¿BASTA YA! 10/11/06
Fernando Savater
"Y ya resulta insostenible que porque un partido se llame “Izquierda Nose qué” sea progresista: si el progreso avanza hacia algo parecido a Javier Madrazo, es falso todo lo que cuenta tanto la teoría de la evolución como desde luego la del Diseño Inteligente."
Lección de ciudadanía
Tuve al principio la tentación de titular este artículo “En plenos morros” pero finalmente he optado por algo más educado. Sin embargo, la tentación de hacer la higa ha sido fuerte, al ver la conmoción provocada por los resultados que han obtenido Ciutadans en las pasadas elecciones catalanas. Primero –antes de que se votase- fue el vergonzoso silenciamiento y el mirar por encima del hombro, con conmiseración o ironía. Los medios de comunicación, sobre todo los específicos de la autonomía, apenas dedicaron al partido recién llegado la mínima atención, ni siquiera por el interés periodístico que podía representar la novedad de su propuesta. Después de los comicios, los mismos que les silenciaron empezaron a regañarles como si fuesen aquellos “pecadores de la pradera” a los que amonestaba Chiquito de la Calzada. Oímos que son la ultraderecha, la derecha de la ultraderecha, el regreso de Lerroux (¡no podía faltar la referencia al Emperador del Paralelo, ahora más bien para lelos!), pero al mismo tiempo un grupo izquierdista partidario de varias aberraciones morales y en el que no puede confiar la sana gente de orden. A un fulano muy entendido le oí decir por la radio en cinco minutos que eran un invento movido desde Madrid y que no tenían ningún futuro en el resto de España, porque se trataba de un fenómeno específicamente catalán. Por lo visto la antigua profesión de lacayo, que creíamos desaparecida con el fin de las grandes casas aristocráticas, se ha reciclado de modo que perdura en emisoras, televisiones y periódicos pero ahora al servicio de los magnates políticos.
¿A qué viene este partido de los Ciudadanos, que tanta incomodidad ha producido en los profesionales sempiternos de la política establecida al negarse dócilmente a desaparecer en la nada electoral, como ya se había dado por seguro? Desde mi punto de vista, aportan en primer lugar una actitud progresista que rechaza sin complejos la obligada devoción a nacionalismos pequeños o grandes. Digo “progresista”, no de izquierdas o derechas, porque creo que el verdadero progresismo se fabrica hoy con elementos pragmáticos tomados de los dos campos convencionales. Y ya resulta insostenible que porque un partido se llame “Izquierda Nose qué” sea progresista: si el progreso avanza hacia algo parecido a Javier Madrazo, es falso todo lo que cuenta tanto la teoría de la evolución como desde luego la del Diseño Inteligente. Vivimos en un país extraño: si uno se declara “anticapitalista”, recibe múltiples parabienes por su coraje solidario con los desheredados; si dice que es “anticomunista”, no le faltarán elogios por haber comprendido que no hay justicia sin libertad; pero si se confiesa “antinacionalista”…
Nada, a tanto no se atreve nadie. Lo único bien visto como máximo es ser “no nacionalista”, aunque siempre catalanista, vasquista, galleguista…¡o españolista! Pues bien, algunos –puede que muy pocos, puede que tampoco muchos de los Ciutadans, que oficialmente se dicen “no nacionalistas”- proclamamos abiertamente que somos antinacionalistas. Con el debido respeto a las personas, pero con no menor firmeza ante las ideas que nos resultan rechazables. Políticamente hablando, los nacionalistas me parecen obtusos e insaciables: obtusos por su visión patrimonialista y cerrada de la sociedad (v.gr., el peneuvista Rubalcaba en el pasado debate sobre autodeterminación, regalando España a los demás con tal de que su clan se quede con el País Vasco como si fuera su caserío) e insaciables, es decir que ninguna concesión descentralizadora logra nada más que abrirles el apetito de mayores privilegios y competencias exclusivas. Me gustaría poder votar a un partido que contrarrestase eficazmente, con habilidad política, los abusos separatistas; que mantuviese un discurso pedagógicamente explícito para aclarar que el derecho a la diferencia nunca es una diferencia de derechos; y que por supuesto defendiese la unidad constitucional como base del estado democrático pero sin concesiones a patrioterismos ni a ninguna esencial Idea de España. Dado el panorama actual: ¿a quién podemos votar, yo y quienes pensamos como yo? No sé si Ciutadans resuelve nuestro problema, pero al menos nos abre una esperanza.
Me gustaría por tanto que el partido de los Ciudadanos se extendiese a todas las circunscripciones electorales de España. La competencia, alarmada, intenta convencernos de que tal cosa no es posible porque el nacionalismo obligatorio sólo es problema en Cataluña, el País Vasco y quizá en Galicia. Pero es que los Ciudadanos no sólo pueden ni deben atender la urgencia antinacionalista. Hay otros temas conflictivos y vuelvo al ejemplo del hombre que conozco mejor –como diría Unamuno- o sea yo mismo. Como maestro, me parece imprescindible la Educación para la Ciudadanía en bachillerato y en cambio me resulta impresentable que un estado laico costee una asignatura de religión confesional, evaluable y válida para pasar curso, con un profesorado designado o revocado por los obispos y pagado por el erario público. Pues bien, según parece la asignatura de Educación Cívica –tras muchas grotesca polémicas- va a quedar reducida en el nuevo bachillerato a una hora semanal, lo que equivale a darle una existencia…semi-virtual. Y en cambio tendremos religión evaluable, etc… Como ese panorama me parece vergonzoso, no quiero apoyar al partido gubernamental que lo propone. Tampoco puedo votar al PP, que ha dicho ineptas perrerías sobre la Educación para la Ciudadanía y es capaz de dar más horas a la religión que a matemáticas o lengua, para complacer a los obispos. Izquierda Unida es una opción ya impracticable, por culpa de Madrazo y Cía. Entonces…¿a quién voto? Si Ciudadanos plantea este tema y otros semejantes, será útil en España entera.
En último término, la simple existencia de una alternativa razonable a los partidos mayoritarios es ya una ráfaga de aire fresco. Cuando yo tenía veinte años y nos metíamos en líos por alborotar contra el franquismo (por entonces la mayoría de los ardientes antifranquistas actuales iban a campamentos del Frente de Juventudes o no habían nacido todavía), nuestros mayores nos amonestaban: “¡Si ésto no os gusta, iros a Rusia!”. Como si fuese obligatorio ser devoto de Franco o de Stalin. Ahora les dicen algo parecido en el PSOE y en el PP a quienes disienten de la línea oficial: “¡Vete con los de enfrente!”. Sería estupendo poder responderles que nos vamos sí, pero con quien ellos no se lo esperan. El éxito de Ciutadans demuestra que además de quejarse, de decir que todo está peor que nunca, que el enemigo está crecido y ya ha ganado la partida (como los políticos insensatos repiten en el País Vasco) puede hacerse algo para cambiar las cosas a mejor. Allí en Cataluña, lo han logrado principalmente jóvenes, aunque alentados y ayudados por gente mayor. ¿A qué esperan los jóvenes realmente progresistas en el País Vasco?
viernes, 10 de noviembre de 2006
jueves, 9 de noviembre de 2006
¿Quién teme al ciudadano feroz?
EL PAÍS 09/11/06
"La gente que ha conseguido tres escaños se los ha trabajado como antaño los clandestinos que luchaban contra Franco: aguantando los ataques del régimen en pleno y sin el menor apoyo de nadie como no sea el desinteresado y generoso de mucha gente que está harta de tanta falacia. Que sólo les hiciera caso la prensa de Madrid no es culpa suya, sino de la prensa de Barcelona."
FÉLIX DE AZÚA
¿Quién teme al ciudadano feroz?
Como es bien sabido, con ocasión del Salon de 1864 el pintor Édouard Manet expuso su célebre Olympia, un desnudo femenino que irritó profundamente a la buena sociedad parisina y cambió las reglas de la representación clásica. La gigantesca cólera desatada por el cuadro de Manet era debida a que el nuevo modo de presentar un tema clásico dejaba sin argumentos a los tradicionalistas. La estrategia artística de Manet negaba todos los valores defendidos por la vieja escuela. Los entendidos, los expertos, los coleccionistas y aquellos aficionados que se consideraban enterados, reaccionaron con violencia porque, de ser cierto lo que Manet expresaba en su pintura, entonces ellos eran una colosal mentira. También es conocido el final de la historia: eran una colosal mentira.
Algo similar está sucediendo con la irrupción de un pequeño partido posnacionalista en Cataluña, a partir de las últimas elecciones. El Partido de los Ciudadanos (PC) es minúsculo en comparación con las fuerzas que representan al nacionalismo catalán, pero la reacción que ha desatado es sorprendente y pone de manifiesto, no la amenaza de los débiles, sino el miedo de los poderosos. La astuta conducta de los medios de comunicación catalanes, que no informaron en ningún momento sobre la campaña del PC mientras duró la subasta de votos, no ha podido resistir el resultado y ahora se desborda en ataques furibundos. Un síntoma inequívoco de que el poder se siente débil.
Por si alguien supone que escribo desde una posición militante, debo aclarar que si bien formé parte del grupo que incitó a la creación en Cataluña de un nuevo partido que pudiera hablar con naturalidad sobre todo lo prohibido por el poder, en cuanto ese partido se constituyó legalmente me retiré con ánimo de no regresar nunca más a la política empírica. Si ahora escribo sobre ellos es porque nos están sirviendo una valiosa información sobre la falta de información que sufre la sociedad catalana. De modo que habría escrito exactamente lo mismo si hubiera votado a Convergencia o a Iniciativa.
La falta de información a la que aludo es una de las causas de la inseguridad del poder catalán. Cuando escribo esta crónica hay ya un acuerdo para repetir el tripartito. Es decir, que han ganado los que han perdido, pero quizás no cabía otra posibilidad. Los partidos nacionalistas catalanes son máquinas de distribución. Cualquiera de las posibles combinaciones ganadoras no se forma para cumplir el deseo de los votantes sino para satisfacer a los partidos y a sus clientelas. Contra este estado de cosas había que fundar un nuevo partido y ese partido ha conseguido tres escaños sin apenas campaña, sin dinero, sin apoyos, sin aparecer en los medios, contando tan sólo con el entusiasmo de la gente.
La victoria ha sorprendido porque la sociedad catalana carece de información responsable. Muy pocos periodistas sabían algo sobre el nuevo partido y lo que sabían era mentira. Ningún profesional de la prensa catalana intentó averiguar algo por su cuenta. Cada uno de los mediáticos de prestigio pertenece a un grupo dentro del sistema y nada que caiga fuera de tan estrecho horizonte tiene la menor importancia. La endogamia informativa ha llegado a extremos grotescos, como la creación de un comité de comisarios que vigila a los periodistas catalanes. Sin embargo, no es el momento de examinar el grado de dependencia y la falta de autonomía de los medios catalanes, sino de sacar algunas conclusiones. Y para ello nada mejor que poner algunos ejemplos de lo que está sucediendo después de las elecciones, cuando el resultado es irreparable. Quizás alguien se percate de que el estado de cosas es insostenible, que está hundiendo a la sociedad catalana en el escepticismo democrático, y trate de ponerle remedio.
Hablemos de las firmas y vayamos de menor a mayor. Como es lógico, todo el periodismo de batalla ha coincidido en calificar al PC de facha, ultraderechista y cosas semejantes. De nada ha servido que el jefe del partido se definiera como socialdemócrata, o que no haya ni un solo dato que fundamente semejante barbaridad, es decir, que este es un partido de delincuentes. Ningún responsable del PC ha hablado de inmigración y si lo ha hecho ha sido con bastante mayor liberalidad que la señora Ferrusola de Convergencia o el señor Barrera de Esquerra; ni de religión y si lo ha hecho es para declararse laico y contrario a la asignatura de religión, a diferencia de los nacionalistas; ni del aborto, las bodas gays, el feminismo y la parafernalia que trabaja ese partido estetizante, Iniciativa, como no sea para coincidir con ellos porque, la verdad, esas cosas son simplemente obvias. No importa: los Sopena, los Culla, los Cardús, los Sánchez, la infantería del sistema, han afirmado que el PC es de extrema derecha.
Era de esperar, por así decirlo, entre la gente de faena, pero subamos un peldaño. Toni Soler es una figura de la radiotelevisión catalana y escribe en La Vanguardia. Es una de esas estrellas locales que viven de luchar heroicamente contra la microscópica presencia del PP y que jamás han tocado un pelo al poder. Sin embargo, la aparición del PC le ha puesto nervioso. He aquí lo que escribía Soler el domingo 5 de noviembre: "(Para el PC) el nacionalismo catalán va de Carod a Piqué, inclusive, y dicen una frase en cada idioma, para demostrar que el idioma no les importa, es decir, que si el catalán desaparece no soltarán ni una lágrima". Esto lo escribe Soler en castellano. Es otro de los innumerables nacionalistas que considera justo multar a un tabernero por no rotular en catalán, pero que desea seguir cobrando sus artículos en castellano, por favor. Con esta moral es difícil informar objetivamente.
Subamos otro peldaño, lleguemos a periodistas prestigiosos y a los que respeto. Ese mismo día y en el mismo órgano de los conservadores catalanes, Enric Juliana escribía: "El despliegue del Partido de la Ciudadanía en España sólo es posible con el apoyo estratégico de un poder fuerte. La FAES es uno de ellos y ha amenazado con querellarse contra quien diga que suya es la mano que mece la cuna". Debo confesar que el párrafo me ha desconcertado porque soy lector habitual de Juliana, uno de los escasos periodistas catalanes que utiliza el castellano con elegancia. Su posición siempre ha sido clara, es simpatizante de Convergencia, pero no es un palanganero. Suelo oírle en la tertulia de Carlos Herrera y me parece un hombre equilibrado. Que utilice una falacia tan absurda es significativo sobre el grado de intoxicación de los periodistas catalanes. La gente que ha conseguido tres escaños se los ha trabajado como antaño los clandestinos que luchaban contra Franco: aguantando los ataques del régimen en pleno y sin el menor apoyo de nadie como no sea el desinteresado y generoso de mucha gente que está harta de tanta falacia. Que sólo les hiciera caso la prensa de Madrid no es culpa suya, sino de la prensa de Barcelona.
Y acabemos de subir la escalera hasta un nivel que puede costarme una amistad. El viernes 3 de noviembre, Xavier Vidal-Folch, el director de la edición catalana de este periódico y amigo personal, hacía un balance de los resultados. Escribía lo siguiente: "La gran novedad, Ciutadans, ese nacionalismo neoespañolista". Pasaba luego a anunciar que el partido practicará el lerrouxismo, que acabará en manos de la extrema derecha, y terminaba diciendo: "¿Nuevo el nacionalismo español? ¿O el más rancio y cutre de los nacionalismos hispánicos?". Esta es la opinión de un gran profesional catalán que ha vivido en Bruselas durante años y conoce la prensa europea. Si estuviéramos en Europa habría que hacerle algunas preguntas: ¿Qué es, en su opinión, el "españolismo"? ¿Algo así como el catalanismo, un apego cultural? ¿Que te guste la música de Albéniz, el Museo del Prado y las novelas de Mendoza? ¿Hay que añadir, para radicalizar, la jota en plan sardana, los toros en plan castellers, el Valle de los Caídos en plan Montserrat? ¿O más bien será españolista alguien que se oponga al populismo del odio contra los españoles tipo Rubianes? ¿Y que sería un "neoespañolismo"? ¿O es sólo un modo de clasificar para evitarse el análisis? ¿Pereza o desinformación?
El lerrouxismo y la extrema derecha son fantasmas constantes en Cataluña, quizás por ser dos de las más frecuentes tentaciones catalanas, desde el carlismo del XIX hasta los Requetés franquistas. Son espantajos que carecen de contenido ya que toda situación histórica es irrepetible y para acabarlo de arreglar nadie sabe muy bien en qué consisten. ¿Es un lerrouxista a la inversa Artur Mas cuando se inventa un carnet de puntos para inmigrantes? ¿O Maragall cuando le concede la nacionalidad catalana a Montilla por lo bien que se ha portado? Cuando un término más o menos técnico se usa como insulto hay que suponer que de lo que abunda en el corazón habla la boca.
Lo mejor sin embargo es el final. "Rancio" y "cutre" son de nuevo adjetivos muy frecuentes entre los defensores de la buena sociedad catalana, aunque deben aplicarse exclusivamente al llamado "nacionalismo español". Que Artur Mas se arrodille ante la tumba de Wifredo el Velloso, que todos los partidos canten Els segadors con la mano en el pecho y lo hagan obligatorio en las escuelas, que peregrinen a los lugares sagrados, que prohíban a los escolares hablar en castellano en el patio, o que sólo hayan leído a Prat de la Riba y otros genios de la filosofía política, no es, para ellos, ni "cutre" ni "rancio". Debe de ser lo más progresista, aunque sólo en Cataluña. ¡Qué pésima información, Dios mío!
En efecto, un partido sin dinero, sin campaña, sin apoyo mediático, en cuatro meses ha conseguido tres diputados. Ahora el poder catalán puede reaccionar de dos modos distintos: temblando de miedo e insultando como hasta ahora viene haciendo, o poniendo remedio a lo que ha provocado 90.000 votos para el nuevo partido, 60.000 votos en blanco, la más alta abstención de la historia de Cataluña, y un panorama para el futuro Gobierno que cada vez nos acerca más a la Italia de los años de plomo. O a cosas peores. Quizás ellos se sientan a gusto en este ambiente de sauna para padrinos. Los demás, no.
"La gente que ha conseguido tres escaños se los ha trabajado como antaño los clandestinos que luchaban contra Franco: aguantando los ataques del régimen en pleno y sin el menor apoyo de nadie como no sea el desinteresado y generoso de mucha gente que está harta de tanta falacia. Que sólo les hiciera caso la prensa de Madrid no es culpa suya, sino de la prensa de Barcelona."
FÉLIX DE AZÚA
¿Quién teme al ciudadano feroz?
Como es bien sabido, con ocasión del Salon de 1864 el pintor Édouard Manet expuso su célebre Olympia, un desnudo femenino que irritó profundamente a la buena sociedad parisina y cambió las reglas de la representación clásica. La gigantesca cólera desatada por el cuadro de Manet era debida a que el nuevo modo de presentar un tema clásico dejaba sin argumentos a los tradicionalistas. La estrategia artística de Manet negaba todos los valores defendidos por la vieja escuela. Los entendidos, los expertos, los coleccionistas y aquellos aficionados que se consideraban enterados, reaccionaron con violencia porque, de ser cierto lo que Manet expresaba en su pintura, entonces ellos eran una colosal mentira. También es conocido el final de la historia: eran una colosal mentira.
Algo similar está sucediendo con la irrupción de un pequeño partido posnacionalista en Cataluña, a partir de las últimas elecciones. El Partido de los Ciudadanos (PC) es minúsculo en comparación con las fuerzas que representan al nacionalismo catalán, pero la reacción que ha desatado es sorprendente y pone de manifiesto, no la amenaza de los débiles, sino el miedo de los poderosos. La astuta conducta de los medios de comunicación catalanes, que no informaron en ningún momento sobre la campaña del PC mientras duró la subasta de votos, no ha podido resistir el resultado y ahora se desborda en ataques furibundos. Un síntoma inequívoco de que el poder se siente débil.
Por si alguien supone que escribo desde una posición militante, debo aclarar que si bien formé parte del grupo que incitó a la creación en Cataluña de un nuevo partido que pudiera hablar con naturalidad sobre todo lo prohibido por el poder, en cuanto ese partido se constituyó legalmente me retiré con ánimo de no regresar nunca más a la política empírica. Si ahora escribo sobre ellos es porque nos están sirviendo una valiosa información sobre la falta de información que sufre la sociedad catalana. De modo que habría escrito exactamente lo mismo si hubiera votado a Convergencia o a Iniciativa.
La falta de información a la que aludo es una de las causas de la inseguridad del poder catalán. Cuando escribo esta crónica hay ya un acuerdo para repetir el tripartito. Es decir, que han ganado los que han perdido, pero quizás no cabía otra posibilidad. Los partidos nacionalistas catalanes son máquinas de distribución. Cualquiera de las posibles combinaciones ganadoras no se forma para cumplir el deseo de los votantes sino para satisfacer a los partidos y a sus clientelas. Contra este estado de cosas había que fundar un nuevo partido y ese partido ha conseguido tres escaños sin apenas campaña, sin dinero, sin apoyos, sin aparecer en los medios, contando tan sólo con el entusiasmo de la gente.
La victoria ha sorprendido porque la sociedad catalana carece de información responsable. Muy pocos periodistas sabían algo sobre el nuevo partido y lo que sabían era mentira. Ningún profesional de la prensa catalana intentó averiguar algo por su cuenta. Cada uno de los mediáticos de prestigio pertenece a un grupo dentro del sistema y nada que caiga fuera de tan estrecho horizonte tiene la menor importancia. La endogamia informativa ha llegado a extremos grotescos, como la creación de un comité de comisarios que vigila a los periodistas catalanes. Sin embargo, no es el momento de examinar el grado de dependencia y la falta de autonomía de los medios catalanes, sino de sacar algunas conclusiones. Y para ello nada mejor que poner algunos ejemplos de lo que está sucediendo después de las elecciones, cuando el resultado es irreparable. Quizás alguien se percate de que el estado de cosas es insostenible, que está hundiendo a la sociedad catalana en el escepticismo democrático, y trate de ponerle remedio.
Hablemos de las firmas y vayamos de menor a mayor. Como es lógico, todo el periodismo de batalla ha coincidido en calificar al PC de facha, ultraderechista y cosas semejantes. De nada ha servido que el jefe del partido se definiera como socialdemócrata, o que no haya ni un solo dato que fundamente semejante barbaridad, es decir, que este es un partido de delincuentes. Ningún responsable del PC ha hablado de inmigración y si lo ha hecho ha sido con bastante mayor liberalidad que la señora Ferrusola de Convergencia o el señor Barrera de Esquerra; ni de religión y si lo ha hecho es para declararse laico y contrario a la asignatura de religión, a diferencia de los nacionalistas; ni del aborto, las bodas gays, el feminismo y la parafernalia que trabaja ese partido estetizante, Iniciativa, como no sea para coincidir con ellos porque, la verdad, esas cosas son simplemente obvias. No importa: los Sopena, los Culla, los Cardús, los Sánchez, la infantería del sistema, han afirmado que el PC es de extrema derecha.
Era de esperar, por así decirlo, entre la gente de faena, pero subamos un peldaño. Toni Soler es una figura de la radiotelevisión catalana y escribe en La Vanguardia. Es una de esas estrellas locales que viven de luchar heroicamente contra la microscópica presencia del PP y que jamás han tocado un pelo al poder. Sin embargo, la aparición del PC le ha puesto nervioso. He aquí lo que escribía Soler el domingo 5 de noviembre: "(Para el PC) el nacionalismo catalán va de Carod a Piqué, inclusive, y dicen una frase en cada idioma, para demostrar que el idioma no les importa, es decir, que si el catalán desaparece no soltarán ni una lágrima". Esto lo escribe Soler en castellano. Es otro de los innumerables nacionalistas que considera justo multar a un tabernero por no rotular en catalán, pero que desea seguir cobrando sus artículos en castellano, por favor. Con esta moral es difícil informar objetivamente.
Subamos otro peldaño, lleguemos a periodistas prestigiosos y a los que respeto. Ese mismo día y en el mismo órgano de los conservadores catalanes, Enric Juliana escribía: "El despliegue del Partido de la Ciudadanía en España sólo es posible con el apoyo estratégico de un poder fuerte. La FAES es uno de ellos y ha amenazado con querellarse contra quien diga que suya es la mano que mece la cuna". Debo confesar que el párrafo me ha desconcertado porque soy lector habitual de Juliana, uno de los escasos periodistas catalanes que utiliza el castellano con elegancia. Su posición siempre ha sido clara, es simpatizante de Convergencia, pero no es un palanganero. Suelo oírle en la tertulia de Carlos Herrera y me parece un hombre equilibrado. Que utilice una falacia tan absurda es significativo sobre el grado de intoxicación de los periodistas catalanes. La gente que ha conseguido tres escaños se los ha trabajado como antaño los clandestinos que luchaban contra Franco: aguantando los ataques del régimen en pleno y sin el menor apoyo de nadie como no sea el desinteresado y generoso de mucha gente que está harta de tanta falacia. Que sólo les hiciera caso la prensa de Madrid no es culpa suya, sino de la prensa de Barcelona.
Y acabemos de subir la escalera hasta un nivel que puede costarme una amistad. El viernes 3 de noviembre, Xavier Vidal-Folch, el director de la edición catalana de este periódico y amigo personal, hacía un balance de los resultados. Escribía lo siguiente: "La gran novedad, Ciutadans, ese nacionalismo neoespañolista". Pasaba luego a anunciar que el partido practicará el lerrouxismo, que acabará en manos de la extrema derecha, y terminaba diciendo: "¿Nuevo el nacionalismo español? ¿O el más rancio y cutre de los nacionalismos hispánicos?". Esta es la opinión de un gran profesional catalán que ha vivido en Bruselas durante años y conoce la prensa europea. Si estuviéramos en Europa habría que hacerle algunas preguntas: ¿Qué es, en su opinión, el "españolismo"? ¿Algo así como el catalanismo, un apego cultural? ¿Que te guste la música de Albéniz, el Museo del Prado y las novelas de Mendoza? ¿Hay que añadir, para radicalizar, la jota en plan sardana, los toros en plan castellers, el Valle de los Caídos en plan Montserrat? ¿O más bien será españolista alguien que se oponga al populismo del odio contra los españoles tipo Rubianes? ¿Y que sería un "neoespañolismo"? ¿O es sólo un modo de clasificar para evitarse el análisis? ¿Pereza o desinformación?
El lerrouxismo y la extrema derecha son fantasmas constantes en Cataluña, quizás por ser dos de las más frecuentes tentaciones catalanas, desde el carlismo del XIX hasta los Requetés franquistas. Son espantajos que carecen de contenido ya que toda situación histórica es irrepetible y para acabarlo de arreglar nadie sabe muy bien en qué consisten. ¿Es un lerrouxista a la inversa Artur Mas cuando se inventa un carnet de puntos para inmigrantes? ¿O Maragall cuando le concede la nacionalidad catalana a Montilla por lo bien que se ha portado? Cuando un término más o menos técnico se usa como insulto hay que suponer que de lo que abunda en el corazón habla la boca.
Lo mejor sin embargo es el final. "Rancio" y "cutre" son de nuevo adjetivos muy frecuentes entre los defensores de la buena sociedad catalana, aunque deben aplicarse exclusivamente al llamado "nacionalismo español". Que Artur Mas se arrodille ante la tumba de Wifredo el Velloso, que todos los partidos canten Els segadors con la mano en el pecho y lo hagan obligatorio en las escuelas, que peregrinen a los lugares sagrados, que prohíban a los escolares hablar en castellano en el patio, o que sólo hayan leído a Prat de la Riba y otros genios de la filosofía política, no es, para ellos, ni "cutre" ni "rancio". Debe de ser lo más progresista, aunque sólo en Cataluña. ¡Qué pésima información, Dios mío!
En efecto, un partido sin dinero, sin campaña, sin apoyo mediático, en cuatro meses ha conseguido tres diputados. Ahora el poder catalán puede reaccionar de dos modos distintos: temblando de miedo e insultando como hasta ahora viene haciendo, o poniendo remedio a lo que ha provocado 90.000 votos para el nuevo partido, 60.000 votos en blanco, la más alta abstención de la historia de Cataluña, y un panorama para el futuro Gobierno que cada vez nos acerca más a la Italia de los años de plomo. O a cosas peores. Quizás ellos se sientan a gusto en este ambiente de sauna para padrinos. Los demás, no.
lunes, 6 de noviembre de 2006
Milenaristas interesados
La Gaceta de los Negocios 06/11/06
José Miguel Serrano
"No es sencillo explicar la diferencia entre un cambio de efecto desconocido y uno de influencia humana"
Milenaristas interesados
EL mito es de sobra conocido. La Tierra, madre o madrastra, se cansa de los hombres y en determinado momento los destruye o se destruye, que viene a ser lo mismo. Luego se iniciará otra época, dando lugar a una sucesión de mundos o nos invadirá el vacío estelar, es decir, la nada.En nuestra civilización cada quinientos o mil años el mito resurge, pues en estas cosas somos recurrentes. En el año mil el mito fue cristiano, tras las pestes la cosa pasó al carpe diem, pues ya que se acaba, al menos disfrutemos del momento. Luego les dió por la era del Espíritu Santo e incluso otro, Savonarola, lo adornó haciendo al rey de Francia liberador, que hay que tener humor para hacer semejante cosa a un rey francés.Era previsible que en el dos mil les diera por lo ecológico. Hacia los ochenta descubrieron el cambio climático que dejo de ser enfriamiento, la primera ocurrencia, para ser calentamiento global. Es peculiar este proceso que empieza en una dirección y sin apearse del burro sigue en la opuesta. Lo que permanece es la premisa, el clima cambia por la acción del hombre y vamos a la catástrofe.Salvo error por mi parte, no parece existir una explicación científica generalmente admitida de los anteriores cambios climáticos. A no ser que el clima se aterrorizase con los bárbaros, no se explica la pequeña edad de hielo, ni el posterior calentamientos, salvo que fuese un efecto caballeresco, algo poco científico pero que hubiera encantado a Chesterton. En consecuencia, no es sencillo explicar la diferencia entre un cambio de efecto desconocido y un cambio de influencia humana.Sea como fuere, si la tierra se acaba podríamos inclinarnos hacia la juerga perpetua para alegría del mundo del espectáculo; en otro sentido, nos podría dar por la conversión milenarista pero no parece que los religiosos contemporáneos estén por la labor. Otra opción era un cambio completo de vida, todos al bosque sin calefacción, la cosa se ha manejado en los círculos de iniciados, junto a una reducción de la población humana a un tercio, pero el mensaje suena radical y no parece que convenza a la mayoría.La alternativa que se ha planteado suena demasiado a los viejos milenarismos: por un lado, se recomiendan una serie de gestos que puede realizar cualquiera y que salva su responsabilidad en el cambio climático, por otro, se nombran unos administradores de la salvación del proceso destructivo, que coinciden exactamente con quienes lo anuncian.Ahí tenemos a nuestros conscientes ciudadanos con las bolsas de basura de colores. No deja de ser genial esto de parar el cambio climático con bolsas de colores. Por otra parte, tenemos calentada la red con mensajes catastrofistas. De ser ciertos los mismos, el proceso lo aceleramos en la protesta pues hay que ver la cantidad de energía eléctrica que estamos gastando en la concienciación. Quien sabe, si en la próxima cumbre fueran con barcos de vela y carromatos quizás nos dieran unos minutos de supervivencia a los inconscientes.Hasta el momento, el asunto se esta resolviendo con dinero para los alarmistas. Dinero para las agencias gubernamentales, dinero para molinos, dinero para las asociaciones de milenaristas, e incluso subidas en el agua, pues los más espabilados como Narbona nos la van a subir por causa del mencionado mito.Con cierta envidia, confieso que el mejor ha sido Tony Blair. Tiene a la Nación sublevada con la política exterior, al ejercito en protesta por la falta de estrategia adecuada en Irak y Afganistan, al partido tan rebelde que se lo han cargado, las expectativas de voto laborista por los suelos, pero el se ha dado cuenta de repente de que todo eso son minucias comparadas con la catástrofe que se avecina. Si no entiendo mal, el mensaje es que aunque el Gobierno pueda fallar en política exterior, a juicio de muchos, en gestión de la emigración o en cualquier cosa habitual de los gobiernos; su principal función es controlar el clima y en eso debe recibir un voto de confianza. Se abren las apuestas para ver cuando Zapatero, una vez que se le acabe el mito del proceso, se agarra a este con el entusiasmo que le caracteriza.
José Miguel Serrano
"No es sencillo explicar la diferencia entre un cambio de efecto desconocido y uno de influencia humana"
Milenaristas interesados
EL mito es de sobra conocido. La Tierra, madre o madrastra, se cansa de los hombres y en determinado momento los destruye o se destruye, que viene a ser lo mismo. Luego se iniciará otra época, dando lugar a una sucesión de mundos o nos invadirá el vacío estelar, es decir, la nada.En nuestra civilización cada quinientos o mil años el mito resurge, pues en estas cosas somos recurrentes. En el año mil el mito fue cristiano, tras las pestes la cosa pasó al carpe diem, pues ya que se acaba, al menos disfrutemos del momento. Luego les dió por la era del Espíritu Santo e incluso otro, Savonarola, lo adornó haciendo al rey de Francia liberador, que hay que tener humor para hacer semejante cosa a un rey francés.Era previsible que en el dos mil les diera por lo ecológico. Hacia los ochenta descubrieron el cambio climático que dejo de ser enfriamiento, la primera ocurrencia, para ser calentamiento global. Es peculiar este proceso que empieza en una dirección y sin apearse del burro sigue en la opuesta. Lo que permanece es la premisa, el clima cambia por la acción del hombre y vamos a la catástrofe.Salvo error por mi parte, no parece existir una explicación científica generalmente admitida de los anteriores cambios climáticos. A no ser que el clima se aterrorizase con los bárbaros, no se explica la pequeña edad de hielo, ni el posterior calentamientos, salvo que fuese un efecto caballeresco, algo poco científico pero que hubiera encantado a Chesterton. En consecuencia, no es sencillo explicar la diferencia entre un cambio de efecto desconocido y un cambio de influencia humana.Sea como fuere, si la tierra se acaba podríamos inclinarnos hacia la juerga perpetua para alegría del mundo del espectáculo; en otro sentido, nos podría dar por la conversión milenarista pero no parece que los religiosos contemporáneos estén por la labor. Otra opción era un cambio completo de vida, todos al bosque sin calefacción, la cosa se ha manejado en los círculos de iniciados, junto a una reducción de la población humana a un tercio, pero el mensaje suena radical y no parece que convenza a la mayoría.La alternativa que se ha planteado suena demasiado a los viejos milenarismos: por un lado, se recomiendan una serie de gestos que puede realizar cualquiera y que salva su responsabilidad en el cambio climático, por otro, se nombran unos administradores de la salvación del proceso destructivo, que coinciden exactamente con quienes lo anuncian.Ahí tenemos a nuestros conscientes ciudadanos con las bolsas de basura de colores. No deja de ser genial esto de parar el cambio climático con bolsas de colores. Por otra parte, tenemos calentada la red con mensajes catastrofistas. De ser ciertos los mismos, el proceso lo aceleramos en la protesta pues hay que ver la cantidad de energía eléctrica que estamos gastando en la concienciación. Quien sabe, si en la próxima cumbre fueran con barcos de vela y carromatos quizás nos dieran unos minutos de supervivencia a los inconscientes.Hasta el momento, el asunto se esta resolviendo con dinero para los alarmistas. Dinero para las agencias gubernamentales, dinero para molinos, dinero para las asociaciones de milenaristas, e incluso subidas en el agua, pues los más espabilados como Narbona nos la van a subir por causa del mencionado mito.Con cierta envidia, confieso que el mejor ha sido Tony Blair. Tiene a la Nación sublevada con la política exterior, al ejercito en protesta por la falta de estrategia adecuada en Irak y Afganistan, al partido tan rebelde que se lo han cargado, las expectativas de voto laborista por los suelos, pero el se ha dado cuenta de repente de que todo eso son minucias comparadas con la catástrofe que se avecina. Si no entiendo mal, el mensaje es que aunque el Gobierno pueda fallar en política exterior, a juicio de muchos, en gestión de la emigración o en cualquier cosa habitual de los gobiernos; su principal función es controlar el clima y en eso debe recibir un voto de confianza. Se abren las apuestas para ver cuando Zapatero, una vez que se le acabe el mito del proceso, se agarra a este con el entusiasmo que le caracteriza.
El precio político
EL PAÍS 06/11/06
FERNANDO SAVATER
"...pero a mí me impresionó la reiteración de ZP en mencionar los "cuarenta años" que llevamos en busca de la "paz". Nada puede ser más falso: lo que llevamos es casi cuarenta años en paz y democracia, luchando por acabar con la violencia terrorista."
El precio político
A mí me pasa como a ustedes: me tranquiliza mucho saber que De Juana Chaos está a favor del (¿llamado?, ¿supuesto?, ¿valeroso?, ¿fementido?) proceso de paz. Y eso por lo del asunto de la esperanza, que no lo tengo del todo claro. Verán, según he oído asegurar varias veces, sólo hay dos hechos incontrovertibles en este jaleo: que ETA lleva tres años sin matar y que la gente está muy esperanzada con el "proceso". El primero de estos hechos -la ausencia de cadáveres, no de violencia- no es consecuencia del proceso mismo sino su origen, aunque algunos a estas alturas ya se despisten al respecto. ETA no dejó de intentar matar porque llegó Zapatero sino porque llegó Al Qaeda. Pero vamos con la esperanza. Si dejamos a un lado los políticos en ejercicio, que pueden tener razones partidistas para alentar u oponerse al proceso, es fácil comprobar que los más esperanzados con él no son precisamente los miembros de las organizaciones cívicas que más han luchado contra ETA, como el Foro de Ermua o Basta Ya, ni la mayoría de las víctimas, ni siquiera los intelectuales que proceden del propio nacionalismo, como Joseba Arregi o Kepa Aulestia. Los que más proclaman ahora su esperanza son los que estos años se lamentaban sin mover un dedo, los que nos regañaban a quienes nos movíamos por empeorar las cosas y aumentar la crispación, los que miraban para otro lado porque "entre unos y otros...", los que un día pedían pena de muerte para todo el que llevase txapela y al siguiente recomendaban "¡que les den la independencia de una vez y ya está!". Vamos que, con las debidas excepciones, a mayor compromiso y conocimiento de causa más escepticismo, mientras que los más pasotas e ignorantes están esperanzadísimos. Hasta el punto que a mí no se me va de la cabeza el comienzo de aquella deliciosa frottola veneciana del siglo XVI: "Io non compro più speranza / che gli è falsa mercancía!". Aunque ahora, con el solvente apoyo de De Juana, se equilibran un poco las cosas...
El resultado de la iniciativa gubernamental en Estrasburgo, buscando apoyo del Parlamento Europeo, tampoco es que le anime a uno mucho. Primero, por lo que revela de la propia idea que se hace el Gobierno de este asunto, al mencionar como precedente a favor el apoyo a Blair para negociar la paz en Irlanda. Por el contrario, en el caso que nos ocupa no hay dos comunidades enfrentadas, ni terroristas de uno y otro lado, ni mucho menos falta de libertades democráticas para nadie (salvo la que deriva de la coacción violenta de los etarras). Se trata más bien de un Estado de derecho tratando de liquidar a una mafia. ¿Se imaginan ustedes al atribulado Romano Prodi llevando a Estrasburgo su plan contra la Camorra napolitana -que también cuenta con apoyos y complicidades entre la población, de igual calaña que los de Batasuna- para recibir la simpatía de los demás gobiernos? Y en la tribuna de invitados, algunos capos y dos o tres abogados de camorristas... Pero además hemos tenido de nuevo ocasión de constatar la desinformación que sobre el terrorismo de ETA reina en Europa. Las intervenciones en el debate fueron memorables, que como ustedes saben viene de "memo". Para Monica Frassoni, de los Verdes, la clave del éxito del proceso son "el diálogo, la no violencia y el derecho a decidir de los ciudadanos vascos", es decir lo que llevamos décadas practicando a trancas y barrancas todos los vascos y el resto de los españoles que no ponemos bombas ni pegamos tiros en la nuca. Gracias, señora, no sé que haríamos sin sus consejos. A Jens-Peter Bonde, diputado de Independencia y Democracia, se le nota aún mejor informado: "¿Qué se puede hacer en el País Vasco para impedir el terrorismo y buscar una solución duradera en la paz? Podemos impulsar a los compañeros españoles a negociar y darles incentivos económicos. Se puede buscar una solución al terrorismo creando puestos de trabajo y bienestar". Es generoso, este Bonde: si nos portamos bien, es partidario de dar buenas propinas. ¡Y pensar que semejante cráneo privilegiado estará igual de enterado del resto de los problemas en los que cuente su voto! El señor Brian Crowley, copresidente del grupo Unión de Europa de las Naciones, se atiene a la sabiduría tradicional: "Cuando uno entra en un proceso de paz, hay que encontrar la paz con los enemigos, no con los amigos". Después, sin ducharse siquiera tras el esfuerzo teórico anterior, prosigue: "Llegar a la paz con los enemigos puede acarrear muchísimos problemas para uno mismo y su entorno". Sí, es lo que tiene. Y nada menos que Martin Schulz, presidente a la sazón del Grupo Socialista Europeo, declara a Radio Euskadi para ponerles contentos: "Europa podrá también resolver el problema vasco, porque es político, absolutamente político". ¡Vaya, otro que no se ha enterado de que no va a haber "precio político"! Por cierto, delicioso el "también": no hay problema político que Europa no resuelva en un pis-plás... En su justificación de voto, el peneuvista Ortuondo se felicitó de que por fin la Cámara mire de frente un viejo conflicto, que por no haber sido tratado como es debido en su momento ha llevado a un grupo de extremistas a la utilización de la violencia: ¡y lo dice el representante del partido gobernante en Euskadi desde hace tres décadas, por tanto, víctima declarada de la ceguera e intransigencia española! En fin, no seamos crueles, para qué seguir. Si no llega a ser por la intervención final de Rosa Díez respondiendo a Ortuondo, sería para avergonzarse de pertenecer no ya a la Unión Europea sino a la especie humana, supuestamente racional.
Volvemos a lo de siempre: el proceso es largo y difícil, confiemos en el Gobierno. No deseo otra cosa, pero me gustaría estar seguro de que hablamos todos de lo mismo. A pesar de que según Patxi López el presidente ya lo ha dejado claro "todo y para todos", los más torpes seguimos levantando la mano a ver si alguien nos contesta. La entrevista que hace poco realizó Francino a Zapatero en la SER fue tan devotamente servicial que nos enteramos de pocos secretos, pero a mí me impresionó la reiteración de ZP en mencionar los "cuarenta años" que llevamos en busca de la "paz". Nada puede ser más falso: lo que llevamos es casi cuarenta años en paz y democracia, luchando por acabar con la violencia terrorista. En estas décadas hemos pasado de los modos dictatoriales a la Constitución, ha habido dos amnistías, se han celebrado numerosos comicios regidos por una Ley Electoral que favorece claramente el peso de los partidos nacionalistas, España se ha convertido en el Estado más autonomista de toda Europa y en el País Vasco, concretamente, han gobernado sin cesar los nacionalistas (al comienzo por amable concesión de los socialistas). Aquí se ha hecho todo por la paz y hemos vivido en paz democrática todos. Todos menos los hijos de perra que han seguido matando a la gente de paz, fuesen con uniforme o sin él. Todas las víctimas del terrorismo en la España democrática han sido víctimas de la paz, no de la guerra. Y quienes les han matado luchaban contra la paz. Algunos nacionalistas de los que condenan la violencia interceden por los etarras encarcelados, arguyendo que aunque con métodos equivocados lucharon en defensa de las libertades de los vascos. Sin duda todo el mundo tiene derecho a la enmienda y debe ser ayudado si quiere enmendarse, pero debe quedar meridianamente claro que los etarras no están en prisión por haber luchado por la causa de las libertades, sino contra nuestras libertades: contra las de los no nacionalistas, desde luego, pero quiero pensar que también contra las de los nacionalistas con una pizca de decencia.
¿Va a pagarse un precio político, no a ETA, sino a los partidos nacionalistas para consolarles de la desaparición de ETA? El Gobierno dice que no y yo espero que así sea. Pero dejemos claro de qué "precio político" hablamos. ETA ha asesinado a la gente de paz para cerrar el País Vasco, para clausurarlo e impermeabilizarlo frente a España, el Estado de derecho de que forma parte. Y quienes hemos luchado contra ETA no lo hemos hecho tan sólo para acabar con la violencia, sino para mantener constitucionalmente abierto el País Vasco en y hacia España. El terror impuesto por ETA es efectivo: gracias a él, hoy se manifiestan tranquilamente los grupos abertzales dónde y cómo les apetece con sus reclamaciones sobre el "proceso", mientras el resto de la población se muerde los puños de rabia dentro de sus casas; gracias a ese miedo, nosotros no tenemos en el País Vasco un Partido de los Ciudadanos como el que felizmente funciona en Cataluña (¡enhorabuena, compañeros!). De modo que el precio político sería organizar una mesa de partidos extraparlamentaria en la que se aceptasen nuevas y quizá definitivas concesiones a los nacionalistas para blindar al País Vasco frente a España y hacerlo así invulnerable al control del Estado de Derecho, gracias al cual a los no nacionalistas no nos han devorado civilmente hablando del todo durante estos negros años. En una palabra: sería la peor de las concesiones políticas que el cese de la violencia se alcanzase gracias a que quienes ni somos nacionalistas ni pensamos serlo próximamente acabásemos institucionalmente un poco más arrinconados que antes.
Nos dicen: pero ¡algo habrá que darles! ¿A los abertzales, una vez que condenen la violencia? Desde luego: el derecho de formar un partido político en el que libremente, en igualdad de condiciones con los demás, sin coacciones ni extorsiones, puedan defender sus ideas independentistas con argumentos y sin amenazas. ¿Qué eso les parece poca cosa? Es mucho más de lo que durante estos años hemos tenido otros. Y del resto nada de nada, claro.
FERNANDO SAVATER
"...pero a mí me impresionó la reiteración de ZP en mencionar los "cuarenta años" que llevamos en busca de la "paz". Nada puede ser más falso: lo que llevamos es casi cuarenta años en paz y democracia, luchando por acabar con la violencia terrorista."
El precio político
A mí me pasa como a ustedes: me tranquiliza mucho saber que De Juana Chaos está a favor del (¿llamado?, ¿supuesto?, ¿valeroso?, ¿fementido?) proceso de paz. Y eso por lo del asunto de la esperanza, que no lo tengo del todo claro. Verán, según he oído asegurar varias veces, sólo hay dos hechos incontrovertibles en este jaleo: que ETA lleva tres años sin matar y que la gente está muy esperanzada con el "proceso". El primero de estos hechos -la ausencia de cadáveres, no de violencia- no es consecuencia del proceso mismo sino su origen, aunque algunos a estas alturas ya se despisten al respecto. ETA no dejó de intentar matar porque llegó Zapatero sino porque llegó Al Qaeda. Pero vamos con la esperanza. Si dejamos a un lado los políticos en ejercicio, que pueden tener razones partidistas para alentar u oponerse al proceso, es fácil comprobar que los más esperanzados con él no son precisamente los miembros de las organizaciones cívicas que más han luchado contra ETA, como el Foro de Ermua o Basta Ya, ni la mayoría de las víctimas, ni siquiera los intelectuales que proceden del propio nacionalismo, como Joseba Arregi o Kepa Aulestia. Los que más proclaman ahora su esperanza son los que estos años se lamentaban sin mover un dedo, los que nos regañaban a quienes nos movíamos por empeorar las cosas y aumentar la crispación, los que miraban para otro lado porque "entre unos y otros...", los que un día pedían pena de muerte para todo el que llevase txapela y al siguiente recomendaban "¡que les den la independencia de una vez y ya está!". Vamos que, con las debidas excepciones, a mayor compromiso y conocimiento de causa más escepticismo, mientras que los más pasotas e ignorantes están esperanzadísimos. Hasta el punto que a mí no se me va de la cabeza el comienzo de aquella deliciosa frottola veneciana del siglo XVI: "Io non compro più speranza / che gli è falsa mercancía!". Aunque ahora, con el solvente apoyo de De Juana, se equilibran un poco las cosas...
El resultado de la iniciativa gubernamental en Estrasburgo, buscando apoyo del Parlamento Europeo, tampoco es que le anime a uno mucho. Primero, por lo que revela de la propia idea que se hace el Gobierno de este asunto, al mencionar como precedente a favor el apoyo a Blair para negociar la paz en Irlanda. Por el contrario, en el caso que nos ocupa no hay dos comunidades enfrentadas, ni terroristas de uno y otro lado, ni mucho menos falta de libertades democráticas para nadie (salvo la que deriva de la coacción violenta de los etarras). Se trata más bien de un Estado de derecho tratando de liquidar a una mafia. ¿Se imaginan ustedes al atribulado Romano Prodi llevando a Estrasburgo su plan contra la Camorra napolitana -que también cuenta con apoyos y complicidades entre la población, de igual calaña que los de Batasuna- para recibir la simpatía de los demás gobiernos? Y en la tribuna de invitados, algunos capos y dos o tres abogados de camorristas... Pero además hemos tenido de nuevo ocasión de constatar la desinformación que sobre el terrorismo de ETA reina en Europa. Las intervenciones en el debate fueron memorables, que como ustedes saben viene de "memo". Para Monica Frassoni, de los Verdes, la clave del éxito del proceso son "el diálogo, la no violencia y el derecho a decidir de los ciudadanos vascos", es decir lo que llevamos décadas practicando a trancas y barrancas todos los vascos y el resto de los españoles que no ponemos bombas ni pegamos tiros en la nuca. Gracias, señora, no sé que haríamos sin sus consejos. A Jens-Peter Bonde, diputado de Independencia y Democracia, se le nota aún mejor informado: "¿Qué se puede hacer en el País Vasco para impedir el terrorismo y buscar una solución duradera en la paz? Podemos impulsar a los compañeros españoles a negociar y darles incentivos económicos. Se puede buscar una solución al terrorismo creando puestos de trabajo y bienestar". Es generoso, este Bonde: si nos portamos bien, es partidario de dar buenas propinas. ¡Y pensar que semejante cráneo privilegiado estará igual de enterado del resto de los problemas en los que cuente su voto! El señor Brian Crowley, copresidente del grupo Unión de Europa de las Naciones, se atiene a la sabiduría tradicional: "Cuando uno entra en un proceso de paz, hay que encontrar la paz con los enemigos, no con los amigos". Después, sin ducharse siquiera tras el esfuerzo teórico anterior, prosigue: "Llegar a la paz con los enemigos puede acarrear muchísimos problemas para uno mismo y su entorno". Sí, es lo que tiene. Y nada menos que Martin Schulz, presidente a la sazón del Grupo Socialista Europeo, declara a Radio Euskadi para ponerles contentos: "Europa podrá también resolver el problema vasco, porque es político, absolutamente político". ¡Vaya, otro que no se ha enterado de que no va a haber "precio político"! Por cierto, delicioso el "también": no hay problema político que Europa no resuelva en un pis-plás... En su justificación de voto, el peneuvista Ortuondo se felicitó de que por fin la Cámara mire de frente un viejo conflicto, que por no haber sido tratado como es debido en su momento ha llevado a un grupo de extremistas a la utilización de la violencia: ¡y lo dice el representante del partido gobernante en Euskadi desde hace tres décadas, por tanto, víctima declarada de la ceguera e intransigencia española! En fin, no seamos crueles, para qué seguir. Si no llega a ser por la intervención final de Rosa Díez respondiendo a Ortuondo, sería para avergonzarse de pertenecer no ya a la Unión Europea sino a la especie humana, supuestamente racional.
Volvemos a lo de siempre: el proceso es largo y difícil, confiemos en el Gobierno. No deseo otra cosa, pero me gustaría estar seguro de que hablamos todos de lo mismo. A pesar de que según Patxi López el presidente ya lo ha dejado claro "todo y para todos", los más torpes seguimos levantando la mano a ver si alguien nos contesta. La entrevista que hace poco realizó Francino a Zapatero en la SER fue tan devotamente servicial que nos enteramos de pocos secretos, pero a mí me impresionó la reiteración de ZP en mencionar los "cuarenta años" que llevamos en busca de la "paz". Nada puede ser más falso: lo que llevamos es casi cuarenta años en paz y democracia, luchando por acabar con la violencia terrorista. En estas décadas hemos pasado de los modos dictatoriales a la Constitución, ha habido dos amnistías, se han celebrado numerosos comicios regidos por una Ley Electoral que favorece claramente el peso de los partidos nacionalistas, España se ha convertido en el Estado más autonomista de toda Europa y en el País Vasco, concretamente, han gobernado sin cesar los nacionalistas (al comienzo por amable concesión de los socialistas). Aquí se ha hecho todo por la paz y hemos vivido en paz democrática todos. Todos menos los hijos de perra que han seguido matando a la gente de paz, fuesen con uniforme o sin él. Todas las víctimas del terrorismo en la España democrática han sido víctimas de la paz, no de la guerra. Y quienes les han matado luchaban contra la paz. Algunos nacionalistas de los que condenan la violencia interceden por los etarras encarcelados, arguyendo que aunque con métodos equivocados lucharon en defensa de las libertades de los vascos. Sin duda todo el mundo tiene derecho a la enmienda y debe ser ayudado si quiere enmendarse, pero debe quedar meridianamente claro que los etarras no están en prisión por haber luchado por la causa de las libertades, sino contra nuestras libertades: contra las de los no nacionalistas, desde luego, pero quiero pensar que también contra las de los nacionalistas con una pizca de decencia.
¿Va a pagarse un precio político, no a ETA, sino a los partidos nacionalistas para consolarles de la desaparición de ETA? El Gobierno dice que no y yo espero que así sea. Pero dejemos claro de qué "precio político" hablamos. ETA ha asesinado a la gente de paz para cerrar el País Vasco, para clausurarlo e impermeabilizarlo frente a España, el Estado de derecho de que forma parte. Y quienes hemos luchado contra ETA no lo hemos hecho tan sólo para acabar con la violencia, sino para mantener constitucionalmente abierto el País Vasco en y hacia España. El terror impuesto por ETA es efectivo: gracias a él, hoy se manifiestan tranquilamente los grupos abertzales dónde y cómo les apetece con sus reclamaciones sobre el "proceso", mientras el resto de la población se muerde los puños de rabia dentro de sus casas; gracias a ese miedo, nosotros no tenemos en el País Vasco un Partido de los Ciudadanos como el que felizmente funciona en Cataluña (¡enhorabuena, compañeros!). De modo que el precio político sería organizar una mesa de partidos extraparlamentaria en la que se aceptasen nuevas y quizá definitivas concesiones a los nacionalistas para blindar al País Vasco frente a España y hacerlo así invulnerable al control del Estado de Derecho, gracias al cual a los no nacionalistas no nos han devorado civilmente hablando del todo durante estos negros años. En una palabra: sería la peor de las concesiones políticas que el cese de la violencia se alcanzase gracias a que quienes ni somos nacionalistas ni pensamos serlo próximamente acabásemos institucionalmente un poco más arrinconados que antes.
Nos dicen: pero ¡algo habrá que darles! ¿A los abertzales, una vez que condenen la violencia? Desde luego: el derecho de formar un partido político en el que libremente, en igualdad de condiciones con los demás, sin coacciones ni extorsiones, puedan defender sus ideas independentistas con argumentos y sin amenazas. ¿Qué eso les parece poca cosa? Es mucho más de lo que durante estos años hemos tenido otros. Y del resto nada de nada, claro.
sábado, 4 de noviembre de 2006
Paradojas acuáticas
ABC 04/11/06
CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN
Cuatro paradojas sobre el agua y su precio.
Primera paradoja: se volvió a hablar del agua como un problema urbano, cuando no lo es. La escasez hídrica de nuestro país no se debe a la tacañería de Dios nuestro Señor sino a un sistema político que prima la agricultura y el riego: por eso el 80% del agua consumida en España es consumida fuera de las ciudades.
Segunda paradoja: las protestas frente a la progresividad tarifaria en el agua resultaron llamativas porque los argumentos en contra fueron acertados por un lado, pero extrañamente asimétricos por otro. Fueron acertados porque penalizar progresivamente el consumo de agua es «injusto» al no discriminar entre las personas y los hogares. Pero fueron extraños porque los mismos que despotricaron contra la progresividad en la tarifa del agua aceptan la progresividad en la tarifa del IRPF. Las mismas razones para rechazar la una deberían valer para rechazar la otra.
Tercera paradoja: las autoridades razonan que desean ponerle precio al agua. Esto es interesante, porque si hubiera mercado y competencia, el precio no debería ser «puesto» porque ya estaría puesto, y eso bastaría para «desincentivar el abuso»: por eso rara vez abusamos de las cosas con precios de mercado. Pero además, si el agua debe tener precio, lo que me parece bien, ¿por qué no van a tenerlo la educación o la sanidad? Pero si todo tiene precio de mercado, lo que me parece bien, la política no tendría lugar en la economía, lo que me parece mejor, pero no creo que sea una idea popular.
Cuarta paradoja: se piensa que con medidas de racionamiento se resuelve la escasez. Toda la larga experiencia intervencionista sugiere lo contrario. Por ejemplo, aún hoy en Cuba hay cartillas de racionamiento, y la dictadura comunista ha agravado la escasez y la pobreza. Quizá no pensó en esto Rodríguez Zapatero, que aceptó una camiseta con los rostros de Castro y Guevara, un tirano y un terrorista. Sonreía, claro, pero eso no fue una paradoja sino apenas otro escalofrío.
CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN
Cuatro paradojas sobre el agua y su precio.
Primera paradoja: se volvió a hablar del agua como un problema urbano, cuando no lo es. La escasez hídrica de nuestro país no se debe a la tacañería de Dios nuestro Señor sino a un sistema político que prima la agricultura y el riego: por eso el 80% del agua consumida en España es consumida fuera de las ciudades.
Segunda paradoja: las protestas frente a la progresividad tarifaria en el agua resultaron llamativas porque los argumentos en contra fueron acertados por un lado, pero extrañamente asimétricos por otro. Fueron acertados porque penalizar progresivamente el consumo de agua es «injusto» al no discriminar entre las personas y los hogares. Pero fueron extraños porque los mismos que despotricaron contra la progresividad en la tarifa del agua aceptan la progresividad en la tarifa del IRPF. Las mismas razones para rechazar la una deberían valer para rechazar la otra.
Tercera paradoja: las autoridades razonan que desean ponerle precio al agua. Esto es interesante, porque si hubiera mercado y competencia, el precio no debería ser «puesto» porque ya estaría puesto, y eso bastaría para «desincentivar el abuso»: por eso rara vez abusamos de las cosas con precios de mercado. Pero además, si el agua debe tener precio, lo que me parece bien, ¿por qué no van a tenerlo la educación o la sanidad? Pero si todo tiene precio de mercado, lo que me parece bien, la política no tendría lugar en la economía, lo que me parece mejor, pero no creo que sea una idea popular.
Cuarta paradoja: se piensa que con medidas de racionamiento se resuelve la escasez. Toda la larga experiencia intervencionista sugiere lo contrario. Por ejemplo, aún hoy en Cuba hay cartillas de racionamiento, y la dictadura comunista ha agravado la escasez y la pobreza. Quizá no pensó en esto Rodríguez Zapatero, que aceptó una camiseta con los rostros de Castro y Guevara, un tirano y un terrorista. Sonreía, claro, pero eso no fue una paradoja sino apenas otro escalofrío.
jueves, 2 de noviembre de 2006
Ciudadanos de Cataluña
La Gaceta de los Negocios 02/11/06
José Luis González Quirós
Ciudadanos de Cataluña
Hay que ser muy poco perspicaz para no ver, en todos los órdenes, las diferencias que tiene Cataluña con el resto de España. Tampoco es ningún secreto que para muchos catalanes el cultivo de esas diferencias es esencial. Sin embargo, por muy paradójico que parezca, esa actitud, que supone vivir mirando de reojo al otro, demuestra mucha mayor subordinación que independencia. La exageración de las diferencias fingidas se ha convertido, sin embargo, en una industria de éxito en Cataluña, tal vez el único gran éxito empresarial del que puedan presumir en los años de existencia de democracia. El resultado ha sido una Cataluña política deforme. Deforme, en primer lugar, respecto a la sociedad catalana, a la que representa, y deforme, sobre todo, respecto al ideal de democracia liberal, que se ve prostituido por el culto al artefacto de la identidad forzosa de la que vive buena parte de la clase política y que sirve para acallar cualquier atisbo de discrepancia, de pluralidad. Sea cual será el resultado futuro de las combinaciones políticas, Ciutadans ha supuesto un intento serio y valiente de romper todas las reglas del juego en torno al mito estúpido de la identidad colectiva. Hay que ser muy miope para subrayar los perjuicios derivados de su presencia, porque los beneficios son inmensamente mayores. Sólo quienes crean que la democracia se puede confundir con el eterno retorno de lo mismo podrán sentirse disgustados, los demás tenemos un motivo más para el optimismo.
José Luis González Quirós
Ciudadanos de Cataluña
Hay que ser muy poco perspicaz para no ver, en todos los órdenes, las diferencias que tiene Cataluña con el resto de España. Tampoco es ningún secreto que para muchos catalanes el cultivo de esas diferencias es esencial. Sin embargo, por muy paradójico que parezca, esa actitud, que supone vivir mirando de reojo al otro, demuestra mucha mayor subordinación que independencia. La exageración de las diferencias fingidas se ha convertido, sin embargo, en una industria de éxito en Cataluña, tal vez el único gran éxito empresarial del que puedan presumir en los años de existencia de democracia. El resultado ha sido una Cataluña política deforme. Deforme, en primer lugar, respecto a la sociedad catalana, a la que representa, y deforme, sobre todo, respecto al ideal de democracia liberal, que se ve prostituido por el culto al artefacto de la identidad forzosa de la que vive buena parte de la clase política y que sirve para acallar cualquier atisbo de discrepancia, de pluralidad. Sea cual será el resultado futuro de las combinaciones políticas, Ciutadans ha supuesto un intento serio y valiente de romper todas las reglas del juego en torno al mito estúpido de la identidad colectiva. Hay que ser muy miope para subrayar los perjuicios derivados de su presencia, porque los beneficios son inmensamente mayores. Sólo quienes crean que la democracia se puede confundir con el eterno retorno de lo mismo podrán sentirse disgustados, los demás tenemos un motivo más para el optimismo.
lunes, 30 de octubre de 2006
Carta abierta a Juan Carlos Rodríguez Ibarra
ABC 30/1006
Por ROSA DÍEZ
Querido Juan Carlos:
El aprecio y el respeto que te tengo me llevan a contestar a la carta abierta que me dirigiste desde estas páginas el pasado viernes día 27. Yo también sé que tú nunca vas a dejar de ser socialista ni quiero que dejes de serlo. Tu voz es muy importante para nosotros. Y sabes que lamenté de veras tu decisión de no volver a ser candidato a la Presidencia de la Junta de Extremadura. Guardo con mucho afecto los e-mails que nos cruzamos, en los que pudimos apreciar el alto grado de coincidencia en nuestros análisis sobre la situación política que vivimos.
Vayamos por partes. Tú sabes mejor que nadie que no necesito escuchar lo que dicen Zaplana o Acebes sobre el tema que nos ocupa. Cuando la inmensa mayoría de los españoles aún no conocíamos a estos ciudadanos yo ya tenía un criterio bien formado al respecto. Hemos hablado demasiadas veces del asunto, hace ya muchos años, como para que se te haya podido olvidar. Y también sabes que las posiciones que hoy defiendo en materia de lucha contra el terrorismo son las que he defendido toda mi vida. Por pensar lo que pienso y decirlo alto y claro me puso el Partido Socialista en sus listas. Tú me propusiste el primero. Y los artículos recopilados en el libro «Porque tengo Hijos» dan fe de mi coherencia en esta materia durante los últimos 12 años. Otros han cambiado; yo no.
Desde el respeto y el cariño que sabes que te tengo, quiero puntualizar algunas cuestiones que planteas. En primer lugar me llama la atención que construyas tus críticas y tus conclusiones sobre una supuesta desconfianza en las intenciones del presidente Zapatero o del PSOE. Yo nunca juzgo las intenciones -supongo las mejores-, sino que analizo los hechos. Cualquiera que siga mi actividad política lo sabe.
Juan Carlos, yo me pronuncio sobre hechos, no sobre intenciones. Critico con argumentos las decisiones políticas que no comparto. Sobre todo si pienso que las consecuencias de aplicar esas políticas serán las contrarias a los objetivos que se pretenden. Hablo siempre de hechos, nunca de intenciones. Hablo desde la razón política, no desde la fe.
Vayamos a ejemplos concretos. Critiqué la decisión de Zapatero de avalar la entrevista de Patxi López con Batasuna mientras ésta siguiera siendo una organización terrorista; dije que las consecuencias de esa reunión serían que Batasuna-ETA se sentiría más fuerte, más legitimada, con más capacidad para seguir presionando al Estado de Derecho. Y que Batasuna se sentiría legalizada de facto. Como así ha sido. Y dije que al avalar esa reunión el Presidente y el PSOE se desdecían de todos los compromisos adquiridos previamente ante los ciudadanos de no sentarse a hablar con Batasuna mientras ésta siguiera siendo una organización terrorista. Y así es. Critiqué el hecho, no la intención.
Critico la decisión del PSOE de apoyar la creación de una mesa de partidos extraparlamentaria para abordar en ella las cuestiones que debieran ser discutidas en el foro que representa democráticamente a los ciudadanos. La creación de esa mesa extraparlamentaria supondrá el cumplimiento de un objetivo histórico de ETA que nunca ha reconocido la legitimidad de la democracia española y por tanto de ninguna de las instituciones que de ella dimanan. Si rechazo la constitución de esa mesa y critico la decisión de nuestro partido de aceptarla es porque considero que las consecuencias de esa decisión serán negativas para la democracia .y darán una victoria política a ETA. No prejuzgo la intención de José Luis Rodríguez Zapatero; juzgo los hechos y valoro lo que a mi juicio serán las consecuencias. Y me pronuncio en contra. Como verás, hechos, no intenciones.
Cuando critico la decisión de llevar a Estrasburgo el debate sobre «el proceso de paz en España» lo hago porque creo que es un enorme error político que ese tema se debata en un Parlamento que no tiene competencias de control sobre el Ejecutivo. Y mucho más hacerlo sin consenso previo entre los dos grandes partidos políticos españoles. Otras veces se ha hablado de ETA en Estrasburgo. Pero siempre de común acuerdo. Y siempre para pedir ayuda para derrotarla. Siempre pensé que no compensaba asumir el riesgo de dividir la Cámara y de que se volvieran a escuchar en el Parlamento Europeo los discursos sobre el «conflicto político» sólo para conseguir un apoyo testimonial que nuestro Gobierno no necesita. Pero el terrorismo vive de lo simbólico; y para ellos ese debate supuso un reconocimiento simbólico como «agentes» del proceso. Critico la decisión y valoro las consecuencias. Hechos, no intenciones.
Me dices, querido Juan Carlos, que debo entregar mi acta de diputada. Más allá de que hayas basado tu conclusión en imputaciones incorrectas sobre mi actitud política, quiero explicarte cómo considero que debe ser la relación de un cargo electo con los ciudadanos. Aunque me parecen principios elementales de la democracia quizá haya quien no lo perciba de esta manera. Verás, yo creo que los partidos políticos son instrumentos al servicio de la sociedad. Creo que los partidos políticos no son propiedad de sus dirigentes, ni siquiera de sus afiliados. Las listas que elaboran serían papel mojado si no las validaran los ciudadanos con sus votos.
En la Comisión Ejecutiva te pone el Secretario General. En las listas electorales te pone el Partido. Pero en el cargo público te ponen los electores, los ciudadanos. Los ciudadanos no nos dan un cheque en blanco, para que hagamos lo que queramos cuando ya hayamos sido elegidos. Los ciudadanos nos votan en función del compromiso que adquirimos con ellos, de lo que les prometemos que vamos ha hacer con su voto. Tú sabes que yo defiendo ahora todo aquello que me comprometí a defender cuando me presenté a las elecciones. Pedí el voto para hacer exactamente lo que estoy haciendo. Exactamente esto. Diré más: lo que yo defiendo es la ortodoxia de nuestro programa electoral. Otros han cambiado; yo no.
Tú, querido Juan Carlos, estás en la CEF porque te puso José Luis Rodríguez Zapatero; pero eres Presidente de Extremadura porque te votaron los extremeños. Yo estoy en el Parlamento porque el PSOE me puso en sus listas; pero soy Diputada porque me votaron unos cuantos millones de españoles. Si el PSOE no está conforme con mi trabajo lo que puede hacer es no volverme a poner en las listas. Pero mientras tanto tengo un mandato ciudadano -no imperativo, según la Constitución-, y me debo a él. Me gustaría no tener que elegir nunca entre ser disciplinada con la dirección del partido o coherente con mi compromiso ante los ciudadanos. Pero si tengo que elegir siempre elegiré obrar en conciencia y cumplir el compromiso adquirido con los electores. Creo que los cargos públicos nos debemos a ellos.
Y para finalizar, permíteme que te haga, desde el mayor de los respetos, una apreciación sobre tus palabras respecto a Pilar Ruiz y Maite Pagazaurtundúa. Sé que tu cariño hacia ellas es sincero, y que tu respeto personal también lo es. Pero verás, Juan Carlos, no se trata de que esas dos mujeres hayan sufrido mucho y por tanto puedan decir lo que dicen y más. No es cariño lo que demandan con sus palabras. No es compasión lo que piden: es Justicia. Justicia, que no venganza. Son mujeres que han sufrido, sí. Pero sus juicios son políticos. Analizan los hechos, extraen conclusiones, critican lo que no les gusta, advierten sobre las consecuencias políticas de determinadas decisiones que se están tomando. Cuando Pilar se presentó ante el hotel en el que se reunían Otegi y López no era una madre llorosa y desesperada. Era una ciudadana digna que ejercía como tal; y que como ciudadana reclamaba justicia y decencia política. Y verdad. Son ciudadanas, Juan Carlos, no tienen suspendidos sus derechos, el terror no las ha convertido en minusválidas políticas.
Bueno, pues acabo. Sabes que siempre he procurado que en mi trabajo político existiera la menor distancia entre lo principios que se defienden en privado y las actitudes y los discursos que se hacen en público. El PSOE es mi partido desde que tengo uso de razón. Y creo que el mejor servicio que se le puede hacer a sus siglas y a su historia es defender con coherencia, honradez y firmeza los compromisos que asumimos cuando pedimos a los ciudadanos que nos otorguen su confianza. Siempre pensé que sobre esta cuestión también estábamos de acuerdo.
Un fuerte abrazo.
Por ROSA DÍEZ
Querido Juan Carlos:
El aprecio y el respeto que te tengo me llevan a contestar a la carta abierta que me dirigiste desde estas páginas el pasado viernes día 27. Yo también sé que tú nunca vas a dejar de ser socialista ni quiero que dejes de serlo. Tu voz es muy importante para nosotros. Y sabes que lamenté de veras tu decisión de no volver a ser candidato a la Presidencia de la Junta de Extremadura. Guardo con mucho afecto los e-mails que nos cruzamos, en los que pudimos apreciar el alto grado de coincidencia en nuestros análisis sobre la situación política que vivimos.
Vayamos por partes. Tú sabes mejor que nadie que no necesito escuchar lo que dicen Zaplana o Acebes sobre el tema que nos ocupa. Cuando la inmensa mayoría de los españoles aún no conocíamos a estos ciudadanos yo ya tenía un criterio bien formado al respecto. Hemos hablado demasiadas veces del asunto, hace ya muchos años, como para que se te haya podido olvidar. Y también sabes que las posiciones que hoy defiendo en materia de lucha contra el terrorismo son las que he defendido toda mi vida. Por pensar lo que pienso y decirlo alto y claro me puso el Partido Socialista en sus listas. Tú me propusiste el primero. Y los artículos recopilados en el libro «Porque tengo Hijos» dan fe de mi coherencia en esta materia durante los últimos 12 años. Otros han cambiado; yo no.
Desde el respeto y el cariño que sabes que te tengo, quiero puntualizar algunas cuestiones que planteas. En primer lugar me llama la atención que construyas tus críticas y tus conclusiones sobre una supuesta desconfianza en las intenciones del presidente Zapatero o del PSOE. Yo nunca juzgo las intenciones -supongo las mejores-, sino que analizo los hechos. Cualquiera que siga mi actividad política lo sabe.
Juan Carlos, yo me pronuncio sobre hechos, no sobre intenciones. Critico con argumentos las decisiones políticas que no comparto. Sobre todo si pienso que las consecuencias de aplicar esas políticas serán las contrarias a los objetivos que se pretenden. Hablo siempre de hechos, nunca de intenciones. Hablo desde la razón política, no desde la fe.
Vayamos a ejemplos concretos. Critiqué la decisión de Zapatero de avalar la entrevista de Patxi López con Batasuna mientras ésta siguiera siendo una organización terrorista; dije que las consecuencias de esa reunión serían que Batasuna-ETA se sentiría más fuerte, más legitimada, con más capacidad para seguir presionando al Estado de Derecho. Y que Batasuna se sentiría legalizada de facto. Como así ha sido. Y dije que al avalar esa reunión el Presidente y el PSOE se desdecían de todos los compromisos adquiridos previamente ante los ciudadanos de no sentarse a hablar con Batasuna mientras ésta siguiera siendo una organización terrorista. Y así es. Critiqué el hecho, no la intención.
Critico la decisión del PSOE de apoyar la creación de una mesa de partidos extraparlamentaria para abordar en ella las cuestiones que debieran ser discutidas en el foro que representa democráticamente a los ciudadanos. La creación de esa mesa extraparlamentaria supondrá el cumplimiento de un objetivo histórico de ETA que nunca ha reconocido la legitimidad de la democracia española y por tanto de ninguna de las instituciones que de ella dimanan. Si rechazo la constitución de esa mesa y critico la decisión de nuestro partido de aceptarla es porque considero que las consecuencias de esa decisión serán negativas para la democracia .y darán una victoria política a ETA. No prejuzgo la intención de José Luis Rodríguez Zapatero; juzgo los hechos y valoro lo que a mi juicio serán las consecuencias. Y me pronuncio en contra. Como verás, hechos, no intenciones.
Cuando critico la decisión de llevar a Estrasburgo el debate sobre «el proceso de paz en España» lo hago porque creo que es un enorme error político que ese tema se debata en un Parlamento que no tiene competencias de control sobre el Ejecutivo. Y mucho más hacerlo sin consenso previo entre los dos grandes partidos políticos españoles. Otras veces se ha hablado de ETA en Estrasburgo. Pero siempre de común acuerdo. Y siempre para pedir ayuda para derrotarla. Siempre pensé que no compensaba asumir el riesgo de dividir la Cámara y de que se volvieran a escuchar en el Parlamento Europeo los discursos sobre el «conflicto político» sólo para conseguir un apoyo testimonial que nuestro Gobierno no necesita. Pero el terrorismo vive de lo simbólico; y para ellos ese debate supuso un reconocimiento simbólico como «agentes» del proceso. Critico la decisión y valoro las consecuencias. Hechos, no intenciones.
Me dices, querido Juan Carlos, que debo entregar mi acta de diputada. Más allá de que hayas basado tu conclusión en imputaciones incorrectas sobre mi actitud política, quiero explicarte cómo considero que debe ser la relación de un cargo electo con los ciudadanos. Aunque me parecen principios elementales de la democracia quizá haya quien no lo perciba de esta manera. Verás, yo creo que los partidos políticos son instrumentos al servicio de la sociedad. Creo que los partidos políticos no son propiedad de sus dirigentes, ni siquiera de sus afiliados. Las listas que elaboran serían papel mojado si no las validaran los ciudadanos con sus votos.
En la Comisión Ejecutiva te pone el Secretario General. En las listas electorales te pone el Partido. Pero en el cargo público te ponen los electores, los ciudadanos. Los ciudadanos no nos dan un cheque en blanco, para que hagamos lo que queramos cuando ya hayamos sido elegidos. Los ciudadanos nos votan en función del compromiso que adquirimos con ellos, de lo que les prometemos que vamos ha hacer con su voto. Tú sabes que yo defiendo ahora todo aquello que me comprometí a defender cuando me presenté a las elecciones. Pedí el voto para hacer exactamente lo que estoy haciendo. Exactamente esto. Diré más: lo que yo defiendo es la ortodoxia de nuestro programa electoral. Otros han cambiado; yo no.
Tú, querido Juan Carlos, estás en la CEF porque te puso José Luis Rodríguez Zapatero; pero eres Presidente de Extremadura porque te votaron los extremeños. Yo estoy en el Parlamento porque el PSOE me puso en sus listas; pero soy Diputada porque me votaron unos cuantos millones de españoles. Si el PSOE no está conforme con mi trabajo lo que puede hacer es no volverme a poner en las listas. Pero mientras tanto tengo un mandato ciudadano -no imperativo, según la Constitución-, y me debo a él. Me gustaría no tener que elegir nunca entre ser disciplinada con la dirección del partido o coherente con mi compromiso ante los ciudadanos. Pero si tengo que elegir siempre elegiré obrar en conciencia y cumplir el compromiso adquirido con los electores. Creo que los cargos públicos nos debemos a ellos.
Y para finalizar, permíteme que te haga, desde el mayor de los respetos, una apreciación sobre tus palabras respecto a Pilar Ruiz y Maite Pagazaurtundúa. Sé que tu cariño hacia ellas es sincero, y que tu respeto personal también lo es. Pero verás, Juan Carlos, no se trata de que esas dos mujeres hayan sufrido mucho y por tanto puedan decir lo que dicen y más. No es cariño lo que demandan con sus palabras. No es compasión lo que piden: es Justicia. Justicia, que no venganza. Son mujeres que han sufrido, sí. Pero sus juicios son políticos. Analizan los hechos, extraen conclusiones, critican lo que no les gusta, advierten sobre las consecuencias políticas de determinadas decisiones que se están tomando. Cuando Pilar se presentó ante el hotel en el que se reunían Otegi y López no era una madre llorosa y desesperada. Era una ciudadana digna que ejercía como tal; y que como ciudadana reclamaba justicia y decencia política. Y verdad. Son ciudadanas, Juan Carlos, no tienen suspendidos sus derechos, el terror no las ha convertido en minusválidas políticas.
Bueno, pues acabo. Sabes que siempre he procurado que en mi trabajo político existiera la menor distancia entre lo principios que se defienden en privado y las actitudes y los discursos que se hacen en público. El PSOE es mi partido desde que tengo uso de razón. Y creo que el mejor servicio que se le puede hacer a sus siglas y a su historia es defender con coherencia, honradez y firmeza los compromisos que asumimos cuando pedimos a los ciudadanos que nos otorguen su confianza. Siempre pensé que sobre esta cuestión también estábamos de acuerdo.
Un fuerte abrazo.
miércoles, 25 de octubre de 2006
Aquelarre nacionalista en Estrasburgo
ABC 25/10/06
"No participaré en una votación que nos divide a los demócratas españoles...Tengo claro que los ciudadanos españoles no me han votado para eso."
ROSA DÍEZ
Aquelarre nacionalista en Estrasburgo
Hoy, aniversario de las aprobación del Estatuto de Autonomía de Gernika, ETA se convierte en en el Parlamento Europeo en un agente del proceso de paz en España. Ése es el título del punto del orden del día cuyo debate se inicia a las nueve de la mañana: Proceso de paz en España.
En el Parlamento Europeo hemos debatido muchas veces sobre ETA. El PSOE —siempre de común acuerdo con el Partido Popular— ha pedido en las instancias europeas una mayor implicación de las instituciones de la Unión en la lucha contra el terrorismo. Las consecuencia de ese trabajo conjunto de los dos partidos políticos españoles que suscribieron el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo han sido medidas de lucha contra el terrorismo tan eficaces como la inclusión de ETA y Batasuna en la lista europea de organizaciones terroristas, la orden de detención y entrega de terroristas, la definición común del delito de terrorismo, una mayor cooperación policial y judicial en Europol y Eurojust, las medidas de retención de datos telefónicos y de Internet, las normas europeas contra el blanqueo de dinero...
Pero lo que se debate hoy en el Parlamento Europeo nada tiene que ver con eso. Lo que viene a debate, impulsado por el Partido Socialista Obrero Español, es el proceso de paz en España, la «solución dialogada» con ETA. El portavoz español del PSOE en el Palamento Europeo lo confirmó al afirmar hace unos días que el debate tenía como objetivo «ayudar a un proceso de superación de la violencia». La superación de la violencia no es la derrota del terrorismo. El final dialogado no es la derrota del terrorismo. Por eso estoy en contra del debate mismo; por eso me parece una irresponsabilidad plantear así, aquí y ahora, este debate.
Sé por qué quieren el debate los terroristas. Ellos no reconocen la legitimidad de las instituciones españolas que dimanan de la Constitución del 78. Por eso no reconocen la legitimidad del Parlamento Español ni del Parlamento Vasco. Por eso en España quieren que el futuro marco político y jurídico del País Vasco se debata en una mesa extraparlamentaria. A nivel internacional actúan igual. Coherentemente con su discurso de rechazo de la democracia española, en su afán de difundir fuera de nuestras fronteras la idea de que sus actos de terror son consecuencia de su lucha contra un poder impuesto y no democrático, han buscado siempre foros internacionales en los que plantear sus causas. Quisieran hacerlo en la ONU; pero de momento no han llegado tan lejos. Pero hoy han llegado —de la mano de los socialistas españoles— al Parlamento Europeo.
También sé por qué quieren este debate los nacionalistas. Ellos siempre han querido «justificar» las causas de los terroristas. Los nacionalistas institucionales siempre han pretendido deslegitimar en toda Europa las instituciones democráticas desde las que ellos mismos gobernaban. Siempre han difundido la mentira de que la Constitución no fue aprobada en el País Vasco. Los nacionalistas no violentos siempre han defendido el origen político del «conflicto», porque siempre han sacado ventaja de la existencia de ETA y no renuncian a sacar ventaja de su posible desaparición.
Pero ignoro qué ventajas políticas espera sacar el PSOE de este debate. Ni siquiera en términos partidistas, en el corto plazo —y mira que sería triste que todo esto fuera sólo para eso— le encuentro ninguna ventaja. Porque, hoy por hoy, ante los españoles todos, el Gobierno de Zapatero y el PSOE tenía el apoyo de Europa a su política en esta materia. Ahí están las declaraciones de Chirac, de Blair, de la Presidencia de la Comisión Europea, del Consejo... ¿A qué viene querer contar ahora en el Parlamento Europeo a los que están en contra? ¿Qué gana el PSOE con ello?
Pero mucho más que lo que pueda ganar o perder el PSOE con este debate me importa lo que pierda España. Ni el PSOE, ni el Gobierno, han explicado en qué puede contribuir a debilitar a ETA la realización de este debate. Y no lo han explicado porque saben que ETA y sus aliados no pierden nada con él. Y denunciarlo no es hacer de altavoz de las posiciones de los malos; es sencillamente llamar la atención sobre la inutilidad y el riesgo que corremos los buenos. Sin necesidad de insistir en que la decisión de promover este debate favorece la estrategia de ETA de «internacionalizar el conflicto» —lo cual es a mi juicio lo más grave—, resulta para todos evidente que la democracia española se fragiliza cuando en el Parlamento Europeo aparecen divididas las dos grandes fuerzas políticas españolas, las dos únicas que pueden formar gobierno. Ningún partido gobernante en ningún país de nuestro entorno hubiera tomado la decisión de traer al Parlamento Europeo, sin consenso interno previo, un debate sobre un tema de Estado. Sobre todo porque ésta no es una cuestión sobre la que un gobierno legítimo —como lo es el nuestro—, necesite apoyos testimoniales, que es el único que aquí se le puede brindar.
¿Por qué entonces traer aquí, así y ahora, este debate? Si el Gobierno de España necesitara apoyo político para proseguir con el proceso puesto en marcha o para dar nuevos pasos, es en el Congreso de los Diputados donde debe suscitar el debate y recabar el apoyo. Son las Cortes Españolas las que ejercen la tarea de controlar o impulsar la acción del Ejecutivo. Traer este debate. el Parlamento Europeo, que no tiene la competencia de control de ninguno de los gobiernos comunitarios en esta materia, sólo servirá para convertir a ETA en un agente del proceso ante los eurodiputados y ante la opinión pública europea.
Por eso sostengo que debatir en el Parlamento Europeo sobre el «proceso de paz» iniciado entre ETA y el Gobierno de España es un error político de consecuencias impredecibles. Convierte a ETA en agente político, en «negociador» de la paz con el Gobierno democrático de todos los españoles. Y supone un retroceso en todo un trabajo de pedagogía democrática, llevado a cabo durante años con el objetivo de que ETA dejara de ser percibida fuera de nuestras fronteras como un grupo «independentista» o «defensor de los derechos del pueblo vasco».
Sea cual fuere la resolución que se apruebe, al día siguiente nadie se acordará de ella. Pero todos se acordarán de la división existente entre españoles —y desde hoy entre europeos— y de que un Estado miembro quiso debatir en un Parlamento sin competencias lo que renunció a hacer —curiosamente con el argumento de evitar que se visualizara la división— en el Parlamento español. El conflicto político entre los demócratas españoles, expuesto aquí con todo lujo de detalles, dará visos de credibilidad al discurso de los terroristas y de sus socios y voceros. ETA será percibida como el agente de la paz y quienes están en contra del «proceso», serán los «obstáculos». ¡Qué horror!
ETA ha tenido a lo largo de su historia sumo cuidado en el diseño y divulgación de sus mensajes políticos. La división entre los demócratas españoles, reflejada con toda crudeza en el Parlamento Europeo, es su gran triunfo. El debate lo ha propuesto el PSOE; y lo ha hecho sin buscar el acuerdo del PP. Más bien parece que lo ha hecho para buscar el desacuerdo, como se deduce de las declaraciones iniciales de sus líderes, aquéllas en las que no se explicaba que ganábamos frente a ETA pero se ponía el énfasis en que el PP español iba a ser «doblemente derrotado». Por eso a quienes lo han propuesto les corresponde asumir su responsabilidad.
Si se hubiera buscado un debate para fragilizar las posiciones de ETA y reforzar las de los demócratas, nunca se hubieran hecho las cosas de esta manera. Más allá de la conveniencia de traer a esta Cámara el debate sobre un proceso cuyo devenir es aún incierto para recabar un apoyo testimonial perfectamente prescindible, la forma en que el debate se ha gestado hace imposible que lo que salga de aquí sea positivo. Al Parlamento Europeo se le podría haber pedido una declaración de apoyo a las instituciones democráticas españolas, a las víctimas del terrorismo como referentes de la democracia, al marco constitucional. Al Parlamento Europeo se le podría haber pedido un reforzamiento de su posición de solidaridad con España para derrotar al terrorismo. Pero no estamos ante eso; estamos ante un debate sobre el proceso de paz en España del que ETA sale convertida en interlocutora del Gobierno de España para la paz. Difícil que los parlamentarios lleguen a la conclusión de que les estamos pidiendo ayuda para utilizar todos los instrumentos de la democracia europea para derrotarla.
Debatir en Estrasburgo sobre el proceso de paz tiene aquí y allá, en España, muchos partidarios. Más o menos los mismos que quieren formar una mesa de partidos extraparlamentaria para decidir en ella el futuro de Euskadi. Más o menos los mismos que se han opuesto históricamente a todas las decisiones que hemos adoptado en España y en Europa para combatir y derrotar al terrorismo y a sus entornos legitimatorios. De la misma manera que sostengo que la constitución de la mesa extraparlamentaria es la cesión, insisto en que el debate aquí, así y ahora, es la cesión. Lo de menos es lo que se vote o cuál de las propuestas logre mayor apoyo. El debate es lo que rechazo. De fondo y de forma.
Me produce un profundo dolor observar cómo se rompe el consenso en Europa en esta materia. Hubiera querido que el debate no se celebrara. Pero el debate se hará. Y actuaré de forma coherente con la posición política que llevo días explicando. Y con mi compromiso ante los ciudadanos. Y obraré en conciencia. Aunque fuera cierto lo que me cuentan que dicen algunos de la dirección del PSOE: que me expulsarán si no apoyo la resolución presentada por el Partido Socialista. No lo haré. No votaré ninguna resolución. No participaré en una votación que nos divide a los demócratas españoles. No participaré en una votación en la que los socialistas, para conseguir que el Gobierno de Zapatero logre un apoyo testimonial, han facilitado a ETA la oportunidad de lograr el reconocimiento simbólico que ha perseguido a lo largo de toda su existencia. Tengo claro que los ciudadanos españoles no me han votado para eso.
"No participaré en una votación que nos divide a los demócratas españoles...Tengo claro que los ciudadanos españoles no me han votado para eso."
ROSA DÍEZ
Aquelarre nacionalista en Estrasburgo
Hoy, aniversario de las aprobación del Estatuto de Autonomía de Gernika, ETA se convierte en en el Parlamento Europeo en un agente del proceso de paz en España. Ése es el título del punto del orden del día cuyo debate se inicia a las nueve de la mañana: Proceso de paz en España.
En el Parlamento Europeo hemos debatido muchas veces sobre ETA. El PSOE —siempre de común acuerdo con el Partido Popular— ha pedido en las instancias europeas una mayor implicación de las instituciones de la Unión en la lucha contra el terrorismo. Las consecuencia de ese trabajo conjunto de los dos partidos políticos españoles que suscribieron el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo han sido medidas de lucha contra el terrorismo tan eficaces como la inclusión de ETA y Batasuna en la lista europea de organizaciones terroristas, la orden de detención y entrega de terroristas, la definición común del delito de terrorismo, una mayor cooperación policial y judicial en Europol y Eurojust, las medidas de retención de datos telefónicos y de Internet, las normas europeas contra el blanqueo de dinero...
Pero lo que se debate hoy en el Parlamento Europeo nada tiene que ver con eso. Lo que viene a debate, impulsado por el Partido Socialista Obrero Español, es el proceso de paz en España, la «solución dialogada» con ETA. El portavoz español del PSOE en el Palamento Europeo lo confirmó al afirmar hace unos días que el debate tenía como objetivo «ayudar a un proceso de superación de la violencia». La superación de la violencia no es la derrota del terrorismo. El final dialogado no es la derrota del terrorismo. Por eso estoy en contra del debate mismo; por eso me parece una irresponsabilidad plantear así, aquí y ahora, este debate.
Sé por qué quieren el debate los terroristas. Ellos no reconocen la legitimidad de las instituciones españolas que dimanan de la Constitución del 78. Por eso no reconocen la legitimidad del Parlamento Español ni del Parlamento Vasco. Por eso en España quieren que el futuro marco político y jurídico del País Vasco se debata en una mesa extraparlamentaria. A nivel internacional actúan igual. Coherentemente con su discurso de rechazo de la democracia española, en su afán de difundir fuera de nuestras fronteras la idea de que sus actos de terror son consecuencia de su lucha contra un poder impuesto y no democrático, han buscado siempre foros internacionales en los que plantear sus causas. Quisieran hacerlo en la ONU; pero de momento no han llegado tan lejos. Pero hoy han llegado —de la mano de los socialistas españoles— al Parlamento Europeo.
También sé por qué quieren este debate los nacionalistas. Ellos siempre han querido «justificar» las causas de los terroristas. Los nacionalistas institucionales siempre han pretendido deslegitimar en toda Europa las instituciones democráticas desde las que ellos mismos gobernaban. Siempre han difundido la mentira de que la Constitución no fue aprobada en el País Vasco. Los nacionalistas no violentos siempre han defendido el origen político del «conflicto», porque siempre han sacado ventaja de la existencia de ETA y no renuncian a sacar ventaja de su posible desaparición.
Pero ignoro qué ventajas políticas espera sacar el PSOE de este debate. Ni siquiera en términos partidistas, en el corto plazo —y mira que sería triste que todo esto fuera sólo para eso— le encuentro ninguna ventaja. Porque, hoy por hoy, ante los españoles todos, el Gobierno de Zapatero y el PSOE tenía el apoyo de Europa a su política en esta materia. Ahí están las declaraciones de Chirac, de Blair, de la Presidencia de la Comisión Europea, del Consejo... ¿A qué viene querer contar ahora en el Parlamento Europeo a los que están en contra? ¿Qué gana el PSOE con ello?
Pero mucho más que lo que pueda ganar o perder el PSOE con este debate me importa lo que pierda España. Ni el PSOE, ni el Gobierno, han explicado en qué puede contribuir a debilitar a ETA la realización de este debate. Y no lo han explicado porque saben que ETA y sus aliados no pierden nada con él. Y denunciarlo no es hacer de altavoz de las posiciones de los malos; es sencillamente llamar la atención sobre la inutilidad y el riesgo que corremos los buenos. Sin necesidad de insistir en que la decisión de promover este debate favorece la estrategia de ETA de «internacionalizar el conflicto» —lo cual es a mi juicio lo más grave—, resulta para todos evidente que la democracia española se fragiliza cuando en el Parlamento Europeo aparecen divididas las dos grandes fuerzas políticas españolas, las dos únicas que pueden formar gobierno. Ningún partido gobernante en ningún país de nuestro entorno hubiera tomado la decisión de traer al Parlamento Europeo, sin consenso interno previo, un debate sobre un tema de Estado. Sobre todo porque ésta no es una cuestión sobre la que un gobierno legítimo —como lo es el nuestro—, necesite apoyos testimoniales, que es el único que aquí se le puede brindar.
¿Por qué entonces traer aquí, así y ahora, este debate? Si el Gobierno de España necesitara apoyo político para proseguir con el proceso puesto en marcha o para dar nuevos pasos, es en el Congreso de los Diputados donde debe suscitar el debate y recabar el apoyo. Son las Cortes Españolas las que ejercen la tarea de controlar o impulsar la acción del Ejecutivo. Traer este debate. el Parlamento Europeo, que no tiene la competencia de control de ninguno de los gobiernos comunitarios en esta materia, sólo servirá para convertir a ETA en un agente del proceso ante los eurodiputados y ante la opinión pública europea.
Por eso sostengo que debatir en el Parlamento Europeo sobre el «proceso de paz» iniciado entre ETA y el Gobierno de España es un error político de consecuencias impredecibles. Convierte a ETA en agente político, en «negociador» de la paz con el Gobierno democrático de todos los españoles. Y supone un retroceso en todo un trabajo de pedagogía democrática, llevado a cabo durante años con el objetivo de que ETA dejara de ser percibida fuera de nuestras fronteras como un grupo «independentista» o «defensor de los derechos del pueblo vasco».
Sea cual fuere la resolución que se apruebe, al día siguiente nadie se acordará de ella. Pero todos se acordarán de la división existente entre españoles —y desde hoy entre europeos— y de que un Estado miembro quiso debatir en un Parlamento sin competencias lo que renunció a hacer —curiosamente con el argumento de evitar que se visualizara la división— en el Parlamento español. El conflicto político entre los demócratas españoles, expuesto aquí con todo lujo de detalles, dará visos de credibilidad al discurso de los terroristas y de sus socios y voceros. ETA será percibida como el agente de la paz y quienes están en contra del «proceso», serán los «obstáculos». ¡Qué horror!
ETA ha tenido a lo largo de su historia sumo cuidado en el diseño y divulgación de sus mensajes políticos. La división entre los demócratas españoles, reflejada con toda crudeza en el Parlamento Europeo, es su gran triunfo. El debate lo ha propuesto el PSOE; y lo ha hecho sin buscar el acuerdo del PP. Más bien parece que lo ha hecho para buscar el desacuerdo, como se deduce de las declaraciones iniciales de sus líderes, aquéllas en las que no se explicaba que ganábamos frente a ETA pero se ponía el énfasis en que el PP español iba a ser «doblemente derrotado». Por eso a quienes lo han propuesto les corresponde asumir su responsabilidad.
Si se hubiera buscado un debate para fragilizar las posiciones de ETA y reforzar las de los demócratas, nunca se hubieran hecho las cosas de esta manera. Más allá de la conveniencia de traer a esta Cámara el debate sobre un proceso cuyo devenir es aún incierto para recabar un apoyo testimonial perfectamente prescindible, la forma en que el debate se ha gestado hace imposible que lo que salga de aquí sea positivo. Al Parlamento Europeo se le podría haber pedido una declaración de apoyo a las instituciones democráticas españolas, a las víctimas del terrorismo como referentes de la democracia, al marco constitucional. Al Parlamento Europeo se le podría haber pedido un reforzamiento de su posición de solidaridad con España para derrotar al terrorismo. Pero no estamos ante eso; estamos ante un debate sobre el proceso de paz en España del que ETA sale convertida en interlocutora del Gobierno de España para la paz. Difícil que los parlamentarios lleguen a la conclusión de que les estamos pidiendo ayuda para utilizar todos los instrumentos de la democracia europea para derrotarla.
Debatir en Estrasburgo sobre el proceso de paz tiene aquí y allá, en España, muchos partidarios. Más o menos los mismos que quieren formar una mesa de partidos extraparlamentaria para decidir en ella el futuro de Euskadi. Más o menos los mismos que se han opuesto históricamente a todas las decisiones que hemos adoptado en España y en Europa para combatir y derrotar al terrorismo y a sus entornos legitimatorios. De la misma manera que sostengo que la constitución de la mesa extraparlamentaria es la cesión, insisto en que el debate aquí, así y ahora, es la cesión. Lo de menos es lo que se vote o cuál de las propuestas logre mayor apoyo. El debate es lo que rechazo. De fondo y de forma.
Me produce un profundo dolor observar cómo se rompe el consenso en Europa en esta materia. Hubiera querido que el debate no se celebrara. Pero el debate se hará. Y actuaré de forma coherente con la posición política que llevo días explicando. Y con mi compromiso ante los ciudadanos. Y obraré en conciencia. Aunque fuera cierto lo que me cuentan que dicen algunos de la dirección del PSOE: que me expulsarán si no apoyo la resolución presentada por el Partido Socialista. No lo haré. No votaré ninguna resolución. No participaré en una votación que nos divide a los demócratas españoles. No participaré en una votación en la que los socialistas, para conseguir que el Gobierno de Zapatero logre un apoyo testimonial, han facilitado a ETA la oportunidad de lograr el reconocimiento simbólico que ha perseguido a lo largo de toda su existencia. Tengo claro que los ciudadanos españoles no me han votado para eso.
domingo, 22 de octubre de 2006
Un muro de mentiras
EL PAÍS 22/10/06
MARIO VARGAS LLOSA
Un muro de mentiras
El Congreso de Estados Unidos ha aprobado la construcción de un muro de 700 millas (unos 1.200 kilómetros) en la frontera con México, que costará un total de 7.000 millones de dólares, para frenar la inmigración ilegal, y el presidente Bush ha prometido promulgar la ley de inmediato. Para alguien, como el que esto escribe, fascinado con la contaminación de la realidad por la ficción, la noticia no puede ser más hechicera. ¿Por qué? Porque este muro no se construirá nunca, y, si, de milagro, llegara a construirse, no serviría absolutamente de nada. Esto lo sabe todo el mundo, empezando, claro está, por los legisladores que aprobaron la ley y el propio mandatario estadounidense.
¿Para qué, entonces, toda esta representación teatral? Porque el 7 de noviembre se celebrarán en Estados Unidos unas elecciones para renovar totalmente la Cámara de representantes, y parcialmente el Senado y las gobernaciones, y los congresistas que buscan la reelección quieren esgrimir esa ley como una prueba de que han comenzado a actuar enérgicamente contra ese peligroso demonio que son los inmigrantes ilegales, que quitan trabajo a los nacionales y esquilman la Seguridad Social (otra ficción coleante).
El muro de mentiras pasará por cuatro Estados -Arizona, California, Nuevo México y Tejas- y constará de dos vallas y un futurista sistema de reflectores, rejas, sensores y toda clase de radares para ser absolutamente infranqueable. Ahora bien ¿para qué serviría clausurar de esta manera esos 1.200 kilómetros cuando quedan otras 1.200 millas (unos 2.000 kilómetros) de frontera abierta por la que los inmigrantes mexicanos, y centro y suramericanos podrían filtrarse en territorio norteamericano sin mayores problemas si quieren evitarse las molestias de franquear el sector vallado y electrizado?
Pero éstas son conjeturas sin mayores raíces en el mundo real, donde la construcción de ese muro de ficción, para materializarse, tendría que vencer una miríada de obstáculos ya anticipados en los medios de Estados Unidos, que yo, lo confieso, leo, oigo y veo en diarios, radios y televisiones con verdadera fruición. Por lo pronto, sinnúmero de alcaldes y gobernadores de los cuatro Estados que cruzará el muro ya han hecho saber que ellos exigirán que esa millonaria inversión se oriente más bien a obras de infraestructura -carreteras, escuelas, instalaciones de servicios públicos-, y varias comunidades nativas han puesto el grito en el cielo amenazando con acciones judiciales para impedir que el muro fracture sus tierras de cultivos o ganados, en tanto que otras circunscripciones, dejadas de lado en el trazado del recorrido que tendrá el muro de fantasía amenazan con exigir judicialmente que éste se rectifique porque las discrimina. Pero son sobre todo las poderosas instituciones ecologistas las que han salido ya a la palestra explicando que emplearán todos los recursos políticos, judiciales y cívicos para impedir que se levante ese monumento depredador y contaminante que causaría estragos al medio ambiente. Lo maravilloso es que los legisladores, curándose en salud, han incluido en la ley una tramposa cláusula en la que facultan al Gobierno a emplear parte del presupuesto del muro ¡en la construcción de caminos!
Si el muro en cuestión consiguiera sobrevivir al piélago de obstrucciones judiciales que lo espera, y que, en todo caso, paralizarán su construcción por muchos años, no servirá para atajar en lo más mínimo la entrada de inmigrantes sin papeles a Estados Unidos. Hay incontables maneras de demostrar algo que está allí, a la vista de cualquiera que tenga dos dedos de frente y no esté cegado por los prejuicios, esa ficción maligna según la cual los inmigrantes traen más perjuicios que beneficios al país huésped. Esta mañana la prensa aquí en Washington señala que, según un informe oficial, los inmigrantes "hispánicos" enviaron el último año a sus familias en América Latina la astronómica suma de 45.000 millones de dólares, un 60% más que hace dos años, cuando se hizo la última investigación. De esta cifra, los prejuiciosos deducen que los inmigrantes están causando una hemorragia terrible del patrimonio norteamericano. Pero la verdadera lectura de esa cifra debe ser, más bien, de admiración y de entusiasmo pues ella quiere decir que los inmigrantes de origen latinoamericano han producido el último año, para Estados Unidos, una riqueza cuatro o cinco veces mayor, que se ha quedado aquí y servido para incrementar la renta nacional. Y 200 o 250.000 millones de dólares es una contribución muy apreciable a una economía que, como lo prueban todas las estadísticas, goza en estos momentos de una bonanza extraordinaria y tiene el mayor índice de empleo de todos los países desarrollados (apenas un 4,5% de desempleo).
Pero, para entender por qué ese muro imaginario será inservible -una involuntaria escultura rampante subiendo y bajando por las gargantas y montañas de Arizona y cicatrizando los desiertos californianos y tejanos-, más que las estadísticas, que rara vez convencen a nadie, mejor contar la historia de Emerita (la llamaré así porque conozco varias guatemaltecas que tienen ese lindo nombre). La conocí hace tres años, cuando pasé aquí en Washington otro semestre, como ahora. Nos la recomendaron unos vecinos a los que Emerita venía a limpiarles la casa dos veces por semana. La contratamos y nos prestó un magnífico servicio, porque en las dos horas que pasaba entre nosotros con sus lustradoras y barredoras eléctricas y plumeros, dejaba la casa tan pulcra como una carnicería suiza. Nos cobraba entonces 60 dólares por aquellas dos horas.
Ahora, hemos tenido la suerte de volverla a contratar, nos cobra 90 dólares, cada vez. En verdad nos hace una rebaja, porque todos nuestros vecinos le pagan por este servicio (que hacen, en la inmensa mayoría de los casos, inmigrantes hispanics) 100 dólares. Emerita es una centroamericana que lleva ya 10 años en Estados Unidos y se desempeña bastante bien con el inglés. Tiene una camioneta Buick último modelo y una parafernalia ultramoderna para barrer, lustrar, limpiar, baldear y sacudir. Los sábados -trabaja seis días por semana y el domingo descansa- la ayuda su marido que, el resto de la semana, trabaja como jardinero. No sé cuánto gana él, pero Emerita limpia cada día un promedio de cuatro casas, y a veces cinco, lo que significa que tiene un ingreso mensual que no baja de los 8.000 dólares. Por eso ella y su marido han podido ya comprarse una casa aquí en Washington y otra en su país de origen.
Antes de venir a Estados Unidos, la pareja sobrevivía a duras penas, viviendo en condiciones de mera subsistencia. Pero, lo peor, dice Emerita, no era eso "sino que no había ninguna esperanza de mejorar en el futuro. Ésa es la gran diferencia con Estados Unidos". Sí, en efecto, ésa es la enorme, la sideral diferencia, y ésa es la razón por la que miles, decenas de miles, millones de latinoamericanos, que conocen muy bien la historia de Emerita y su marido, les siguen los pasos, y escapan de esos países-trampa, donde no hay esperanza, y se meten a éste, cruzando ríos, escalando montañas, escondidos en furgones o pagando a las incontables y eficientísimas mafias que les falsifican pasaportes, visas, permisos y todo lo que haga falta para que puedan entrar aquí, donde -lo saben y por eso vienen- los están esperando con los brazos abiertos. La prueba es que todos consiguen trabajo casi de inmediato.
Los trabajos que no quieren hacer los estadounidenses, desde luego. Limpiar casas, cuidar enfermos, hacer de serenos, abrasarse a pleno sol como cosechadores, y, en las fábricas y comercios, las tareas más elementales y precarias. Nadie sino ellos están dispuestos a hacer esas cosas duras y, para los niveles de vida de este país, mal pagadas. Para ellos no lo son, para ellos esos malos salarios son fortunas. Y, por eso, los mismos nacionales que se jalan los pelos hablando de los peligros de la inmigración, los contratan sin el menor reparo, porque gracias a las Emeritas, tienen sus casas brillando, y sus fábricas funcionando, y miles de instituciones y servicios en plena actividad.
La única manera de atajar la inmigración es que México, Centro y Suramérica comiencen a ofrecer a sus masas paupérrimas mejores oportunidades y esa esperanza de mejora y promoción que los hispanics encuentran en Estados Unidos y que es el gran aliciente que tienen que romperse los lomos trabajando día y noche, en lo que se presente. Es magnífico para ellos, por supuesto, pero, todavía más que para ellos, lo es para este país -un país de inmigrantes, no hay que olvidarlo- que, gracias al empuje y espíritu de sacrificio de esos 40 millones de latinoamericanos sigue creciendo y prosperando, pese a los dificilísimos problemas políticos e internacionales que ahora enfrenta.
Esos 7.000 millones de dólares que costaría el muro de las mentiras prestaría un servicio mucho más efectivo, en lo relativo a la inmigración ilegal, si en vez de malgastarse en una ficción de cemento, que, de existir, se convertirá en poco tiempo en un muro con más agujeros que un queso gruyère, se invirtiera en fábricas o créditos destinados a crear puestos de trabajo al otro lado de la frontera, o ésta se abriera de par en par a los productos latinoamericanos, lo que, además, beneficiaría enormemente a los consumidores locales. Pero todo esto pertenece al dominio de la estricta realidad y es sabido que los seres humanos -incluso los gringos, que se jactan de ser tan pragmáticos- prefieren a menudo la magia de la ficción a la vida cruda tal como es.
MARIO VARGAS LLOSA
Un muro de mentiras
El Congreso de Estados Unidos ha aprobado la construcción de un muro de 700 millas (unos 1.200 kilómetros) en la frontera con México, que costará un total de 7.000 millones de dólares, para frenar la inmigración ilegal, y el presidente Bush ha prometido promulgar la ley de inmediato. Para alguien, como el que esto escribe, fascinado con la contaminación de la realidad por la ficción, la noticia no puede ser más hechicera. ¿Por qué? Porque este muro no se construirá nunca, y, si, de milagro, llegara a construirse, no serviría absolutamente de nada. Esto lo sabe todo el mundo, empezando, claro está, por los legisladores que aprobaron la ley y el propio mandatario estadounidense.
¿Para qué, entonces, toda esta representación teatral? Porque el 7 de noviembre se celebrarán en Estados Unidos unas elecciones para renovar totalmente la Cámara de representantes, y parcialmente el Senado y las gobernaciones, y los congresistas que buscan la reelección quieren esgrimir esa ley como una prueba de que han comenzado a actuar enérgicamente contra ese peligroso demonio que son los inmigrantes ilegales, que quitan trabajo a los nacionales y esquilman la Seguridad Social (otra ficción coleante).
El muro de mentiras pasará por cuatro Estados -Arizona, California, Nuevo México y Tejas- y constará de dos vallas y un futurista sistema de reflectores, rejas, sensores y toda clase de radares para ser absolutamente infranqueable. Ahora bien ¿para qué serviría clausurar de esta manera esos 1.200 kilómetros cuando quedan otras 1.200 millas (unos 2.000 kilómetros) de frontera abierta por la que los inmigrantes mexicanos, y centro y suramericanos podrían filtrarse en territorio norteamericano sin mayores problemas si quieren evitarse las molestias de franquear el sector vallado y electrizado?
Pero éstas son conjeturas sin mayores raíces en el mundo real, donde la construcción de ese muro de ficción, para materializarse, tendría que vencer una miríada de obstáculos ya anticipados en los medios de Estados Unidos, que yo, lo confieso, leo, oigo y veo en diarios, radios y televisiones con verdadera fruición. Por lo pronto, sinnúmero de alcaldes y gobernadores de los cuatro Estados que cruzará el muro ya han hecho saber que ellos exigirán que esa millonaria inversión se oriente más bien a obras de infraestructura -carreteras, escuelas, instalaciones de servicios públicos-, y varias comunidades nativas han puesto el grito en el cielo amenazando con acciones judiciales para impedir que el muro fracture sus tierras de cultivos o ganados, en tanto que otras circunscripciones, dejadas de lado en el trazado del recorrido que tendrá el muro de fantasía amenazan con exigir judicialmente que éste se rectifique porque las discrimina. Pero son sobre todo las poderosas instituciones ecologistas las que han salido ya a la palestra explicando que emplearán todos los recursos políticos, judiciales y cívicos para impedir que se levante ese monumento depredador y contaminante que causaría estragos al medio ambiente. Lo maravilloso es que los legisladores, curándose en salud, han incluido en la ley una tramposa cláusula en la que facultan al Gobierno a emplear parte del presupuesto del muro ¡en la construcción de caminos!
Si el muro en cuestión consiguiera sobrevivir al piélago de obstrucciones judiciales que lo espera, y que, en todo caso, paralizarán su construcción por muchos años, no servirá para atajar en lo más mínimo la entrada de inmigrantes sin papeles a Estados Unidos. Hay incontables maneras de demostrar algo que está allí, a la vista de cualquiera que tenga dos dedos de frente y no esté cegado por los prejuicios, esa ficción maligna según la cual los inmigrantes traen más perjuicios que beneficios al país huésped. Esta mañana la prensa aquí en Washington señala que, según un informe oficial, los inmigrantes "hispánicos" enviaron el último año a sus familias en América Latina la astronómica suma de 45.000 millones de dólares, un 60% más que hace dos años, cuando se hizo la última investigación. De esta cifra, los prejuiciosos deducen que los inmigrantes están causando una hemorragia terrible del patrimonio norteamericano. Pero la verdadera lectura de esa cifra debe ser, más bien, de admiración y de entusiasmo pues ella quiere decir que los inmigrantes de origen latinoamericano han producido el último año, para Estados Unidos, una riqueza cuatro o cinco veces mayor, que se ha quedado aquí y servido para incrementar la renta nacional. Y 200 o 250.000 millones de dólares es una contribución muy apreciable a una economía que, como lo prueban todas las estadísticas, goza en estos momentos de una bonanza extraordinaria y tiene el mayor índice de empleo de todos los países desarrollados (apenas un 4,5% de desempleo).
Pero, para entender por qué ese muro imaginario será inservible -una involuntaria escultura rampante subiendo y bajando por las gargantas y montañas de Arizona y cicatrizando los desiertos californianos y tejanos-, más que las estadísticas, que rara vez convencen a nadie, mejor contar la historia de Emerita (la llamaré así porque conozco varias guatemaltecas que tienen ese lindo nombre). La conocí hace tres años, cuando pasé aquí en Washington otro semestre, como ahora. Nos la recomendaron unos vecinos a los que Emerita venía a limpiarles la casa dos veces por semana. La contratamos y nos prestó un magnífico servicio, porque en las dos horas que pasaba entre nosotros con sus lustradoras y barredoras eléctricas y plumeros, dejaba la casa tan pulcra como una carnicería suiza. Nos cobraba entonces 60 dólares por aquellas dos horas.
Ahora, hemos tenido la suerte de volverla a contratar, nos cobra 90 dólares, cada vez. En verdad nos hace una rebaja, porque todos nuestros vecinos le pagan por este servicio (que hacen, en la inmensa mayoría de los casos, inmigrantes hispanics) 100 dólares. Emerita es una centroamericana que lleva ya 10 años en Estados Unidos y se desempeña bastante bien con el inglés. Tiene una camioneta Buick último modelo y una parafernalia ultramoderna para barrer, lustrar, limpiar, baldear y sacudir. Los sábados -trabaja seis días por semana y el domingo descansa- la ayuda su marido que, el resto de la semana, trabaja como jardinero. No sé cuánto gana él, pero Emerita limpia cada día un promedio de cuatro casas, y a veces cinco, lo que significa que tiene un ingreso mensual que no baja de los 8.000 dólares. Por eso ella y su marido han podido ya comprarse una casa aquí en Washington y otra en su país de origen.
Antes de venir a Estados Unidos, la pareja sobrevivía a duras penas, viviendo en condiciones de mera subsistencia. Pero, lo peor, dice Emerita, no era eso "sino que no había ninguna esperanza de mejorar en el futuro. Ésa es la gran diferencia con Estados Unidos". Sí, en efecto, ésa es la enorme, la sideral diferencia, y ésa es la razón por la que miles, decenas de miles, millones de latinoamericanos, que conocen muy bien la historia de Emerita y su marido, les siguen los pasos, y escapan de esos países-trampa, donde no hay esperanza, y se meten a éste, cruzando ríos, escalando montañas, escondidos en furgones o pagando a las incontables y eficientísimas mafias que les falsifican pasaportes, visas, permisos y todo lo que haga falta para que puedan entrar aquí, donde -lo saben y por eso vienen- los están esperando con los brazos abiertos. La prueba es que todos consiguen trabajo casi de inmediato.
Los trabajos que no quieren hacer los estadounidenses, desde luego. Limpiar casas, cuidar enfermos, hacer de serenos, abrasarse a pleno sol como cosechadores, y, en las fábricas y comercios, las tareas más elementales y precarias. Nadie sino ellos están dispuestos a hacer esas cosas duras y, para los niveles de vida de este país, mal pagadas. Para ellos no lo son, para ellos esos malos salarios son fortunas. Y, por eso, los mismos nacionales que se jalan los pelos hablando de los peligros de la inmigración, los contratan sin el menor reparo, porque gracias a las Emeritas, tienen sus casas brillando, y sus fábricas funcionando, y miles de instituciones y servicios en plena actividad.
La única manera de atajar la inmigración es que México, Centro y Suramérica comiencen a ofrecer a sus masas paupérrimas mejores oportunidades y esa esperanza de mejora y promoción que los hispanics encuentran en Estados Unidos y que es el gran aliciente que tienen que romperse los lomos trabajando día y noche, en lo que se presente. Es magnífico para ellos, por supuesto, pero, todavía más que para ellos, lo es para este país -un país de inmigrantes, no hay que olvidarlo- que, gracias al empuje y espíritu de sacrificio de esos 40 millones de latinoamericanos sigue creciendo y prosperando, pese a los dificilísimos problemas políticos e internacionales que ahora enfrenta.
Esos 7.000 millones de dólares que costaría el muro de las mentiras prestaría un servicio mucho más efectivo, en lo relativo a la inmigración ilegal, si en vez de malgastarse en una ficción de cemento, que, de existir, se convertirá en poco tiempo en un muro con más agujeros que un queso gruyère, se invirtiera en fábricas o créditos destinados a crear puestos de trabajo al otro lado de la frontera, o ésta se abriera de par en par a los productos latinoamericanos, lo que, además, beneficiaría enormemente a los consumidores locales. Pero todo esto pertenece al dominio de la estricta realidad y es sabido que los seres humanos -incluso los gringos, que se jactan de ser tan pragmáticos- prefieren a menudo la magia de la ficción a la vida cruda tal como es.
sábado, 14 de octubre de 2006
Sistema electoral
La Gaceta de los Negocios 14/10/06
El sistema que parece más adecuado es la del distrito uninominal, como en el Reino Unido
Juan Díez Nicolás
Sistema electoral
Recientemente se ha originado un cierto debate, principalmente en algunos medios de comunicación, respecto a la sustitución del actual sistema electoral de listas cerradas por otro basado en listas abiertas. Este debate se ha planteado como consecuencia de una crisis de confianza en los partidos políticos, que no sólo no implica crisis de confianza en el sistema democrático, sino que por el contrario responde a una necesidad de reforzar y consolidar sus instituciones. La crisis de confianza no afecta a la legitimidad de los representantes electos ni a su carácter representativo, se basa en que los representantes no rinden cuentas ante ellos sino ante los aparatos o ejecutivas de los partidos.
La ley electoral actual, establecida para las primeras elecciones de 1977, ha demostrado su utilidad para llevar a cabo la transición, pero con el tiempo se han hecho patentes algunos defectos: el establecimiento de la provincia como distrito electoral (y la asignación de tres escaños a cada provincia y ciudad autónoma independientemente de su población, repartiendo los 198 escaños restantes proporcionalmente a la población de cada provincia), y la elección de representantes sobre la base de listas cerradas de candidatos presentadas por los partidos. La primera cuestión ha conducido a la creación y al fortalecimiento de partidos políticos nacionalistas, cuestión a la que no han sido ajenos los dos principales partidos nacionales, PSOE y PP, por su política de pactos con los pequeños partidos nacionalistas y por su egoísta incapacidad para acordar con el otro las políticas de Estado. La atribución a los partidos de la facultad de elaborar listas electorales cerradas junto a la normativa que regula el funcionamiento de las Cámaras, que confiere un poder excesivo a los portavoces de los partidos, ha supuesto en la práctica una derogación del artículo constitucional que establece que los diputados y senadores no estarán sujetos a mandato imperativo alguno. Así, las listas cerradas tienen dos defectos fundamentales: que los representantes lo son, colectivamente, del partido que les incluyó en la lista, y no individualmente de los ciudadanos, y que obligan a que el ciudadano que quiera votar a un candidato se vea forzado a votar al resto de candidatos en la lista, le gusten o no, los conozca o no.
Las listas abiertas que algunos proponen para sustituir a las cerradas no solucionan los defectos que se quieren corregir. Podría funcionar la parte negativa, la posibilidad de “tachar”nombres en una lista. Pero es muy dudoso que funcionar en su aspecto positivo, sirviendo para que los ciudadanos incluyan nuevos nombres en la lista que no habían sido propuestos por el partido, pues los resultados de encuestas electorales realizadas por ASEP después de las elecciones de 1993, 1996, 2000 y 2004 demuestran que tres de cada cuatro españoles que afirman haber votado en una determinada elección no saben el nombre del candidato de la lista que han votado. Conociendo el buen humor de los españoles, no sería impensable que algunos famosos y famosillos acabaran siendo nominados por algunos electores.
Por ello, el sistema que parece más adecuado es la del distrito uninominal, como en el Reino Unido. Este sistema requiere repartir el territorio nacional en tantos distritos como escaños parlamentarios a repartir. El ciudadano sólo tendría que elegir a “su” representante entre aquellos que se presentan en su distrito (como independiente o con el respaldo de un partido), y sería el único representante de su distrito, al que acudirían los ciudadanos cuando lo estimasen oportuno.
Este sistema obligaría al representante a conocer los problemas de su distrito, a tener un contacto más directo con sus electores, y al mismo tiempo le proporcionarían una mayor independencia (de la que ahora carece) para votar en cada caso lo que estimase que desea “su electorado” y no “su partido”, lo que conduciría a que las leyes españolas, como las de muchos otros países, sean votadas favorablemente y desfavorablemente, de manera simultánea, por representantes de un partido y del otro, como sucede en el Parlamento de Estados Unidos y en el de Inglaterra, por citar sólo dos ejemplos.
El sistema que parece más adecuado es la del distrito uninominal, como en el Reino Unido
Juan Díez Nicolás
Sistema electoral
Recientemente se ha originado un cierto debate, principalmente en algunos medios de comunicación, respecto a la sustitución del actual sistema electoral de listas cerradas por otro basado en listas abiertas. Este debate se ha planteado como consecuencia de una crisis de confianza en los partidos políticos, que no sólo no implica crisis de confianza en el sistema democrático, sino que por el contrario responde a una necesidad de reforzar y consolidar sus instituciones. La crisis de confianza no afecta a la legitimidad de los representantes electos ni a su carácter representativo, se basa en que los representantes no rinden cuentas ante ellos sino ante los aparatos o ejecutivas de los partidos.
La ley electoral actual, establecida para las primeras elecciones de 1977, ha demostrado su utilidad para llevar a cabo la transición, pero con el tiempo se han hecho patentes algunos defectos: el establecimiento de la provincia como distrito electoral (y la asignación de tres escaños a cada provincia y ciudad autónoma independientemente de su población, repartiendo los 198 escaños restantes proporcionalmente a la población de cada provincia), y la elección de representantes sobre la base de listas cerradas de candidatos presentadas por los partidos. La primera cuestión ha conducido a la creación y al fortalecimiento de partidos políticos nacionalistas, cuestión a la que no han sido ajenos los dos principales partidos nacionales, PSOE y PP, por su política de pactos con los pequeños partidos nacionalistas y por su egoísta incapacidad para acordar con el otro las políticas de Estado. La atribución a los partidos de la facultad de elaborar listas electorales cerradas junto a la normativa que regula el funcionamiento de las Cámaras, que confiere un poder excesivo a los portavoces de los partidos, ha supuesto en la práctica una derogación del artículo constitucional que establece que los diputados y senadores no estarán sujetos a mandato imperativo alguno. Así, las listas cerradas tienen dos defectos fundamentales: que los representantes lo son, colectivamente, del partido que les incluyó en la lista, y no individualmente de los ciudadanos, y que obligan a que el ciudadano que quiera votar a un candidato se vea forzado a votar al resto de candidatos en la lista, le gusten o no, los conozca o no.
Las listas abiertas que algunos proponen para sustituir a las cerradas no solucionan los defectos que se quieren corregir. Podría funcionar la parte negativa, la posibilidad de “tachar”nombres en una lista. Pero es muy dudoso que funcionar en su aspecto positivo, sirviendo para que los ciudadanos incluyan nuevos nombres en la lista que no habían sido propuestos por el partido, pues los resultados de encuestas electorales realizadas por ASEP después de las elecciones de 1993, 1996, 2000 y 2004 demuestran que tres de cada cuatro españoles que afirman haber votado en una determinada elección no saben el nombre del candidato de la lista que han votado. Conociendo el buen humor de los españoles, no sería impensable que algunos famosos y famosillos acabaran siendo nominados por algunos electores.
Por ello, el sistema que parece más adecuado es la del distrito uninominal, como en el Reino Unido. Este sistema requiere repartir el territorio nacional en tantos distritos como escaños parlamentarios a repartir. El ciudadano sólo tendría que elegir a “su” representante entre aquellos que se presentan en su distrito (como independiente o con el respaldo de un partido), y sería el único representante de su distrito, al que acudirían los ciudadanos cuando lo estimasen oportuno.
Este sistema obligaría al representante a conocer los problemas de su distrito, a tener un contacto más directo con sus electores, y al mismo tiempo le proporcionarían una mayor independencia (de la que ahora carece) para votar en cada caso lo que estimase que desea “su electorado” y no “su partido”, lo que conduciría a que las leyes españolas, como las de muchos otros países, sean votadas favorablemente y desfavorablemente, de manera simultánea, por representantes de un partido y del otro, como sucede en el Parlamento de Estados Unidos y en el de Inglaterra, por citar sólo dos ejemplos.
martes, 10 de octubre de 2006
La primera libertad
La Gaceta de los Negocios 10/10/06
No se puede llegar a tolerar nunca que algunas minorías traten de imponer sus criterios a la mayoría
Alejandro Muñoz-Alonso
La primera libertad
LA tiranía de lo políticamente correcto y del pensamiento único no es un fenómeno moderno sino, más bien, el sino de la inmensa mayoría de generaciones que han pasado por este planeta.
En Europa, la libertad de expresión y de prensa aparece en una fecha concreta, en el año 1695, cuando la Cámara de los Comunes suprime las últimas exigencias censoras que subsistían en Inglaterra. En los 311 años transcurridos desde entonces, sólo muy lentamente se va estableciendo esa libertad en otros países, en muchos de los cuales reiterados retrocesos presentan un balance negativo: son muchos más los años en que ha estado vigente la censura que la libertad. Casi siempre al amparo de “leyes de prensa” (¡pedidas, en ocasiones, por los propios periodistas!) que han sido siempre encubiertos mecanismos de censura, al servicio del poder. Pero esa libertad está ya en nuestro ADN colectivo y es muestra inequívoca de salud democrática.
Los americanos llaman a las libertades de expresión y de prensa la “primera” libertad, y lo hacen por una doble razón: es esta libertad —junto con la de religión— la que se proclama en lo que llaman la “primera enmienda”, que es como el artículo primero de su carta de derechos. Pero, también, porque saben que esta libertad es, histórica y cronológicamente, la primera que se conquista, cuando los pueblos deciden avanzar hacia un sistema de libertades, pero también la primera que se pierde cuando este sistema empieza a degradarse por la desidia, la indiferencia, la cobardía, en suma, por ese síndrome psicológico que, hace ya muchos años, Eric Fromm bautizó como “miedo a la libertad”.
Un síndrome que corroe en estos tiempos a Occidente, una civilización que ha perdido la fe en sus principios y valores, que sólo busca hacerse perdonar por sus enemigos y que sólo pide que la dejen apurar, sin demasiadas molestias, los últimos sorbos del cáliz de una abundancia que, vagamente, intuye que está a punto de llegar a la hez.
Los síntomas de erosión de la libertad de expresión en Occidente son ya abrumadores. Pero empecemos por España, que vive todavía el periodo de mayor libertad de expresión de toda su historia, aunque se multiplican las alertas. La ordenación que se está haciendo, por ejemplo, del paisaje audiovisual es, sencillamente, un escándalo que desafía cualquier atisbo de juego limpio y buena fe. La voracidad del poder socialista por controlar todas las ondas que circulan por el espacio radio-eléctrico es un caso de telebulimia, del que sería muy sano para la sociedad que reventaran política y empresarialmente quienes tratan de beneficiarse.
El Ministerio de Industria, por resolución administrativa, decreta el cierre de un emisor público de televisión (gestionado, claro está, por el partido de la oposición) como si estuviéramos en plena dictadura y en contra del artículo 20.5 de la Constitución. En Cataluña aparece un organismo, el CAC, que se arroga el derecho a cerrar emisoras sobre la base de una ley que uno tiene que preguntarse qué tipo de supuesto Parlamento puede haber aprobado semejante bodrio. Y, para acabarlo de arreglar, los grupos parlamentarios del Congreso deciden amordazar al Partido Popular y no permitirle que pregunte sobre una cuestión que les molesta mucho, ellos sabrán por qué. ¿Se equivoca el Partido Popular? Pues aplicad la vieja máxima y dejad que se hunda solo, pero no saquéis la mordaza que tanto os gusta. Nunca, desde la Transición, se habían cernido tantos peligros sobre la libertad de expresión en España. El escaso pluralismo y la a veces agobiante politización, más ese fenómeno de huida de la realidad que representa la llamada telebasura, completan el sombrío panorama.
EN Europa, la falta de reacciones vigorosas e inteligentes ante los ataques a la libertad de expresión por parte del islamismo radical muestra esa falta de fe en los propios valores que caracteriza a las civilizaciones decadentes.
Prescindiendo de antecedentes, como la fatua contra Rushdie, en lo que va de año, desde el asunto de las caricaturas de Mahoma hasta el caso del profesor francés que se ha tenido que esconder, se han multiplicado en estos últimos tiempos las presiones y amenazas contra la libertad de expresión que es la principal seña de identidad de Occidente. Y la autocensura practicada por la directora de la Deutsche Oper de Berlín no es la solución, sino que es una muestra de derrotismo. Las nuestras no son —ni deben ser—sociedades multiculturales. Las celebraciones de moros y cristianos forman parte de nuestro acervo histórico, y suprimirlas sería una manifestación de cobardía.
Tenemos unos marcos de referencia jurídicos, morales y culturales y quienes vengan a instalarse deben aceptarlos. Por supuesto, no todo el mundo piensa de la misma manera, pero nos hemos ido acostumbrando a soportarnos los unos a los otros. Pero no se puede tolerar a quienes por la fuerza, la amenaza o el terror tratan de imponernos otras creencias u otros puntos de vista.
Europa tardó siglos en tolerar a las minorías disidentes. Lo que no puede llegar a tolerar nunca es que algunas minorías traten de imponer sus criterios a la enorme mayoría. Como dijo Popper, “no se puede ser tolerante con los enemigos de la tolerancia”.
No se puede llegar a tolerar nunca que algunas minorías traten de imponer sus criterios a la mayoría
Alejandro Muñoz-Alonso
La primera libertad
LA tiranía de lo políticamente correcto y del pensamiento único no es un fenómeno moderno sino, más bien, el sino de la inmensa mayoría de generaciones que han pasado por este planeta.
En Europa, la libertad de expresión y de prensa aparece en una fecha concreta, en el año 1695, cuando la Cámara de los Comunes suprime las últimas exigencias censoras que subsistían en Inglaterra. En los 311 años transcurridos desde entonces, sólo muy lentamente se va estableciendo esa libertad en otros países, en muchos de los cuales reiterados retrocesos presentan un balance negativo: son muchos más los años en que ha estado vigente la censura que la libertad. Casi siempre al amparo de “leyes de prensa” (¡pedidas, en ocasiones, por los propios periodistas!) que han sido siempre encubiertos mecanismos de censura, al servicio del poder. Pero esa libertad está ya en nuestro ADN colectivo y es muestra inequívoca de salud democrática.
Los americanos llaman a las libertades de expresión y de prensa la “primera” libertad, y lo hacen por una doble razón: es esta libertad —junto con la de religión— la que se proclama en lo que llaman la “primera enmienda”, que es como el artículo primero de su carta de derechos. Pero, también, porque saben que esta libertad es, histórica y cronológicamente, la primera que se conquista, cuando los pueblos deciden avanzar hacia un sistema de libertades, pero también la primera que se pierde cuando este sistema empieza a degradarse por la desidia, la indiferencia, la cobardía, en suma, por ese síndrome psicológico que, hace ya muchos años, Eric Fromm bautizó como “miedo a la libertad”.
Un síndrome que corroe en estos tiempos a Occidente, una civilización que ha perdido la fe en sus principios y valores, que sólo busca hacerse perdonar por sus enemigos y que sólo pide que la dejen apurar, sin demasiadas molestias, los últimos sorbos del cáliz de una abundancia que, vagamente, intuye que está a punto de llegar a la hez.
Los síntomas de erosión de la libertad de expresión en Occidente son ya abrumadores. Pero empecemos por España, que vive todavía el periodo de mayor libertad de expresión de toda su historia, aunque se multiplican las alertas. La ordenación que se está haciendo, por ejemplo, del paisaje audiovisual es, sencillamente, un escándalo que desafía cualquier atisbo de juego limpio y buena fe. La voracidad del poder socialista por controlar todas las ondas que circulan por el espacio radio-eléctrico es un caso de telebulimia, del que sería muy sano para la sociedad que reventaran política y empresarialmente quienes tratan de beneficiarse.
El Ministerio de Industria, por resolución administrativa, decreta el cierre de un emisor público de televisión (gestionado, claro está, por el partido de la oposición) como si estuviéramos en plena dictadura y en contra del artículo 20.5 de la Constitución. En Cataluña aparece un organismo, el CAC, que se arroga el derecho a cerrar emisoras sobre la base de una ley que uno tiene que preguntarse qué tipo de supuesto Parlamento puede haber aprobado semejante bodrio. Y, para acabarlo de arreglar, los grupos parlamentarios del Congreso deciden amordazar al Partido Popular y no permitirle que pregunte sobre una cuestión que les molesta mucho, ellos sabrán por qué. ¿Se equivoca el Partido Popular? Pues aplicad la vieja máxima y dejad que se hunda solo, pero no saquéis la mordaza que tanto os gusta. Nunca, desde la Transición, se habían cernido tantos peligros sobre la libertad de expresión en España. El escaso pluralismo y la a veces agobiante politización, más ese fenómeno de huida de la realidad que representa la llamada telebasura, completan el sombrío panorama.
EN Europa, la falta de reacciones vigorosas e inteligentes ante los ataques a la libertad de expresión por parte del islamismo radical muestra esa falta de fe en los propios valores que caracteriza a las civilizaciones decadentes.
Prescindiendo de antecedentes, como la fatua contra Rushdie, en lo que va de año, desde el asunto de las caricaturas de Mahoma hasta el caso del profesor francés que se ha tenido que esconder, se han multiplicado en estos últimos tiempos las presiones y amenazas contra la libertad de expresión que es la principal seña de identidad de Occidente. Y la autocensura practicada por la directora de la Deutsche Oper de Berlín no es la solución, sino que es una muestra de derrotismo. Las nuestras no son —ni deben ser—sociedades multiculturales. Las celebraciones de moros y cristianos forman parte de nuestro acervo histórico, y suprimirlas sería una manifestación de cobardía.
Tenemos unos marcos de referencia jurídicos, morales y culturales y quienes vengan a instalarse deben aceptarlos. Por supuesto, no todo el mundo piensa de la misma manera, pero nos hemos ido acostumbrando a soportarnos los unos a los otros. Pero no se puede tolerar a quienes por la fuerza, la amenaza o el terror tratan de imponernos otras creencias u otros puntos de vista.
Europa tardó siglos en tolerar a las minorías disidentes. Lo que no puede llegar a tolerar nunca es que algunas minorías traten de imponer sus criterios a la enorme mayoría. Como dijo Popper, “no se puede ser tolerante con los enemigos de la tolerancia”.
domingo, 8 de octubre de 2006
Asesinato en Amsterdam
EL PAÍS 08/10/06
MARIO VARGAS LLOSA
Asesinato en Amsterdam
Un reportaje puede ser una obra de arte, si su autor escribe con elegancia y eficacia, documenta con rigor sus informaciones y las organiza con la precisión y la astucia de un buen novelista. Es lo que ha hecho Ian Buruma en Murder in Amsterdam, un libro que se lee como una novela de suspenso aunque en él no haya fantasía y sí historia viva y hunda sus raíces en la más candente actualidad.
El libro es una exploración del asesinato del cineasta holandés Theo van Gogh, el 2 de noviembre de 2004, por un marroquí-holandés de 26 años, Mohammed Bouyeri, y sus antecedentes, reverberaciones y la problemática de la inmigración musulmana en Europa occidental. Ian Buruma reconstruye con objetividad y minucia el pavoroso crimen -Bouyeri tiroteó primero, luego degolló al cineasta de un machetazo y por fin le clavó un puñal en el pecho que llevaba prendida una nota proclamando la guerra santa contra los infieles y amenazando de muerte a la entonces diputada somalí holandesa Ayaan Hirsi Ali-, traza vívidos perfiles de todas las personas directa o indirectamente relacionadas con el suceso y un animado fresco de las tensiones, miedos, prejuicios, violencias y polémicas que la masiva presencia de esos "nuevos ciudadanos", sobre todo de origen marroquí, provoca desde entonces en Amsterdam, una ciudad donde, calcula Buruma, al ritmo actual de flujos migratorios, habrá hacia 2015 más musulmanes que cristianos.
El libro es desapasionado, lúcido y rico en sugestiones intelectuales, como suelen ser las crónicas y ensayos de Ian Buruma, una viviente mezcla de culturas, pues nació en Holanda, se educó en Inglaterra, vivió muchos años en Japón, cuya lengua domina al igual que otras varias, y vive a salto de mata por el mundo (ahora en New York). Y es también una peregrinación a las fuentes, porque, para escribirlo, su autor debió volver, después de muchos años, a su tierra natal y sumergirse de nuevo en un paisaje natural y humano que apenas reconoce, por los formidables cambios que ha experimentado a causa precisamente de esos dos fenómenos que su libro analiza, a partir del asesinato de Theo van Gogh, como en una probeta de laboratorio: los éxitos y fracasos del multiculturalismo y de la globalización.
Con justicia, los holandeses, hasta hace relativamente poco tiempo, se sentían orgullosos de su política de inmigración. Eran el país que había abierto sus puertas a los inmigrantes mucho más que cualquier otro país europeo y el que había hecho mayores esfuerzos para respetar sus costumbres, lenguas y creencias de modo que no se sintieran, por el hecho de vivir y trabajar en Holanda, obligados a renunciar a su propia identidad religiosa y cultural. Mohammed Bouyeri era, en cierto modo, un exitoso producto de aquella política. Su humilde padre había salido adelante desde el punto de vista económico y Mohammed había tenido una niñez y adolescencia infinitamente mejores que las de su progenitor, por las escuelas e institutos superiores que frecuentó, gracias a subvenciones del Estado holandés.
¿Cómo se explica, pues, que este joven, que había sido en sus años mozos casi un integrado, un holandés cabal, por su lengua, indumentaria, usos y costumbres, relaciones, de pronto, rechazara todo eso y, con otros hijos de inmigrantes como él, se convirtiera a una forma particularmente violenta, excluyente y fanática del islamismo y se pusiera a odiar, por encima de todo, justamente esa democracia tolerante, abierta a la diversidad, que es Holanda? Mohammed Bouyeri, cuyo árabe era tan precario que tenía a veces dificultades para entenderse con sus amigos y debía hacerlo en holandés, se integró a un grupo de extremistas islamistas uno de cuyos pasatiempos era ver vídeos, procedentes del Oriente Medio, con las ejecuciones de apóstatas y heréticos, en países donde se ha implantado la sharia. Ian Buruma relata que uno de los miembros del grupo de Bouyeri pasó su luna de miel, en el piso de éste, entregados él y su flamante esposa a la contemplación de estas películas de degüellos de los enemigos del Islam.
Es verdad que sólo un grupo reducido de estos "nuevos ciudadanos" ha seguido una trayectoria semejante a la de Mohammed Bouyeri y sus fanáticos amigos. Pero el reportaje de Ian Buruma por los barrios y ciudades musulmanes de Holanda deja la inequívoca impresión de que, aunque la mayoría de estos "nuevos ciudadanos" rechacen la violencia y se empeñen en vivir dentro de la ley y prosperar con su esfuerzo, sólo una minoría muy reducida llegan a sentirse "holandeses", solidarios y parte constitutiva del país donde han nacido, se han educado, cuya lengua es ya también la suya y donde se ganan la vida y probablemente pasarán el resto de sus días. Se siguen sintiendo extranjeros y ajenos, aunque también se sientan algo parecido cuando van de visita a las aldeas y comarcas marroquíes de donde salieron sus ancestros. Es esta condición de vivir como en un limbo lo que a algunos de ellos los induce a refugiarse en la religión, en sus formas más odiosas e intolerables, porque de este modo adquieren una identidad y la fuerza moral que da sentirse miembro de una cohorte de elegidos, de santos justicieros.
¿Explican los prejuicios sociales y raciales, la discriminación de que a menudo son objeto, las burlas y bromas pesadas de que son víctimas y que, por ejemplo, solía infligirles en sus programas el rabelaisiano y anarcoide Theo van Gogh, esa tenaz resistencia de estos musulmanes a integrarse? Desde luego, dicen algunos de los entrevistados -políticos, intelectuales, artistas, trabajadores sociales- por Ian Buruma. La falta no es de ellos, añaden, sino de los holandeses, blancos y cristianos o librepensadores, que miran por sobre el hombro, o simplemente evitan mirar, a los nuevos ciudadanos. Lo que Holanda ha hecho para integrarlos -no hay que confundir esta palabra con asimilarlos- es algo, pero muy por debajo de lo que haría falta para que esa política diera resultados.
Sin embargo, hay entre los "nuevos ciudadanos" algunos, como el jurista y escritor de origen persa, Afshin Ellian y Ayaan Hirsi Ali -los personajes más conmovedores de este libro- para quienes esta lectura es ingenua, aunque parezca muy progresista. Para ellos, el meollo del problema no está tanto en los prejuicios y la discriminación, que no niegan y que por supuesto combaten, como en el meollo mismo de una religión y de una tradición incompatibles con el género de coexistencia pacífica y amistosa que cree posible alcanzar el multiculturalismo. Ambos, por eso, son odiados por los fundamentalistas, deben andar con protección las veinticuatro horas del día, y están muy conscientes, en estos tiempos de suicidas sagrados y hombres-bomba, de que están vivos todavía de puro milagro.
Ian Buruma los llama los "fundamentalistas de la Ilustración", porque creen que Europa no puede renunciar a los valores de la libertad de crítica, de creencias, a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, al Estado laico, a todo aquello que costó tanto trabajo conseguir para librarse del oscurantismo religioso y del despotismo político, la mejor contribución del Occidente a la civilización. Según ellos, no es la cultura de la libertad la que debe acomodarse, recortándose, a sus nuevos ciudadanos, sino éstos a ella, aun cuando implique renunciar a creencias, prácticas y costumbres inveteradas, tal como debieron hacer los cristianos, justamente, a partir del siglo de las luces. Eso no es tener prejuicios, ni ser un racista. Eso es tener claro que ninguna creencia religiosa ni política es aceptable si está reñida con los derechos humanos, y que por lo tanto debe ser combatida sin el menor complejo de inferioridad. Es lo que ambos han venido haciendo todos estos años, en Holanda, entre la población musulmana -Ayaan Hirsi Ali entre las mujeres, sobre todo- y esa es la razón por la que a esta última, sus vecinos y conciudadanos holandeses -blancos, cristianos o agnósticos- la echaron del edificio donde vivía, amparados por los jueces, porque su presencia los ponía también a ellos en peligro.
La anécdota dice mucho sobre el coraje y el idealismo de Ayaan Hirsi Ali, desde luego, pero, también, sobre la apatía, cuando no la cobardía, tan extendida en las sociedades abiertas del planeta, para defender las grandes conquistas de las que Occidente puede enorgullecerse (hay otras cosas de las que debe avergonzarse, desde luego) por parte de sus beneficiarios. Tal vez sea comprensible, aunque no excusable. Viven tan bien, tan protegidos y seguros, que, aunque los periódicos y la televisión les traigan noticias a veces de lo mal que andan las cosas allá lejos, se han olvidado ya de que ha sido gracias a esas instituciones que a ellos les suenan palabras huecas, de políticos -libertad, derechos humanos, democracia-, que han alcanzado los altos niveles de vida de que gozan, y también esa seguridad que les da estar amparados por leyes justas y poderes mediatizados. Por eso, se permiten ser egoístas, complacientes, e irritarse cuando alguien perturba su comodidad.
No es peregrino pensar por eso que si la cultura de la libertad resiste y vence el asalto de este nuevo desafío -el fanatismo religioso- se deberá sobre todo a esos nuevos ciudadanos que por fortuna tiene ahora Europa occidental, gentes como Afshin Ellian y Ayaan Hirsi Ali, que, por haber sufrido en carne propia los horrores del oscurantismo religioso y la barbarie política, saben la diferencia. Y defienden ahora esta cultura que han hecho suya con una convicción que las amenazas y peligros fortalecen en vez de debilitar.
MARIO VARGAS LLOSA
Asesinato en Amsterdam
Un reportaje puede ser una obra de arte, si su autor escribe con elegancia y eficacia, documenta con rigor sus informaciones y las organiza con la precisión y la astucia de un buen novelista. Es lo que ha hecho Ian Buruma en Murder in Amsterdam, un libro que se lee como una novela de suspenso aunque en él no haya fantasía y sí historia viva y hunda sus raíces en la más candente actualidad.
El libro es una exploración del asesinato del cineasta holandés Theo van Gogh, el 2 de noviembre de 2004, por un marroquí-holandés de 26 años, Mohammed Bouyeri, y sus antecedentes, reverberaciones y la problemática de la inmigración musulmana en Europa occidental. Ian Buruma reconstruye con objetividad y minucia el pavoroso crimen -Bouyeri tiroteó primero, luego degolló al cineasta de un machetazo y por fin le clavó un puñal en el pecho que llevaba prendida una nota proclamando la guerra santa contra los infieles y amenazando de muerte a la entonces diputada somalí holandesa Ayaan Hirsi Ali-, traza vívidos perfiles de todas las personas directa o indirectamente relacionadas con el suceso y un animado fresco de las tensiones, miedos, prejuicios, violencias y polémicas que la masiva presencia de esos "nuevos ciudadanos", sobre todo de origen marroquí, provoca desde entonces en Amsterdam, una ciudad donde, calcula Buruma, al ritmo actual de flujos migratorios, habrá hacia 2015 más musulmanes que cristianos.
El libro es desapasionado, lúcido y rico en sugestiones intelectuales, como suelen ser las crónicas y ensayos de Ian Buruma, una viviente mezcla de culturas, pues nació en Holanda, se educó en Inglaterra, vivió muchos años en Japón, cuya lengua domina al igual que otras varias, y vive a salto de mata por el mundo (ahora en New York). Y es también una peregrinación a las fuentes, porque, para escribirlo, su autor debió volver, después de muchos años, a su tierra natal y sumergirse de nuevo en un paisaje natural y humano que apenas reconoce, por los formidables cambios que ha experimentado a causa precisamente de esos dos fenómenos que su libro analiza, a partir del asesinato de Theo van Gogh, como en una probeta de laboratorio: los éxitos y fracasos del multiculturalismo y de la globalización.
Con justicia, los holandeses, hasta hace relativamente poco tiempo, se sentían orgullosos de su política de inmigración. Eran el país que había abierto sus puertas a los inmigrantes mucho más que cualquier otro país europeo y el que había hecho mayores esfuerzos para respetar sus costumbres, lenguas y creencias de modo que no se sintieran, por el hecho de vivir y trabajar en Holanda, obligados a renunciar a su propia identidad religiosa y cultural. Mohammed Bouyeri era, en cierto modo, un exitoso producto de aquella política. Su humilde padre había salido adelante desde el punto de vista económico y Mohammed había tenido una niñez y adolescencia infinitamente mejores que las de su progenitor, por las escuelas e institutos superiores que frecuentó, gracias a subvenciones del Estado holandés.
¿Cómo se explica, pues, que este joven, que había sido en sus años mozos casi un integrado, un holandés cabal, por su lengua, indumentaria, usos y costumbres, relaciones, de pronto, rechazara todo eso y, con otros hijos de inmigrantes como él, se convirtiera a una forma particularmente violenta, excluyente y fanática del islamismo y se pusiera a odiar, por encima de todo, justamente esa democracia tolerante, abierta a la diversidad, que es Holanda? Mohammed Bouyeri, cuyo árabe era tan precario que tenía a veces dificultades para entenderse con sus amigos y debía hacerlo en holandés, se integró a un grupo de extremistas islamistas uno de cuyos pasatiempos era ver vídeos, procedentes del Oriente Medio, con las ejecuciones de apóstatas y heréticos, en países donde se ha implantado la sharia. Ian Buruma relata que uno de los miembros del grupo de Bouyeri pasó su luna de miel, en el piso de éste, entregados él y su flamante esposa a la contemplación de estas películas de degüellos de los enemigos del Islam.
Es verdad que sólo un grupo reducido de estos "nuevos ciudadanos" ha seguido una trayectoria semejante a la de Mohammed Bouyeri y sus fanáticos amigos. Pero el reportaje de Ian Buruma por los barrios y ciudades musulmanes de Holanda deja la inequívoca impresión de que, aunque la mayoría de estos "nuevos ciudadanos" rechacen la violencia y se empeñen en vivir dentro de la ley y prosperar con su esfuerzo, sólo una minoría muy reducida llegan a sentirse "holandeses", solidarios y parte constitutiva del país donde han nacido, se han educado, cuya lengua es ya también la suya y donde se ganan la vida y probablemente pasarán el resto de sus días. Se siguen sintiendo extranjeros y ajenos, aunque también se sientan algo parecido cuando van de visita a las aldeas y comarcas marroquíes de donde salieron sus ancestros. Es esta condición de vivir como en un limbo lo que a algunos de ellos los induce a refugiarse en la religión, en sus formas más odiosas e intolerables, porque de este modo adquieren una identidad y la fuerza moral que da sentirse miembro de una cohorte de elegidos, de santos justicieros.
¿Explican los prejuicios sociales y raciales, la discriminación de que a menudo son objeto, las burlas y bromas pesadas de que son víctimas y que, por ejemplo, solía infligirles en sus programas el rabelaisiano y anarcoide Theo van Gogh, esa tenaz resistencia de estos musulmanes a integrarse? Desde luego, dicen algunos de los entrevistados -políticos, intelectuales, artistas, trabajadores sociales- por Ian Buruma. La falta no es de ellos, añaden, sino de los holandeses, blancos y cristianos o librepensadores, que miran por sobre el hombro, o simplemente evitan mirar, a los nuevos ciudadanos. Lo que Holanda ha hecho para integrarlos -no hay que confundir esta palabra con asimilarlos- es algo, pero muy por debajo de lo que haría falta para que esa política diera resultados.
Sin embargo, hay entre los "nuevos ciudadanos" algunos, como el jurista y escritor de origen persa, Afshin Ellian y Ayaan Hirsi Ali -los personajes más conmovedores de este libro- para quienes esta lectura es ingenua, aunque parezca muy progresista. Para ellos, el meollo del problema no está tanto en los prejuicios y la discriminación, que no niegan y que por supuesto combaten, como en el meollo mismo de una religión y de una tradición incompatibles con el género de coexistencia pacífica y amistosa que cree posible alcanzar el multiculturalismo. Ambos, por eso, son odiados por los fundamentalistas, deben andar con protección las veinticuatro horas del día, y están muy conscientes, en estos tiempos de suicidas sagrados y hombres-bomba, de que están vivos todavía de puro milagro.
Ian Buruma los llama los "fundamentalistas de la Ilustración", porque creen que Europa no puede renunciar a los valores de la libertad de crítica, de creencias, a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, al Estado laico, a todo aquello que costó tanto trabajo conseguir para librarse del oscurantismo religioso y del despotismo político, la mejor contribución del Occidente a la civilización. Según ellos, no es la cultura de la libertad la que debe acomodarse, recortándose, a sus nuevos ciudadanos, sino éstos a ella, aun cuando implique renunciar a creencias, prácticas y costumbres inveteradas, tal como debieron hacer los cristianos, justamente, a partir del siglo de las luces. Eso no es tener prejuicios, ni ser un racista. Eso es tener claro que ninguna creencia religiosa ni política es aceptable si está reñida con los derechos humanos, y que por lo tanto debe ser combatida sin el menor complejo de inferioridad. Es lo que ambos han venido haciendo todos estos años, en Holanda, entre la población musulmana -Ayaan Hirsi Ali entre las mujeres, sobre todo- y esa es la razón por la que a esta última, sus vecinos y conciudadanos holandeses -blancos, cristianos o agnósticos- la echaron del edificio donde vivía, amparados por los jueces, porque su presencia los ponía también a ellos en peligro.
La anécdota dice mucho sobre el coraje y el idealismo de Ayaan Hirsi Ali, desde luego, pero, también, sobre la apatía, cuando no la cobardía, tan extendida en las sociedades abiertas del planeta, para defender las grandes conquistas de las que Occidente puede enorgullecerse (hay otras cosas de las que debe avergonzarse, desde luego) por parte de sus beneficiarios. Tal vez sea comprensible, aunque no excusable. Viven tan bien, tan protegidos y seguros, que, aunque los periódicos y la televisión les traigan noticias a veces de lo mal que andan las cosas allá lejos, se han olvidado ya de que ha sido gracias a esas instituciones que a ellos les suenan palabras huecas, de políticos -libertad, derechos humanos, democracia-, que han alcanzado los altos niveles de vida de que gozan, y también esa seguridad que les da estar amparados por leyes justas y poderes mediatizados. Por eso, se permiten ser egoístas, complacientes, e irritarse cuando alguien perturba su comodidad.
No es peregrino pensar por eso que si la cultura de la libertad resiste y vence el asalto de este nuevo desafío -el fanatismo religioso- se deberá sobre todo a esos nuevos ciudadanos que por fortuna tiene ahora Europa occidental, gentes como Afshin Ellian y Ayaan Hirsi Ali, que, por haber sufrido en carne propia los horrores del oscurantismo religioso y la barbarie política, saben la diferencia. Y defienden ahora esta cultura que han hecho suya con una convicción que las amenazas y peligros fortalecen en vez de debilitar.
sábado, 7 de octubre de 2006
Lo que nos dice la teoría de juegos
la Gaceta de los Negocios 07/10/06
ETA sabe que la única amenaza grave del Gobierno (volver a la política de 2000) ya no es creíble
Francisco Bello
Lo que nos dice la teoría de juegos
UN amigo norteamericano, conocedor de España y aficionado, como muchos economistas, a la teoría de juegos, me decía que, tal como está planteada la negociación, es muy probable que gane ETA. Le pedí que me lo explicase y empezó hablándome de su niño pequeño que es, parece, algo díscolo.El comportamiento molesto de una joven criatura no cambia cuando su progenitor le amenaza con los peores castigos, tales como abandonarle a su suerte en medio del bosque.En teoría de juegos estas amenazas se llaman “no creíbles” pues su puesta en ejecución perjudicaría a ambas partes y, por ello, es casi seguro que nunca se van a llevar a cabo. Sólo las amenazas creíbles pueden modificar el resultado de una negociación.
Según mi amigo, la estrategia que llevan Gobierno y ETA en esta negociación es la llamada en teoría de juegos de “palo y zanahoria”. Con la zanahoria se recompensa a la otra parte si actúa de un determinado modo (el premiado está mejor que antes); con el palo se le castiga si no lo hace (el castigado está peor que antes). Tener éxito en esta estrategia requiere que el palo sea un castigo creíble y la zanahoria un premio suficiente. Una variante de esta negociación es aquella en la que el palo o castigo consiste en no dar la zanahoria; en este caso, el premiado está mejor que antes, pero el castigado no está peor, simplemente no ha recibido la zanahoria (no sufre daño emergente sino lucro cesante). En vez de amenazar a la insoportable criatura con dejarla sola en el bosque para que se la coman los ogros (amenaza increíble), se le advierte de que se quedará sin la play station. En las negociaciones con ETA el Gobierno no dispone ya de amenaza creíble. Igual que el niño que sabe que su padre no lo dejará abandonado en el bosque por mal que se porte, ETA sabe que la única amenaza grave por parte del Gobierno, volver a la política puesta en marcha por el PP entre 1996 y 2004, no es creíble, porque sería darle la razón al PP. La única amenaza creíble de este Gobierno es de lucro cesante para ETA: no excarcelar presos, no legalizar a Batasuna, no organizar la “mesa de partidos”, no discutir sobre Navarra, etc... Es decir, seguir como ahora. Pero ETA sí dispone de una amenaza de castigo creíble y muy grave para el Gobierno: volver a matar, lo que significaría un gran fracaso político para Zapatero. ETA sabe que romper la tregua, retrasaría por plazo indeterminado la consecución de sus objetivos más urgentes. Además, probablemente, favorecería la vuelta del PP al Gobierno, algo que, se quiera o no, es el aglutinante de una perversa y tan vergonzante como transparente solidaridad entre el Gobierno del PSOE y ETA. Ninguna de las dos partes tiene nada que ganar con una ruptura de la tregua. Pero, el problema es lo que cada parte entiende que ya ha concedido a la otra, lo que cada parte espera o exige de la otra y lo que a cada parte le ocurre si se rompe la tregua. Es aquí donde Gobierno y ETA están en posiciones muy diferentes.ETA presenta su decisión de “suspender indefinidamente” la comisión de asesinatos como su concesión máxima. A partir de aquí, según los terroristas, es el Gobierno el que tiene que dar algo a cambio, y pronto. ETA puede continuar en el negocio terrorista en cualquier momento que lo estime conveniente a sus intereses, pero la permanencia en el Gobierno de Zapatero quedaría muy comprometida si ETA reinicia su actividad asesina.
Por eso, dice mi amigo, la posición negociadora del actual Gobierno no tiene nada que ver con la de gobiernos anteriores pues éstos, tanto los del PSOE como los del PP, tenían una “estrategia dominante”. ¿Qué quiere decir esto? En teoría de juegos se considera “dominante” la estrategia de negociación, que es independiente de las acciones del adversario. En las anteriores treguas y negociaciones —González en los 80 o Aznar en los 90— , la estrategia del Gobierno era dominante, porque el principio absoluto era que el Gobierno no concedería nada por el fin de la violencia salvo, en su caso, en su momento, un tratamiento generoso o clemente a los etarras encarcelados que manifestaran su arrepentimiento. Ahora es muy distinto. Lo que el Gobierno le dice a ETA, es que si se abstiene de cometer crímenes y delitos graves, porque los delitos menores parecen no contar a estos efectos, podría haber recompensas políticas, incluidas, al parecer, increíblemente, la discusión sobre Navarra y la celebración de una consulta de “autodeterminación”. Y se lo ha dicho en el momento de mayor debilidad de la banda en toda su desgraciada historia. Quien tiene ahora una “estrategia dominante” es la banta terrorista ETA, no el Gobierno, y esto es lo importante.
DECÍA mi amigo que el ejemplo de consecuencias históricas más decisivas de adopción de una estrategia dominante en una situación casi desesperada es el de Churchill frente a la Alemania nazi. Churchill rechazó cualquier posibilidad de negociación con Hitler, hiciera lo que hiciera éste, cuando se convirtió en Primer Ministro en mayo de 1940, mientras Francia se colapsaba ante la embestida nazi y parecía que la fuerza expedicionaria británica iba a ser aniquilada en Dunquerque. La estrategia dominante de Churchill —resistir y pelear hasta lograr la aniquilación de Hitler y del nazismo y arriesgarlo todo y, desde luego, su propia vida—, una decisión fundamentalmente moral, de principios, resultó ser, a la postre, un buen cálculo político y militar y por eso Churchill es, quizás, el gran héroe de la historia europea del siglo XX. Churchill les dijo a sus compatriotas que debían ser dueños de sus destinos, sin permitir que su historia fuera escrita por otros.
Sería muy triste, concluía mi amigo norteamericano, que los españoles permitieran que sujetos como Otegui escribieran su historia.
▼Francisco Bello es el seudónimo de un economista español que trabaja en EEUU
ETA sabe que la única amenaza grave del Gobierno (volver a la política de 2000) ya no es creíble
Francisco Bello
Lo que nos dice la teoría de juegos
UN amigo norteamericano, conocedor de España y aficionado, como muchos economistas, a la teoría de juegos, me decía que, tal como está planteada la negociación, es muy probable que gane ETA. Le pedí que me lo explicase y empezó hablándome de su niño pequeño que es, parece, algo díscolo.El comportamiento molesto de una joven criatura no cambia cuando su progenitor le amenaza con los peores castigos, tales como abandonarle a su suerte en medio del bosque.En teoría de juegos estas amenazas se llaman “no creíbles” pues su puesta en ejecución perjudicaría a ambas partes y, por ello, es casi seguro que nunca se van a llevar a cabo. Sólo las amenazas creíbles pueden modificar el resultado de una negociación.
Según mi amigo, la estrategia que llevan Gobierno y ETA en esta negociación es la llamada en teoría de juegos de “palo y zanahoria”. Con la zanahoria se recompensa a la otra parte si actúa de un determinado modo (el premiado está mejor que antes); con el palo se le castiga si no lo hace (el castigado está peor que antes). Tener éxito en esta estrategia requiere que el palo sea un castigo creíble y la zanahoria un premio suficiente. Una variante de esta negociación es aquella en la que el palo o castigo consiste en no dar la zanahoria; en este caso, el premiado está mejor que antes, pero el castigado no está peor, simplemente no ha recibido la zanahoria (no sufre daño emergente sino lucro cesante). En vez de amenazar a la insoportable criatura con dejarla sola en el bosque para que se la coman los ogros (amenaza increíble), se le advierte de que se quedará sin la play station. En las negociaciones con ETA el Gobierno no dispone ya de amenaza creíble. Igual que el niño que sabe que su padre no lo dejará abandonado en el bosque por mal que se porte, ETA sabe que la única amenaza grave por parte del Gobierno, volver a la política puesta en marcha por el PP entre 1996 y 2004, no es creíble, porque sería darle la razón al PP. La única amenaza creíble de este Gobierno es de lucro cesante para ETA: no excarcelar presos, no legalizar a Batasuna, no organizar la “mesa de partidos”, no discutir sobre Navarra, etc... Es decir, seguir como ahora. Pero ETA sí dispone de una amenaza de castigo creíble y muy grave para el Gobierno: volver a matar, lo que significaría un gran fracaso político para Zapatero. ETA sabe que romper la tregua, retrasaría por plazo indeterminado la consecución de sus objetivos más urgentes. Además, probablemente, favorecería la vuelta del PP al Gobierno, algo que, se quiera o no, es el aglutinante de una perversa y tan vergonzante como transparente solidaridad entre el Gobierno del PSOE y ETA. Ninguna de las dos partes tiene nada que ganar con una ruptura de la tregua. Pero, el problema es lo que cada parte entiende que ya ha concedido a la otra, lo que cada parte espera o exige de la otra y lo que a cada parte le ocurre si se rompe la tregua. Es aquí donde Gobierno y ETA están en posiciones muy diferentes.ETA presenta su decisión de “suspender indefinidamente” la comisión de asesinatos como su concesión máxima. A partir de aquí, según los terroristas, es el Gobierno el que tiene que dar algo a cambio, y pronto. ETA puede continuar en el negocio terrorista en cualquier momento que lo estime conveniente a sus intereses, pero la permanencia en el Gobierno de Zapatero quedaría muy comprometida si ETA reinicia su actividad asesina.
Por eso, dice mi amigo, la posición negociadora del actual Gobierno no tiene nada que ver con la de gobiernos anteriores pues éstos, tanto los del PSOE como los del PP, tenían una “estrategia dominante”. ¿Qué quiere decir esto? En teoría de juegos se considera “dominante” la estrategia de negociación, que es independiente de las acciones del adversario. En las anteriores treguas y negociaciones —González en los 80 o Aznar en los 90— , la estrategia del Gobierno era dominante, porque el principio absoluto era que el Gobierno no concedería nada por el fin de la violencia salvo, en su caso, en su momento, un tratamiento generoso o clemente a los etarras encarcelados que manifestaran su arrepentimiento. Ahora es muy distinto. Lo que el Gobierno le dice a ETA, es que si se abstiene de cometer crímenes y delitos graves, porque los delitos menores parecen no contar a estos efectos, podría haber recompensas políticas, incluidas, al parecer, increíblemente, la discusión sobre Navarra y la celebración de una consulta de “autodeterminación”. Y se lo ha dicho en el momento de mayor debilidad de la banda en toda su desgraciada historia. Quien tiene ahora una “estrategia dominante” es la banta terrorista ETA, no el Gobierno, y esto es lo importante.
DECÍA mi amigo que el ejemplo de consecuencias históricas más decisivas de adopción de una estrategia dominante en una situación casi desesperada es el de Churchill frente a la Alemania nazi. Churchill rechazó cualquier posibilidad de negociación con Hitler, hiciera lo que hiciera éste, cuando se convirtió en Primer Ministro en mayo de 1940, mientras Francia se colapsaba ante la embestida nazi y parecía que la fuerza expedicionaria británica iba a ser aniquilada en Dunquerque. La estrategia dominante de Churchill —resistir y pelear hasta lograr la aniquilación de Hitler y del nazismo y arriesgarlo todo y, desde luego, su propia vida—, una decisión fundamentalmente moral, de principios, resultó ser, a la postre, un buen cálculo político y militar y por eso Churchill es, quizás, el gran héroe de la historia europea del siglo XX. Churchill les dijo a sus compatriotas que debían ser dueños de sus destinos, sin permitir que su historia fuera escrita por otros.
Sería muy triste, concluía mi amigo norteamericano, que los españoles permitieran que sujetos como Otegui escribieran su historia.
▼Francisco Bello es el seudónimo de un economista español que trabaja en EEUU
viernes, 6 de octubre de 2006
Zapatero ha hecho ¡plaf!
La Gaceta de los Negocios 06/10/06
Álvaro Delgado-Gal
A la banda terrorista ETA no le importa nada que se descuaje la democracia española
Zapatero ha hecho ¡plaf!
EL que se ha tirado alguna vez desde un trampolín, sabe que la agonía dura mucho más que el salto. Nos resistimos a prestar nuestro cuerpo al aire, y colmamos estos momentos de duda, estos momentos estancos, con cinematografías interiores y caprichosas anticipaciones. Y de repente estamos ya en el agua. Sucede como si se hubiese roto la cinta de la película y los fotogramas anteriores al vuelo se superpusieran a los que nos sacan braceando hacia la orilla. Lo mismo, exactamente lo mismo, acaba de sucederle a Zapatero con ETA. Después de un verano de tanteos y provocaciones crecientes por parte de los terroristas, y obstinado silencio del presidente, se ha recorrido, en menos de una semana, un trecho irreversible. Se traslada la negociación al Parlamento Europeo; se trae a Blair para que hable de lo que no conoce ni le importa; y se filtra que la apertura de la mesa política con HB es inminente. Zapatero, en fin, se ha tirado a la piscina. Quedan en el aire dos detalles, uno importante y el otro importantísimo. ¿Se legalizará a HB sin pedirle que condene antes la violencia y denuncie el pasado de ETA? Zapatero sigue diciendo que permanece vigente la Ley de Partidos. Sobre el papel, HB debería hacer una condena firme de la violencia, de la pretérita y de la que pudiera cometer la organización que representa. Parece claro que no lo hará. Por desgracia, lo está mucho menos que el presidente vaya a mantener la vigencia de la Ley de Partidos. Pero la dificultad no es definitiva porque siempre podrán encontrarse fórmulas ambiguas, en la línea, qué sé yo, inaugurada por el Estatuto de Cataluña a propósito de la palabra nación. El otro detalle suscita mayores perplejidades. El mínimo de ETA es el derecho de autodeterminación y la incorporación de Navarra. No es un mínimo retórico, sino que es un mínimo absoluto, esto es, una condición que ETA pone como no renunciable antes de hablar seriamente del abandono de las armas. Ahora bien, la incorporación de Navarra exige el beneplácito de los navarros, y la autodeterminación del País Vasco presupone una reforma radical de la Constitución que no se podría llevar a cabo sin contar con el PP. ¿Entonces?Me temo que no hemos empezado a comprender la situación en su aterradora, estupefaciente enormidad. El desplazamiento a una mesa extraparlamentaria y protegida por el secreto de cuestiones cuya decisión corresponde al Parlamento —también al de Madrid—, dinamita, sencillamente, el orden constitucional. No sólo porque en esa mesa no estará representada la oposición, sino porque se cortocircuitan las instituciones legítimas. Esto no tiene nada que ver con una negociación sobre la entrega de las armas y los indultos a los presos. Las medidas de gracia son hechos extraordinarios que decreta el Ejecutivo por razones de equidad u oportunidad política. Un indulto concedido en un clima de división social es un desastre, como ya hemos tenido oportunidad de comprobar alguna vez. Pero la suplantación del Parlamento en las mismas circunstancias, y sin contar con la oposición, entraña, sencillamente, la muerte de la Democracia en su hechura actual. Si, además, se nombran observadores internacionales, no sólo queda vulnerada la Democracia, sino el propio Estado. ETA sabe esto, y además no le importa nada. A ETA no le importa que se descuaje la Democracia española. Y no sólo no le importa, sino que celebraría que el proceso negociador quedase sustraído al control de los órganos de la soberanía nacional española. Lo que acabo de decir es evidente. Ridículamente evidente.Lo que no es evidente es lo que pretende el Gobierno. ¿Confía, acaso, en que la mesa política se prolongue indefinidamente, generando recomendaciones inasumibles que fracasarán en el Congreso gracias al PP? ¿Confía, también, en que los terroristas se irán ablandando, hasta que se les oxiden las armas? ¿Confía en que el proceso de deslegitimación del sistema será de ida y vuelta, y que no pasará nada serio, porque estaremos sólo ante la simulación de que el Congreso ha sido substituido por una mesa que no representa a los españoles, y que no se halla sujeta a control democrático alguno? ¿De verdad es esto lo que piensa el Gobierno? ¿Piensa quizá, también, que la existencia de la mesa, identificada con la paz, le dará una victoria arrasadora en las elecciones, y que la derecha superviviente se sumará al proceso? Si piensa todo esto, se estará sacrificando el Estado al cuento de la lechera. El caso es tan increíble, que me declaro irreductiblemente perplejo. Algo más tiene que haber, algo que no conocemos. De una cosa sí estoy convencido: y es que lo sucedido ha infligido una herida difícilmente sanable al arreglo del 78. No sabemos hacia dónde vamos. Pero sabemos ya dónde hemos dejado de estar.
Álvaro Delgado-Gal
A la banda terrorista ETA no le importa nada que se descuaje la democracia española
Zapatero ha hecho ¡plaf!
EL que se ha tirado alguna vez desde un trampolín, sabe que la agonía dura mucho más que el salto. Nos resistimos a prestar nuestro cuerpo al aire, y colmamos estos momentos de duda, estos momentos estancos, con cinematografías interiores y caprichosas anticipaciones. Y de repente estamos ya en el agua. Sucede como si se hubiese roto la cinta de la película y los fotogramas anteriores al vuelo se superpusieran a los que nos sacan braceando hacia la orilla. Lo mismo, exactamente lo mismo, acaba de sucederle a Zapatero con ETA. Después de un verano de tanteos y provocaciones crecientes por parte de los terroristas, y obstinado silencio del presidente, se ha recorrido, en menos de una semana, un trecho irreversible. Se traslada la negociación al Parlamento Europeo; se trae a Blair para que hable de lo que no conoce ni le importa; y se filtra que la apertura de la mesa política con HB es inminente. Zapatero, en fin, se ha tirado a la piscina. Quedan en el aire dos detalles, uno importante y el otro importantísimo. ¿Se legalizará a HB sin pedirle que condene antes la violencia y denuncie el pasado de ETA? Zapatero sigue diciendo que permanece vigente la Ley de Partidos. Sobre el papel, HB debería hacer una condena firme de la violencia, de la pretérita y de la que pudiera cometer la organización que representa. Parece claro que no lo hará. Por desgracia, lo está mucho menos que el presidente vaya a mantener la vigencia de la Ley de Partidos. Pero la dificultad no es definitiva porque siempre podrán encontrarse fórmulas ambiguas, en la línea, qué sé yo, inaugurada por el Estatuto de Cataluña a propósito de la palabra nación. El otro detalle suscita mayores perplejidades. El mínimo de ETA es el derecho de autodeterminación y la incorporación de Navarra. No es un mínimo retórico, sino que es un mínimo absoluto, esto es, una condición que ETA pone como no renunciable antes de hablar seriamente del abandono de las armas. Ahora bien, la incorporación de Navarra exige el beneplácito de los navarros, y la autodeterminación del País Vasco presupone una reforma radical de la Constitución que no se podría llevar a cabo sin contar con el PP. ¿Entonces?Me temo que no hemos empezado a comprender la situación en su aterradora, estupefaciente enormidad. El desplazamiento a una mesa extraparlamentaria y protegida por el secreto de cuestiones cuya decisión corresponde al Parlamento —también al de Madrid—, dinamita, sencillamente, el orden constitucional. No sólo porque en esa mesa no estará representada la oposición, sino porque se cortocircuitan las instituciones legítimas. Esto no tiene nada que ver con una negociación sobre la entrega de las armas y los indultos a los presos. Las medidas de gracia son hechos extraordinarios que decreta el Ejecutivo por razones de equidad u oportunidad política. Un indulto concedido en un clima de división social es un desastre, como ya hemos tenido oportunidad de comprobar alguna vez. Pero la suplantación del Parlamento en las mismas circunstancias, y sin contar con la oposición, entraña, sencillamente, la muerte de la Democracia en su hechura actual. Si, además, se nombran observadores internacionales, no sólo queda vulnerada la Democracia, sino el propio Estado. ETA sabe esto, y además no le importa nada. A ETA no le importa que se descuaje la Democracia española. Y no sólo no le importa, sino que celebraría que el proceso negociador quedase sustraído al control de los órganos de la soberanía nacional española. Lo que acabo de decir es evidente. Ridículamente evidente.Lo que no es evidente es lo que pretende el Gobierno. ¿Confía, acaso, en que la mesa política se prolongue indefinidamente, generando recomendaciones inasumibles que fracasarán en el Congreso gracias al PP? ¿Confía, también, en que los terroristas se irán ablandando, hasta que se les oxiden las armas? ¿Confía en que el proceso de deslegitimación del sistema será de ida y vuelta, y que no pasará nada serio, porque estaremos sólo ante la simulación de que el Congreso ha sido substituido por una mesa que no representa a los españoles, y que no se halla sujeta a control democrático alguno? ¿De verdad es esto lo que piensa el Gobierno? ¿Piensa quizá, también, que la existencia de la mesa, identificada con la paz, le dará una victoria arrasadora en las elecciones, y que la derecha superviviente se sumará al proceso? Si piensa todo esto, se estará sacrificando el Estado al cuento de la lechera. El caso es tan increíble, que me declaro irreductiblemente perplejo. Algo más tiene que haber, algo que no conocemos. De una cosa sí estoy convencido: y es que lo sucedido ha infligido una herida difícilmente sanable al arreglo del 78. No sabemos hacia dónde vamos. Pero sabemos ya dónde hemos dejado de estar.
jueves, 5 de octubre de 2006
La izquierda y la 'yihad'
EL PAÍS 05/10/06
FRED HALLIDAY
"Seguramente, quienes desde la izquierda se alían hoy con los islamistas lo hacen remitiéndose a cierto concepto de falsa conciencia. Pero está por ver qué conciencia es la más equivocada."
La izquierda y la 'yihad'
En los últimos años, y especialmente desde que Estados Unidos invadió Irak, en marzo de 2003, se han visto en todo el mundo señales de una convergencia creciente entre las fuerzas de la militancia islamista y la izquierda antiimperialista. Aparte de una simpatía muy extendida -aunque normalmente no expresada- hacia los atentados del 11-S, justificada porque "los americanos se lo merecían", desde 2003 hemos visto una coincidencia explícita de políticas y un sólido apoyo a la "resistencia" iraquí -en la que hay fuertes elementos islamistas- y, más recientemente y de forma todavía más explícita, al Hezbolá libanés. Hace poco, unos manifestantes radicales vascos marcharon precedidos por un militante que ondeaba una bandera de Hezbolá. Además, como la mayoría de los que se opusieron a la invasión de Irak en 2003 también se habían opuesto a la invasión de Afganistán en 2001, existe asimismo, reconocida o no, una actitud de apoyo a los grupos armados antioccidentales, es decir, talibanes, que están actuando en dicho país.Al mismo tiempo, algunos políticos de extrema izquierda en Europa han tratado de hacer causa común con representantes de los partidos islamistas en temas relacionados con el antiimperialismo y la exclusión social en Occidente. Un ejemplo es la acogida dada por la izquierda británica -incluido el alcalde de Londres- al líder de los Hermanos Musulmanes, el jeque Yusuf al Qaradaui. Y más importantes aún que el apoyo a los grupos guerrilleros islamistas, por supuesto, son las alianzas entre Estados: Irán cuenta cada vez más con el apoyo de Venezuela. Chávez ha ido a Teherán un mínimo de cinco veces. Nos encontramos, quizá de manera incipiente, ante un nuevo frente unido internacional.
Lo cierto es que este asunto de la relación entre la izquierda radical y el islam político tiene una larga historia que debería hacer reflexionar a quienes tratan hoy de formar una alianza, aunque sea "táctica", con los movimientos y Estados islamistas. Ya lo intentaron los primeros bolcheviques: ante el bloqueo de la revolución proletaria en Europa después de 1917, volvieron la mirada hacia las fuerzas antiimperialistas y, a veces, islámicas que actuaban en aquella época en Asia. El primer país del mundo que reconoció la Revolución Bolchevique fue el reino de Afganistán, en pleno conflicto con los británicos. Desde aquel momento, Lenin recomendó que la Rusia soviética prestara siempre "especial atención" a las necesidades del pueblo afgano, un consejo que iba a tener consecuencias irónicas pero históricas en 1979. Incluso en los años posteriores a 1945, los estrategas soviéticos intentaron hallar un contenido "democrático nacional" en el islam e interpretar su énfasis en la igualdad, la caridad, el reparto de la propiedad y, no menos importante, la lucha -es decir, la yihad-, como formas primitivas de comunismo. Aunque en Moscú algunos orientalistas describían al profeta Mahoma como un agente del capitalismo comercial, otros autores marxistas, sobre todo el especialista francés Maxime Rodinson, trazaron una imagen más positiva, si bien este último reconoció posteriormente que su admiración por Mahoma derivaba, en parte, de las similitudes que veía entre él y Stalin.
Sin embargo, esta simpatía y esta búsqueda de alianzas tácticas quedaron eclipsadas durante mucho tiempo por otra tendencia, la del enfrentamiento y la lucha entre el comunismo y el socialismo, por un lado, y el islamismo organizado por otro. En los años veinte y treinta, los bolcheviques se encontraron con una inmensa oposición religiosa y tribal en Asia Central y trataron de destruir las bases sociales de la religión organizada, fundamentalmente mediante la emancipación de las mujeres, a las que, en aquel contexto social, veían como un sucedáneo de proletariado. Como presagio de la guerra fría, la insurrección nacional en España, que acababa de vivir sus guerras coloniales en Marruecos, reclutó a decenas de miles de soldados árabes para la Guerra Civil, con el argumento de que el catolicismo y el islam recibían el mismo trato por parte de las fuerzas impías de la República.
A partir de los años cincuenta y sesenta, la situación empezó claramente a cambiar. En el mundo árabe, frente al ascenso del nacionalismo laico -sobre todo el "nacionalismo árabe" de Egipto-, Occidente y varios Estados conservadores como Arabia Saudí recurrieron a la religión, denunciaron el comunismo como un invento de los judíos y criticaron el socialismo por promover el ateísmo y la lucha de clases. En 1965, Arabia Saudí creó su propia organización internacional en contra de los socialistas, la Liga Islámica Mundial, a través de la cual financiaba y guiaba a grupos de todo el mundo; la Liga sigue en activo, sobre todo entre los inmigrantes musulmanes en Europa occidental, y mantiene -cosa tal vez sintomática- un gran edificio en el centro de Bruselas. En Egipto, el enfrentamiento entre los Hermanos Musulmanes y el régimen nasserista fue en aumento, y su líder, Sayyid Qutb -posteriormente, la inspiración intelectual de Osama Bin Laden-, murió ejecutado en 1966.
Varios países de Oriente Próximo utilizaron la oposición creciente entre la izquierda laica y las fuerzas islamistas en el contexto de la guerra fría. Por ejemplo, en Turquía, el ejército promovió a grupos islamistas contra la extrema izquierda en los años setenta. En Siria, los opositores al régimen baazista fomentaron un levantamiento de los Hermanos Musulmanes en 1982. Incluso en Israel, en los años setenta, las autoridades de ocupación, decididas a debilitar las instituciones laicas de Al Fatah, permitieron que varios grupos islamistas, que más tarde se convirtieron en Hamás, abrieran centros educativos y universidades y recibieran fondos de la Liga Islámica Mundial.
Esta movilización del islam contra la izquierda resultó evidente, sobre todo, en tres países. En Sudán, la llegada al poder en 1989 del Frente Islámico Nacional -una rama alejada de los Hermanos Musulmanes- representó el recurso generalizado a la cárcel, la tortura y la ejecución contra los opositores laicos y de izquierdas. El FIN seguía el modelo de partido leninista y pretendía, además de aplastar a los comunistas en Sudán, llevar a cabo la política revolucionaria de exportar su modelo a Egipto, Túnez, Argelia y Eritrea, entre otros lugares. En esta tarea contó con la ayuda, entre 1990 y 1996, de un distinguido huésped internacionalista, Osama Bin Laden. Aún mayor fue la represión en Indonesia en 1965, cuando el ejército se volvió en contra del Partido Comunista, en aquel entonces el más numeroso fuera de los países comunistas. Los grupos islamistas unieron sus fuerzas a las del ejército y otros grupos interesados en arreglar cuentas locales y, en una serie de matanzas cometidas en Java y otras islas, asesinaron a un millón de personas.
La alianza más espectacular y con más consecuencias entre Occidente y el islamismo fue, claro está, la que se produjo en Afganistán. En la mayor operación secreta llevada a cabo por la CIA, Estados Unidos, con ayuda de Arabia Saudí y Pakistán, trabajó a lo largo de los años ochenta para movilizar a las fuerzas islamistas en contra del Gobierno del Partido Democrático Popular y las fuerzas soviéticas que acudieron en su auxilio en diciembre de 1979. Fue en Afganistán donde Bin Laden organizó su ejército de combatientes yihadistas procedentes de todo el mundo y donde elaboró la ideología de lucha internacional que cristalizó el 11 de septiembre de 2001. No parece que a los que respaldaban a los islamistas afganos en los años ochenta les preocuparan las consecuencias posteriores de sus actos. Y, sin embargo, la guerra afgana fue al mundo del siglo XXI lo que la Guerra Civil española a la II Guerra Mundial, la cocina del diablo en la que se prepararon por primera vez todos los caldos que después envenenaron al mundo.
A esta historia de la yihad contra la izquierda, a lo largo de muchos decenios, hay que añadir otra cosa más, las enormes diferencias que deberían separar cualquier programa imaginable de la izquierda radical de los de los partidos islamistas. Los derechos de la mujer, el secularismo, la libertad de expresión, son temas en los que estas dos corrientes políticas se oponen radicalmente. Como deberían oponerse en relación con otro aspecto, que es la falta absoluta, en el programa islamista, de cualquier internacionalismo de inclusión; por el contrario, al mismo tiempo que hacen sus llamamientos a la umma, la comunidad de los musulmanes, los islamistas -tanto Al Qaeda como Hezbolá- desprenden veneno y un chovinismo implacable respecto a los cristianos, los judíos e incluso los musulmanes que no sean de su misma secta. Seguramente, quienes desde la izquierda se alían hoy con los islamistas lo hacen remitiéndose a cierto concepto de falsa conciencia. Pero está por ver qué conciencia es la más equivocada.
FRED HALLIDAY
"Seguramente, quienes desde la izquierda se alían hoy con los islamistas lo hacen remitiéndose a cierto concepto de falsa conciencia. Pero está por ver qué conciencia es la más equivocada."
La izquierda y la 'yihad'
En los últimos años, y especialmente desde que Estados Unidos invadió Irak, en marzo de 2003, se han visto en todo el mundo señales de una convergencia creciente entre las fuerzas de la militancia islamista y la izquierda antiimperialista. Aparte de una simpatía muy extendida -aunque normalmente no expresada- hacia los atentados del 11-S, justificada porque "los americanos se lo merecían", desde 2003 hemos visto una coincidencia explícita de políticas y un sólido apoyo a la "resistencia" iraquí -en la que hay fuertes elementos islamistas- y, más recientemente y de forma todavía más explícita, al Hezbolá libanés. Hace poco, unos manifestantes radicales vascos marcharon precedidos por un militante que ondeaba una bandera de Hezbolá. Además, como la mayoría de los que se opusieron a la invasión de Irak en 2003 también se habían opuesto a la invasión de Afganistán en 2001, existe asimismo, reconocida o no, una actitud de apoyo a los grupos armados antioccidentales, es decir, talibanes, que están actuando en dicho país.Al mismo tiempo, algunos políticos de extrema izquierda en Europa han tratado de hacer causa común con representantes de los partidos islamistas en temas relacionados con el antiimperialismo y la exclusión social en Occidente. Un ejemplo es la acogida dada por la izquierda británica -incluido el alcalde de Londres- al líder de los Hermanos Musulmanes, el jeque Yusuf al Qaradaui. Y más importantes aún que el apoyo a los grupos guerrilleros islamistas, por supuesto, son las alianzas entre Estados: Irán cuenta cada vez más con el apoyo de Venezuela. Chávez ha ido a Teherán un mínimo de cinco veces. Nos encontramos, quizá de manera incipiente, ante un nuevo frente unido internacional.
Lo cierto es que este asunto de la relación entre la izquierda radical y el islam político tiene una larga historia que debería hacer reflexionar a quienes tratan hoy de formar una alianza, aunque sea "táctica", con los movimientos y Estados islamistas. Ya lo intentaron los primeros bolcheviques: ante el bloqueo de la revolución proletaria en Europa después de 1917, volvieron la mirada hacia las fuerzas antiimperialistas y, a veces, islámicas que actuaban en aquella época en Asia. El primer país del mundo que reconoció la Revolución Bolchevique fue el reino de Afganistán, en pleno conflicto con los británicos. Desde aquel momento, Lenin recomendó que la Rusia soviética prestara siempre "especial atención" a las necesidades del pueblo afgano, un consejo que iba a tener consecuencias irónicas pero históricas en 1979. Incluso en los años posteriores a 1945, los estrategas soviéticos intentaron hallar un contenido "democrático nacional" en el islam e interpretar su énfasis en la igualdad, la caridad, el reparto de la propiedad y, no menos importante, la lucha -es decir, la yihad-, como formas primitivas de comunismo. Aunque en Moscú algunos orientalistas describían al profeta Mahoma como un agente del capitalismo comercial, otros autores marxistas, sobre todo el especialista francés Maxime Rodinson, trazaron una imagen más positiva, si bien este último reconoció posteriormente que su admiración por Mahoma derivaba, en parte, de las similitudes que veía entre él y Stalin.
Sin embargo, esta simpatía y esta búsqueda de alianzas tácticas quedaron eclipsadas durante mucho tiempo por otra tendencia, la del enfrentamiento y la lucha entre el comunismo y el socialismo, por un lado, y el islamismo organizado por otro. En los años veinte y treinta, los bolcheviques se encontraron con una inmensa oposición religiosa y tribal en Asia Central y trataron de destruir las bases sociales de la religión organizada, fundamentalmente mediante la emancipación de las mujeres, a las que, en aquel contexto social, veían como un sucedáneo de proletariado. Como presagio de la guerra fría, la insurrección nacional en España, que acababa de vivir sus guerras coloniales en Marruecos, reclutó a decenas de miles de soldados árabes para la Guerra Civil, con el argumento de que el catolicismo y el islam recibían el mismo trato por parte de las fuerzas impías de la República.
A partir de los años cincuenta y sesenta, la situación empezó claramente a cambiar. En el mundo árabe, frente al ascenso del nacionalismo laico -sobre todo el "nacionalismo árabe" de Egipto-, Occidente y varios Estados conservadores como Arabia Saudí recurrieron a la religión, denunciaron el comunismo como un invento de los judíos y criticaron el socialismo por promover el ateísmo y la lucha de clases. En 1965, Arabia Saudí creó su propia organización internacional en contra de los socialistas, la Liga Islámica Mundial, a través de la cual financiaba y guiaba a grupos de todo el mundo; la Liga sigue en activo, sobre todo entre los inmigrantes musulmanes en Europa occidental, y mantiene -cosa tal vez sintomática- un gran edificio en el centro de Bruselas. En Egipto, el enfrentamiento entre los Hermanos Musulmanes y el régimen nasserista fue en aumento, y su líder, Sayyid Qutb -posteriormente, la inspiración intelectual de Osama Bin Laden-, murió ejecutado en 1966.
Varios países de Oriente Próximo utilizaron la oposición creciente entre la izquierda laica y las fuerzas islamistas en el contexto de la guerra fría. Por ejemplo, en Turquía, el ejército promovió a grupos islamistas contra la extrema izquierda en los años setenta. En Siria, los opositores al régimen baazista fomentaron un levantamiento de los Hermanos Musulmanes en 1982. Incluso en Israel, en los años setenta, las autoridades de ocupación, decididas a debilitar las instituciones laicas de Al Fatah, permitieron que varios grupos islamistas, que más tarde se convirtieron en Hamás, abrieran centros educativos y universidades y recibieran fondos de la Liga Islámica Mundial.
Esta movilización del islam contra la izquierda resultó evidente, sobre todo, en tres países. En Sudán, la llegada al poder en 1989 del Frente Islámico Nacional -una rama alejada de los Hermanos Musulmanes- representó el recurso generalizado a la cárcel, la tortura y la ejecución contra los opositores laicos y de izquierdas. El FIN seguía el modelo de partido leninista y pretendía, además de aplastar a los comunistas en Sudán, llevar a cabo la política revolucionaria de exportar su modelo a Egipto, Túnez, Argelia y Eritrea, entre otros lugares. En esta tarea contó con la ayuda, entre 1990 y 1996, de un distinguido huésped internacionalista, Osama Bin Laden. Aún mayor fue la represión en Indonesia en 1965, cuando el ejército se volvió en contra del Partido Comunista, en aquel entonces el más numeroso fuera de los países comunistas. Los grupos islamistas unieron sus fuerzas a las del ejército y otros grupos interesados en arreglar cuentas locales y, en una serie de matanzas cometidas en Java y otras islas, asesinaron a un millón de personas.
La alianza más espectacular y con más consecuencias entre Occidente y el islamismo fue, claro está, la que se produjo en Afganistán. En la mayor operación secreta llevada a cabo por la CIA, Estados Unidos, con ayuda de Arabia Saudí y Pakistán, trabajó a lo largo de los años ochenta para movilizar a las fuerzas islamistas en contra del Gobierno del Partido Democrático Popular y las fuerzas soviéticas que acudieron en su auxilio en diciembre de 1979. Fue en Afganistán donde Bin Laden organizó su ejército de combatientes yihadistas procedentes de todo el mundo y donde elaboró la ideología de lucha internacional que cristalizó el 11 de septiembre de 2001. No parece que a los que respaldaban a los islamistas afganos en los años ochenta les preocuparan las consecuencias posteriores de sus actos. Y, sin embargo, la guerra afgana fue al mundo del siglo XXI lo que la Guerra Civil española a la II Guerra Mundial, la cocina del diablo en la que se prepararon por primera vez todos los caldos que después envenenaron al mundo.
A esta historia de la yihad contra la izquierda, a lo largo de muchos decenios, hay que añadir otra cosa más, las enormes diferencias que deberían separar cualquier programa imaginable de la izquierda radical de los de los partidos islamistas. Los derechos de la mujer, el secularismo, la libertad de expresión, son temas en los que estas dos corrientes políticas se oponen radicalmente. Como deberían oponerse en relación con otro aspecto, que es la falta absoluta, en el programa islamista, de cualquier internacionalismo de inclusión; por el contrario, al mismo tiempo que hacen sus llamamientos a la umma, la comunidad de los musulmanes, los islamistas -tanto Al Qaeda como Hezbolá- desprenden veneno y un chovinismo implacable respecto a los cristianos, los judíos e incluso los musulmanes que no sean de su misma secta. Seguramente, quienes desde la izquierda se alían hoy con los islamistas lo hacen remitiéndose a cierto concepto de falsa conciencia. Pero está por ver qué conciencia es la más equivocada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Archivo del blog
-
▼
2007
(42)
- ► septiembre (1)