en todo momento: el rechazo de las gentes de un barrio a la construcción de una mezquita puede proceder de la "islamofobia", o simplemente del racismo, la citada maurofobia tan fuerte entre nosotros: sea una u otra la causa, la actitud es condenable; lo mismo no ocurre desde el ángulo del análisis.

Así entendida, y convenientemente acotada, la islamofobia se presenta en Europa como un fenómeno específico en el marco del racismo y de la xenofobia, consistente en la discriminación por la fe islámica. Los datos del informe son preocupantes, pero conviene tener en cuenta que el hecho no era analizado antes del 11-S. Paralelamente, la percepción subjetiva es valiosa cuando se apoya en datos comprobables; no tanto cuando puede esconder la pluralidad de causas de discriminación. Cabe aceptar, en todo caso, lo que propone un musulmán de Alemania: "Lo ocurrido el 11 de septiembre fue como un catalizador. Cosas que antes nunca se pensó en decir públicamente [sobre los musulmanes], se dicen públicamente ahora". La visibilidad de la fe islámica se ha hecho costosa en algunos lugares de Europa.

Otra cosa es el uso de la "islamofobia", en medios islamistas o afines, a modo de arma arrojadiza contra todo aquel que exprese una crítica hacia un aspecto de la doctrina o de la comunidad islámica, y en particular contra el que trate de indagar acerca de la vinculación entre islamismo y terrorismo. O que subraye la vertiente violenta de una parte del Corán y la Sunna. Desde este ángulo, el resultado no es otro que blindar a los sectores radicales contra cualquier mirada exterior y producir un verdadero dislate interpretativo. Recordemos las posiciones expresadas por la principal portavoz entre nosotros de esta tendencia tras el 11-S: 1) El atentado es condenable, pero en su declaración Bin Laden puso el dedo en la llaga de los problemas de Oriente Próximo; 2) No se opone a la cultura de Occidente, sino sólo a su política exterior; 3) Consecuencia: hablar de "terrorismo islámico" es signo de islamofobia. La página web de la recién fundada Casa Árabe subraya esa dimensión militante contra sionistas e islamófobos, y el ministro Moratinos amenaza con un Congreso en Córdoba sobre "islamofobia". Es la casa oscura de la Alianza de las Civilizaciones, tal y como es aquí entendida.

jueves, 18 de enero de 2007

El ciempiés

¡BASTA YA! 2007/01/18

“De modo que ahí lo tienen, bien clarito: el llamado al apoyo de los cuarenta y cuatro millones de españoles, sin dejar fuera a nadie. Los que no quieran unirse a esta expresión de sensatez y coraje político, que nos den sus razones, despacio y bien claro.”
FERNANDO SAVATER

El ciempiés

Dice Lichtenberg en uno de sus agudos aforismos que el ciempiés debe su nombre a la pereza de contar hasta catorce (que por lo visto es el número real de patas que tiene el bichejo). O sea, que por no tomarnos el trabajo de observar con cierto detenimiento al insecto tal como es, lo despachamos atribuyéndole una sobreabundancia de extremidades… que no corresponde a la realidad. Por lo que oigo y leo, a bastantes les pasa con el Pacto Antiterrorista como a los demás con el ciempiés: que lo critican, lo infravaloran e incluso lo descartan por anticuado pero sin dar nunca la impresión de haberse tomado la molestia de contarle las patitas.

Recordemos para empezar que ese “papelito” (como le ha llamado la vicepresidenta de forma displicente) fue una de las mejores iniciativas que ha tenido Rodríguez Zapatero en su trayectoria política, considerando en conjunto su etapa en la oposición y después al frente del Gobierno. Como últimamente no atraviesa el presidente el mejor de los momentos, parece imprudente degradar a mero “papelito” su acierto menos discutible… En su reciente comparecencia parlamentaria, Zapatero ha propuesto revisar el Pacto y corregirlo de tal modo que ya no esté firmado sólo por el PP y el PSOE, sino que acoja en su seno generoso a todos los partidos políticos democráticos, sindicatos, movimientos sociales, etc… hasta llegar –según Zapatero- a la cantidad absoluta de cuarenta y cuatro millones de españoles (cifra que también incluiría, si yo no cuento mal, a quienes apoyan hoy a partidos ilegalizados). O sea que va a realizarse un milagro, algo así como la multiplicación de los panes y los peces pero en política antiterrorista. Laus Deo!

Dejando a salvo la buena intención presidencial, en la que casi siempre me empeño en creer, siento una cierta inquietud al pensar en las posibles modificaciones que puede sufrir el texto acordado a finales del 2000. Porque los argumentos que se dan para tales cambios no son demasiado concluyentes. Sobre todo es el preámbulo lo que recibe mayores descalificaciones: algunos aseguran nada menos que va dirigido contra los nacionalistas del PNV y EA, por lo cual éstos ofendidos ciudadanos no pueden de ninguna de las maneras firmarlo, ni ayer ni hoy ni mañana. Pero cuando uno le cuenta las patas al ciempiés, resulta que las cosas no son como se nos dice. En ese prólogo no se ataca a ninguna formación democrática ni a sus ideales, sino una determinada estrategia política seguida por PNV y EA cuando dejaron el pacto de Ajuria Enea por el de Lizarra para “de acuerdo con ETA y EH, poner un precio político al abandono de la violencia. Ese precio consistía en la imposición de la autodeterminación para llegar a la independencia del País Vasco”. Que lo así denunciado ocurrió no es una valoración sino un hecho histórico. Y no es arbitrario afirmar que se trataba de la mayor de las concesiones al terrorismo, pues habría marginado a la mitad no nacionalista de los ciudadanos vascos. Fue un grave error, por no llamarlo más exactamente “fechoría”. Hoy lo admiten ya así incluso algunos de los más altos cargos del PNV y deberían comprenderlo el resto de las fuerzas políticas, de modo que no está claro por qué va a ser imposible que firmen el “papelito”. Si ya nadie está en Lizarra ¿qué de malo tiene renunciar a Lizarra? A no ser que alguien siga todavía en Lizarra pero ahora lo llame “plan Ibarretxe”. En cualquier caso, para hacer más actual el documento, podría ser recomendable suprimir la mención histórica a Lizarra pero sin renunciar a lo importante: que no se puede imponer la autodeterminación –el derecho a decidir de los vascos segregados- como el precio al final del terrorismo.

Y aún menos podríamos abandonar esta descripción estupenda del proyecto de ETA (nada “irracional” por cierto, contra lo que creen los despistados), que también figura en el famoso preámbulo y que me sigue pareciendo de lo más esclarecedor sobre el tema, dicho con el mínimo de palabras: “La estrategia de ETA no puede ser más evidente: tratan de generalizar el miedo para conseguir que los ciudadanos y las instituciones desistan de sus principios, ideas y derechos y así alcanzar sus objetivos que, por minoritarios, excluyentes y xenófobos, no lograrían abrirse camino jamás con las reglas de la democracia”. ¿Ven como sí que se puede hablar claro en documentos oficiales cuando se tiene la voluntad de hacerlo? Que alguien me diga que palabra sobra o falta en el párrafo citado.

Los diez puntos siguientes son igualmente precisos, contundentes y ejemplares en su veracidad. Siguen unos pocos ejemplos: “El único déficit democrático que sufre la sociedad vasca, el verdadero conflicto, es que aquellos que no creen en la democracia ejercen la violencia terrorista para imponer sus objetivos a la mayoría” (punto 2º); “el pueblo vasco ha desarrollado su capacidad de autogobierno en el marco de la Constitución y del Estatuto de Guernica. (…) Cualquier discrepancia política existente entre vascos puede y debe plantearse en ese marco institucional” (punto 3º); “los delitos de las organizaciones terroristas son particularmente graves y reprobables porque pretenden subvertir el orden democrático y extender el temor entre todos los ciudadanos. Nuestro sistema penal ofrece una respuesta jurídica adecuada para reprimir esos delitos. No obstante, si nuevas formas delictivas o actitudes y comportamientos que constituyeran objetivamente colaboración o incitación al terrorismo exigiesen reformas legales, nos comprometemos a impulsarlas en el marco del mutuo acuerdo” (punto 5º)…etc. Insisto, léanse el Pacto Antiterrorista, cuenten las patas del ciempiés y compárenlo con la caricatura del “papelito” anticuado y necesitado de múltiples enmiendas que se nos quiere presentar. ¡Ojalá hoy los políticos hablaran en materia terrorista con la claridad, la lucidez y la energía que utilizan en ese documento! Si alguien quiere cambiarlo, por favor que nos diga con precisión cual es el punto que no le gusta y por qué.

Pero lo mejor viene al final, como en las novelas policíacas. Y es que este Pacto nuca estuvo limitado en exclusiva al PP y al PSOE, ni excluyó a nadie, sino todo lo contrario: explícitamente, recabó el apoyo de todas las fuerzas democráticas: “Queremos, finalmente, convocar a las demás fuerzas democráticas a compartir estos principios y esta política, convencidos como estamos de que son un cauce adecuado para expresar su voluntad de colaboración en el objetivo de erradicar la lacra del terrorismo”. De modo que ahí lo tienen, bien clarito: el llamado al apoyo de los cuarenta y cuatro millones de españoles, sin dejar fuera a nadie. Los que no quieran unirse a esta expresión de sensatez y coraje político, que nos den sus razones, despacio y bien claro. Pero que no nos pretendan convencer de que el animalito tiene cien o mil patas, porque hemos tenido la paciencia de contárselas y nos gustan las catorce.

miércoles, 10 de enero de 2007

Los límites de la paz

El País 2007/01/10

Fernando Savater

Los límites de la paz
Hace unas semanas, José Blanco acuñó un apotegma taoista: “Los que no saben, hablan y los que saben, callan”. Bueno, a partir del 30 de diciembre ya quedó claro en cual de las dos categorías hay que apuntar al Presidente del Gobierno. Aunque la calificación puede extenderse –y con agravantes- a la pléyade de expertos en el asentimiento y el hosana que se han apiñado últimamente para “asesorar” al prócer en lo tocante al fementido “proceso de paz”. Rodeado de tantos empeñados en dar jabón, no es raro que el hombre haya resbalado. Y aún se les oye tocar el tambor a los más obstinados, como a los conejitos de las pilas incansables, llamando al somatén contra el PP que no apoyó al Gobierno en su confusa aventura. Por cierto que no aclaran lo que hubiéramos ganado si la oposición hubiera brindado en este punto su adhesión inquebrantable al ejecutivo, salvo que tras el atentado de Barajas se les habría quedado cara de tontos a dos líderes en lugar de sólo a uno. Seguir a estas alturas tratando de culpabilizar a los críticos de Zapatero en nombre de lo que hizo o dejo de hacer Aznar es cubrirse de ridículo, cuando no de alguna sustancia aún más fétida. Pero no cejan porque cuando se les acaba el sectarismo se les agotan las ideas. Incluso hay algún caradura ignorante que sigue llamando “enemigos del proceso de paz” a quienes hicieron desde el primer día las reservas y advertencias que luego se han revelado tan dolorosamente pertinentes.

Sin embargo, tampoco saldremos de pobres con quienes no cesan de bailar la danza de los siete velos pidiendo la cabeza del frustrado Pacificador. Convendría recordar en cambio su afirmación más errónea y reveladora: “hoy estamos mejor que hace un año”. Ningún no nacionalista residente en el país vasco habría suscrito semejante aseveración. Y no sólo por la intensificación de la kale borroka, sino por el regreso de constantes formas de intimidación personal (incluso contra gente moderada del PNV), vuelta a las pintadas y ocupación de espacios públicos por panegíricos del terrorismo, etc… Pero también por la perpetuación de una situación de acoso a cuanto no recibe el euskolabel nacionalista en la cultura, la educación, la universidad, los festejos públicos… Si las cosas hubieran realmente mejorado, la gente menos adicta al régimen no seguiría marchándose y los partidos constitucionales no tendrían cada vez más problemas para encontrar voluntarios para las listas electorales. Los aspectos cotidianos que no chorrean sangre pueden hacer también la vida insoportable o humillante para los menos dóciles. Uno se pregunta: ¿en cuántas localidades de mi tierra me está vedado comprarme una casita en el campo o ni siquiera irme a pasar una temporada? Pongo la ETB: aparece uno de los concursos más populares, “Date el bote”. Cada uno de los participantes se presenta a sí mismo con una breve cancioncilla y a mí me toca el que canta “ya no se puede ir a los bares a potear tranquilo, están llenos de policías, a ver si los mandamos a todos a Jamaica”. Risitas, es lo normal. Luego el programa de debate “Políticamente incorrecto” en el que aparecen en sobreimpresión mensajes de los telespectadores: “los españoles son los terroristas, etc…”. Y si tropiezo con la retrasmisión de la gran competición de bertsolaris en el palacio Euskalduna, ni cuento los loores a De Juana Chaos y similares que tendré que ver en pancarta y soportar en verso. La lista es interminable, pero por lo visto sólo interesa a quienes vivimos allí.

Y es que se está confundiendo desde comienzos del llamado “proceso” la paz con la tranquilidad. La paz es la Constitución, el estado de derecho, los estatutos aprobados según las normas legales y los códigos penales y civiles que se aplican por igual a todos los ciudadanos españoles. Esa paz no pueden darla acuerdos subrepticios con los terroristas, ni con sus portavoces o servicios auxiliares ni con quienes se aprovechan del clima de intimidación para sacar a delante sus proyectos políticos presentados como derechos inamovibles e inalienables. Pero en cambio la tranquilidad (que viene de tranca, según nos decían de pequeños) sí es algo que los mafiosos pueden alterar o restituir. Lo que no tenemos desde hace décadas en el País Vasco es tranquilidad: y los más intranquilos de todos estamos quienes hemos luchado por mantener la paz y las libertades constitucionales. También en el resto de España el terrorismo ha sabido alterar criminalmente la tranquilidad de los ciudadanos, tomándoles como rehenes para conseguir sus objetivos en Euskadi. Y lo que ahora ETA y quienes la secundan han ofrecido desde un comienzo al Gobierno no es sino la restauración de la tranquilidad…a cambio de modificar la paz constitucional al modo que a ellos les parezca más conveniente. Es decir, aumentando la hegemonía nacionalista y blindándola respecto a futuras intervenciones del Estado español, llámesele a eso independencia o de cualquier otra fórmula transitoria menos provocativa. Por ello tenía que haber una segunda mesa estrictamente política, en la cual figurarían los hasta ayer ilegales junto con los nacionalistas legales que han prosperado durante estos años bajo la sombra del terrorismo y también los no nacionalistas que allí firmarían su acatamiento al nuevo orden que les relegaba a un papel secundario…pero eso sí, mucho más tranquilo. Éste es el fondo del asunto y ésto es lo que está en juego: sobre ésto es sobre lo que se pretende que haya ese “diálogo” al cual los nacionalistas no quieren como es lógico renunciar (aunque bastantes de ellos deploren ahora los modos y el apresuramiento de los etarras, que pueden echarlo todo a perder con su exceso de celo: por eso dice Egibar que el ciclo de la violencia está “agotado”).

Y ahora ¿qué nos espera? Pues más de lo mismo, pero agravado. Josu Jon Imaz se ha convertido en la gran esperanza blanca de los que quieren a toda costa tranquilizarse asegurando que el PNV ya es más leal a la legalidad constitucional que la Vieja Guardia a Napoleón. No dudo de la buena intención de Imaz ni de muchos de sus correligionarios que le apoyan, pero los que mandan de veras son Ibarretxe, Urkullu, Egibar, Azkarraga y el resto de los convocantes de la manifestación del sábado, en la que los socialistas vascos harán el papel de mamelucos (Patxi López dice que irán porque no quiere que se repita la desunión vergonzosa de las honras fúnebres de Fernando Buesa… ¡como si de lo que ocurrió entonces hubieran tenido la culpa los socialistas!). Y luego vendrán las elecciones municipales. No sé si Batasuna logrará presentarse a ellas con uno u otro nombre, pero en cualquier caso –como siempre- los verdaderamente ilegales serán socialistas y populares, que no encontrarán gente para sus listas, no podrán hacer campaña electoral con la libertad de los demás, etc, etc… Consecuencia: mayoría ampliada de los de siempre y viva el tripartito. Ibarretxe seguirá plan en ristre y dirá que más que nunca es necesaria una consulta popular porque los asuntos de los vascos los tenemos que resolver “los de aquí”. Continuará la intimidación callejera y quizá también los asesinatos. Y mucha gente de la que aún no se ha ido pensará que con tal de alcanzar por fin cierta tranquilidad cualquier concesión parece razonable…

Sí, hay que hacer algo, claro que hay que hacer algo. Por supuesto, recuperar el Pacto Antiterrorista, sobre todo en su preámbulo que condenaba el nacionalismo obligatorio estilo Lizarra (luego “plan Ibarretxe”) como precio al cese del terror. Pero es hora de ir decididamente más allá. Del famoso “proceso” queda en pie una frase que Zapatero repitió varias veces: primero el final de la violencia, luego la política. A lo largo de todos estos años hemos intentado hacer política en el País Vasco a pesar de la violencia y de su permanente adulteración de la voluntad ciudadana intimidada. Pero puedo que el Presidente tenga razón y que debamos tomar su fórmula al pie de la letra. Es hora de que los constitucionalistas nos neguemos a participar en el juego político mientras dure el terrorismo. No más elecciones, no más fingimiento de que se puede ser normal en plena anormalidad y de que quienes sacan ventaja de la situación la padecen tanto como sus víctimas directas. La autonomía no puede beneficiar sólo a unos, no es un derecho divino sin contrapartidas ni obligaciones con el Estado. Ya que tanto se invoca el caso irlandés en otras ocasiones, podemos recordar que Blair no ha vacilado en suspender la autonomía mientras no se daban las condiciones políticas y la aceptación de la legalidad necesarias para la convivencia. La pervivencia del terrorismo y de quienes no lo condenan (o lo apoyan) y lo rentabilizan crea una situación excepcional que es preciso encarar con medios políticos excepcionales si queremos alguna vez romper el círculo diabólico en el que estamos metidos. Me parece que todos los ciudadanos que no esperan ventajas directas o indirectas de la coacción etarra o de la subasta política de su liquidación condicional pueden comprender, aceptar y apoyar estas medidas clarificadoras.
Un último recuerdo para nuestros hermanos de Ecuador, que vinieron a España con su esfuerzo y sacrificio para labrarse un futuro, colaborando al desarrollo de nuestro país (como la inmensa mayoría de los inmigrantes, conviene recordarlo) y murieron víctimas de un terrorismo en el que los ricos asesinan a los humildes en nombre de ideales xenófobos y retrógrados, a menudo con la comprensión política –cuando no con la complicidad- del izquierdismo más obtuso y falsario de Europa.