domingo, 12 de marzo de 2006

Yo acuso, último libro de Ayaan Hirsi Ali

ABC- EL LIBRO- 12/03/06

Su lucha por la defensa de la mujer musulmana y sus afiladas diatribas contra el islam han hecho de Ayaan Hirsi Ali una condenada a muerte. Lo supo por la nota que, dirigida a ella, clavó el asesino de Teo van Gogh sobre el cuerpo del cineasta. Ahora, en un nuevo paso en pro de la libertad, la parlamentaria holandesa da a luz este ensayo lúcido y contundente que se presenta mañana en Madrid.





Ayaan Hirsi Ali



Yo acuso. Defensa de la emancipación de las mujeres musulmanas.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE.UU., Occidente hizo un llamamiento masivo a todos los musulmanes para que reflexionaran acerca de su religión y de su cultura. Una llamada a la que esta comunidad reaccionó con indignación, ya que no veía el motivo por el cual ésta, precisamente, tenía que hablar del comportamiento criminal de diecinueve jóvenes. El presidente estadounidense Bush, el primer ministro británico Blair y otros tantos líderes occidentales han solicitado a las organizaciones musulmanas de sus respectivos países que se distanciaran del islam, tal como lo predicaban los doce terroristas. Que los criminales del 11 de septiembre fueran musulmanes, y que en todo el mundo éstos, incluso antes del 11 de septiembre, guardasen rencor sobre todo a EE.UU, me llevó a investigar las raíces del odio de la fe en la que fui educada. ¿Se halla esa agresividad en el islam mismo?Fui educada por mis padres como musulmana, como una buena musulmana. El islam regía la vida de nuestra familia y nuestras relaciones familiares hasta en los más ínfimos detalles. El islam era nuestra ideología, nuestra política, nuestra moral, nuestro derecho y nuestra identidad. Éramos, antes que nada, musulmanes, y luego somalíes. Se me enseñó que el islam nos separaba del resto del mundo, de los no musulmanes. Nosotros, los musulmanes, somos los elegidos de Dios; en cambio ellos, los otros, los kafires, los no creyentes son asociales, impuros, bárbaros, no circuncidados, inmorales, desalmados, y sobre todo obscenos: son irrespetuosos con las mujeres -unas rameras-, muchos hombres son homosexuales, y hombres y mujeres mantienen relaciones sexuales sin estar casados. En definitiva, los infieles son malditos y Dios los castigará por ello de un modo atroz en la otra vida.Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas solíamos hablar de gente agradable que no profesaba el islam, pero entonces mi madre y mi abuela decían siempre: «No, no son buena gente. Saben del Corán y del Profeta y de Alá y sin embargo no tienen conocimiento de que lo único que puede ser el ser humano es musulmán. Son ciegos. Si fueran personas buenas se habrían hecho musulmanas y entonces Alá las protegería del mal. Pero de ellos depende. Si se convierten, conocerán el paraíso».El islam no es la única ideología que educa a sus hijos en el convencimiento de que son los elegidos de Dios -el cristianismo y el judaísmo también-, pero aun así entre los musulmanes existe la creencia de que Dios le ha conferido una gracia especial de una mayor amplitud.Llegué a Europa occidental hace aproximadamente doce años, huyendo de un matrimonio concertado. Pronto aprendí que aquí Dios y su verdad han sido ideados de acuerdo a la dignidad humana. Si bien para los musulmanes la vida en la tierra es tan sólo un tránsito hacia el más allá, en Occidente la gente también puede invertir en su existencia terrenal. Además, todo indica que el infierno se ha abolido, y que Dios es más un dios del amor que un ente cruel cuyo fin es impartir castigo. Comencé entonces a observar de manera crítica mi propia fe y descubrí tres elementos importantes a los que antes apenas había prestado atención. El primero era que los musulmanes mantienen con su Dios una relación basada en el miedo. El concepto de Dios de los musulmanes es absoluto. Nuestro Dios exige una completa sumisión. Te premia si sigues sus reglas al pie de la letra, pero te castiga cruelmente si transgredes sus reglas: en la vida terrenal con enfermedades y catástrofes naturales; en la otra vida, con las llamas eternas del infierno. El segundo elemento es que el islam conoce una sola fuente moral: el Profeta. Mahoma es infalible, incluso se podría decir que es un dios, aun cuando el Corán es claro en este sentido: Mahoma es un hombre, pero es el mejor, el ser humano perfecto, igual que un dios, y debemos vivir según su ejemplo. El Corán recoge lo que Mahoma explica que Dios dijo. Así, en los miles de ahadith -testimonios de lo que Mahoma dijo e hizo y los consejos que dio y que nos ha legado en gruesos tomos- encontramos exactamente cómo debía vivir un musulmán en el siglo VII..., la misma fuente en que devotos musulmanes buscan a diario respuestas a sus preguntas acerca de cómo vivir en el siglo XXI.En tercer lugar, el islam está fuertemente dominado por una moral sexual cuyas raíces se remontan a los valores tribales árabes de los tiempos en que el Profeta recibió los consejos, una cultura en que las mujeres son propiedad de padres, hermanos, tíos, abuelos, tutores. Así como la esencia de la mujer se reduce a su himen, el velo que oculta sus rostros recuerda permanentemente al mundo exterior esa moral asfixiante, que convierte a los musulmanes varones en dueños absolutos de las mujeres y que los obliga a evitar los contactos sexuales de su madre, hermana, tía, cuñada, sobrina y esposa. Y no sólo la cohabitación, sino también el mero hecho de mirar a un hombre, tomarle por el brazo o estrecharle la mano. El prestigio de un hombre se mantiene o se derrumba gracias al comportamiento correcto, obediente, de los miembros femeninos de la familia.Estos tres elementos aclaran en gran medida cuál es nuestro telón de fondo respecto al mundo occidental, e incluso el asiático. Para romper el enrejado de estas tres unidades que aprisionan a la mayoría de los musulmanes, debemos empezar con afrontar un autoanálisis crítico. Pero no es tarea fácil, porque quien ha nacido musulmán y se plantea preguntas críticas sobre el islam enseguida será tachado de «renegado». El musulmán que aboga por acudir a otras fuentes morales, además de la del profeta Mahoma, es amenazado de muerte. Y la mujer que escapa de la jaula de la virginidad es una prostituta.Gracias a la experiencia que da la vida, así como a las abundantes lecturas y a hablar mucho con la gente, me resultó evidente que la existencia de Alá, ángeles, demonios y la vida tras la muerte son al menos discutibles. Si Alá existe, su palabra no es absoluta, sino que es susceptible de crítica. Cuando en alguna ocasión puse por escrito las dudas acerca de mi fe con la esperanza de suscitar un debate, de súbito todos los musulmanes, hombres o mujeres, aparecían prestos a expulsarme de la comunidad de los creyentes. E incluso iban más lejos: yo merecía la muerte porque había osado dudar del carácter absoluto de la palabra de Alá. me llevaron ante los tribunales para prohibirme ser crítica con la fe con la que había nacido, hacer preguntas sobre los preceptos y los dioses que nos legaron el mensaje de Alá. Y Mohamed B., un fundamentalista musulmán, ha matado a Theo van Gogh, quien me asistió en la realización de Submission Part I.Quiero abrirme a más fuentes de conocimiento, moral e imaginación más allá del Corán y de las tradiciones del Profeta. El hecho de que no exista ningún Spinoza, Voltaire, J. S. Mill, Kant y Bertrand Russell islámicos no es óbice para que los musulmanes no puedan utilizar las obras de esos pensadores. Leer a los pensadores occidentales se interpreta como un acto de deslealtad hacia el profeta Mahoma y el mensaje de Alá. Es un craso error. ¿Por qué no está permitido preservar y aumentar el bien que Mahoma nos ha enseñado (por ejemplo ser misericordioso con los pobres, con todos los seres humanos) con todas las filosofías? El hecho de que nosotros no tengamos unos hermanos Wright islámicos, ¿nos impediría acaso volar? Si sólo nos resignamos a recibir los avances tecnológicos, y no la audacia occidental para pensar de manera autónoma, perpetuaremos el estancamiento mental en la cultura islámica, y así se mantendrá de generación en generación.Para entender el atraso tanto en el terreno material como en el ámbito del pensamiento en que nos hallamos los musulmanes, quizá debamos retrotraernos para encontrar una explicación a la moral sexual que hemos mamado (véase el capítulo «La jaula de las vírgenes»). A este fin, me gustaría retar a mis compañeros de fatigas -aquellos que, como yo, se han educado en el islam- a comparar el ensayo «El sometimiento de la mujer», de J. S. Mill, escrito en 1869, con el dogma sobre la mujer del profeta Mahoma. Si bien es evidente que hay un universo de diferencias entre Mahoma y Mill, incuestionablemente la mujer ha sido un tema de interés para ambos.El hecho de que un musulmán acometa la investigación de la unidad islámica se concibe como una traición irreparable y como algo extremadamente doloroso. Soy consciente de que esas fuertes emociones -sobre todo si se expresan en masa- impresionan a quienes lo ven desde fuera, pero debo reconocer que también a mí misma. Puedo ponerme en el lugar de aquellos musulmanes que se sienten obligados a enfadarse con quienes relativizan la absoluta palabra de Dios, o con aquellos que contemplan otras fuentes morales en un nivel de igualdad o superioridad a las del profeta Mahoma. Además, la historia refiere que un cambio mental de esa envergadura no sólo es un proceso largo, sino que conlleva oposición e incluso derramamiento de sangre. El asesinato de Theo van Gogh, las amenazas a mi persona, los pasos de la justicia en mi contra y el hecho de ser rechazada, casan perfectamente en ese contexto. En este sentido, un rápido vistazo a la historia del islam enseña que aquellos que han sido críticos con su propia fe casi siempre han recibido el mismo castigo: la muerte o el destierro. Me hallo en buena compañía: Salman Rushdie, Irshad Manji, Taslima Nasreen, Mohammed Abu-Zeid, todos han sido amenazados por sus correligionarios y protegidos por quienes no son musulmanes.Sin embargo, debemos reunir fuerzas para atravesar ese muro emocional, o avanzar en la medida en que el grupo de críticos aumente, para así poder conformar un contrapeso significativo. Y si bien para ello necesitamos la ayuda del Occidente liberal que tiene interés en la reformar del islam, sobre todo necesitamos ayudarnos mutuamente.Por lo que respecta a la reforma soy optimista. Me baso en señales como el consejo electoral en Arabia Saudita porque, aunque las mujeres fueron excluidas, al menos las elecciones se celebraron; en el éxito del proceso electoral en Iraq y en Afganistán, luego que en este último fuera posible un gobierno secular tras el régimen talibán; o en la manifestación de periodistas y académicos de Marruecos contra el terror del partido islamista y en las prometedoras conversaciones entre Sharon y Abbas sobre el futuro de Israel y Palestina. Por lo demás me doy perfecta cuenta de que estos avances son sumamente incipientes.El azote del relativismoAquellos que se resisten en el Occidente de antaño a la obligación de la fe y las costumbres, los liberales seculares (en algunos países calificados como «de izquierdas»), han suscitado mi pensamiento crítico y el de otros musulmanes liberales. Pero la izquierda en Occidente tiene una marcada tendencia a culparse a sí misma y a considerar al resto del mundo como víctima -a los musulmanes, por ejemplo-, y las víctimas, a la postre, dan lástima, y quien da lástima y está sometido es, por definición, una buena persona que estrechamos en nuestro pecho. Su crítica se limita a Occidente. Son críticos con EE.UU., pero no con el mundo islámico -así como tampoco fueron críticos en su día con el Gulag-, porque EE.UU. es igual que Occidente, y el mundo islámico no es tan poderoso como Occidente. Son críticos con Israel, pero no con Palestina, ya que Israel está considerado parte de Occidente y porque los palestinos son dignos de lástima. También son críticos con las mayorías autóctonas en los países occidentales, pero no con las minorías islámicas; la crítica al mundo islámico, a Palestina y a las minorías islámicas se considera islamófoba y xenófoba. Lo que estos relativistas culturales no ven es que al mantener temerosamente al margen de toda crítica a las culturas no occidentales, encierran al mismo tiempo a los representantes de aquellas culturas en su atraso. Detrás de todo ello están las intenciones más dispares, pero ya sabemos que el camino al infierno está pavimentado de los mejores propósitos. Se trata de racismo en su acepción más pura. Mi crítica a la fe y a la cultura islámicas se percibe como «dura», «ofensiva» e «hiriente». Pero la posición de los mencionados relativistas culturales es, de hecho, más dura, más ofensiva y más hiriente si cabe. Se sienten superiores, y en un proceso de diálogo tratan a los musulmanes no como a sus iguales sino como «el otro» que debe ser respetado. Y piensan que debe evitarse la crítica al islam, porque temen que los musulmanes se ofendan y recurran a la violencia. En tanto verdaderos liberales, nos abandonan a los musulmanes que hemos atendido la llamada de nuestro espíritu cívico, a nuestra suerte.He corrido un riesgo enorme al prestar oído al ruego de reflexión y participación en el debate abierto que se generó en Occidente tras los atentados del 11 de septiembre. ¿Y qué dicen los relativistas culturales? Que debería haberlo hecho de otra manera. Pero después de la muerte de Theo van Gogh estoy más convencida que nunca de que debo hablar y ejercer la crítica a mi manera.

sábado, 11 de marzo de 2006

Dime niño de quién eres

EL PAÍS 10/03/06

FÉLIX DE AZÚA

Dime niño de quién eres
Lentamente, con la comprensible cautela, nos hemos ido aproximando nuevamente al orden eterno de este país, a la división intransigente entre buenos y malos, rojos y azules, cristianos y moriscos. Hace pocos días lo comentaba una de las cabezas más lúcidas de entre las víctimas del terrorismo, Maite Pagazaurtundua: ya estamos de nuevo en las dos Españas de Machado. Una de ellas nos debería helar el corazón, pero esta vez me parece que nos lo van a helar las dos.
La imparable tendencia al maniqueísmo fanático afecta a España por razones profundas, la principal de las cuales es haber tenido una Ilustración raquítica en el siglo XVIII, una industrialización caciquil en el siglo XIX y la más completa ausencia de modernidad en el siglo XX. Tres siglos de permanencia bajo la tutela intelectual de los clérigos hartodeajos y la tutela corporal de cabos y sargentos chusqueros ha dado como resultado una sociedad que sólo de milagro se ha librado del fundamentalismo islámico, aunque a su manera participa del islamismo integrista.
Que es integrista quiere decir que carece de herramientas, de vigor, de deseo, de necesidad y de ganas para resolver los problemas individualmente, mediante las propias fuerzas y con responsabilidad asumida. Y que prefiere que le dicten lo que debe hacer, pensar, opinar y juzgar. Es un modo de ahorrar tiempo y esfuerzo.
Esta inmensa pereza mental tiene como consecuencia el grito hispánico por excelencia, el que ha resonado en este país durante tres siglos y no acaba de acallarse, el célebre: ¡viva mi dueño! Variante del no menos hispánico: ¡vivan las caenas! Gritos ambos que se oyen de continuo tanto en Madrid como en Bilbao, Barcelona y Sevilla según el acento del dueño. Nadie se salva.
Con suavidad, sin estridencias, hemos llegado de nuevo a una situación política bloqueada por la impotencia que atenaza a unos y a otros. He aquí hinchados como pavos los dos machos de la aldea, enterrados hasta la rodilla, agitando sus porras en el aire y dispuestos a partirse el cráneo en un paisaje desolado. La población asiste encogida al espectáculo, se preguntan cuál de los dos es el peor, y los más nerviosos comienzan a pegarse entre sí para ir avanzando.
Zapatero no podrá jamás llevar a cabo eso que él llama "pacificación" si declara fuera de la ley a diez millones de votantes. El Partido Popular jamás recuperará el poder si se limita a girar la honda buscando el ojo de Zapatero. Allí están los dos, el policía bueno y el policía malo, paralizados, inútiles, sin ideas, sin ambición, acomodados a esa imagen especular que es la del "pues tú más". Los unos gritan a los otros "franquistas" y "fachas". Los otros aúllan a los unos "irresponsables" y "miserables". La población debe elegir entre ser un facha o un miserable. No hay tercera vía. Estamos hablando de decenas de millones de fachas y miserables. Amabilísimo país...
Pero es cierto que la gente no tiene tiempo para cavilar sobre las células madre, la negociación con ETA, la derechización de los socialistas vascos y catalanes, las opas energéticas o las bodas entre homosexuales y con todos los demás. Dada la parálisis de los gobernantes, la cual pone frente a frente a los miserables contra los fachas, ante cualquier pregunta la respuesta automática es: ¿qué dice mi dueño? Tu dueño dice que está a favor. ¡Pues eso mismo pensaba yo! ¡Es que no marra una! ¡A favor estoy!
En Italia, la izquierda defiende la Constitución italiana contra los separatistas del norte. Una actitud ideológica perfectamente consecuente con la tradición de la izquierda europea. En España, con unas regiones mucho menos diferenciadas que las italianas, la izquierda apoya a los nacionalistas vascos y catalanes de herencia católica y autoritaria.
Semejante peculiaridad no obedece a una reflexión ética, a un juicio razonado, sino al ¡viva mi dueño! más crudo y simple. Si el Partido Popular hubiera favorecido la segmentación de las oligarquías regionales, la izquierda habría sido centralista. Como las opciones, por pura casualidad, sin motivo de fondo ninguno, han ido al revés, pues la izquierda apoya a los nacionalistas y ¡viva mi dueño!
La consecuencia es que en este país no es cierto que existan partidos de derechas y de izquierdas, sino grupos de poder organizados como partidos. Unos partidos que no piensan, no razonan, no eligen sus opciones con respecto al bienestar de los ciudadanos, sino con la única finalidad de arrebatar poder e influencia al enemigo. Ningún partido procura el bien de la sociedad, sólo el deterioro de la competencia. Nuestros partidos, convertidos en meros sistemas clientelares, van acercándose a la inmoralidad de la partitocracia italiana.
Hace pocos días, un alto cargo de la Generalitat tripartita me comentaba las dificultades enormes que tienen para sacar adelante los proyectos más comprometidos, los que requieren prudencia. De los ciento cuarenta mil funcionarios con los que cuentan a sus órdenes, ciento treinta mil los ha puesto allí Convergencia, y es incalculable el número de funcionarios que están vinculados por lazos familiares al partido de Pujol. En cuanto algún despacho avanza una idea que exige enfrentarse a los poderes económicos, a las pocas horas ya está en la oreja de la oposición, la cual procede a boicotearlo incontinenti.
Incluso dando por descartado que exagere, los informes realmente espeluznantes que se han publicado estos días sobre el control ideológico de los empleados de la radio y la televisión catalanas, informes redactados en el más puro estilo franquista por comisarios nacionalistas, así lo confirman. Y los redactores de esos informes infames (que ni siquiera han sido publicados en su totalidad) ocupan ahora puestos de responsabilidad en la Generalitat supuestamente socialista. Los casi treinta años de nacionalismo del partido de Pujol, un partido reaccionario donde los haya, han dejado a la región como la Argentina de Perón tras la muerte de Perón, y con una María Estela que sólo confía en los brujos.
Sin embargo, cuando comentas esta situación tan escasamente europea, tan poco democrática y, sobre todo, tan estúpida, la mayoría de los interrogados sufre un leve desconcierto, busca en su cabeza la respuesta correcta como en un examen de bachillerato, y acaba respondiendo: ¡viva mi dueño! Cuando se produce una incompetencia de tal calibre y antes de que los guerracivilistas comiencen a darse de tortas por un abuelo o una prima, es imprescindible que aparezca un tercer partido capaz de echar aceite en el oxidado mecanismo democrático y obligar a los grandes partidos a olvidarse de su partida de póquer y ocuparse de la gente. Que es la que paga sus considerables dietas, sueldos, prebendas y jubilaciones.

jueves, 9 de marzo de 2006

¡Volved a vuestras casas, rameras!

ABC 09/03/06


«¡Volved a vuestras casas, rameras!»
La Policía disuelve con violencia a los colectivos feministas de Irán durante la celebración del Día Internacional de la Mujer
FOTO MIKEL AYESTARÁN.



Vete para la casa
Por ROSA BELMONTE
IRÁN es un país con ganas de enriquecer uranio y empobrecer la vida de las mujeres, aunque en sus universidades haya más chicas que chicos. Luego se comen los títulos con patatas. O son jueces como Shirin Ebadi y tienen que dejar el curro porque una juez es inadmisible. Los hombres son hombres, a ti te encontré en la calle y vete para la casa que me tienes contento.Con motivo del Día de la Mujer, en Teherán se han echado a la calle unas 300 valientes. Manifestarse en Irán para reivindicar derechos femeninos no es lo mismo que hacerlo en Oslo. Las mujeres que tienen el cuajo de dar gritos en Irán ya van con la idea de que las van a poner verdes. Y los insultadores no defraudan, siempre están al pie del cañón. Ahora, que sea la propia Policía la que venga a llamarte puta (qué más quisieran) y a darte palos afianza la necesidad de la manifestación.Dice Margaret Atwood (por boca de otros) que los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos y que las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten. Así estamos. En Canadá y en Irán.

El Che suplanta a Rudolf Hess

ABC 09/03/06

Los símbolos y la indumentaria de los jóvenes neonazis alemanes se ven invadidos por la efigie del revolucionario argentino, banderas rojas y pañuelos palestinos

GUILLEM SANS

El Che suplanta a Rudolf Hess
El fenómeno llama la atención desde hace varios años: en las manifestaciones de neonazis alemanes hay cada vez más banderas rojas, pañuelos palestinos y camisetas con la efigie del Che Guevara. Si bien es cierto que por ejemplo la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen en Francia no le hace ascos a una retórica antiimperialista que distinguía antes a la izquierda revolucionaria, en la mayoría de países europeos sigue predominando el clásico cabeza rapada. En Alemania, lo que a primera vista puede parecer una ensalada ideológica muy mal aliñada va en realidad mucho más allá de la anécdota y responde al cambio de estrategia de un movimiento neonazi cada vez más dividido, que busca consolidarse en la sociedad civil y ampliar su influencia política.El ultraderechista Partido Nacional Democrático (NPD), que en 2004 entró en el Parlamento de Sajonia con el 9,2 por ciento de los votos, no prescinde de la clásica retórica revanchista y revisionista cuando se le brinda la oportunidad, como sucedió el año pasado con ocasión del sexagésimo aniversario del bombardeo aliado de Dresde. Pero temas como ese «Holocausto de bombas» son cada vez más secundarios para el NPD porque saben que con ellos no pueden ampliar más su base social. Ésa es la explicación de Lorenz Korgel, coordinador de las «unidades móviles contra la ultraderecha» en el Este de Alemania, una red de información contra los neonazis que actúa en escuelas y ayuntamientos.En su oficina de Berlín, Korgel nos enseñó decenas de fotos callejeras de neonazis absolutamente irreconocibles como tales. Pañuelo palestino al cuello, camiseta del Che Guevara, bandera de Irak en ristre y barbita de chivo. Hasta los eslóganes y el vocabulario que utilizan muchos de ellos (el verbo inglés «smash», usado con el significado de «aplastar» al enemigo político) eran hasta ahora patrimonio exclusivo del revolucionario izquierdista.En cuanto a los temas que esta nueva ultraderecha discute cada vez con más ahínco se cuentan la guerra de Irak, la ocupación israelí y la globalización, que permiten dar rienda suelta a los clásicos estereotipos antisemitas sin necesidad de pronunciarlos abiertamente. «El antisemitismo es, de hecho, una pinza que aglutina casi todos los temas», explica Korgel, aunque precisa que este antisemitismo de nuevo cuño no ha desplazado del todo al de carácter puramente racista que caracterizó al régimen nazi en Alemania.Raíces de la ultraderechaLa dinámica que impone la participación en el juego democrático -el NPD en el Parlamento de Sajonia y la Unión del Pueblo Alemán (DVU) en el de Brandeburgo- y la dificultad de cohesión de las decenas de grupos distintos de «camaradas» que existen en Alemania dio pie a los más optimistas a vaticinar un debilitamiento de la ultraderecha. Impresión equivocada, según Korgel: «Las causas del fenómeno de la ultraderecha, que son una serie de problemas económicos, de cultura política, superación del pasado, etcétera, siguen estando presentes y no van a disminuir en los próximos años».Las estadísticas parecen darle la razón. En Alemania se producen todos los días 28 delitos relacionados con la ultraderecha, dos de ellos de carácter violento. Hay, en total, unos 40.000 «ultraderechistas», cifra en la que están incluidos desde el anciano nostálgico del nazismo hasta el adolescente aficionado al rock duro racista. Según el último informe de la Oficina de Protección de la Constitución, que el ministro del Interior, Wolfgang Schäuble, presentará oficialmente en mayo próximo, el número de «neonazis registrados» ascendió el año pasado de 3.800 a 4.100, y sus organizaciones de 87 a 105. Las autoridades constatan que los grupos ultraderechistas están cada vez mejor organizados y consideran a 10.400 de sus integrantes «potencialmente violentos». Esas cifras superan con creces las de cualquier otro país europeo.

miércoles, 8 de marzo de 2006

Resulta que nos salvaron ellos

XLSemanal 12 al 18 marzo de 2006

Arturo Pérez-Reverte

Resulta que nos salvaron ellos

“Eso es lo insultante. Que sólo veinticinco años después, esta gentuza nos considere tan olvidadizos y tan estúpidos.”

Han pasado un par de sema­nas, pero no lo olvido. Me­moriae duplex virtus, etcé­tera, como decía uno de aquellos fascistas -nacido en Calahorra, por cierto- que en el siglo I, antes de tanto derecho pseudohis­tórico y tanta cutrez provinciana, llama­ban ya Hispania a esta casa de putas. Me refiero a la pintoresca declaración insti­tucional con la que, en el aniversario del 23-F, nos obsequió el Congreso. Es digno de recuerdo el párrafo donde nuestros hombres públicos, en un ejercicio de fas­tuoso onanismo político, atribuyen el fracaso del golpe de Estado, por este or­den, al comportamiento responsable de los partidos políticos y los sindicatos, en primer lugar, y luego a la Corona y a las instituciones gubernamentales, parla­mentarias y municipales. Como saben ustedes, el párrafo resultó de una modifi­cación del texto original, donde se reco­nocía el papel decisivo del rey como jefe de las fuerzas armadas, al ponerlas del la­do de la democracia con su discurso por la tele. Pero por presiones de dos parti­dos minoritarios, uno catalán y otro vas­co, el Congreso decidió rebajar el papel monárquico y meter a todo cristo en el baile, afirmando que el mérito no fue del rey, sino del conjunto. O sea. De los polí­ticos españoles, valerosos demócratas aquel día, unidos como un solo hombre y -hoy no me llamarán machista esas pe­rras- como una sola mujer.
Habría sido precioso, de ser cierto. Comprendo que nuestra infame clase po­lítica, acostumbrada a reinventar España según cada coyuntura de su oportunismo y su desfachatez, quiera pasar a la Historia con esa tierna milonga de la liberté, la egalité y la fraternité defendida el 23-F como gato panza arriba. Pero están mal acostumbrados. Esto no es tan fácil como inventarse reinos y naciones que nunca existieron, o independencias ancestrales de ayer por la tarde, ocultando por otra parte realidades ciertas como la España romana, o la visigoda. Cuando deformas la memoria histórica, el truco puede fun­cionar con los tontos, los ignorantes y los que no quieren problemas. La gente ya no se acuerda, o no sabe. Pero otra cosa es manipular hechos que todos hemos vivi­do y recordamos perfectamente. Y eso es lo insultante. Que sólo veinticinco años después, esta gentuza nos considere tan olvidadizos y tan estúpidos.
Aquel día, la democracia y la libertad sólo las defendieron una cámara de tele­visión encendida, los periodistas que cumplieron con su obligación -fueron tan torpes los malos que sólo silenciaron TVE y Radio Nacional-, unos pocos re­presentantes gubernamentales que esta­ban fuera del Parlamento, y sobre todo el rey de España, que, por razones que a mí no me corresponde establecer, se negó a encabezar el golpe de Estado que se le ofrecía, ordenó a los militares someterse al orden constitucional y devolvió los tanques a sus cuarteles. El resto de fuer­zas políticas y sindicales, autonómicas y municipales, salvo singulares y extraordinarias excepciones, se metieron en un agujero, cagadas hasta las trancas, y no asomaron la cabeza hasta que pasó el nu­blado. Quienes velamos esa noche ante el palacio de las Cortes sabemos que, aparte de ciudadanos anónimos, negociadores gubernamentales y periodistas que cum­plían con su obligación, nadie se echó a la calle para defender nada hasta el día si­guiente, cuando ya había pasado todo -lanzada a moro muerto, se llama eso-. Y respecto a los sindicatos, su único pa­pel fue el de los carnets rotos con que atrancaron los retretes de toda España. En cuanto a la digna integridad constitu­cional que ahora se atribuye el Congreso, lo que pudo ver todo el mundo por la te­le, y eso no hay chanchullo que lo borre, fue a los ministros y diputados tirándose en plancha debajo de sus escaños para quedarse allí hasta que se les permitió le­vantarse de nuevo -aún entonces siguie­ron mudos y aterrados-, con tres magní­ficas excepciones: Santiago Carrillo, que fumaba cada pitillo creyendo que era el último, el presidente Suárez y el anciano general Gutiérrez Mellado. Y cuando éste, fiel a lo que era, se enfrentó forcejeando a los guardias civiles, y el miserable Tejero, pistola en mano, intentó, sin éxito, tirarlo al suelo con una zancadilla, el único hom­bre valiente entre todos aquellos cobardes que se levantó para socorrerlo, fue Adolfo Suárez. A quien, por supuesto, España pa­gó y paga como suele.
Así que menos flores, caperucitas. En lo que a mí se refiere, nuestra heroica clase política puede meterse la poco ele­gante declaración institucional del otro día donde le quepa. Que imagino dónde le cabe.

El choque de las filosofías

EL PAÍS 08-03-2006

ANDRÉ GLUCKSMANN

El choque de las filosofías
Será signo de los tiempos, pero bastaron 12 caricaturas en un periódico para que los 25 países de la Unión Europea se vieran inmersos en una extraña confusión intelectual y política. ¿Hay que condenar a Dinamarca o ser solidarios con ella? ¿Es conveniente "entender", incluso agradar a los islamistas que gritan "¡A muerte!"? La Unión Europea apuesta por la desunión. Prácticamente, todos los gobiernos intentan sacar provecho, París o Londres no son Copenhague ¡qué diablos! Teóricamente, la confusión mental está en su apogeo: ¿dónde empieza el respeto a las opiniones de los otros, y hasta dónde llega la libertad de criticar? Las cancillerías están satisfechas con el mínimo denominador común y sugieren que no conviene quemar embajadas. Delante está el manifestante fanático, con la antorcha en mano, que responde: ¿quién ha empezado? Vosotros me habéis calentado la cabeza y yo me limito a prender fuego a vuestras residencias, a vuestros despachos y a vuestras banderas. ¡Admirad mi docilidad!
La confusión y la cacofonía de los europeos alimentan la demagogia. Cincuenta y seis naciones de la "conferencia islámica" han intentado imponer a la ONU, en nombre de los derechos humanos, una legislación contra "la difamación de las religiones y de los profetas". Lo que está en juego es importante. El derecho a expresar opiniones, aun siendo chocantes, y a poner en duda los tabúes religiosos, sexuales o sociales, aunque fueran éstos mayoritarios, son avances que el humanismo clásico y la democracia moderna han pagado muy caro. Una censura supraestatal, al gusto de las múltiples autoridades morales y religiosas, significa un gran retroceso. Sólo puede imponerse bajo la amenaza, sería aceptado por voluntad de apaciguamiento y de sumisión.
La escalada sigue su curso. La campaña anti-caricaturas empezó contra un periódico, luego se dirigió contra Dinamarca, que apela a la libertad de prensa, y en lo sucesivo contra toda Europa, a la que se acusa de utilizar dos varas de medir. ¿No está consintiendo la UE que se ofenda impunemente al profeta mientras que prohíbe y condena otras "opiniones" como el nazismo o el negacionismo? ¿Por qué está permitido reírse de Mahoma y no del genocidio de los judíos?, se preguntan vociferantes los integristas y organizan un concurso de dibujos humorísticos sobre Auschwitz. Estamos en un toma y daca: o bien hay que permitirlo todo en nombre de la libertad de expresión o bien censurar de manera equitativa lo que afecta a los unos y lo que irrita a los otros. Muchos de los que defienden el derecho a hacer caricaturas se dan cuenta de que han caído en una trampa. En nombre de la libertad de expresión, ¿se mofarán de las cámaras de gas?
¿Falta de respeto contra falta de respeto? ¿Transgresión contra transgresión? ¿Hay que poner al mismo nivel la negación de Auschwitz y la desacralización de Mahoma? Aquí se oponen dos filosofías de manera fundamental. Una dice que sí, que se trata de dos "creencias" parecidas, de las que se hace escarnio por igual; no hay diferencias entre la verdad de hecho y la profesión de fe; la convicción de que tuvo lugar el genocidio y la certeza de que el arcángel Gabriel iluminó a Mahoma son del mismo orden. La otra dice que no, que la realidad de los campos de la muerte es del orden de las constataciones pero que el profeta sea sagrado no lo es, porque se basa en el compromiso de los fieles. La filosofía occidental se fundamenta en la distinción entre lo factual y la creencia. Ya Aristóteles separa, por una parte, el discurso indicativo ("apofántico"), apto para la discusión con el fin de llegar a una afirmación o a una negación, y por otra los rezos. Estos últimos no son discutibles porque no constatan nada, sino que imploran, prometen, juran y decretan; no persiguen una información sino una interpretación (De Interpretatione IV). Cuando el islamista fanático declara que los europeos practican la "religión de la Shoah", como él la de Mahoma, está suprimiendo la distinción entre el hecho y la creencia; para él, sólo existen creencias, así que Europa favorece de manera hipócrita a unas contra otras.
El discurso civilizado, sin distinción de raza ni de confesión, analiza y circunscribe verdades científicas, verdades históricas yestados de hecho que no se basan en la fe sino en el conocimiento. Podemos considerarlas profanas o de menor dignidad, pero ello no impide que no se confundan con las verdades de la religión, ya seamos chiitas, sunitas, cristianos, judíos, budistas o agnósticos. Nuestro planeta no es víctima de un choque de civilizaciones o de culturas, es el lugar elevado de una batalla decisiva entre dos métodos de pensamiento. Están aquellos que declaran que no hay hechos sino solamente interpretaciones que son cuando menos actos de fe. Éstos caen o bien en el fanatismo ("yo soy la verdad") o bien en el nihilismo ("nada es verdadero ni falso"). Del otro lado, están aquellos para los que el debate libre con la finalidad de separar lo verdadero de lo falso tiene sentido, de modo que lo político, como lo científico o el simple juicio pueden resolverse a partir de datos profanos que son independientes de las opiniones arbitrarias y preestablecidas.
Un pensamiento totalitario no soporta que le lleven la contraria. Es dogmático, hace afirmaciones levantando el pequeño libro rojo, negro o verde. Es obscurantista, mezcla la política con la religión. En cambio, los pensamientos antitotalitarios dan los hechos por hechos e incluso reconocen los más repugnantes, aquellos que por comodidad o porque nos angustian preferiríamos ocultar. El descubrimiento del Gulag hizo posible la crítica y el rechazo del "socialismo real". La consideración de las abominaciones de los nazis y la apertura muy real de los campos de exterminio convirtieron al europeo a la democracia después de 1945. En cambio, rechazar las verdades más crueles de la historia es el anuncio de una vuelta a la crueldad. Aunque no sea del agrado de los islamistas -que están muy lejos de representar a los musulmanes- no se mide igual la negación de hechos demostrados como tales y la crítica verbal o dibujada de múltiples creencias que cada europeo tiene derecho a cultivar o a burlarse.
Desde hace siglos, Júpiter o Cristo, Jehová y Alá han sufrido muchas bromas y muestras de falta de respeto. Por lo demás, en este juego los judíos son los mejores críticos de Yahvé, incluso lo han convertido en una especialidad. Esto no impide que el verdadero creyente de cualquier confesión crea y deje vivir a los que no piensan como él. Éste es el precio de la paz religiosa. En cambio, bromear sobre las cámaras de gas, divertirse a costa de mujeres violadas y bebés descuartizados, santificar las decapitaciones filmadas y las bombas humanas anuncia un futuro insoportable.
Ha llegado el momento de que los demócratas recuperen la razón y el Estado de derecho sus principios; tienen que recordar con solemnidad y solidaridad que de ninguna manera una, dos, tres religiones y cuatro o cinco ideologías decidan lo que el ciudadano tiene derecho a decir o a pensar. No se trata sólo de la libertad de prensa, sino del permiso de llamar gato a un gato y a una cámara de gas un hecho abominable, abominable cualesquiera que sean nuestras creencias y nuestra fe. Se trata del principio de toda moral: en esta tierra, el respeto a los individuos empieza por la duda universal y el rechazo común de los más flagrantes ejemplos de inhumanidad.

Luchar por lo obvio en Cataluña

¡Basta Ya! 08/03/06

José María Calleja


Luchar por lo obvio en Cataluña
Sostiene Félix de Azúa que en Cataluña todos los políticos son del mismo partido: el nacionalista catalán. Digo yo, los hay nacionalistas de radical xenofobia, ERC; nacionalistas radicales por la pela, CiU; y nacionalistas que hablan en radical borrador, Maragall; hay también nacionalistas mediopensionistas, Piqué, pero todos cantan juntos y exactitos villancicos en Navidad, como si estuvieran en una demostración sindical de la fiesta de los productores, un Primero de Mayo de Bernabeu franquista. Este es el resumen de cuarto y mitad de siglo pujolista: fuera del nacionalismo no hay salvación.
El nacionalismo catalán te dice la forma en que tienes que pensar, los sentimientos que debes regar, la Caixa en la que tienes que ahorrar, el monte que debes culminar, la iglesia en la que debes orar y los pasos que debes de dar al bailar.
Para sobrevivir a semejante maceración sólo caben la ironía y la rebelión. La ironía ha sido trabajada por Albert Boadella, desde hace lustros. Un día le entrevisté en Euskal Telebista, fue antes de que el comisario político del PNV me dijera: "José Mari, tu especial beligerancia con la violencia me plantea problemas en mi entorno", manera opusina de señalarme la puerta de salida. Me reí con las ironías de Boadella y le hice la ola. Al acabar la entrevista, uno de los múltiples pelotas del batzoki, de guardia en el caserío electrónico, me reprochó: "Calleja, te has excedido en los piropos". Le pregunté a Boadella que por qué no ironizaba con la misma intensidad sobre el País Vasco."Sería mortal", fue su sonriente respuesta.
De manera que la cosecha de 25 años de paciencia frente al Pujolismo, y el estrambote de dos de irritación frente a su confuso heredero, el maragallismo, ha alumbrado la rebelión de un nuevo partido político, Ciutadans de Catalunya, que pretende sacarnos de la caspa nacionalista sin llevarnos a otros eccemas. Solamente por haberlo intentado, por tener la energía suficiente, por vencer la pereza que provoca la estupidez circundante, hay que agradecerles a estos ciudadanos catalanes su iniciativa contra el muermo social, contra el silencio espeso y la uniformidad que busca el nacionalismo.
La acogida a Ciudadanos de Cataluña ha desbordado las expectativas. En todos los sentidos. Esa luminaria del pensamiento occidental, esa luz de donde el sol la toma, ese figurante de los Soprano que pastorea a la xenófoba ERC en el Congreso de los Diputados, ha tildado al nuevo partido de grupo de "autoodio". La verdad es que el sintagma se las trae y tiene que ver más con el sadomasoquismo que con la política. Él verá. La forma en que los Ciudadanos de Cataluña han sido criticados por todos los nacionalistas de todos los partidos, más o menos nacionalistas de Cataluña, despeja cualquier duda sobre la necesidad de esta iniciativa y confirma su eficacia.
No sé cuántos votos obtendrán, pero el puñetazo en la mesa ya esta dado y a partir de ahora sólo podemos esperar que esta energía contra el nacionalismo cuaje en un proyecto que mueva el tapete y pueda poner de relieve lo obvio: la estupidez, el aburrimiento, el ombliguismo en el que se mueve la política en aquella parte de España.
No es posible que en lo que llevamos de democracia algunos hayamos pasado de la admiración y , a veces, la sana envidia, por el aire fresco, por la innovación, por el europeismo que veíamos en Cataluña -desde las épocas de las clandestinas Reuniones Generales de Universidades (RGU)-, al hastío, el rechazo y , a veces, el espanto, por lo que viene de allí; por esa forma rancia y pelma de hacer política que domina a la inmensa mayoría de los políticos catalanes y que impregna con su grasa a buena parte de los medios de comunicación de aquella comunidad autónoma. Ese cambio de postura ha sido conseguido, a pulso, por la hinchazón nacionalista que ha sufrido Cataluña con el Régimen pujolista y su excrecencia maragalliana.
Ojalá los Ciudadanos de Cataluña consigan hacer muchos ciudadanos en Cataluña, ojalá saquen del rebaño a los que ahora se acurrucan en él, ojalá sirvan para despejar la duda que sin duda tienen muchos catalanes ante la inmersión de nacionalismo que les invade y que les lleva a preguntarse: ¿me habré vuelto loco?

Ciutadans

EL MUNDO 08/03/06

DAVID GISTAU


Ciutadans
Según Weber, lo que queda cuando se evapora un impulso que pasó por renovador es «el limo de una nueva burocracia que cosifica a las personas». Mientras la burocracia de Zetapé ya es un limo que convierte en cosas a las personas -progenitores A y B, significados mecánicos con los que no se puede ni mentar a la madre de un árbitro-, es en el Estatut donde más encaja el diagnóstico de Weber. Será cuando en el amanecer de la jarana patriotera, de la utopía con tarjetas postales que sirve de coartada al nacionalismo, Cataluña se despierte abducida por una máquina burocrática en la que ya se percibe la intención de regular al individuo incluso en lo mínimo cotidiano. Acaso entonces cuaje la invitación de Arcadi Espada en el Tívoli a la desobediencia. Acaso entonces, cuando el Estatut no se proponga ya como un Madrí-Barsa por otros medios -Maragall y su «Este partido lo vamos a ganar»- y el ciudadano catalán comprenda que se ha quedado a solas con un Leviatán nacionalista al que se arrepentirá de haber alimentado cuando le convencieron de que el Estatut era a la Derecha -y a la «puta España» de Rubianes- lo que el crucifijo a Drácula.
La añagaza de Zetapé, tal como la desnudó Félix de Azúa, consiste en haber vinculado dos valores antagónicos, el socialismo y el nacionalismo, como si fueran un solo ingrediente en la fórmula del progresismo al margen de la que sólo queda ser facha, es decir, dormir durante el día en un ataúd de la cripta de Génova y salir por las noches a chupar sangre, y a boicotear a Cataluña, y a bombardear Bagdad, y a embrujar víctimas, y a desenterrar a Lorca para poder volver a matarlo, e incluso a beber y fumar.Y así, por el pánico a quedar como un facha y a desobedecer una consigna, resulta que la izquierda del off-Zetapé no se anima a denunciar el «férreo estuche» estatalista en que el Tripartito urde encerrar a Cataluña, con hogueras en la plaza pública reservadas para los blasfemos que se resistan a ver la luz, para los traidores colaboracionistas, a los que en el Norte, también para favorecer su depuración, se llama cipayos. Por ello, no se puede sino saludar el nacimiento como partido de Ciutadans de Catalunya, cuyos fundadores demuestran que incluso en Cataluña, como en la aldea de Astérix, se puede cuestionar lo total/divinizado sin que el cielo caiga sobre tu cabeza. No son mesetarios de la caverna con los colmillos llenos de baba catalonófoba: a éstos no van a desmontarlos con esa falacia recurrente. Son notables que pretenden rescatar el pensamiento de izquierdas del vientre de la ballena, prefieren la persona al dogma de fe, y animan a probar esa vida que hay más allá de la superstición nacionalista para quien se atreva a abandonar la protección del rebaño. Jamás ganarán unas elecciones, pero son ya un refugio para los fugitivos de la máquina, algo así como palabras nuevas resonando en una catacumba. No les falta bravura porque, a estas alturas, oponerse al rodillo nacionalista es como ser el chino que se puso delante de un tanque en Tiananmen.

martes, 7 de marzo de 2006

Ciudadanos en marcha

BASTA YA 07/03/06

Fernando Savater

Ciudadanos en marcha
Quien haya leído los días siguientes al 4 de marzo de 2006 los diarios españoles, apenas habrá podido darse cuenta de que ese día tuvo lugar en el teatro Tívoli de Barcelona un acontecimiento político importante, sin duda uno de los más destacados de los últimos años: la presentación pública de "Ciudadanos de Cataluña", el primer partido político de izquierda cívica que se funda totalmente ex novo desde aquellos ya lejanos comienzos de la democracia en España. La prensa glosa con escasez y recelo lo que allí ocurrió (cada periódico tiene ya sus fidelidades y este nuevo grupo inquieta a todos), resaltando más lo anecdótico que lo sustancial: para nada se comenta el manifiesto programático del nuevo partido (sólo se subraya su "antinacionalismo", sin más detalles), ni se informa de la calidad intelectual y profesional de las personalidades que figuraban entre el público que abarrotaba el patio de butacas (¡y tantos que se quedaron fuera!). La verdad es que pocas veces se debe haber reunido un elenco tan distinguido, tan pródigo en razones y escaso en exabruptos, tan decidido y a la vez tan cordial.
Por ello resulta tanto más disparatado el dictamen de un jerarca de ERC sobre "Ciudadanos de Cataluña": es el partido del "auto-odio". Es decir, no el partido que odia los automóviles, sino el de quienes se odian a sí mismos. ¡Ele, mi niño! Por ejemplo: que las familias de ciudadanos catalanes castellano-hablantes (algo así como la mitad de la población, tirando por lo bajo) quieran que sus hijos sean educados también en castellano, no sólo en catalán, es un caso de fobia contra uno mismo. ¡Y pensar que siempre la ideología nacionalista, en todas partes, está basada en sandeces e inconsecuencias como ésta! No, no hay "odio" ni contra sí mismos ni contra otros en este grupo de personas decentes, maduras y políticamente responsables: hay, éso sí, indignación y hartazgo. Pero también ganas de hacer algo más efectivo que gruñir o despotricar. Son ciudadanos que se han puesto políticamente en pié y en marcha. ¡Y que no piensan marcharse!

Patrañas públicas

EL MUNDO, 7 de marzo de 2006

ARCADI ESPADA

Patrañas públicas
Hay bellísimas personas que son antinacionalistas hasta que surge la analogía (tan natural) del nacionalismo con la religión. Entonces dan un paso atrás, casi imperceptible, pero de grandes consecuencias. Sería lógico que, dados los alardes antinacionalistas a que se entregan, temblara su fe religiosa, o al menos la extensión pública de su fe. Todo lo contrario: si los pasaran por el escáner, la sorpresa sería ver cómo tiembla su fe antinacionalista. De pronto, y con cierta resignación íntima, los cruzados convienen que de alguna patraña hay que vivir. Y empiezan ver en el nacionalista a un pagano; es decir, a un retorcido cofrade. La imagen de los beatos casa definitivamente, se hace al tiempo una y trina, cuando se somete a la consideración general la necesidad de que se abstengan de invadir con sus patrañas el espacio público: una ola de violencia les sacude y, llegado el momento, ¿darían la vida? ¡¿el uno por el otro?!, bien fuera por el escapulario o la bandera. Me lo paso francamente bien observándolos en ese momento crucial. Porque, en efecto, el momento crucial es el de la definición del espacio público. El nacionalismo y la religión son creencias imperialistas y aspiran, consecuentemente, a la colonización.
La religión ha intervenido en todos los órdenes de la vida cultural hasta nuestros días. Ha fijado el calendario, el aprendizaje, la reproducción.
Sólo desde hace muy poco tiempo, y en una pequeña zona del mundo, los hombres han empezado a arrinconarla hasta lo privado. Como sistema de organización del espacio público, la patraña nacionalista es mucho más moderna y hay bastantes lugares del mundo donde se produce con una obscenidad desenvuelta.
La religión (aún muy exhibida) y el nacionalismo han convertido el espacio público español en un lugar altamente contaminado. Una especie de Chernóbil simbólico donde los dogmas cristianos, siempre vigilantes, conviven con los derechos históricos y la razón colectiva. En este espacio, y como fruto muy llamativo del intento de pacto entre la razón y la patraña, ya sólo se habla con metáforas (y el Adolescente con paranomasias), de las que se ignora el tenor. España se ha convertido en un país donde el necio mira el dedo, dice «ajo de agónica plata», y sigue eufórico y constitucional su camino.
(Coda: «Cuando un alemán entra en un salón, hace una profunda reverencia y dice: 'Mi nombre es ?' (aquí el nombre del alemán).Yo también quiero presentarme a la manera alemana. Entrar en un periódico es para uno como entrar en el seno de una familia desconocida. Yo me encuentro muy cohibido al principio. No me atrevo a hacer chistes. La idea que yo les dé a ustedes será casi siempre una idea personal, y por eso necesito que ustedes me conozcan antes de entrar en tarea para que no me tomen nunca completamente en serio. Ni completamente en serio ni completamente en broma» (Julio Camba, ABC, 8 de octubre de 1913).

domingo, 5 de marzo de 2006

El p... respetuoso

EL CORREO 05/03/06

FERNANDO SAVATER


El p... respetuoso
Una de las piezas teatrales más conocidas de Jean-Paul Sartre lleva por título 'La p respetuosa', o al menos así suele aparecer siempre su nombre en los libros y en los carteles que anuncian la representación. Por cierto, en cierta ocasión un director de teatro venezolano que iba a montar la obra los encargó a un publicista despistado o guasón, el cual avisó por todas las esquinas que iba a estrenarse próximamente 'La puta r '. El caso es que ahora yo también voy a pedirle prestado a Sartre su título para permitirme una licencia con él. En la cabecera de este artículo, la palabra sustituida por una inicial seguida de puntos suspensivos no tiene nada que ver con la profesión más antigua del mundo, aunque se refiere a una de las emociones más antiguas del mundo: el pánico. Ese pánico reverencial que en demasiadas ocasiones y sobre todo últimamente algunos ideólogos del conformismo postmoderno pretenden hacernos confundir con una actitud mucho más digna de noble aprecio, el respeto. Pero de pánico se trata, aunque no quieran por pudor verlo escrito con todas las letras. En el cúmulo de reacciones desmesuradas que ha provocado la publicación de las caricaturas de Mahoma (si es que se puede 'caricaturizar' a alguien cuyos rasgos desconocemos) lo más notable han sido las voces de autoridades y líderes de opinión pidiendo que no se emplee la libertad de expresión para 'ofender' las creencias ajenas. Vamos, que hay que mostrar siempre 'respeto' ante los dogmas del prójimo. Por supuesto, vivir y expresarse libremente sin ofender a nadie es algo perfectamente imposible porque en la mayoría de los casos la ofensa no depende de la voluntad de quien la comete sino de la susceptibilidad de quien se resiente ante ella. Hay gente que se mosquea porque la mires con cierta curiosidad, porque no le cedas el paso o porque silbes una melodía que detesta. A mi juicio de cristiano resignado a serlo a falta de cultura mejor, 'La vida de Brian', de Monty Python, es una de las películas más graciosas que he visto en mi vida. Pero conozco personas aparentemente normales que la consideran una inmunda blasfemia que debería ser proscrita en cualquier sociedad decente Para quien quiere que todos vivan como él, adoren lo que él adora y condenen lo que él condena, la ofensa más mortal es la simple existencia de millones de personas a las que se les da una higa cuanto él considera imprescindible y no se molestan en ocultarlo. Si quien se siente así ultrajado es un obispo o el Gran Dragón del Ku-Klux-Klan, su pataleta despierta poca conmiseración. Pero cuando se trata de fanáticos islamistas, de inmediato se alzan voces contemporizadoras entre los más incrédulos pidiendo respeto para lo que aquéllos veneran. Y apoyan esta demanda con pudibundas reprobaciones de la xenofobia (aunque no recuerdo que tales críticas se hagan a quienes se burlan del catolicismo o del marxismo), denuncias del colonialismo o de la 'arrogancia' occidental y una retahíla de coartadas tan piadosas como majaderas. La verdad, a fin de cuentas, es que el único y verdadero motivo de respeto es el temor ante las represalias violentas y aun criminales que los así 'ofendidos' pueden llevar a cabo, dirigidos por quienes tienen capacidad política para instrumentalizar su obcecada indignación. Por la misma poderosa razón, hay que mostrar 'respeto' ante la cárcel abusiva de Guantánamo o ante la política interior del presidente Putin o los jerarcas chinos. También es el argumento más irrefutable a favor de una disposición complaciente que permita acabar con el terrorismo de ETA 'sin vencedores ni vencidos', es decir, sin que se sientan ofendidos los que pueden manifestar su desagrado de manera sumamente peligrosa. En determinadas ocasiones, la prudencia ante los violentos feroces puede ser aconsejable. Pero se inspira en el miedo, sentimiento muy saludable que sin embargo conviene distinguir claramente del respeto. Respetar a otro es tenerle en la consideración de semejante y concederle los mismos miramientos y garantías que cada cual quiere para sí mismo. No porque nos inspire pánico, sino porque le sentimos para lo mejor y para lo peor como un igual. Puedo criticarle o burlarme de él, porque estoy dispuesto (¿y acostumbrado!) a que me critiquen y se burlen de mí. Pero no le dañaré o le privaré de derechos que reivindico también para mí mismo. No es cierto, claro está que 'todas las opiniones sean respetables', como nos repiten a horas y deshoras los bobos: lo respetable son las personas, por disparatadas que sean sus opiniones. Y creo firmemente que una de las formas mejores de respetar de verdad a las personas es no respetar aquéllas de sus opiniones que nos parecen ridículas o abominables. Desde un punto de vista educativo, se brinda una lección muy nociva a los más jóvenes haciéndoles ver que quien inspira miedo, por brutales o supersticiosas que sean sus creencias, deber ser 'respetado'. La consecuencia obvia es que no merece la pena respetar a los que no nos asustan o no tienen capacidad de amenazarnos. Probablemente esos bárbaros adolescentes que queman por diversión a una pobre indigente o que torturan a una compañera con síndrome de Down mientras filman el suplicio con sus teléfonos móviles son alumnos aplicados de semejante doctrina: ¿Para qué molestarse en respetar a quienes sólo son modestamente humanos, pero carecen de bombas o fusiles que subrayen con terror inapelable su dignidad de tales?

sábado, 4 de marzo de 2006

Los crímenes de Stalin

EL PAIS 04/03/06

K. S. KAROL


Los crímenes de Stalin
Hace exactamente 50 años, a finales de febrero de 1956, el XX Congreso del PCUS, llamado el de la desestalinización, clausuraba uno de los capítulos más dramáticos de la historia de la URSS. Hoy se pretende en Moscú que éste sentó las bases para el estallido del país del socialismo, que se produciría en 1990, más de 40 años después.
El gran protagonista de este congreso histórico fue Nikita Kruschev, convertido en secretario general del partido cuando murió Stalin en 1953, aunque éste había nombrado a Malenkov como sucesor. Desde los tres primeros años de su reinado, Kruschev y sus próximos fueron distanciándose discretamente del antiguo dictador. Primero dejaron en libertad a los nueve profesores de medicina acusados por Stalin de haber tramado "el complot de las batas blancas". Luego habría otras liberaciones del Gulag y, por vez primera, se empezó a hablar de "culto a la personalidad".
Estos cambios simbólicos intrigaban extraordinariamente a Occidente, donde se ignoraba que, a finales de diciembre de 1955, la dirección del PCUS había encargado a Piotr Pospelov, un todoterreno, la redacción de un acta de acusación contra Stalin. Pospelov había sido uno de los autores del Compendio de la historia del PCUS bajo Stalin, manual obligatorio para todos los soviéticos. Aunque para la lectura del informe de Pospelov estaba previsto un discurso de dos horas, Kruschev tomó la palabra durante cinco y se permitió algunas improvisaciones y digresiones salpicadas de detalles picantes. Además, la transcripción completa del discurso nunca se publicaría. Kruschev pronunció este discurso durante una reunión a puerta cerrada en la que no participaba ningún dirigente de los partidos hermanos, ni por supuesto la prensa. Los 5.000 delegados presentes quedaron atónitos, en un silencio absoluto, y abandonaron la sala igualmente silenciosos después de los aplausos de rigor. Al día siguiente recibieron un texto resumido que tampoco era el informe de Pospelov. Se suponía que tenían que debatirlo cuando regresaran a su región y los dirigentes de las democracias populares a sus países. Es como decir que el informe secreto tenía que ser secreto para siempre. En nombre del PCF, Maurice Thorez había aludido a él antes de pretender que se trataba de un informe "atribuido" a Kruschev. En Roma, en cambio, Palmiro Togliatti no desmintió el informe Kruschev y publicó unos comentarios críticos.
En junio de 1956, primero el New York Times y luego Le Monde publicaron este texto traducido del polaco y lo dieron a conocer al mundo entero. La amplitud de los crímenes dejó a la opinión mundial tan atónita como a los delegados del XX Congreso. Kruschev afirmaba en él que en 1934 Stalin había ordenado asesinar a Serguéi Kirov porque sospechaba que aspiraba a sustituirle en el cargo. A ello le había sucedido una represión salvaje. Más tarde, al principio de la II Guerra Mundial, inmerso en la desesperación, según Kruschev, Stalin ya no lograba gobernar y fue necesario ejercer presiones para que aceptara, dos semanas después de la agresión alemana, dirigirse al país. Estudios posteriores demostraron que a Kirov lo había asesinado un psicópata y que Stalin había estado en cambio muy activo en la fase inicial de la guerra. Pero el objetivo de Kruschev era destruir la imagen de un generalísimo que lo había dirigido todo con mano de hierro.
No era la única característica del extenso informe. Kruschev hacía caso omiso de los tres grandes procesos de Moscú de 1936 a 1938, en los que se había visto a la vieja guardia bolchevique confesar crímenes inverosímiles. Ni una palabra tampoco sobre el proceso a puerta cerrada del mariscal Tukachevski, también condenado a muerte, ni sobre la suerte del millón de trotskistas o sospechosos de serlo que fueron fusilados en 1937-38. El leitmotiv del orador era que también las víctimas de Stalin eran estalinistas. Un epílogo curioso a este congreso de "vencedores" al que le sucederían otras represiones contra los fieles al dictador.
Otra página importante del informe trataba de la incapacidad militar de Stalin: no sólo no había estado nunca en el frente, sino que además habría seguido el curso de los acontecimientos militares en un mapamundi. El culto a la personalidad le permitiría luego atribuirse todas las victorias del Ejército Rojo. Con toda evidencia, Nikita Kruschev no tenía elección: para desarticular la fe de acero (de Stal como Stalin) que el pueblo alimentaba en el vencedor de un fascismo mucho más potente militarmente, había que reventar el estereotipo del bien amado jefe. Sin embargo, esta argumentación se veía desmentida por los testimonios de la mayor parte de personalidades occidentales que habían estado junto a Stalin durante la guerra. Más aún, ningún mariscal o militar de alta graduación del Ejército Rojo suscribió esta versión. Aunque aliado de Kruschev, el mariscal Jukov no quiso tomar partido.
¿Qué proponía entonces el "jefe de la desestalinización"? Prometía volver a la legalidad, lo que significaba el fin de los extraños desplazamientos de población que había provocado el terror estalinista en el país. Había que mantener las posiciones adquiridas y convertirlas en hereditarias mediante la continuación de los privilegios de las élites. Para el pueblo esto significaba muy poco.
Cinco años más tarde, en 1961, con ocasión del XXII Congreso del PCUS, Kruschev decidía expulsar a Stalin del mausoleo de la Plaza Roja y proponía un programa de desarrollo sobre un periodo de 20 años. De creerlo, en 1981, la URSS sería la primera potencia mundial. Las cifras sobre la producción de acero, de carbón, de petróleo, de productos agrícolas, etcétera daban fe de la inminencia del triunfo del comunismo. Pero nadie se dejó engañar por estas estadísticas. El golpe que provocó el XX Congreso en las conciencias en la URSS llevó a una despolitización general y a un abandono masivo de la acción colectiva. Nadie protestó pues cuando se cesó a Kruschev en 1964 ni cuando, años más tarde, uno de sus sucesores, Leonid Bréznev, instauró el culto -más bien ridículo- de su personalidad. Hubo que esperar todavía dos decenios antes de que, al menos en marzo de 1985, Mijaíl Gorbachov intentara enlazar de nuevo con la herencia de Kruchev lanzando la perestroika. Pero era demasiado tarde: la situación socioeconómica y la conciencia colectiva del país habían cambiado profundamente.

viernes, 3 de marzo de 2006

Alianza de civilizados

ABC 03/03/06

RAFAEL L. BARDAJÍ

Alianza de civilizados
¿Qué número hay que marcar para hablar con una civilización? La Moncloa debería saberlo puesto que está emperrada en sacar adelante su particular visión del diálogo de civilizaciones inspirado por el iraní Jatamí. Pero la verdad es que las civilizaciones ni dialogan ni se alían, acciones ambas que sólo las pueden llevar a cabo las personas y sus instituciones. De hecho, el grupo de alto nivel que acaba de reunirse en Doha para hablar del asunto, no estaba integrado por civilización alguna, sino por personas reales. En nuestro caso los españoles Mayor Zaragoza y Miguel Angel Moratinos.La Alianza de Civilizaciones, la niña bonita de la política exterior del actual gobierno español -la única iniciativa exterior si se quiere- arranca con una grave problema de fondo: que ve en el Islam una civilización monolítica cuyos representantes legítimos son los gobernantes de Irán, Arabia Saudí, Siria y todos los déspotas y teócratas de la zona con quienes nuestros líderes políticos corren a fotografiarse graciosamente. En otras palabras, la iniciativa de Rodríguez Zapatero es un acto no de diálogo, sino de claudicación frente a quines consideran que el Islam es la única fe legítima, quienes condenan en su suelo cualquier otra práctica religiosa, quienes conciben a la mujer como un ser inferior, o quien se niega a condenar el extremismo de los violentos o los atentados terroristas contra los occidentales. Con ellos es con quien se sienta el gobierno y para quien se pide tolerancia y respeto.Afortunadamente el Islam es mucho más que eso. Mientras que Moratinos se esforzaba en arrancar de la UE un tibio apoyo a su alianza con los incivilizados, árabes e islamistas moderados hacían valer su voz. Hace tres días Salman Rushdie y otros lanzaban un manifiesto a favor de la libertad de expresión y en contra de la intolerancia religiosa. Ayer, Mustafa Akyol y Zeino Baran hacían público su manifiesto musulmán condenando la reacción violenta de sus compatriotas, pero a diferencia de Solana y Moratinos no creían necesario que los europeos imploraran perdón por las caricaturas del profeta, sino que hacían una apología de la democracia y de la separación entre Iglesia y Estado. Frente a la pretensión de los fundamentalistas de aplicar la sharia sobre nuestro código civil, ellos abogan por «una única ley secular, abierta a todas las religiones pero basada en ninguna». Abogan por la igualdad de las personas ante la ley.Puede que un gobierno aislado en lo exterior necesite una foto con algún dignatario, aunque éste sea un déspota o islamista, pero por defender su peculiar concepción de las Alianza de civilizaciones, los socialistas españoles están condenando a todos aquellos árabes reformistas que aspiran a introducir la modernidad en sus vidas. Porque no es con ellos con quien hablan, sino con sus verdugos.

jueves, 2 de marzo de 2006

Los vecinos y la memoria respetable

BASTA YA 02/03/06

Maite Pagazaurtundua

LOS VECINOS Y LA MEMORIA RESPETABLE
En julio de 1941, durante la ocupación alemana de Polonia, la mitad católica de un pequeño pueblo de menos de tres mil habitantes, Jedwabne, asesinó en un solo día a la otra mitad de vecinos, judíos. Los nazis no intervinieron. Fueron siete los judíos que sobrevivieron porque una única familia de aquellos vecinos católicos los escondió. Los Wrzykowski –apellido que merecería ser memorizado consonante tras consonante- no pudieron seguir viviendo después de la matanza en el pueblo porque seguramente como refleja Jorge M. Reverte en el magnífico prólogo al libro que relata esta historia "estando ellos allí, ya no todos eran asesinos, se desvanecía la coartada moral".
Durante mucho tiempo se mantuvo la tesis oficial de que la matanza había formado parte de la campaña de exterminio nazi, pero no sucedió así. Los hechos reales los relata Jan T. Gross en un libro magnífico titulado Vecinos. Es que los asesinos, los autores de la matanza fueron personas normales con las que habían convivido hasta un día antes las víctimas y lo que pasó algún tiempo después fue que las autoridades comunistas apañaron la memoria.
No es plato de gusto mirar atrás a la propia responsabilidad cuando no nos gusta nuestra imagen personal, social o política. A todos nos sienta fatal que nos digan que hemos actuado mal. Por eso, porque no resistimos que nos afeen la conducta es mucho mejor que las sociedades resuelvan los problemas graves de manera que no tengan que avergonzarse.
Quiero llegar a la cuestión de los modelos posibles para el fin del terrorismo etarra. Si se optase por la conciliación con los terroristas, por mucho que ahora se hable de un futuro con memoria, no sería así. No con una memoria fiel, quiero decir. Las víctimas del terrorismo representan una verdad, la verdadera cara del fanatismo nacionalista vasco y de los vecinos que miraron –y miran- hacia otro lado y de los gobernantes que obtuvieron –y parece que siguen queriendo obtener- ventajas políticas de la existencia del miedo y de tantas familias rotas. Si se optase por el modelo de "resolución de conflictos" y no el de la "derrota democrática" resultaría inevitable la reconstrucción de los recuerdos. Como inevitable resultaría que algunas víctimas pasasen por el aro de los nuevos recuerdos de la ideología final resultante a fin de dar materia a la autocomplacencia colectiva. Al resto se las podría marginar y arrumbar o proscribir socialmente con una mezcla de piedad y aversión. La historia nos enseña que se puede construir el futuro de una sociedad sobre la desmemoria, la falsedad y la modificación a posteriori del pasado, pero ni es gratis en cuanto a los grandes valores de la sociedad, ni es gratis en cuanto al modelo de relaciones humanas que ayuda a extender ni –muy especialmente- en cuanto al modelo de liderazgo social y político que, de facto, establece. No es lo mismo hacerse trampas colectivamente que no hacérselas, no es lo mismo cambiar de significado a las palabras para que parezcan lo que no son que no hacerlo, no es lo mismo la argumentación que busca el fondo de las diferencias y de los elementos comunes que el filibusterismo político. No es lo mismo ganar o mantener el poder a través de ardides que respetando al adversario político. No es lo mismo autodestruirnos en una versión moderna de las dos Españas que hielan el corazón de puro desgarrarnos que no hacerlo. Para nada. Por eso es tan importante que seamos constructivos en nuestras aportaciones a la opinión pública, porque aunque no nos demos mucha cuenta, también estamos determinando las reglas sociales y políticas no escritas en medio de las que tendrán que sobrevivir nuestros hijos e hijas.

martes, 28 de febrero de 2006

Víctimas

ELPAIS 28/02/06

ROSA MONTERO

Víctimas
No acudí a la masiva manifestación de las víctimas del sábado porque detesto la manipulación y capitalización del tema que está llevando a cabo el PP. Flaco favor le está haciendo este partido a la causa de las víctimas, la cual, por otra parte, me parece justísima y conmovedora. Como me pareció justa y valiente la famosa carta crítica de Rosa Díez de hace una semana. Además era un texto muy interesante, porque gracias a él pude enterarme de las recientes declaraciones al diario Gara de Pastor, el secretario general del PSOE en Vizcaya. Unas declaraciones que me han dejado bisoja. Entre otras cosas, decía: "Hay que atender el criterio de las víctimas (...) pero, por otra parte, hay que pedirles una cierta dosis de generosidad, a ambos sectores que, si se quiere, los personalizaremos en las víctimas y en los presos de la banda terrorista ETA". No sé, es como decir a las mujeres acuchilladas y apaleadas por sus parejas que lo que pasa es que tienen que ser más generosas y entender y ponerse al mismo nivel que sus verdugos, y que así todo irá divinamente. La violencia la ejercen sólo los etarras, por eso me resulta raro hablar de "ambos sectores" y de paz, porque no es una guerra entre dos bandos.
Estoy segura de que el Gobierno actúa con la mejor de las intenciones, pero cosas como las declaraciones de Pastor me dejan asustada. Así como no creo que ser más generosa con el marido violento proteja a la mujer maltratada, también me parece que la claudicación ante los terroristas puede traer más miedo y más opresión para una buena parte de la ciudadanía vasca. En fin, el futuro es tan difícil de predecir y sabemos todos tan poco, que realmente quisiera creer que con esta estrategia política tan dura hay al menos cierta posibilidad real de acabar dignamente con la violencia. Ojalá. Pero, la verdad, lo dudo mucho, aunque sólo sea porque toda la vida he pensado que un mal grave cometido hoy no puede originar buenas consecuencias el día de mañana. O, lo que es lo mismo: siempre he tenido la convicción moral de que el fin no justifica los medios. Y equiparar a los verdugos y a las víctimas me parece un comportamiento demasiado doloroso y miserable como para suponer que de ahí pueda nacer un futuro aceptable.

domingo, 26 de febrero de 2006

jueves, 23 de febrero de 2006

Sólo es lo que parece

EXPANSION 23/02/06

Florentino Portero

Sólo es lo que parece
No podemos negar a nuestros gobernantes la condición de hombres de su tiempo. Ellos más que nadie son conscientes de hasta qué punto la política en el siglo XXI es comunicación.
¡Qué diferencia con los probos populares, que siguen confundiendo administrar con gobernar, y comunicar con dar conferencias de prensa! El problema del Gobierno es que su ética es tan poco exigente que el uso que hacen de la comunicación resulta alarmante.Todos nosotros pudimos leer o escuchar que Estados Unidos ¡por fin! se sumaba a la gran iniciativa zapateril de la Alianza de las Civilizaciones. Incluso se recogía una entusiasta frase de Rice. Poco después ocurría lo mismo con el Vaticano. A pesar de que las relaciones no andan por su mejor momento y que la estrategia de acoso y derribo de Moratinos no había dado resultado con la Santa Sede, nos informaron de que también allí se habían dado cuenta de las bondades de la iniciativa y se habían sumado. No nos iba a quedar más remedio que reconocer que, al final, nuestra diplomacia había comenzado a cosechar triunfos.Sin embargo, poco después pudimos comprobar que las apariencias engañan. Ni EEUU ni la Santa Sede se han sumado a la Alianza. Se han limitado a responder a las solicitudes españolas de incorporación afirmando que algunos aspectos del trabajo del Grupo de Alto Nivel coinciden con sus líneas de trabajo y que están dispuestos a colaborar en esos aspectos concretos. A todo el mundo le parece bien que se hable aquello que separa y preocupa. Nadie tiene inconveniente, sino todo lo contrario, en explorar posibles vías de entendimiento entre las distintas iglesias. Desde luego, no es lo mismo que habíamos creído comprender..., pero que más nada ¿cuántos se habrán dado cuenta?En circunstancias normales, España se sentiría humillada si una iniciativa tan ambiciosa no hubiera sido aceptada por EEUU y el Vaticano. No es el caso. Con la poca vergüenza de la que hacen gala, no tienen reparo en transformar un no en un sí, un rechazo en una aceptación. La mayor parte de los medios de comunicación están dispuestos a hacerles el juego, y el españolito medio continúa viviendo en la inopia.La realidad es muy distinta. Lo característico de la Alianza no es la voluntad de diálogo entre Occidente y el Islam, sino de sumisión a sus exigencias. Así quedó claro en el artículo que Zapatero y Erdogan publicaron en el International Herald Tribune, y por eso las naciones más solventes prefieren considerar, en palabras de Blair, una “alianza de civilizados”. Pero, ¡qué más da! ¿Quién se va a dar cuenta?

miércoles, 22 de febrero de 2006

Pensiones en entredicho

EXPANSIÓN 22/02/06

EDITORIAL
Pensiones en entredicho

La aparente salud de la Seguridad Social en España no debe­ría nublar las debilidades que amenazan con generar a medio plazo un grave agujero financiero en el sistema. No es un alar­mismo injustificado. Sobre los riesgos reales de una insuficien­cia financiera han alertado organismos multilaterales, como el FMI o la OCDE, y ayer mismo, la Comisión Europea apremió a las autoridades españolas para que aborden reformas encami­nadas a paliar las distorsiones producidas por el notable enve­jecimiento demográfico, y garantizar así la sostenibilidad de las prestaciones en el futuro. La Seguridad Social ha recibido en los últimos años un espaldarazo con la llegada masiva de in­migrantes, en la medida en que se iban convirtiendo en nuevos cotizantes para apuntalar la financiación de las jubilaciones. En términos puramente nominales, la proporción entre pobla­ción ocupada y jubilados mantiene una proporción aceptable, gracias al aluvión de trabajadores inmigrantes, que ha depara­do unos años realmente boyantes. Pero estamos, desafortunadamente, ante un espejismo de bonanza, que se está desvane­ciendo a medida que el ritmo de crecimiento de los ingresos es inferior al de los pagos. Este desequilibrio se produce porque la mayoría de los nuevos cotizantes son inmigrantes con suel­dos modestos, o contratados temporales, lo que significa que aportan poco dinero en concepto de cotizaciones. No hace fal­ta ser un experto para intuir el resultado de esta desproporción al cabo de unos años. Los políticos tienen tendencia a aparcar los problemas hasta que empiezan a ser realmente acuciantes, en cuyo caso las eventuales soluciones suelen ser menos efica­ces o más dolorosas. A día de hoy, desconocemos cuál es el es­tado de las opacas negociaciones entre Gobierno, patronal y sindicatos para reformar el sistema de la Seguridad Social, en el marco del Pacto de Toledo. A este paso, se corre el riesgo de que la legislatura se cierre sin haber abordado imprescindibles e inaplazables reformas para racionalizar las prestaciones, esto es, para que el sistema sea más equitativo y suficiente. Se re­quiere, pues, una mayor proporcionalidad entre lo cotizado y la prestación, lo que indefectiblemente significa alargar a toda la vida laboral el periodo para calcular la pensión; un aumento paulatino en la edad efectiva de la jubilación, y un estímulo al desarrollo de las pensiones complementarias en las empresas, en particular en las pymes, que concentran el 80% de los traba­jadores. Tales medidas implican recortes, pero son necesarios. Adoptar la táctica del avestruz sólo servirá para trasladar el problema, agravado, a las generaciones futuras.

La sombra de Stalin

ABC 22/02/06

EDITORIAL
La sombra de Stalin

EL comunismo soviético se libró de su Nuremberg, a pesar de haber sido un régimen tan genocida como el nazi. Su posterior contribución a la derrota de Hitler -mérito exclusivo del heroico pueblo ruso, no de la jerarquía del Kremlin- acabó transformada en una carta de impunidad. La caída del Muro de Berlín no dio paso a ningún juicio histórico ni legal, más allá de contadas explosiones de venganza, como la que acabó con la vida del dictador rumano Ceaucescu. Los comunistas reconvertidos, legítimamente, en demócratas se incorporaron a las recién estrenadas democracias, en ocasiones con éxito. Y así es como, hoy, el imperio soviético es recordado como el alter ego del nazismo, aunque una buena parte de la izquierda europea siga añorando la utopía comunista como la nave nodriza de su ideología. Por esta afección inexplicable a una imagen falsa de lo que fue la tiranía soviética, el Grupo Socialista se opuso a la resolución de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa que, en enero pasado, condenó los crímenes de los regímenes comunistas. Sólo entre la Unión Soviética, China, Corea del Norte y Camboya suman 89 millones de muertos, según el informe previo a la resolución del Consejo de Europa. Aun así, hubo socialistas que propusieron condenar los crímenes pero «no al comunismo, ni a los partidos comunistas», como si esos asesinatos no hubieran tenido autores, ni éstos una ideología determinada.Por su parte, el actual Gobierno ruso, embarcado en una reimplantación de la historia imperial y soviética del país, parece decidido a rehabilitar la figura de Stalin. El pasado año, con motivo de la conmemoración del 60 aniversario de la derrota nazi, numerosos historiadores e intelectuales denunciaron que el Gobierno de Putin estaba promoviendo la recuperación histórica del genocida soviético. El último episodio de esta campaña de imagen ha sido la conservación bajo secreto, en contra de lo anunciado, del informe que Jruschov leyó en 1956, ante el Congreso del PCUS, sobre los crímenes de Stalin. La custodia de esta acta de acusación es un síntoma peligroso de que el Gobierno ruso interpreta mal su pasado y encara de peor manera su futuro. Y, sobre todo, es un indicio preocupante de las inclinaciones de su máximo dirigente, Vladimir Putin.

SIN DIOS

El Pais 22/02/06

Sin dios
ELVIRA LINDO

Los que andamos por la vida sin estar seguros de nada no encajamos en el mundo cerrado de las ideologías. Eso nos hace estar solos, sin partido, sin fe, sin camarilla, sin grupo de presión, sin lobby, sin dios, sin los tuyos, sin los suyos, sin perrito que nos ladre, sin nadie, a la intemperie. Esa soledad a la que te arroja la duda permanente hace que se tambaleen hasta las pocas cosas que tienes claras. Esta semana, columnistas, diplomáticos y expertos cargados de razones históricas y de una abrumadora documentación escribieron sobre el mal gusto de las dichosas viñetas. Alguno llegó a decir que tan temibles son los fanáticos de la libertad como los fanáticos religiosos, alguno llegó a etiquetar a los que manifestaron su defensa de los valores democráticos como arrogantes, soberbios, derechistas, racistas y no se sabe cuántos adjetivos más para anular al contrario. Pero no hay sólo un tipo de contrario, ésa es la mentira. Entre los que han defendido estos días la libertad de expresión los hay conservadores y ultraconservadores, pero también progresistas, los hay ateos pero también creyentes, los hay de su padre y de su madre. Da la impresión, además, de que para reforzar los argumentos multiculturales los expertos siempre han de remontarse al siglo XII y abrumar con datos, como si buscaran vencer al contrario sepultándole bajo una avalancha confusa de sabiduría. El efecto para un enfermo de dudas tras digerir esas densas piezas periodísticas es: ¿será verdad que mi soberbia occidental no me deja ver con claridad lo que debería ser un respeto obligado? Fue entonces cuando apareció el sábado como un milagro de lucidez el discurso que Ayaan Hirsi Ali, diputada holandesa de origen somalí, pronunció en Berlín. Ella no habla de oídas, habla de lo que ha padecido, de su vida amenazada, de lo que es ser mujer en un entorno en el que la voluntad femenina (que también es libertad de expresión) no vale nada, habla de la necesidad de defender esos derechos sagrados, sí, sagrados, que un país europeo le ha concedido. Claro que entendemos el difícil equilibrio del mundo, pero, díganme, qué hacemos con esta mujer, con esta disidente de su propia religión, qué hacemos con las mujeres firmemente decididas a apoyar a esas otras que conviven con nosotros pero que están anuladas. ¿Hay que remontarse al siglo XII para responder a esta pregunta?